Amores feos, escépticos, románticos, intensos, tiernos, chocolocos, racionales, perros, cacorros, a primera vista, el amor de la vida, amores sapos y principescos, dolorosos, sacrificados, amores para toda la vida, platónicos, arrechos, interesados, celosos, espirituales, incomprendidos, amores amigos…

Amores de amores, ¿cuál es el suyo?

Una mirada lúdica a las relaciones de pareja

TEXTOS RECOMENDADOS

1. Definición de amor, Real Academia Española

2. El amor lo deciden los genes, el cerebro, el status, los olores

3. EL PRINCIPITO, capítulo XXI

4. La Noche de los Feos, Mario Benedetti (1966)

5. Fábula de amor, Autor anónimo

6. Otras lecturas recomendadas

7. Lecturas recomendadas para próximos encuentros sobre El amor

  1. Definición de amor, Real Academia Española
  2. Sentimiento que mueve a desear que la realidad amada, otra persona, un grupo humano o alguna cosa, alcance lo que se juzga su bien, a procurar que ese deseo se cumpla y a gozar que como bien propio el hecho de saberlo cumplido. 2. Atracción sexual. 3. Apetito sexual de los animales.

  3. El amor lo deciden los genes, el cerebro, el status, los olores

por RUDOLF GRIMM

EL UNIVERSAL, 260399, P.7, HAMBURGO (DPA).

"Tal para cual", dice el proverbio. Pero también según una ley física, "los polos contrarios se atraen". En ambas afirmaciones está la verdad. Pero, cuando se trata de elegir la pareja para toda la vida, cuentan más las similitudes. Ya William Shakespeare elogiaba "las almas gemelas".

Investigaciones científicas, entretanto, no dejan lugar a dudas de que, cuando se trata de personas, el amor surge entre quienes se asemejan. La ciencia tiene pocas pruebas de que los contrarios se atraigan señala una revisión de los últimos conocimientos sobre elección de la pareja publicada en su último número por la revista alemana "Psyhologie heute" (Psicología hoy).

Las similitudes se refieren tanto al origen es decir, el medio ambiente familiar como a las semejanzas físicas. La mayoría de las parejas se asemejan también en la estatura y la complexión física, en la inteligencia, como en otras características de la personalidad. La semejanza, por lo demás, ha probado ser garantía para la estabilidad de la relación.

Sociobiólogos y antropólogos han construido tres modelos de explicación sobre el por qué dos personas "se hallan" en medio de esta enorme humanidad. Además de la atracción mutua por similitud genética, han constatado que hay también una herencia evolucionaría que determina la elección de la pareja y que, además, hay procesos hormonales y bioquímicos que son cómplices en el enamorarse. Basado en una encuesta entre más de 10 mil personas de 37 países, el psicólogo evolutivo David Buss constató la existencia de determinadas estrategias de elección de la pareja, típicas pare hombres como para mujeres.

La mujer, según esto, busca una pareja fiable con posición social, que no la abandone cuando se trate de criar a los hijos. El hombre, por el contrario, tiende a la búsqueda de una mujer que le parezca capaz de traer hijos sanos al mundo.

El hombre de hoy, en pleno umbral del siglo XXI, lleva todavía consigo los deseos de los cazadores y recolectores de la Edad de Piedra, según constata Buss sobre la base de su investigación.

La psicóloga Dagmar Luszyk, a través de un estudio piloto, halló que la teoría evolucionaría sobre la elección de la pareja coincide incluso con los modelos de búsqueda de pareja en mujeres entre los 50 y los 69 años de edad: también ellas hacen resaltar su apariencia externa y atribuyen importancia al status social, a la educación y a la solidez financiera del hombre. El tercer modelo de explicación confirma, entre otras cosas, el dicho popular de que las personas gustan de quien pueden "oler", cosa que el etólogo Karl Grammer considera como. científicamente comprobada. Cada persona posee un olor muy peculiar que transmite un mensaje que, para los demás, puede ser agradable o antipático.

Biólogos y antropólogos reconocen, sin embargo, que la ciencia no es capaz de responder definitivamente el proceso de elección de la pareja. De acuerdo a esto modelos psicológicos señalan que el deseo de tener hijos sanos y las similitudes en muchos rasgos no bastan como explicación.

La publicación alemana cita así a Joerg Willi. Un especialista en terapia familiar y de la pareja que cree que "podemos hallar simpáticas a muchas personas, podemos conversar y entendernos a pleno gusto con ellas y sentir que coincidimos óptimamente, sin que por eso salte entre nosotros la chispa de la fascinación de amor. Por otra parte, a veces tampoco llegamos entender cómo nos enamoramos de una persona contra toda la razón y sin posibilidad alguna de un entendimiento profundo o de una relación duradera".

Según el modelo "coevolutivo" de elección de la pareja formulado por Willi, dos personas se enamoran cuando reconocen: con este hombre o con esta mujer es posible un desarrollo. La chispa del amor sólo puede saltar cuando ambos son poseídos por la esperanza de penetrar el uno con el otro y el uno mediante el otro en nuevos espacios vitales.

El sexólogo John Money, por su parte, ha propuesto un modelo de "mapa del amor". Este surge desde la más tierna infancia, a través de vivencias e impresiones que se entretejen en un patrón bien determinado, de modo que el "mapa" muestra con relativa exactitud las facciones, la estatura, el color del cabello y el temperamento de la pareja ideal.

