Por
Carlos Mateos
Ningún fármaco hasta ahora conocido, ni siquiera ninguna terapia, ha podido jamás superar su éxito en una variedad tan amplia de enfermedades. Puede hacer desaparecer tumores que parecían incurables en cuestión de días, aliviar cualquier dolor crónico o agudo, lograr una rápida recuperación tras un infarto o devolver su funcionalidad a una articulación, por poner unos ejemplos. Pero lo mejor es que está al alcance de todo el mundo. No cuesta ni una peseta. Es el placebo, la medicina de la mente.
Cada año,
los laboratorios farmacéuticos invierten miles de millones de pesetas en
encontrar nuevos fármacos con los que tratar o prevenir alguna de las cientos
de enfermedades y dolencias que el ser humano es capaz de sufrir y darle un
nombre. Después de años de investigación y numerosos intentos fallidos, solo
unos cuantos compuestos consiguen mostrar alguna eficacia, y casi nunca es muy
superior al placebo. Aún así, en esa obligatoria comparación, siempre saldrá
humillado, porque el placebo no solo
podrá curar muchas más enfermedades que él sino que, además, no habrá
necesitado ninguno de los ingentes recursos destinados a su obtención y
comercialización.
Y no
cuesta nada porque la eficacia del placebo no depende de sus componentes
químicos, sino de la mente de quien lo recibe. El término procede del latín placere
y se puede traducir por “me complaceré”, pero en realidad se le entiende como
cualquier sustancia inactiva que induce cambios y mejoras en determinados
enfermos que ignoran que el producto es inocuo. Así, el placebo puede ser agua,
azúcar o pastillas de colores, lo importante es que el enfermo crea que está
recibiendo algo que puede curarle. Es entonces cuando el placebo actúa: esa
creencia desata unos mecanismos internos que logran, en un alto porcentaje de
casos, la curación.
Todo
médico tiene en su experiencia algún caso de pacientes que mejoraban sin
ninguna explicación, incluso tras haber recibido un medicamento equivocado. Uno
de los casos más espectaculares del que se tiene constancia es el de un
paciente, apellidado Wright, al que le diagnosticaron un linfosarcoma –un tipo
de cáncer- muy avanzado en 1957. Tumores del tamaño de naranjas aparecían en
todo su cuerpo y los médicos le daban varios días de vida. El señor Wright oyó
hablar de un nuevo fármaco llamado krebiozen, del que se estaban haciendo
pruebas. Aunque no estaba diseñado para pacientes con tumores tan avanzados,
insistió tanto que su médico, Bruno Klopfer, accedió a administrárselo. Era
viernes y pensaba encontrarlo muerto para el lunes. Sin embargo, cuál sería su
sorpresa al encontrarlo paseando por la sala y hablando con las enfermeras.
“Las masas tumorales habían disminuido como bolas de nieve en una estufa y sólo
en unos pocos días se habían reducido a la mitad de su tamaño original. Era,
por descontado, una recuperación mucho más rápida que la que podían tener los
tumores más sensibles a la radiación con un tratamiento diario de rayos X
intenso y nosotros ya sabíamos que sus tumores no eran sensibles a la
radiación”, escribió.
A los diez
días el paciente había sido dado de alta y desarrollaba una actividad normal.
Sin embargo, a los dos meses de gozar de una salud perfecta, empezaron a
aparecer en los periódicos informes negativos sobre krebiozen. Fue entonces
cuando Wright volvió a su estado anterior. Klopfer tuvo entonces una idea. Le
dijo a su paciente que el fármaco tenía resultados, únicamente que había habido
unas partidas defectuosas pero al día siguiente llegaría una nueva formulación,
ya corregida y con el doble de potencia. Esa nueva formulación era agua, que le
inyectó. La recuperación fue incluso más espectacular que la primera vez. Pero
al cabo de unos meses la prensa publicó que krebiozen no tenía ninguna
eficacia. La fe del señor Wright se derrumbó y murió en 48 horas.
Como éste
hay miles de casos, cada vez que se realiza un ensayo clínico con un nuevo
fármaco. Un estudio con un remedio para la calvicie detectó que detenía la
caída del cabello en un 86 por ciento de los hombres. Pero el placebo también
demostró una gran eficacia: un 42 por ciento de quienes recibían ese compuesto
inocuo comprobaban que su pelo dejaba de caerse. Un 42 por ciento al que seguramente
no le importaría pagar lo que fuera por llevarse el compuesto a casa una vez
que el experimento concluyera.
En
Venezuela, a unos niños asmáticos se les hizo oler vainilla al mismo tiempo que
se les administraba un broncodilatador. Con el tiempo, se les retiró el fármaco
y sólo se les dio la vainilla, que conseguía resultados en uno de cada tres
casos.
Las
enfermedades a las que el placebo puede hacer frente son muy variadas, y aunque
no obtenga resultados en la mayoría de los casos, lo cierto es que para muchas
personas funciona, lo que no es nada desdeñable, sobre todo si hablamos de
patologías graves o crónicas. Así, se calcula que en la depresión severa, el 32
por ciento de los enfermos mejora tras recibir placebo.
Estos
resultados han hecho plantearse a muchos científicos la necesidad de gastar
sumas ingentes en nuevos fármacos con escasa eficacia en comparación a placebo.
Su planteamiento consiste en reservar, cuando sea posible, ese nuevo fármaco en
quienes falle el placebo. Un destacado psiquiatra, Walter Brown, de la
Universidad de Brown, en Estados Unidos, ha propuesto utilizar placebos como
tratamiento inicial para pacientes con depresiones leves o moderadas.
Sin
embargo, como confirmó en su visita a España el profesor de Epidemiología y
Medicina de la Universidad de Boston Kenneth J. Rothman, la utilización del
placebo no es habitual en Estados Unidos, “porque los abogados te pueden acusar
de engaño”. En nuestro país no es tan habitual la presión judicial sobre los
médicos y uno de los mayores expertos en placebo, el doctor Fernando García
Alonso, director del Fondo de Investigaciones Sanitarias, asegura que los
facultativos españoles “utilizan constantemente el placebo, sobre todo para
combatir el dolor, la depresión y algunas enfermedades digestivas, como la
dispepsia”.
La
pregunta que muchos expertos se plantean es, por tanto, si es ético prescribir
algo sin ninguna eficacia y mentir al paciente, o si, por el contrario, es
ético malgastar los recursos públicos en fármacos que cuestan al Estado varios
cientos de millones cuando para un gran porcentaje de enfermos les serviría un
simple terrón de azúcar. Algunos medicamentos, no obstante, combinan las dos
respuestas, la química y la producida por la fe. Es el caso de la famosa
Viagra. La pastillita azul ha conseguido, según reconocen los andrólogos, unos
resultados superiores a los que cabría esperar de sus propiedades
farmacológicas. Sin duda los cientos de páginas que se han escrito sobre ella y
su alto precio tienen mucho que ver con ello.
Lo que sí
parece seguro es que el placebo no tiene ningún efecto si se sabe que lo es,
por lo que el médico tiene que decidir entre una mentira que puede permitir una
curación o una verdad que dejará al enfermo como está. Una fórmula para no
engañar al paciente y evitar las acusaciones de fraude es la propuesta por
Brown: “estos comprimidos no tienen ingredientes activos pero algunos estudios
han descubierto que surten efecto en muchos casos”.
La
medicina natural o alternativa ha sido siempre acusada de beneficiarse
del “efecto placebo” y no tener ninguna eficacia per se. Los estudios
realizados con acupuntura, homeopatía y plantas medicinales, entre otros, han
demostrado que no es así, por lo menos en las terapias más conocidas. Sin
embargo, lo que el efecto placebo demuestra es algo que la mayoría de estas
medicinas han defendido desde sus orígenes: que las enfermedades tienen un
componente psicosomático y que no se puede curar el cuerpo sin curar el alma o
mente.
Uno de los
máximos especialistas en placebo, el psiquiatra Irving Kirsch, de la
Universidad de Connecticut, sostiene que los tratamientos médicos que se
reciben durante la vida son condicionantes que generan una respuesta en forma
de expectativa de alivio. Una respuesta que se libera de forma casi instantánea
e inconsciente, revelando un poder de la mente tan lleno de posibilidades como
poco explorado.
El dolor
es quizá el campo donde más se ha investigado la eficacia del placebo. Según
Kirsch, entre un 55 y un 60 por ciento de los placebos son tan eficaces como la
mayor parte de los medicamentos activos en el tratamiento del dolor. Esta
eficacia desaparece al administrar naloxona, un medicamento utilizado para
bloquear la morfina. Este hallazgo hizo sospechar que el placebo actuaba
gracias a la liberación de endorfinas por parte del cerebro, unas sustancias
naturales similares a la morfina. Pero según Kirsch y otros muchos expertos, no
es la única explicación. Lo que sí parece cierto es que existe una relación
estrecha entre los sistemas neurológico, inmunitario y endocrino, aunque hasta
ahora muy pocos médicos se hayan decidido a investigarlo.
Algunos sí lo han hecho y ya existe en nuestro país existe una Sociedad Española de Psico-Oncología. Su presidenta, la doctora Elena Ibáñez, de la Universidad de Valencia, subraya que está probado “científicamente” que el estado depresivo compromete las defensas del organismo y por tanto, el estudio de factores psicosociales es importante porque, aunque no son la causa de la enfermedad, “sí repercuten en que aparezca antes o después y que evolucione mejor o peor”.
