El amor desde la Etología
Amemos como animales
Recorrido por la cadena zoológica que empieza y termina en el cuestionamiento sobre la razón de ser, desde las perspectivas evolutiva y de la funcionalidad biológica, de la aparición o complicación del amor y el erotismo en la especie humana.
Por Hernando Escobar Vera (nandoev@yahoo.es)
Contenido
Introducción
*Un escorpión en la cama: complicación del grado de intimidad (2)
*La mosca esnob: complicación de los mecanismos de elección de pareja (1)
*Placer y afecto: complicación de la finalidad (1)
*Fidelidad y monogamia: complicación en las implicaciones
*Cultura, moral y virtud: complicación ontológica
*De la intención a la acción, el abismo que separa a los humanos de las demás especies
*Bibliografía
*Introducción
El hombre ha sido capaz de explicar la razón de ser de las características etológicas y físicas de sus especies ‘inferiores’, desde la perspectiva del instinto de supervivencia y en relación con sus hábitats, en cada momento de las eras geológicas, desde que existe la vida. Ha sido capaz de comprender las razones de sus modificaciones genéticas y extinciones y les ha hallado explicación en las teorías de la evolución y la selección natural. Sin embargo, aunque él mismo, el hombre, se encuentra en algún lugar de esa cadena evolutiva, consciente de su existencia, capaz de usar esa consciencia para explicar el comportamiento de las demás especies; ha sido incapaz, al menos con el mismo consenso de los etólogos sobre los animales, de comprender el sentido de su propia existencia dentro de la maraña de relaciones entre él, sus semejantes, las demás especies y los ecosistemas.
Este ensayo formulará preguntas sobre uno de los desenlaces diferenciales del proceso evolutivo en el hombre, digo uno aunque son dos en una sola llama doble, como la llamó Octavio Paz: el amor y el erotismo. ¿Por qué mientras se asciende en la cadena evolutiva se hacen más complejos los mecanismos de las especies para seleccionar su pareja, qué sentido tienen los mayores grados de intimidad en las especies superiores, qué finalidad persigue el que el hombre tenga consciencia del placer del acto sexual y lo haga fin en sí mismo y no necesariamente medio para la reproducción?
Al final de cada una de estas preguntas aparecen el amor y el erotismo como cualidades exclusivas o más complejas del hombre (sean éstas dimensiones naturales humanas o invenciones culturales). Y si él, con sus limitaciones y destrezas, no escapa de los designios de la naturaleza y los procesos naturales, cabe preguntarse –como se preguntaría un estudiante de biología por la razón de ser de los cantos de las ballenas, los colmillos en los felinos o el paso de reproducción asexual a sexual en la cadena evolutiva– ¿qué sentido tiene, desde la perspectiva evolutiva y de la funcionalidad biológica, la aparición del amor en el hombre con tal grado de complejidad?
El profundo relieve de esta y las anteriores preguntas subyace en que, aparentemente, el hombre no está determinado a ciertos comportamientos, así que debe enfrentar la decisión, a veces angustiosa, de aceptar las determinaciones culturales, morales y legales o hacer una exploración filosófica o empírica (en este caso puede pasar por la condena social, la atrición, la duda o el dolor por las relaciones fallidas) en cuestiones que definirán su forma de relacionarse con sus semejantes.
Un escorpión en la cama: complicación del grado de intimidad
(2)El método más antiguo para lograr la continuidad de las especies ha sido el de desove y fecundación externa, método de las almejas y la mayoría de especies acuáticas, que arrojan abundantes cantidades de huevos y esperma en el agua, medio que facilita la movilidad de los espermatozoides hasta su destino. Este método fue perfecto hasta que los primeros anfibios ascendieron a tierra firme, donde tuvieron que generar mecanismos funcionales en ausencia del medio acuático.
El colmo de la ausencia de agua, tal vez lo viven los escorpiones que habitan zonas áridas y secas. Ellos perfeccionaron el método de ‘sexo envasado’, que consiste en que el macho crea su propio charco en el que deposita su fluido espermático; simultáneamente ha adelantado con una hembra de su especie un complejo y arriesgado ritual en el que se toman sigilosamente de los aguijones, paras evitar que su naturaleza opere atacando cualquier cosa que se mueva, y la atrae hasta poner su cloaca sobre el charco.