La antropólogo Helen Fisher señala además muchas otras características del mapa, que surten efecto inconscientemente: una vestimenta de trabajo, por ejemplo, o vestimenta en general, formas corporales, una determinada forma de reír. Lo positivo y lo negativo de la niñez y la adolescencia forman una trama que es superpuesa sobre una persona para saber si él o si ella pueden ser considerados como la compañía para toda la vida. Mientras mayor sea la coincidencia entre la trama y la realidad, mayor sería la posibilidad de enamorarse.

EL PRINCIPITO, capítulo XXI

Entonces apareció el zorro:

-¡Buenos días! -dijo el zorro.

-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vio nada.

-Estoy aquí, bajo el manzano -dìjo la voz.

-¿quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!

-Soy un zorro -dijo el zorro.

-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.

-¡Ah, perdón! -dijo el principito.

Pero después de una breve reflexión, añadió:

-¿Qué significa ‘domesticar’?

-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?

-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa ‘domesticar’?

-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?

-No -dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa ‘domesticar’? -volvió a preguntar el principito.

-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear vínculos... "

-¿Crear vínculos?

-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...

-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...

-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.

-!Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.

El zorro pareció intrigado:

-¿En otro planeta?

-Sí.

-¿Hay cazadores en ese planeta?

-No.

-¿Qué interesante! ¿Y gallinas?

-No.

-Nada es perfecto -suspiró el zorro.

Y después volviendo a su idea:

-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, !mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. !Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

El zorro se calló y miró un buen rato al principito:

-Por favor... domestícame -le dijo.

-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.

-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!

-¿Qué debo hacer? -preguntó el principito.

-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...

El principito volvió al día siguiente.

-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.

-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.

-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de la partida:

-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.

-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...

-Ciertamente -dijo el zorro.

- Y vas a llorar!, -dijo el principito.-¡Seguro!

-No ganas nada.

-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.

Y luego añadió:

-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós yo te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:

-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:

-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mi rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.

Y volvió con el zorro.

-Adiós -le dijo.

-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.

-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.

-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.

-Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...

-Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo.

La noche de los feos, Mario Benedetti (1966)

1.
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos - de la mano o del brazo - tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pasando?", le pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba transpasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí." Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo como qué?"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."

"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.

2.
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme ( y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tube que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos ( al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados , felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

Fábula de amor, Autor anónimo

Érase una vez una isla donde habitaban todos los sentimientos: la alegría, la tristeza y muchos mas, incluyendo el amor. Un día les fue avisado a sus moradores que la isla se iba a hundir, por lo que todos los sentimientos se apresuraron a abandonarla. Abordaron sus barcos y se prepararon a partir apresuradamente. Solo el AMOR permaneció en ella; quería estar un rato más en la isla que tanto amaba y acompañarla antes de que desapareciera. Al fin, con el agua al cuello y casi ahogado, el AMOR comenzó a pedir ayuda. Se acerco la RIQUEZA que pasaba en un lujoso yate y el AMOR dijo ''RIQUEZA'' llévame contigo! La riqueza contestó: no puedo, hay mucho oro y plata en mi barco, no tengo espacio parta ti. Le pidió ayuda a la VANIDAD, que también venia pasando: "VANIDAD, por favor ayúdame.". Le respondió: "imposible AMOR, estas mojado y arruinarias mi barco nuevo". Paso la SOBERBIA, que al pedido de ayuda le contesto: "Quítate de mi camino o te paso por encima!". Como pudo, el AMOR se acerco al yate del ORGULLO y una vez mas solicito ayuda. La respuesta fue una mirada despectiva y una ola casi lo asfixia. Entonces el AMOR pidió ayuda a la TRISTEZA: "me dejaras ir contigo?. La TRISTEZA le dijo: Ay AMOR, tu sabes que siempre ando sola y prefiero seguir así". Paso la ALEGRIA y estaba tan contenta que ni siguiera oyó al AMOR llamarla. Desesperado el AMOR comenzó a suspirar, con lagrimas en sus ojos. Fue entonces cuando una voz le dijo: "Ven AMOR yo te llevo". Era un anciano el que le decía eso. EL AMOR estaba tan feliz que se olvido de preguntarle su nombre. Fue llevado a la tierra de la SABIDURIA y una vez allí, el AMOR preguntó a esta: Quién era el anciano que me trajo y salvo mi vida? La SABIDURIA respondió: "Era EL TIEMPO". "¿EL TIEMPO? ¿Pero, por qué EL TIEMPO me quiso ayudar?", dijo EL AMOR. LA SABIDURIA le respondio: "Porque solo el tiempo es capaz de ayudar a entender un gran amor".

Un gran amor nunca muere, habita en los corazones de quienes lo sienten, puede que no estén cerca, que sus miradas no se crucen, que sus palabras no se oigan, que crean que todo ha terminado, que se confundan con otros sentimientos, el amor estará en sus corazones por siempre.

Otras lecturas recomendadas

Lecturas recomendadas para próximos encuentros sobre El amor

- Diálogos de Platón: Lisis, El banquete, El Fedro

- La historia del amor. http://208.240.90.171/placeres/historia.html

- El derecho a la ternura. RESTREPO, Luis Carlos

- La llama doble. PAZ, Octavio

- El anatomista. LANDAHAZI, Federico. (si lo prefieres puedes consultar un ensayo sobre esta novela en www.oocities.org/gaedsun en el hipervínculo ensayos Cogobierno del cuerpo: la carne y el espíritu)

* Si quieres recomendarnos más bibliografía sobre el amor escríbenos a gaedsun@starmedia.com