SEÑOR, SEÑOR
Señor, Señor: no hay nada
que en el dolor del mundo
no espere con profundo
deseo tu llegada.
La tierra desvalida,
con toda su tristeza,
reposa en la certeza
final de tu venida.
Y el mar, el mar inmenso,
con toda su amargura,
descansa en la segura
verdad de tu descenso.
La larga noche aguanta
su sombra dura y terca
pues nota que se acerca
tu aurora eterna y santa.
Francisco Luis Bernárdez: