“SANA,
SANA, CULITO DE RANA...”
Por
Carlos Mateos
De pequeños, cuando
nos dábamos algún golpe, nuestra madre solía acariciar la parte dolorida, diciendo “sana, sana, culito de rana”. No es
probable que las madres tuvieran intención de frotar a sus hijos con un batracio, pero lo cierto es que
en la piel de algunas ranas se encuentran sustancias 200 veces más potentes que
la morfina para calmar el dolor. Sin ir
muy lejos, con el veneno del sapo común se puede tratar el reúma.
Científicos de todo
el mundo están descubriendo nuevas aplicaciones terapéuticas al veneno de sapos
y ranas. Unas aplicaciones que ya eran conocidas por diversas tribus del
Amazonas, y que ahora son objeto de estudio por instituciones tan prestigiosas
como el Instituto Nacional de Salud, de Estados Unidos y los museos de Historia
Natural de París y Nueva York, que están investigando las propiedades
analgésicas y antibacterianas de las sustancias segregadas por algunos de estos
anúridos. Herpes, afecciones cardíacas,
esclerosis, Alzheimer o síndrome
de Down, son algunas de las enfermedades que los venenos de sapos y ranas
pueden ayudar a tratar.
Mientras en
Occidente las ranas sólo han sido apreciadas por lo que de suculento pudieran
ofrecer sus ancas, en China o el Amazonas estos animales son capturados, e
incluso mimados, para aprovechar las propiedades de sus glándulas cutáneas. En
el caso de las tribus indias, para emponzoñar sus flechas y para calmar el dolor.
Los líquidos que exudan los sapos comunes (Bufo bufo) hace cientos de
años que se emplean en China para contener hemorragias y estimular las
funciones vegetativas.
Pero ha sido sobre
todo gracias a un sólo hombre, el investigador John Daly, del Instituto
Nacional de Salud, de Estados Unidos, como la ciencia ha conocido de la
existencia de las propiedades terapéuticas en las toxinas que segregan sapos y
ranas. Daly tiene identificadas más de 300 sustancias procedentes de ranas con
interés farmacológico e incluso ha “bautizado” a muchas de ellas, capturadas en
sus viajes por Suramérica. Es el caso de la Phyllobates terribilis, un
pequeño batracio de color verde cuyo nombre debe al hecho de ser la rana más
venenosa del mundo. Un solo ejemplar puede matar a medio centenar de personas.
El descubrimiento
de esta especie se produjo al observar que, a diferencia de lo que ocurría con
otras ranas, que eran empaladas a fuego lento para extraer su veneno, en el
oeste de Colombia, los indios chocós sólo necesitaban rozar su piel para
envenenar las flechas. Con un único ejemplar pueden obtener 50 mortíferos
dardos. Los chocós las guardan en cañas de bambú y las consideran uno de sus
tesoros más preciados. Eso sí, se abstienen de tocarlas con los dedos.
La letalidad del
veneno fue analizada por Daly, que encontró en él la presencia de batratoxina,
que si bien es una de las sustancias más tóxicas que existen, ha servido para
comprender mejor el papel de los canales del sodio en el sistema nervioso. Unos
canales que, según el equipo del Daly, son un factor importante en las
arritmias cardiacas y en diversas enfermedades neurológicas, como la esclerosis
lateral amiotrófica.
Sin embargo, es
la histrionicotoxina, la toxina
presente en la rana Dendrobates histrionicus, la que ofrece mayores posibilidades para la investigación, según el
químico y biólogo Manuel Pijoan, que ha recogido numerosa documentación sobre
ranas y sapos e incluso ha visitado a los indios chocós.
“Es un campo muy
moderno y muy poco conocido, que presenta enormes posibilidades para el sistema
neuromuscular”, asegura Pijoan. Las histrionicotoxinas, al igual que las
pumiliotoxina B, procedente de la Dendrobates pumilio, afectan a la
conducción de mensajes a través de las células del sistema nervioso. Esto
ofrece, según Manual Pijoan “gran interés” en el tratamiento de enfermedades
como el Alzheimer, el síndrome de Down y la miastenia grave.
Por su parte, en
los árboles de la Guayana francesa, puede encontrarse la Pyllomedusa bicolor,
cuya piel segrega una serie de sustancias con propiedades analgésicas y
antibacterianas, y que está siendo estudiada por el Museo de Historia Natural y
el Instituto Monod, de París.
La investigación
sobre muchas de estas ranas es algo más que una posibilidad. Recientemente científicos del laboratorio Abbot publicaron
un estudio en la revista Science, que demuestra que un compuesto obtenido a partir del veneno de
la Epipedobates tricolor -otra de las ranas descubiertas por John Daly
en Ecuador-, el ABT-594 es 200 veces más poderoso que la morfina para calmar el
dolor, sin producir dependencia. De momento los ensayos han sido realizados
sólo con ratones, pero, según el doctor José María Infante, de Abbot, “es de
esperar que las pruebas en humanos -previstas para finales de a_o- sean
positivas”.
También en los
bosques australianos pueden encontrarse ranas con venenos curativos.
Científicos de la Universidad de Adelaida, en Australia, han encontrado que la
piel de varias especies de ranas del género Littoria, contiene una
sustancia eficaz contra el virus del herpes y la bacteria a la que se relaciona
con la osteomelitis, entre otras enfermedades. Un laboratorio se ha hecho cargo
de las investigaciones y ya está previsto lanzar un fármaco basado en esta
sustancia.
Condón químico
No tanta suerte ha
tenido la empresa farmacéutica Magainin, en Estados Unidos. Descubrieron una
crema vaginal basada en magaininas y aminosteroles, compuestos originados en
ranas y tiburones, que no sólo era un buen espermicida sino que en las pruebas
realizadas en ratas se comprobó que impedía todo tipo de infecciones. Además,
no producía irritaciones. Pero esta crema, que podía haber supuesto una
revolución en los métodos de anticoncepción, nunca llegó a las farmacias. La
empresa no disponía de los fondos necesarios para realizar pruebas en humanos y
ningún laboratorio se ha atrevido a hacerse con la patente por miedo a las
demandas en caso de surgir cualquier problema.
Uno de los mayores
expertos europeos en venenos, Delfín González, director científico del Centro
de Estandarización de Venenos, opina que las sustancias antirreumáticas del
veneno del sapo común (Bufo bufo) también “tendrán que esperar” para
verlas concentradas en una cápsula, debido los complicados trámites necesarios
para poder aprobar un fármaco.
En la Francia de
los a_os cincuenta se utilizaban miles de sapos para curar el reúma. El
tratamiento tuvo que interrumpirse porque los científicos no lograron
sintetizar el compuesto en el laboratorio y la utilización masiva de sapos era
inviable. También fracasaron las investigaciones realizadas en Argentina sobre
su aplicación contra el cáncer, por problemas con la justicia.
Alucinógenos
La piel de sapos y
ranas no sólo ha servido para curar enfermedades o matar enemigos, sino también
para producir alucinaciones. Los indios matse, en Perú, se inyectan con sus
flechas el fluido que segrega una rana arborícola, que secan al fuego. En
Estados Unidos y Australia ha habido casos de muertes por infusiones de pieles
de sapo. En el desierto de Sonora, en Arizona, se encuentra el Bufo alvarius,
el sapo más alucinógeno que existe. Su veneno provoca alucinaciones parecidas
al LID o la mescalina. En dosis altas puede ser mortal.
Pero uno de los
preferidos por los iniciados en este mundo es el más accesible bufo marino,
cuya piel lamen -a veces a costa de sus propias vidas-, como asegura Óscar
Campos, cuidador del Zoo de Madrid. Hasta tal punto ha llegado a extenderse
esta “moda” que en los norteamericanos estados de Georgia y Carolina del Norte
se han promulgado leyes que prohíben lamer pieles de sapos.
No se conoce si en
la Edad Media se conocían estas propiedades, pero algunos pueden empezar a
replantearse el cuento del príncipe y el sapo. Así que cuando la princesita
besó al sapo y vio al príncipe puede que lo que en realidad encontrase fuera un
simple mendigo que pasaba por allí
Envenenamiento
Sapos y ranas no
pican ni escupen ni mucho menos muerden. Lo que hacen algunos de ellos es proyectar el veneno que se encuentra situado
en unas glándulas detrás de los ojos, aunque la mayoría lo exudan a través de la
piel. En caso de tropezar con algún sapo “hay que estar tranquilos, asegura
Delfín González. “La intoxicación sólo puede venir si alguien lo toca y el
veneno entra en contacto con los ojos o con una herida, en cuyo caso se debe
lavar rápidamente y acudir a urgencias”. Los casos más frecuentes de
envenenamiento suelen producirse en perros que juegan con el animal.
Los sapos suelen
encontrarse en zonas húmedas y en cuanto a las ranas, no existen especies
venenosas en Espa_a, salvo las que se encuentran en los zoos.
Mitos y creencias
sobre sapos y ranas
Sapos y ranas han
fascinado a todas las culturas, que les han abierto un hueco en su peculiar
concepción del mundo. Debido al sonido que producen antes de las tormentas, a
las ranas se les ha relacionado con la lluvia. En Australia y en el Amazonas
existen ritos mágicos para pedir a las ranas que traigan la lluvia pues se
piensa que al croar atraen el agua. En la India la palabra “rana” significa
“nube” en sánskrito. Ellas personifican la tormenta.
Pero esta
asociación entre lluvia y ranas es algo más que un mito, por tanto que existen
muchos testimonios de ranas lloviendo desde el cielo. La Biblia ya habla de
estos sucesos, acaecidos en el Antiguo Egipto. La explicación se encuentra en
el viento que arrastra a estos animales desde un lago o estanque para caer en
cualquier otro sitio.
En China se mira a
la luna creyendo ver un sapo y la tradición atribuye los eclipses cuando el
sapo intenta comerse la luna. En Japón, otra tradición atribuye buena suerte a
las ranas. De la rana-toro se dice que desciende de un antepasado que podía
aspirar todos los mosquitos de una habitación con una sola inspiración.
En nuestra cultura,
además de los cuentos de sapos y príncipes encantados, aparecen multitud de
frases relacionadas con los batracios, como “tragarse un sapo” o “hasta que las
ranas críen pelo”.