Cogobierno del cuerpo: la carne y el espíritu
Sobre El Anatomista de Federico Andahazi
Por Hernando Escobar Vera (nandoev@yahoo.es)
A los 11 años, mientras apretaba las piernas ingenuamente, Giovanna P.* descubrió el placer de ser mujer y ese hallazgo revolucionó tanto su vida, como el de Mateo Colón, 428 años atrás, revolucionó la historia de la humanidad.
Era 1987, Giovanna cursaba los primeros años del bachillerato y poseía algunos conocimientos sobre sexualidad: suficientes para saber el nombre de ese objeto casi oculto desde donde se irradia gran parte de la sensualidad; casi suficientes para medir cuanta templanza necesitaría en el futuro para evitar que aquel órgano gobernara su vida, e insuficientes para sospechar la magnitud de ese placer, antes de sentirlo.
Sin embargo, sobre las contemporáneas de Mateo Colón, consideradas inferiores a los hombres y carentes de alma, Giovanna poseía la ventaja de que su tiempo le reconocía plena humanidad en su feminidad, plena consciencia y pleno albedrío. Pero si, aun así, el manejo de su cuerpo y de su sexualidad han sido complejos en los trece años siguientes, ¿cómo lo sería para aquellas mujeres ignoradas e incomprendidas? Incluso ¿cómo lo sería para aquellos hombres ignorantes y, por tanto, incapaces de proporcionar placer a sus contemporáneas?
Por eso, una historia sobre el descubrimiento del clítoris
¾ enmarcada en el ambiente renacentista, en el que la luz pugna por expandirse entre las sombras de la ignorancia, la superstición religiosa y la doble moral¾ tenía que ser una historia sobre la reivindicación sexual femenina y, de paso, el crecimiento masculino.El anatomista, de Federico Andahazi, es eso, pero no se queda allí: es una reflexión sobre el ser humano, sobre el inasible mecanismo que convierte las intenciones en acciones o que las inhibe. Sobre lo que nos diferencia de las otras especies: el alma (como la llama el autor para ser congruente con la época y la idiosincrasia que rodean el relato; hoy, para evitar discusiones teológicas u ontológicas, la podríamos llamar consciencia, voluntad o albedrío).
El sostén argumentativo del relato es el alegato científico – filosófico con el que Mateo Colón se defendió de la hoguera por haber descubierto el Amor Veneris. Un discurso acerca del movimiento de los seres humanos, desde sus manifestaciones más simples como la respiración y la circulación, hasta aquellos en los que interviene la voluntad, el alma. Y de aquellos movimientos complejos, pasión – acción, se desprende el tema central de la historia: la relación entre el amor y el deseo sexual, continuos motores del hombre y, en este caso, del avance científico.
El impulso sexual
"Habremos entonces de diferenciar el amor,
que es un puro atributo del alma,
del impulso sexual".
"El norte que condujera a Mateo Colón (a su descubrimiento) no era ni una premisa teológica, ni una ambición de saber filosófico, ni siquiera un afán de revolucionar la anatomía", sino su apasionado deseo de conquistar el amor de Mona Sofía, una mujer, un ser ‘inferior’, es decir, un fin completamente irracional que no patrocinaría su alma.
Cuando conoció a la bella Mona Sofía, sus ojos verdes que hacían lucir pálidas a las esmeraldas, su mirada altiva, su dominio de sí misma; la amó. Cuando comprendió que era una puta, que estaba con él por dinero, que era dueña de su tiempo y que su tiempo acababa; la amo más. Cuando la supo ajena, dueña de sí misma, inalcanzable; la quiso para sí. Desde entonces, su meta no fue otra que "conseguir un preparado que pudiera apropiarse de la volátil voluntad de las mujeres", para obtener el poder sobre una de ellas.
Y en tiempos en que los límites entre el saber científico y la superstición eran entreverados, a pesar de que la medicina trataba de no contrariar a la Iglesia, Mateo Colón prefirió obedecer a la pasión
¾ por el conocimiento, quizás, y por una mujer¾ y considerar que la verdad científica bien podría hallarse en los caminos del paganismo, la brujería y, quizás, el pecado.Esos caminos lo llevaron al filo de la hoguera con cargos de herejía, perjurio, blasfemia, brujería y satanismo, y también a su meta: "el anatomista había encontrado la llave del amor y del placer… había encontrado la razón anatómica del amor", en el cuerpo enfermo de Inés de Torremolinos, beata, inmaculada, devota, pía.
