Erotismo y pornografía
Una frontera tenue y entreverada
Acerca del erotismo y de la pornografía
Entre la trangresión y el tedio: reflexiones sobre la pornografía
Acerca del erotismo y de la pornografía*
http://www.henciclopedia.org.uy/autores/Lissardi/pornografia.htm
Ercole Lissardi
En realidad la distinción erotismo/pornografía es la expresión estético-conceptual de la necesidad profunda que tiene nuestra sociedad -o que nuestra sociedad cree que sigue teniendo- de ghettizar lo sexual
Relatos de relaciones sexuales. En poemas, cuentos, novelas,
obras de teatro, películas, fotografías, dibujos, pinturas
(estos tres últimos también relatan: nos dan el momento clave y
nosotros reconstruimos subconscientemente el resto). Siempre los
hubo y siempre los habrá. ¿Por qué? Porque la sexualidad es
uno de los vectores que en toda su gama de vivencias, desde la
fisiología a la mística, construye más esencialmente la
condición humana.
La sexualidad y sus dimensiones están en el centro de la vida humana y por consiguiente en el centro de la cultura. Perogrullo. Esto es así y cualquier persona intelectualmente honesta firma al pie esta declaración sin leerla dos veces.
Relatos de relaciones sexuales. Una manera simple y descarnada de nombrar y a la vez definir al género. Como cuando se dice novela policial, o novela de ciencia-ficción, o novela histórica. (Prefiero esta expresión y no la de relatos eróticos o relatos pornográficos por la razón que diré más adelante). ¿Qué tenemos derecho de exigir de los relatos de relaciones sexuales? Que nos hagan evidentes las significaciones profundas de su campo. Que sean el producto de esa mezcla de inspiración, habilidad y deseo de trascendencia a la que llamamos arte. ¿Quién decide si la obra es un producto del arte, si es una obra de arte? El consenso del conjunto de los lectores -profesionales o no- por supuesto, a la corta o a la larga dictamina, inapelablemente. A la corta a menudo y no sólo en éste género se ha equivocado y ha debido luego rectificarse. Me parece que esta segunda declaración tampoco admite demasiada discusión.
Y sin embargo estas verdades sencillas y evidentes demasiado a menudo no están claras en la práctica de la recepción de los productos del género al que nombramos "relatos de relaciones sexuales". Algo obstruye la visión clara de la naturaleza de ese género y de ese proceso que de todas maneras cada producto cumplirá, acabando por ser o no validado por el consenso.
Ese algo, ese a priori que se filtra de antemano en la mente del lector -profesional o no- como una especie de anteojo distorsionante, es un esquema conceptual que afirma que existen dos tipos de relatos de relaciones sexuales, muy fácilmente distinguibles, distinguibles a primera vista diríamos: los que se llamará erotismo y los que se llamará pornografía. Que son muy fáciles de diferenciar, además, porque los primeros utilizan los métodos del arte (sugerir) mientras que los segundos utilizan el método no artístico (mostrar).
De manera que frente a relatos de relaciones sexuales la primera y sencilla medida será separar la paja del trigo: los que sugieren pasan por acá que les vamos a dictaminar su grado de artisticidad, los que muestran pasan por allá donde los esperan los hornos crematorios de la cultura. Por supuesto que esta preclasificación que se hace casi automáticamente tiene un efecto a la larga ilusorio. Porque a la larga todo se relee y el consenso termina inevitablemente por ver claro y por repartir de nuevo las calificaciones, esta vez mediante los criterios verdaderos. Happy end. No voy a dar ejemplos. Cualquier lector medianamente culto puede dar sin esfuerzo una tanda.
De que estos anteojos o a priori
conceptuales son una realidad de hierro en nuestra cultura, usted
mismo, señor lector, seguramente es -con todo respeto- la
prueba. En efecto, el título de este artículo -que lo ha
atraído, que ha determinado que usted comience a leerlo- lo que
hace es prometer que va a aclarar la famosa diferencia. Usted,
para quien en la práctica de la vida cultural la tal distinción
se le ha revelado tan importante como -a pesar de todo-
finalmente confusa, ha decidido avanzar en la lectura esperando
que le proporcione o claridad en el tema o una vez más la
confirmación de que las cosas no son tan claras.
Lo que tiene este artículo para usted son noticias buenas y
malas. Las buenas son que la tal distinción no sirve para nada
porque el tal a priori (sugerir/mostrar) no tiene nada que ver
con la calidad de la obra en cuestión.
Las malas noticias son que la verdadera distinción es entre lo que es arte y lo que no lo es, y esa determinación sí que no es fácil porque nos obliga a despojarnos de prejuicios y a sumergirnos en una experiencia en la que sólo nuestras resistencias, reacciones y entregas más íntimas y profundas pueden decirnos si la obra en cuestión está tocando niveles de significación verdaderamente relevantes. No me gusta citar autoridades pero debo decir que concuerdo con Picasso, que cuando Penrose le preguntó qué pensaba de la distinción entre erotismo y pornografía se limitó a decir: "Ah, porque ¿hay alguna diferencia?". Picasso dibujó un total de 347 "relatos de relaciones sexuales". De los que sugieren mostrando, quiero decir, se entiende.