Aunque desprovisto de un ritual tan evocador de ese límite entre la vida y la muerte, que para algunos humanos, metafóricamente, y para los escorpiones, de forma fáctica, constituye la relación sexual, el método de la sanguijuela va un paso adelante, aunque aún no hay cópula. El macho deposita un ‘paquete de esperma’ rodeado de enzimas corrosivas sobre cualquier parte del cuerpo de la hembra. El paquete penetra ulcerando su cuerpo hasta encontrar los huevos y fecundarlos. El pene aparece en un estadio más avanzado para permitir la cópula, opción que llega hasta el hombre en el que el contacto puede ser tan peligroso emocionalmente, como un ritual mal efectuado en el escorpión.
Los grados de intimidad en la cadena evolutiva pasan entonces por la ausencia de contacto, el contacto no genital, la copulación y la cópula afectiva y con consciencia de placer. La posibilidad del amor, como requisito para la relación sexual o, al menos, como valor agregado o accesorio bien recibido, aparece en el hombre al final de la cadena evolutiva generando las primeras preguntas: ¿cuál es su sentido?, ¿por qué los humanos han interpuesto el amor para acceder a la cópula?, ¿es el amor el atributo siguiente que la naturaleza concede al hombre para conservar su especie o por otra finalidad aún ajena a nuestro entendimiento, o es solo una invención cultural?
La mosca esnob: complicación de los mecanismos de elección de pareja
(1)Una buena amiga se quejaba de cómo las decepciones amorosas se podrían evitar si a los humanos se nos suministrara una foto de nuestra pareja predestinada para salir a su encuentro, ahorrándonos toda la energía y el dolor de los intentos fallidos. De alguna manera, sí nacemos con esa foto en nuestra información genética; no tan clara como ella aspiraba pero más nítida que en las especies inferiores.
Algunas especies de moscas simplemente saltan sobre cualquier cosa del tamaño de una mosca y de color oscuro, aunque se trate de un tornillo o de excremento de conejo. Pero en otras moscas y animales superiores, la ‘foto de identidad’ de la pareja se hace más inconfundible. Algunas logran identificar a individuos de su propia especie; otras, además, de sexo opuesto; y, en estadios avanzados, de su agrado. Se trata de una ‘foto’ cuyas características determinantes pueden ser visuales, auditivas, olfativas o táctiles, separadas o combinadas y en diferentes grados de complejidad.
Por ejemplo, cada especie de luciérnaga emite su propia señal luminosa, lo cual permite que identifiquen a los de su especie. Algunas gaviotas se reconocen por un anillo milimétrico alrededor de los ojos, hembras de especies de moscas y pingüinos aceptan a sus machos si entonan el canto de cortejo en el tono correcto. Los perros se atraen visualmente, pero solo después de olerse deciden si se quedan juntos o se repelen. Otras especies exigen además algún tipo de ritual de conquista, como ciertos cabeceos en lagartos anolis.
Los humanos encuentran sensaciones de atracción o rechazo en cada uno de esos aspectos: la apariencia física, el olor, la voz, el gusto en el beso, la sensación táctil en el abrazo… y corresponden a cada uno de esos estímulos que pueden activar o no los interruptores de la atracción, la repulsión, la empatía, la antipatía o la indiferencia. Cuando no en el habla, la respuesta suele darse en señales más o menos evidentes: los brazos abiertos para el abrazo, la sonrisa, la expresión del rostro, el brillo en la mirada, las cejas que se levantan durante una fracción de segundo, etc.
Así, de la búsqueda inconsciente de la mosca que saltaba sobre cualquier cosa de su tamaño y color, fuera esta animada o inanimada; a la de aquella mujer que tiene trazado claramente el perfil de la persona con quien quiere compartir el resto de su vida en forma exclusiva –incluidos estatura; color de ojos, cabello y piel; medidas de brazos, torso, piernas, espalda y cadera; ceros en el estrato bancario, modelo del carro, ubicación del apartamento y nombre del club del que debe ser accionario– hay una clara complicación. ¿Qué tan natural o artificial es esta complicación y a qué fines obedece?
