El Observatorio de Barlovento

Volumen 1, Número 3

agosto 2000

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Oswaldo Guayasamín.-

por Arambilet/OB.

Violinista, 1967

Nadie habría podido definir a Guayasamín, el hombre y el artista, mejor que Pablo Neruda, tal como lo hizo en la presentación del libro Guayasamín, (Ediciones Nauta / sfe), donde dijo:

"Los nombres de Orozco, Rivera, Portinari, Tamayo y Guayasamín forman la estructura andina del continente. Son altos y abundantes, crispados y ferruginosos. Caen a veces como desprendimientos o se mantienen naturalmente elevados, unidos territorialmente por la tierra y por la sangre: por la profundidad indígena. Guayasamín, entre los unos y los otros, emprendió en su obra, el juicio final que le pedíamos a los solitarios del Renacimiento.

Pocos pintores de nuestra América son tan poderosos como este ecuatoriano intransferible: tiene el toque de la fuerza; es un anfitrión de raíces: da cita a la tempestad, a la violencia, a la inexactitud. Y todo ello, a vista y paciencia de nuestros ojos, se transforma en luz.

Suponemos que el realismo ha muerto. Y hemos celebrado el funeral porque no lo mataron los quiméricos, los irrealistas, sino los propios realistas que lo realizaron, extinguiéndolo hasta presentarnos un realismo sin carne y sin hueso: la imitación de la verdad.

Guayasamín es uno de los últimos cruzados del imaginismo: su corazón es nutricio y figurativo: está lleno de criaturas, de dolores terrestres, de personas agobiadas, de torturas y signos. Es un creador del hombre más espacioso, de la figuraciones de la vida, de la imaginación histórica.

Yo le tengo en mi santoral de santos militares, aguerridos, jugándose siempre el todo por el todo en la pintura. Las modas pasan sobre su cabeza como nubecillas.

Nunca le atrerrorizaron.

Presento, y es mucho honor para mí, a este pintor germinativo y esencial, seguro de que su universo puede sostenerse aunque nos amenace como un derrumbe cósmico.

Pensemos antes de entrar en su pintura, porque no nos será fácil volver".

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Oswaldo Guayasamín, nació en Quito, capital del Ecuador, el 6 de Julio de 1919, gradúandose de Pintor y Escultor en la Escuela de Bellas Artes de Quito. Realiza su primera exposición cuando tiene 23 años, en 1942. Obtuvo en su juventud todos los Premios Nacionales peruanos y fue acreedor, en 1952, a los 33 años, del Gran Premio de la Bienal de España y más tarde del Gran Premio de la Bienal de Sao Paulo. Falleció el 10 de marzo de 1999, a los 79 años.

Sus últimas exposiciones las inauguró personalmente en el Museo del Palacio de Luxemburgo, París, y en el Museo Palais de Glace en Buenos Aires, en 1995. Hasta poco antes de su fallecimiento estaba trabajando en su obra cumbre, denominada "La Capilla del Hombre". Expuso en museos de la totalidad de las capitales de América, y muchos países de Europa, como en Leningrado (L´Ermitage), Moscú, Praga, Roma, Madrid, Barcelona y Varsovia. Realizó unas 180 exposiciones individuales y su producción fue muy fructífera en cuadros de caballete, murales, esculturas y monumentos.

Excepcionales murales engalanan Quito (Palacios de Gobierno y Legislativo, Universidad Central, Consejo Provincial); Madrid (Aereopuerto de Barajas); París (Sede de UNESCO); Sao Paulo (Parlamento Latinoamericano).