¿Cómo se fundamenta esa distinción entre erotismo/sugerir/arte y pornografía/mostrar/no arte? Se nos dice que, al limitarse a sugerir, el artista respeta y acciona la imaginación del consumidor del producto. Pero el que muestra, y aún el que muestra hasta la minucia, también respeta y acciona la imaginación del consumidor, simplemente que la pone a funcionar a un nivel distinto: cree que sólo puede alcanzar el nivel al que aspira siendo exhaustivamente concreto. Se nos dice que al evitar el mostrar se evita la obscenidad, que conduce inevitablemente al mal gusto.
Es posible -dependiendo de lo que se entienda por obsceno-, pero es seguro que el buen y el mal gusto no tienen nada que ver con el arte. Tienen que ver con la decoración. ¿Entonces? En realidad la distinción erotismo/pornografía es la expresión estético-conceptual de la necesidad profunda que tiene nuestra sociedad -o que nuestra sociedad cree que sigue teniendo- de ghettizar lo sexual.
Pero ¿cómo? ¿La misma sociedad que para venderle un caramelo a un niño necesita manipular las incipientes pulsiones de su libido, la misma sociedad en la que en Internet florece la industria de la más elemental y chata representación sexual con un ímpetu que le envidia la naturaleza en plena primavera, esa misma sociedad -cuando lo sexual aflora en el discurso de los que aspiran a la inspiración y a la habilidad a los que llamamos arte- sale diccionario en mano a apartar con un rápido manotazo la paja del grano, a distinguir lo que sí puede de lo que no puede decirse?
Llámeselo manotazos de ahogado de los arcaísmos burgueses, que no quieren darse por enterados de que las seudodemocracias de consumo en las que vivimos han desbordado completamente semejantes marcos de referencia. Creen todavía en una cultura que sea el paraíso de los hipócritas.
Cuando nuestros artistas se sacuden olímpicamente los ghettos temáticos y de vocabulario -sea en el terreno de la imagen o en el de la palabra- y encaran sin restricciones el universo de lo sexual lo que hacen es cumplir con su deber de artistas, realizar aquello para lo que el arte existe: forzarnos a poner en duda nuestras convicciones profundizando los niveles de nuestra experiencia.
Cuando el artista descubre el vacío letal más allá de los límites de la obsesión por el placer sexual (ponga aquí el lector el nombre del cineasta que lo hizo), o cuando el artista explora la imposibilidad de la epifanía amorosa en el contexto de la dialéctica del amo y del esclavo (ponga aquí el lector el nombre del novelista que lo hizo), o cuando el artista teje con la precisión de un mandala la red simbólica de objetos de deseo que comanda su obsesión masturbatoria (ponga aquí el lector el nombre del pintor que lo hizo), o cuando el artista intenta demostrar que también desde nuestra cultura el sexo como disciplina ritual puede ser una vía hacia la intuición de lo Trascendente (ponga aquí el lector el nombre del novelista que lo hizo), de lo que se trata esencialmente es de encontrar la salida del laberinto en una época en la que pesa sobre nuestros espíritus cotidianamente la lápida del aquelarre nihilista, en la que el miedo cotidianamente dosificado nos empuja a esconder la cabeza en el carnaval de baratijas de la más pueril alienación consumista.
El mandato del artista hoy como siempre -aunque hoy se note menos- es remover cada piedra y empujar cada muro de la prisión en la que estamos hasta encontrar la grieta por la que se filtre la esperanza.
* Publicado originalmente en Brecha
http://www.henciclopedia.org.uy/autores/Nunez/Pornografia.htm
Sandino Núñez
Privado de toda participación, paradójico eunuco erecto y obediente, el hombre es uno más entre tantos artefactos de proporcionar placer a lo único humano que la pornografía tolera y estimula: la mujer
Couples, teens, over 40, bizarre, interracial, beastiality,
lesbian, gay,
cumshots, celebrities, amateur, anal, blowjob, facial, orgy,
masturbation. La pornografía está clasificada horizontalmente.
Y quizá ella no sea más que esa clasificabilidad, pues el
objeto maravilloso del consumo americano es menos la pornografía
que la lógica obsesiva que él mismo produce, su escritura, su
mapa. Como en el estructuralismo, como en los códices hebreos o
chinos, como en el obsesivo, todo se convierte o tiende a
convertirse en un rubro o en un género.