Placer y afecto: complicación de la finalidad
(1)"Por comparación con cualquiera de nuestros parientes en el reino animal, nosotros, los humanos, tenemos reglas muy flexibles para el juego amoroso, en el que todo está permitido. Sin embargo, casi todas las variantes que el hombre practica, sea la sumisión o la sodomía, la sexualidad oral o en grupo, son formas ya desarrolladas de modo similar por una especie animal u otra desde hace mucho tiempo".
(1)Como se vio en apartados anteriores, algunas especies se pierden de la diversión cumpliendo la etapa de reproducción –justo en medio de nacer, crecer y morir– a través de fecundación externa; otras experimentan la cópula placentera, motor y gratificación inconscientes para la reproducción; otras logran la suficiente consciencia de placer para buscarlo por medios diferentes a la cópula entre macho y hembra, a través de prácticas como la
homosexualidad o la masturbación. El último es el caso de hembras de mamíferos como cerdos y gatos que usan objetos inanimados para producir placer en sus órganos genitales o machos como el toro que deslizan la vaina de su verga de arriba abajo con el mismo fin.Los humanos, por su parte, pueden tener relaciones sexuales durante todo el año y su vinculación sexual no depende de las épocas de celo; machos y hembras de la especie pueden obtener rangos similares de placer; la sensualidad del coito está enriquecida por posibilidades eróticas y creativas, y la obtención de placer en su sexualidad no depende necesariamente de la relación con un individuo del sexo opuesto (homosexualidad), o de la genitalidad (parafilias), o del contacto con otro (masturbación).
Y aunque estos ‘extravíos’ de la sexualidad humana ocurren, en cierta forma, en otras especies, la consciencia del placer, la capacidad de decidir si éste será fin en sí mismo o si será medio hacia la reproducción o la constitución de relaciones permanentes, y la reflexión marcan la diferencia. Surgen las preguntas ¿cuál papel debe jugar el placer frente al amor y la reproducción?, ¿cuál el de la reproducción frente al amor?
Pero esta complicación no es en un solo sentido. La relación entre miembros de la misma especie tiene dos desarrollos diferentes: uno hacia la reproducción, otro hacia la sociabilidad. La formación de cardúmenes, bandadas, y manadas, con fines no exclusivamente reproductores sino también de protección, territorialidad o juego, también tienen un desarrollo diferente en la cadena evolutiva hasta el hombre, para quien surgen la comunidad, los interlocutores, los compañeros, familiares y amigos, en quienes se depositan expresiones y grados diferentes de afecto e intimidad.
Los experimentos del profesor Frank A. Beach
(1) en la Universidad de California con cinco parejas de perros beagles desde su nacimiento, mostraron cómo se formaban empatías entre machos y hembras que no necesariamente eran coincidentes en las épocas de celo y que se restauraban después de estos periodos. En algunos casos los machos que las hembras aceptaban para jugar eran justamente los que rechazaban durante el celo, pero en otros casos aceptaban como amigo de juego al mismo que sería su pareja sexual. Beach entendió, a partir de esas observaciones la existencia de una simpatía lúdica y una atracción sexual, independientes, entre esos animales.Desarrollos posteriores han encontrado en ese instinto de relación social el antípolo de la agresión, la explicación de la comunidad; mientras que el instinto de relación sexual procuraría solo la satisfacción de la necesidad de placer en la cópula y la reproducción como consecuencia. Pero, en los humanos o algunos de ellos, como en los perros del experimento, podría no existir un claro límite entre los dos instintos, podrían fundirse en un solo concepto expresado con la palabra amor.
Entonces, el afecto o la no agresividad adquiere una taxonomía con fronteras sutiles: conocidos, familiares, amigos, novios y amantes; con sus subtipos bastardos: ‘amigovios’, amantes ocasionales, cómplices de incesto, etc. Y a las preguntas de una punta de la ‘y’ es necesario sumar otras como ¿qué tan impermeables deben ser los límites entre la relación sexual y la social?, ¿cuántos y cuáles tipos de amor puede haber, qué implicaciones se derivan de ellos y qué determina si son o no lícitos?
