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Volumen 1, Número 3 Agosto 2000 |
La Piedra del Sol
por: Contacto/OB
Los aztecas, como todo pueblo primitivo, en su afán por conciliarse con las fuerzas incontrolables de la naturaleza, a merced de sus efectos benéficos y dañinos, las adoraron y formaron una religión llena de temores y de esperanzas en torno a ellas.
La existencia del pueblo azteca giraba en torno a su religión, en la cual su Dios principal y todopoderoso era TONATIUH (el Sol) al que atribuyeron las bondades y los defectos de los humanos, pero con un gran poder sobrenatural. Según la religión azteca TONATIUH necesitaba que lo alimentaran con la sustancia mágica: la vida del hombre, (la sangre y el corazón humanos) para tener la vitalidad y las fuerzas necesarias con las cuales poder enfrentarse y triunfar en su lucha contra la Luna, las estrellas y la noche y emerger nuevamente por el horizonte al día siguiente.

El sacrificio humano que los antiguos indios mexicanos hacían de sus semejantes no era por satisfacer crueldades innatas ni instintos bárbaros, sino por tratar de conciliar los designios ignotos del destino y las fuerzas ciclópeas de la naturaleza. Los aztecas construyeron muchos monumentos dedicados a venerar y a honrar al SOL, entre los cuales el más importante fue la PIEDRA DEL SOL, conocida también con los nombres de CALENDARIO AZTECA o JICARA DE AGUILAS (Cuauhxicalli).
El Calendario Azteca es una de las obras de arte precortesianas más hermosas de esta cultura y es un monolito de los más admirados universalmente. Está esculpido en una roca de basalto de olivino conocida también como peridoto. El basalto de olivino presenta la característica de ser granujiento o cristalino, de estar formado de silicato de magnesio y de hierro, y de tener una dureza un poco menor que la del cuarzo. Este tipo de formaciones geológicas generalmente se encuentran entre rocas de origen volcánico.
Se supone que esta escultura la empezaron a labrar en el año de 1449, durante el reinado de Axayácatl, y que la terminaron treinta años después, en 1479, dato que puede leerse en caracteres nahoas en la parte superior y central de dicho monolito, correspondiendo al año MATLACTLI HUAN YEI ACATL (13-caña), que fue la décimo tercera caña de la medición del tiempo azteca. Se cree también que durante la época precortesiana este monolito estuvo colocado sobre una plataforma frente a un edificio que se llamaba Cuauhcuauhtenchan (morada de las águilas).
El 17 de diciembre de 1790 se encontró el monolito, cuya cara esculpida estaba vuelta hacia abajo, en la Plaza de Armas, hoy Zócalo de la Ciudad de México. Posteriormente lo trasladaron al pie de la torre occidental de la Catedral Metropolitana y en 1885 lo colocaron en una de las salas del Museo Nacional de Historia, situado entonces en la calle de Moneda. En Agosto de 1964 nuevamente fue trasladado para ponerlo definitivamente en el sitio de honor en la sala Mexica del Museo Nacional de Antopología en el Bosque de Chapultepec, en la misma Ciudad de México, donde se encuentra hasta ahora.
El Calendario Azteca tiene un diámetro de 3.54 metros y un peso de más de 24 toneladas. Es una de las mejores expresiones del arte azteca y demuestra el grado de adelanto cultural y científico que este pueblo alcanzó en la astronomía, en la matemática, en la medición del tiempo y en el arte lapidario; conocimientos que los aztecas heredaron de las civilizaciones que los antecedieron y que después desarrollaron a niveles estéticos de oficio, verdaderamente impresionantes.
Las figuras grabadas en este imponente monolito representan los datos correspondientes a la formación del Sol, al orden del Sistema Planetario, a la creción de la Tierra en sus distintas eras hasta la aparición de una pareja divina que llamaron OZOMOC y CIPATONATH, figuras que están representadas en la parte central del Calendario alrededor de la figura de TONATIUH (el Sol).
El Calendario Azteca en su relieve presenta ocho círculos concéntricos esmeradamente labrados, siete de los cuales están en su cara frontal y el octavo y último se encuentra labrado en el canto de la escultura.
Una obra de arte digna de conocer y apreciar.