Entre sus monumentos se destacan "A la Patria Joven" (Guayaquil, Ecuador); "A La Resistencia" (Rumiñahui) en Quito. Su obra humanista, señalada como expresionista, refleja el dolor y la miseria que soporta la mayor parte de la humanidad y denuncia la violencia que le ha tocado vivir al ser humano en este mounstruoso Siglo XX marcado por las guerras mundiales, las guerras civiles, los genocidios, los campos de concentración, las dictaduras, las torturas. Se destecan sus cuadros pintados en series sobre temas concretos:

RETROSPECTIVA

Oswaldo Guayasamín dibuja y pinta desde los 7 años y cuando ingresa a la Escuela de Bellas Artes -a los 12- deslumbrando a maestros y compañeros por su capacidad creativa y su vocación de trabajo. Su primera exposición individual la realiza antes de graduarse. Luego se lanza a la búsqueda de la identidad del continente americano y encuentra las raíces que diferencian a los anglosajones de los aborígenes y mestizos que pueblan las tierras desde el Río Bravo hasta la Patagonia: su tierra.

Pinta una variedad de temas antes de emprender su primera gran sinfonía: "El Camino del Llanto", entre sus otras series.

Los cuadros que pertenecen a esa época y que han podido ser recuperados por la Fundación Guayasamín, constituyen la colección denominada "Retrospectiva".

"Huaycañan" (palabra quíchua, que traducida significa "Camino del Llanto"), fue su segunda seriecompuesta por un mural y 103 cuadros, que pintó entre 1946 y 1952, llegando a ser una visión de las etnias que componen el mestizaje americano: los indios y los negros, con sus culturas y sus expresiones de alegrías, tristezas, tradiciones, identidad, religion sobre todo de los países andinos, Ecuador, Perú y Bolivia.

"La Edad de Ira", tercera serie pintada entre 1961 y 1990, está compuesta por 150 cuadros de gran formato, dentro de esa serie hay colecciones en torno a una misma temática, como "Las Manos" (12 óleos), "Mujeres Llorando" (7 óleos), "La Espera" (11 óleos), "Los Mutilados" (6 óleos), "Reunión en el Pentágono" (5 óleos), "Ríos de Sangre" (3 óleos). Denunciando en ella la violencia del hombre contra el hombre en este siglo.


"Mientras vivo siempre te recuerdo", dijo refiriendose a su personal enfoque sobre la serie: "Edad de la Ternura", otra colección que realizó, con más de 100 obras, que venía pintando desde 1988 hasta la fecha de su fallecimiento, siendo un homenaje de amor a su madre y a todas las madres, como símbolo de defensa de la vida.

Romántico y quimérico empedernido, dibujó innumerables paisajes y flores. Guayasamín, en su vida amorosa, repetía como el título de la novela de Cristian Rochefort, que en los intervalos vividos entre una mujer y otra, él estaba en la fase de: "El Reposo del Guerrero".

El reposo -la nostalgia, la soledad, el silencio- lo convertía en paisajes y flores.

Sobre la diferencia entre un cuadro tremendo, angustiado o angustioso de una de sus series de protesta social y la atmósfera apacible e íntima de un paisaje o de unas flores, Guayasamín decía que los primeros eran "de piel adentro", y los segundos "de piel afuera".

Paisajes como los "Quitos" o flores como la infinidad de "Crotos" por él pintados, no pierden su lenguaje plástico propio y característico, que llamaba "expresionismo" recuperado de su ancestralidad aborigen -"vengo pintando hace 3 o 5 mil años", decía-, cuyas evidencias se encuentran en Sechín, en los muros incas, o en los símbolos de cualquier vasija, plato o figura de las culturas ancestrales del continente.

Desde temprana edad Guayasamín estuvo obsesionado por el rostro humano y vuelcó una pasión particular por desentrañar las particularidades de cada rasgo de los seres, y llega a diferenciar con mínimos detalles la anatomía de la parte ósea y de las características de los órganos que recubren los huesos (ojos, naríz, boca, cejas) y los elementos complementarios a un efigie (cabellos, cejas, pestañas).

Al transcurso del tiempo va adquiriendo un lenguaje propio y único para el retrato, que permite hasta a los desconocedores del arte indentificar un Retrato pintado por Guayasamín. Tuvo una maestría excepcional para plasmar las características esenciales del modelo, de modo que el retrato, sin ser naturalista, tiene un parecido impresionante con el modelo, pues no sólo representa los rasgos físicos, sino, y especialmente, su espíritu y su personalidad.

Después de ser retratado por Guayasamín alguien dijo que tenía la sensación de que le había extraído el alma.

Su técnica era desconcertante: hay retratos al óleo realizados en apenas veinte minutos y con la misma factura de calidad de cuando se tardaba -como máximo- hasta tres horas.

La Editora Poligráfica del Estado Italiano publicó en 1998 un libro titulado "Retratos" con una selección de 380 retratos de entre cerca de 800 que estaban registrados y fotografiados por la Fundación Guayasamín, desconociéndose el destino de algunos centenares más pintados en la juventud y la bohemía de su vida.

Guayasamin fue amigo personal de los más importantes intelectuales, personalidades varias y estadistas del mundo progresista, retratando a personajes tales como Fidel y Raúl Castro, Juan Bosch, Francois y Danielle Mitterrand, Gabriel García Márquez, Rigoberta Menchú, Carolina de Mónaco, entre otros.

Hasta el momento de su muerte, Guayasamín se dedicó a realizar su más grande y ambicioso proyecto: "La Capilla del Hombre", un espacio arquitectónico construído en las alturas de Quito, que cobija una serie de murales, un memorial referido al hombre americano, desde el mundo precolombino, pasando por la conquista y la colonia, hasta el mestizaje contemporáneo.

La Capilla del Hombre, según él, es una respuesta a la necesidad de rendir culto al ser humano, a sus pueblos, a su identidad.

El complejo arquitectónico lo forman dos edificaciones, una de ellas -la Capilla- de dos plantas y un subsuelo en las que Guayasamín planeaba pintar un enorme conjunto de murales sobre la odisea del Hombre Latino Americano, desde su mundo ancestral precolombino y su evolución hasta el mestizaje contemporáneo.

Canto, dolor, llanto, ira, ternura, protesta, sueños, violencia, lucha, heroísmo, sacrificio, victoria del hombre al que Guayasamín dedica esta obra.

En Bellavista, uno de los sectores más hermosos de Quito, junto al Parque Metropolitano de la ciudad, se inició la construcción de este conjunto arquitectónico y monumento plástico que revela la identidad latinoamericana.

En 15.000 metros cuadrados de terreno, se levantará una edificación de tres plantas, en la última de ellas una cúpula en forma de cono truncado.

Se trata de evocar el destino de toda América Latina, desde México a la Patagonia, desde la época precolombina representada por las culturas maya-quiché, azteca, inca y otras locales hasta nuestros días. En amplias salas cada tema estará expresado en murales en espacios arquitectónicos, es decir, con elementos que sobresalen de la superficie y otros cavados en la pared.

Estos representarán lo que fue América antes de la llegada de los españoles: sus dioses y símbolos, su cosmogonía, su arquitectura, su música, danzas, y vestidos, sus animales y plantas. Otros murales, tratarán del Descubrimiento, y con mayor énfasis la Conquista: la empresa durante la cual mueren millones de indígenas a causa de los trabajos forzados, los castigos, las enfermedades.

También refieren a los millones de negros que, arrancados de su tierra natal África, fueron "almacenados" en depósitos de carne de ébano" antes de ser enviados a América.

Finalmente otra parte de los murales tratan del mestizaje: los españoles traen al continente una religión, una lengua, costumbres nuevas que, al mezclarse con las aborígenes y negras, dan lugar a una simbiosis cultural que corresponde al mestizaje ético iniciado el día mismo del primer desembarco. A diferencia de los murales anteriores, tratados a base de símbolos, éstos comprenderán también retratos. La explicación radica en el hecho de que, aunque quinientos años es poco tiempo para conformar un grupo humano nuevo, con una auténtica personalidad diferenciada y definida, el mestizaje comienza a dar sus mejores frutos: América tiene ya, a partir de los próceres de la Independencia, grandes figuras literarias, artísticas, científicas, políticas, tal como las de otros continentes.


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