Fidelidad y monogamia: complicación en las implicaciones
¿Qué implicaciones deben tener la simpatía, el impulso sexual, alguna fusión de las dos o el amor mismo? Mientras las especies están determinadas instintivamente para repetir patrones de comportamiento frente a asuntos como la ‘fidelidad’, la duración de la relación y su carácter monogámico o poligámico, el ser humano puede optar por aceptar una determinación en esos aspectos en la normativa cultural o aceptar su indeterminación y explorar sin prejuicios (si es realmente posible abstraerse de la estructura cultural para librarse de ellos).
En la cadena evolutiva se pasa por la ausencia de contacto para la reproducción en la fecundación externa de los peces; la fecundación interna sin ‘fidelidad’; la ‘fidelidad’ temporal, por ejemplo durante el empollamiento y crianza en algunas especies de aves, y la fidelidad permanente, por territorialidad en el cóndor de los andes y el oso de anteojos. En los casos en que hay fidelidad, esta puede darse dentro de modelos de monogamia o poligamia, como en el caso de las manadas de lobos entre los que hay un macho y una hembra líderes.
Cultura, moral y virtud: complicación ontológica
"Todos los actos eróticos son desvaríos, desarreglos; ninguna ley, material o moral, los determina. Son accidentes, productos fortuitos de combinaciones naturales. Su diversidad misma delata que carecen de significación moral. No podemos condenar unos y aprobar otros mientras no sepamos cuál es su origen y a qué finalidades sirven. La moral, las morales, nada nos dicen sobre el rigen real de nuestras pasiones (lo que no les impide legislar sobre ellas, atrevimiento que debería haber bastado para desacreditarlas)".
Octavio Paz, Un más allá erótico: Sade
La posibilidad de formularse problemas éticos, de cuestionarse sobre su propia existencia y buscarle un sentido, y la opción de elegir son, tal vez, los componentes que diferencian más claramente al hombre de las demás especies en relación con el ejercicio de su sexualidad y afectividad. No es suficiente seguir el llamado de la naturaleza como lo hacen los demás animales, el hombre, aparentemente, necesita seguir un sistema de convenciones sociales que le den tranquilidad operativa. Se rige por unas normativas de hecho o de derecho que, en cierta forma, restringen su amplia gama de posibilidades de elección y eso parece aliviar su ansiedad frente a la diversidad de elecciones posibles. En todo caso, ¿cómo seguir el llamado de la naturaleza si hay tantas voces? ¿Cómo discernir cuáles son naturales y cuáles, por el contrario, atentan contra la verdadera esencia humana?
Entonces, de acuerdo a las diferentes culturas y morales de turno, el hombre es llamado a comportarse de diversas maneras frente a su naturaleza e igualmente su naturaleza es interpretada de disímiles formas conduciendo a sistemas morales que procuran regular el comportamiento de las comunidades que los adoptan.
En este apartado se recogerán algunos postulados de la moral reinante en occidente, resultante de la reflexión sobre el ser humano por parte de filósofos comprometidos con el cristianismo como Santo Tomás, desde la perspectiva de la llamada ‘ley natural’ (3):
»
La vida humana tiene tres dimensiones una vegetal, en la que residen los actos involuntarios tendientes a conservar la existencia como la respiración o la circulación; una animal que permite el conocimiento sensible del mundo y de la cual derivan unos apetitos sensibles, y una propiamente humana, el alma, que permite el conocimiento intelectual y los actos voluntarios, estas son las facultades del alma: voluntad e inteligencia.»
Estos apetitos y facultades son perfeccionados a través de virtudes, así: las virtudes intelectuales perfeccionan la inteligencia y las virtudes morales (fortaleza, templanza y justicia) perfeccionan la voluntad y las tendencias sensibles.»
Los apetitos sensibles son los mismos instintos recogidos en apartados anteriores (agresión, relación sexual y relación social), que cambian de nombre al ser traspuestos a la ‘dignidad humana’, así: apetito irascible, que nos permite defendernos, superar obstáculos y atacar; apetito concupiscible, que nos mueve irracionalmente en busca del placer carnal.»
