Los Mapuches.

 

Cuentos sobre los tiempos antiguos.


(Recopilado por Ricardo LehmannNitsche, 1919.)

Antes la Tierra era toda agua y los pobres indios tuvieron que refugiarse en las montañas para no morir de hambre.

Llovía siempre con fuerza y era de noche.

Y también en las montañas se refugiaron los avestruces, los peludos y los guanacos y así tuvo el indio de

que alimentarse.

 

Y como los indios tenían que pasar de un cerro a otro para buscar leña y el aire era negro, pidieron al sol que les alumbrara el camino durante la noche para no ahogarse en las lagunas que habían formado las lluvias [y que impidiera que los espíritus de los muertos malos entraran en el corral de los muertos].

Y el sol mandó a su mujer la luna que se fuera a los cielos y desde allí alumbrara a los indios de la Tierra, e impidiera que los espíritus de los muertos malos entraran en el corral de los muertos.

Y como la luna se puso en camino durante la lluvia llevando el fuego en sus manos, éste se enfrió en el camino y por eso la luna alumbra con luz fría que no tiene calor.

Y así los espíritus malos no pudieron entrar nunca en el corral de los muertos y quedaron errando en el aire.

Y cuando las aguas bajaron, los indios se fueron a vivir en los campos donde hay pastizales y donde viven los avestruces y los guanacos.

 

 

Recopilado por Lázaro Flury, 1948 Narrado por los caciques Antonio Nanculef, José Colimán y Juan Palma, de Chubut y Río Negro.

Cuenta la gente que hace muchísimos años, tantos que no es posible llevarlos en cuenta, los espíritus malignos agobiaban constantemente a la gente mapuche. Ronquenquén acechaba a las criaturas, aprovechaba cualquier circunstancia favorable para hacerle mal. Cuando algún niño se alejaba de la toldería, le provocaba algún accidente entre las rocas o lo hacía caer al río o morder por alguna víbora venenosa.

Maipe sembraba los vientos malignos que traían dolores y malestares constantemente.

Todos los espíritus malignos obraban bajo la inspiración del maligno Hecufü. Las fuerzas de los espíritus benéficos no podían vencerlos. Entonces Chachao -padre de los dioses buenos- envió a la tierra a otro espíritu más poderoso que hiciera el bien. Así fue como vino Químé Huenú, el espíritu de la bondad, a los valles patagónicos.

Cuando una persona era acechada por algún espíritu maligno que rondaba por la comarca, el Quimé Huenú desde las profundidades de los valles, elevaba una canción triste y quejumbrosa que por sí sola era una señal de advertencia. Entonces quien la escuchaba sabía que estaba ante algún peligro o se había equivocado de camino y así podía evitar al enviado del Huekufü.

De esa forma se salvaron muchas vidas y fue conjurada la saña implacable de los espíritus maléficos.

Cuando llegaron los huincas, el Quimé Huenú cantaba sin cesar todas las noches y su música llegaba como triste presagio a todos los toldos.

Después nadie la volvió a oír jamás. Pero el recuerdo de ese espíritu bondadoso quedó para siempre entre

los mapuches.

 

 

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