La castración del ‘alma’
"Así ardiera mi carne en la foguera
así mordiera el amargor de la cicuta,
o en la horca muriera y si así fuera,
aun así, nada me enluta
y me declaro desde agora
de las putas la más puta".
Inés de Torremolinos era todo lo opuesto a Mona Sofía, excepto que también era bella. Era una intachable mujer de su época: "mujeres que no sabían de gemidos ni de ayes ni de nocturnas impulsiones ni de humedades bajas". Hija obediente, cristiana y casta esposa ("la esposa, según mandaba el precepto apostólico, debía despojarse de toda pasión y ‘usar del marido como si no lo tuviera’"), viuda fiel y piadosa.
Pero mujer, al fin de cuentas, sin alma para controlar sus impulsos sexuales y sin marido para orientarla. Sus fluidos kinésicos fueron acumulándose en el centro de sus piernas hasta enfermarla y hacer visible a los ávidos ojos del anatomista el gran descubrimiento: el Amor Veneris (clítoris), la pequeña verga de las mujeres, el remedo de alma que las gobierna, el origen del amor femenino.
Cuando Colón le estimuló el ‘nuevo órgano’, Inés de Torremolinos descubrió el placer y, confundida, creyó que había descubierto el amor. Al verla dejarse regir por ese placer insospechado, Mateo Colón dedujo que su descubrimiento era "la prueba irrefutable de la inexistencia del alma en las mujeres".
Si bien su descubrimiento no le sirvió a Colón para conseguir el amor de Mona Sofía, a Inés de Torremolinos le dio luces sobre la diferencia y la similitud entre el amor y el impulso sexual que residía en aquel órgano que la gobernaba. Ese conocimiento le permitió "tener en sus manos el verdadero albedrío de ser, por fin, dueña de su propio corazón".
Afiló su cuchillo y se liberó de un tajo del demonio que habitaba entre sus piernas y gobernaba su voluntad. Lo mismo hizo con sus tres hijas. Luego partió a desplegar el sexo reprimido durante años de beatitud y "cristiana castidad marital" sin temer el riesgo de caer en el amor, porque el amor reside en el alma y el alma se la había amputado.
La castración del alma (sin comillas)
"Os dijeron ¿cocinad!
Aquí os dejo mi receta
que de agora y para siempre
dejará de ser secreta.
Tomaos por desayuno
cuando el sol salga y se yerga
de veinte zagales, uno
de luenga y de gorda verga
y buena leche bebed
que para saciar la sed
mejor que éste, ninguno.
Y a la hora de la misa
dando el cura su monserga,
hostia ni vino consiento
y tomo por sacramento
su divina y presta verga"
.Después de 441 años, liberados de la atosigante moral del renacimiento, conscientes de la igualdad de libertades y responsabilidades, hombres y mujeres saben que no necesitan amputarse el ‘remedo de alma’ (pene o clítoris, respectivamente) para tener en sus manos el control de sus vidas y ser dueños de sus corazones.
Saben que ese control y ese dominio dependen del desarrollo de ciertas virtudes del alma (o de la voluntad) como la templanza para hacer solo lo que quieren hacer y no ser subyugados por sus pasiones y obligados a la acción indeseada o no conscientemente planeada.
Hay además estímulos externos, diferentes al juicio moral ajeno o el temor a la hoguera, que los inducen a reflexionar: embarazos no deseados, enfermedades venéreas.
Y sin embargo, no es suficiente. La autodeterminación es difícil. El ejercicio de la libertad sexual es difícil.
Ese umbral en el que el alma o la voluntad inhiben o permiten que los apetitos conduzcan a las acciones, ese volátil umbral donde se producen los más sensibles movimientos humanos, los que comprometen la voluntad, la decisión, sigue siendo un misterio.
Ese límite entre el alma y el cuerpo, entre el amor y el apetito sexual, entre la sensatez, el sentimiento y el deseo de placer, sigue en discusión.
Por eso, hoy, a los 24 años, cuando Giovanna P. tiene relaciones sexuales y recuerda el placer de ser mujer que descubrió trece años atrás, siente temor; porque aunque los conocimientos sobre sexualidad que posee son suficientes para saber el nombre de ese objeto casi oculto capaz de producir tanto placer, el placer es tan grande que no está segura de ser capaz de evitar que aquel órgano gobierne su vida.