EL MAR DE GALILEA
Vinimos del triste país de la duda
a buscar la huella del divino pie.
La piedra fue sorda, la tierra fue muda.
No encontramos nada. Nos faltó la fe.
Todo aquí lo ha visto, pero todo calla.
Callaron Betania, Jericó, Bethlehem,
y calló soberbia tras de su muralla
la miseria torva de Jerusalén.
Sólo vimos rastros de flechas y balas,
y nos preguntamos: "¿Qué hay de ti, Señor?
¿Nunca dejan huella los que tienen alas?
¿Deja el odio ruinas? ¿Qué deja el amor?"
De pronto sentimos extraña frescura;
voces ignoradas que gritan: "¡Aquí es!"
Y hasta nuestras plantas llega el agua pura,
la primera amiga que lavó sus pies.
Pueblecitos rientes, campos de labranza,
sierras armoniosas, lago de zafir;
aquí se comprende su amable enseñanza,
la que aquí tan sólo se podrá seguir.
En tanto, allá lejos, hacia el fin previsto,
mártires oscuros, las aguas se van.
Discípulo eterno del acto de Cristo
buscando al Mar Muerto se aleja el Jordán.
Y el sol renovando la santa agonía,
sobre el mundo arroja sombras de la cruz.
Armoniosa en medio de la tierra umbría
permanece el agua, templo de la luz.
Las sombras ocultan la opuesta ribera,
las olas prosiguen su lento cantar,
y como ante el Justo que vivió a su vera
ya el alma no sabe si es lago o si es mar.
Jorge Obligado