De esta forma, la fortaleza deberá regular el apetito irascible; la templanza, el concupiscible, y la justicia, las relaciones sociales. Y en desarrollos más detallados aparecerán otras virtudes como la fidelidad». (3)En este orden de ideas, frente a esas ‘potencias contrarias a la razón’: agresión, sexualidad e instinto de relación por simpatía; occidente opone unos valores que deben perfeccionarlas, regularlas, limitarlas o reprimirlas como la razón, la voluntad, el pudor y la responsabilidad.
(1)¿En qué medida el hombre occidental contemporáneo es capaz de perfeccionar, o al menos explorar su universo erótico? ¿No será que quedarse tan solo en limitar y reprimir le han impedido conocerse a sí mismo, conocer a sus semejantes y ser capaz de entablar procesos comunicativos con ellos y consigo mismo propiciando, en alguna medida, el estado de malestar social actual? ¿Habrá olvidado formular la pregunta básica, la que dé sentido a las demás preguntas, y por eso no ha comprendido a qué responde la aparición del amor con sus características complejas en el estadio de la evolución que él mismo encarna? A estas alturas, ¿cómo saber cuál es la verdadera naturaleza humana y cómo decidir si se debe seguir su llamado o se le debe reprimir?
De la intención a la acción, el abismo que separa a los humanos de las demás especies
Lo que ocurre en ese lapso que separa los momentos de la intención y la acción, es tal vez la característica más tangible que diferencia al hombre de los demás animales. Los animales sienten el apetito y procuran satisfacerlo, a los hombres se les enseña a meditar la bondad o maldad de cada uno de sus actos, cuánto les conviene o les perjudica, reflexionan y, luego, actúan o se abstienen.
Esa reflexión está enmarcada en su normativa o el conjunto de creencias que le normatizan: normas sociales de hecho (culturales o morales), normas de derecho (formalización legal de las anteriores que genera categorías de actos punibles), las normas naturales (lo posible dentro de la instalación corpórea de cada cual) y la normativa de su visión de mundo en la que influyen sus creencias sobre conveniencia personal (consecuencias psicológicas, económicas, políticas, de salud), conveniencia social (respeto por el otro, justicia, honestidad), pudor, asco, miedo al dolor, deseo de poder, etc.
Estas creencias se formarán de acuerdo a la información de la que cada individuo disponga, sus prejuicios (o la poco frecuente ausencia de ellos) y el tipo de moral que practica (porque la adoptó libremente, le fue impuesta o un estado intermedio; porque la sigue con escepticismo o está bajo su gobierno).
Consideremos, por ejemplo, la penetración anal entre hombres. La represión individual de una intención de practicarla puede obedecer a que el sujeto la considera inmoral, pecaminosa o impropia (lo cual
ha variado históricamente de una cultura a otra según la aceptación social de la práctica); a que la sociedad la castiga (el delito de sodomía ha existido y persiste en algunos lugares del mundo); a que considera que es físicamente imposible (probablemente siguiendo teorías populares al respecto); o a que le produce asco o teme el dolor.Como se ve, esa reflexión, puede restringir al individuo ante una normativa que, aun pretendiéndose natural, puede resultar artificial desde otra perspectiva; o puede abrirlo a un sinfín de opciones eróticas (y de todo tipo) y de comunicación con sus semejantes y su entorno en busca de su verdadera naturaleza.
Nota: los apartados acompañados de (1), (2) y (3), son libres interpretaciones (los entrecomillados son textuales) basadas en los siguientes textos:
(1) Fauna erótica: informe sobre sexualidad animal. SPARKS, John. Altalena Editores S.A., 1978. )206 páginas).
(2) La vida amorosa de los animales. DROSCHER, Vitus B. Editorial Planeta, 1984. (249 páginas).
(3) Apuntes de Ética y Antropología filosófica, profesoras Inés Calderón y Ana María Araújo, 1993 – I y 1993 – II, respectivamente. Facultad de Comunicación Social – Periodismo. Universidad de La Sabana (orientada por los preceptos del Opus Dei) Chía, Colombia.