Papel del médico
La doctora Ibáñez asegura que es muy importante el papel asesor del médico que trata al paciente oncológico, por la situación de angustia que éste sufre y las consecuencias que ese estado anímico puede tener en la evolución de la enfermedad. Sin embargo, aunque la mayoría de los enfermos terminales son atendidos por su médico generalista en su último año de vida, solo el 3 por ciento de ellos reconoce sentirse capacitado para atenderlos.
Y es que el médico puede, dependiendo de si transmite esperanza o no, contribuir a la mejora del enfermo o, por el contrario, a su empeoramiento. El doctor Larry Dossey, famoso por sus publicaciones sobre el poder de la fe, asegura en su libro Palabras de Curan que la mejor de las situaciones es que la confianza en la terapia sea compartida tanto por el médico como por el paciente y la peor, claro está, cuando ninguno de los dos cree en ella. “Dos conjuntos de creencias negativas pueden llegar a deformar los resultados de la terapia, la cual puede acabar convirtiéndose en un verdadero desastre terapéutico”.
El doctor Dossey ha recogido ejemplos de cómo los experimentos científicos realizados por médicos que creían en la bondad de un fármaco mostraban mejores resultados que los de quienes no creían en él, lo que le hace replantearse si nos podemos fiar de los ensayos clínicos, incluso los de doble ciego (aquellos en los que ni el paciente ni el investigador sabe qué grupo está siendo tratado con el fármaco y cual con placebo).
En este mismo sentido, otro estudioso del papel del médico en la curación, el doctor Bernie Siegel, afirma en uno de sus libros que “el médico que realmente cree que cada paciente es especial y único puede obtener efectos que van más allá de lo mecánico”.
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¿CÓMO
PODEMOS BENEFICIARNOS DEL PLACEBO?
El placebo
tiene muchas ventajas frente a los medicamentos, pero un grave inconveniente:
quien lo recibe debe creer que lo que toma puede curarle. Así que, la
autoadministración de placebo es tan ineficaz como beber agua o echar azúcar al
café. Sin embargo, quien puede ayudar al enfermo con el placebo es el médico o
el familiar, dependiendo de los casos.
Se han realizado estudios sobre qué placebos son más eficaces y los
resultados coincidían con cuestiones psicológicas, como la experiencia que
habían tenido los pacientes o el color y la forma de la presentación. Éstas son
algunas de las claves:
Cápsulas rojas
Un estudio de la Universidad de Amsterdam demostró
que los fármacos rojos o negros tienen mayor eficacia curativa –con
independencia de su composición- que los de otros colores. Los blancos son
percibidos como “más débiles”, los rojos, amarillos o anaranjados se consideran
estimulantes mientras que los azules o verdes consiguen transmitir
tranquilidad. Las cápsulas son “más eficaces” que las pastillas.
Medicamentos
caros
Se ha comprobado que los analgésicos más caros son
los que mejor curan el dolor de cabeza, mientras que las tabletas más baratas,
si se sabe que lo son, a veces no resultan efectivas. En los casos en los que
se les ha pedido a los enfermos que devolvieran sus pastillas al acabar el
estudio, el efecto era mayor, porque se les daba gran valor.
Inyección
o cirugía
Los medicamentos inyectados consiguen mayor eficacia
que los administrados vía oral. Pero lo que más resultados consigue es la
cirugía. Experimentos con patologías de rodilla o problemas cardíacos en los
que se limitó a abrir al paciente y volverle a cerrar se consiguieron
resultados similares a los casos en los que se realizó alguna extirpación.
Potente,
moderno, complicado y eficaz
Lo que el médico diga al paciente cuando le receta un
fármaco es tan importante que un estudio demostró que la eficacia de una
terapia puede aumentar entre un 25 y un 75 por ciento si se dice que el
tratamiento es muy potente, que la administración es complicada y que la
terapia es muy moderna y eficaz.
Seguir la
dosis
Se sabe que mientras más dosis y mejor se cumplan,
mejor resultado. Así, dos pastillas son mejores que una.
Formar
parte de un estudio
Muchos pacientes mejoran con sólo saber que van a ser
objeto de un estudio médico.
No ver
batas blancas
El síndrome de la bata
blanca es sobradamente
conocido por los médicos. La tensión sanguínea suele elevarse cuando un
paciente ve la bata de un médico.
MÁS INFORMACIÓN
Dr.
Larry Dossey. Palabras que curan. Ediciones Obelisco. Barcelona. 1997
Dr.
Bernie S. Siegel. Paz, amor y autocuración. Urano Bolsillo. Barcelona. 1999