Toda circunstancia parece finalmente codificada, aquietada,
convertida en categoría o en combinatoria. Menor de edad con
señor mayor de bigotes o con señor mayor calvo o con dos
señores de saco y corbata. Director de college con una
cheerleader o con dos, de frente o de espaldas. Dos mujeres
asiáticas con perro, en la cocina, de mañana. Impúber latino
con señora mayor en el cine. El placer voyeurista se dispara en
finísimos andariveles narrativos. Uno comprende que el placer
voyeurista no es sino eso. Coprofagia, zoofilia, orina,
adolescentes, viejas, homosexualidad femenina o masculina,
juguetes, enanos, amputados. El flujo de la Gran Perversión
ancla en formas locales y temáticas de perversión.
La perversión freudiana: el erotismo, el franeleo, el juego literario decimonónico de imaginación y memoria. Lo pornográfico, unario, pleno y rotundo, no es perverso. Es blanco, inocente, ingenuo. Es, rigurosamente, angelical. Todo es superficie, todo está expuesto: nada que ocultar, ninguna moral a subvertir o a violentar, ningún orden contra el cual levantarse o llamar a la revuelta. Masturbación, parejas, tríos y multitudes, anal y oral, penetraciones múltiples, lluvias de esperma y orina, lesbianas y gays, todo el sexo se verifica como un ritual frío y cansino, como una gran máquina de fifar: una máquina limpia, indiferente, rítmica, incesante. Carece de contravalores, de inhibiciones y prohibiciones, y, por tanto, carece de moral y de dobles discursos. Ignora los funcionamientos duales del tipo muestro/oculto, permito/prohibo, deseo/reprimo.
La orgía fotográfica ha arrasado con los funcionamientos dualistas, con la organización piramidal o arborescente del pensamiento clásico y ha instalado los juegos horizontales de la clasificación. Es la muerte definitiva del erotismo y de toda forma de perversión y doble moral en manos de una especie de monismo blanco y devastador. Quizás aún no esté de más observar que erotismo/pornografía no son dos registros o dos estilos que podamos valorar y calificar para poder elegir uno y descartar al otro.
Son relevos. Pertenecen a tiempos históricos y a tecnologías bien distintos. El primero es literario, psicoanalítico, vive gracias a la hipótesis de los dos mundos o los dos niveles. El otro es microrrealista, masivo, indialéctico. Si lo perverso (erotismo) es aquello que se oculta, que no se muestra o que no se dice, lo obsceno (pornografía) es aquello que se codifica. La codificación es un procedi-miento de sobreexposición.
La tecnología pornográfica es el zoom: la microscopización y multiplicación horizontal de las categorías y casilleros de la clasificación, la ausencia radical de miradas genéricas (planos generales, narrativas, teorías, ideologías). Pero zoom tiene aquí sobre todo, un sentido literal: la ampliación fotográfica del objetivo. Un universo microscópico espera detrás de la bidimensionalidad del signo. La técnica del zoom aparece como un hiperrealismo holográfico, que prefiero llamar microrrealismo por la definición enloquecedora que promete. El mundo pornográfico es un mundo doloroso, intolerablemente preciso como el del Funes de Borges.
La pornografía es el fin del panóptico y el pasaje al microóptico, aún bajo la forma de una especie de hiperestesia, de exacerbación alucinógena de los sentidos. Una sensibilidad visual tan aguda que ha devenido táctil u olfativa. Una microcámara fue instalada en el ducto vaginal: la idea era registrar un orgasmo simultáneo. La pareja estelar debió repetir la faena una y otra vez durante casi una semana. Este experimento no fue realizado por Gerard Damiano sino por un equipo médico en una universidad inglesa. Seguramente la curiosidad científica hoy, ya sin los grandes finalismos iluministas que la sobreordenaban, es pornográfica. El contexto científico o académico de esta microfilmación (quizá no esté de más anotar que lo pornográfico no es en absoluto el tema del filme sino su tecnología) ejemplifica el drama de una cultura pornográfica, el ardor de su deseo: quiero ver eso más de cerca, quiero estar dentro de eso, quiero ser eso. Este deseo, en su itinerario imposible, solamente puede construir un cuerpo grotesco, ampliado, fragmentado, crecido, mórbido.
En la galería porno, dentro de ese universo hipersexual, la mujer es la reina de la creación. Ella está acoplada a un pony, a una linterna, a un varón humano. Lo mismo da. Ella es la estrella. Todas las luces la enfocan, la recortan y la encienden. Todo el cuadro le da relieve y espesor. La rodea una prótesis de personajes secundarios desdibu-jados y sombríos que también cumplen un papel enfático: animales, juguetes, cosas, hombres, pedazos o fragmentos de cosas o de animales o de hombres, penes, dedos, lenguas.
Castigado con un descenso en la escala zoológica, el hombre es una más entre tantas bestias, un ejemplar (y no de los más valiosos, supongo yo) en el circo zoológico del apetito sexual omnímodo de la mujer. Privado de toda participación, paradójico eunuco erecto y obediente, el hombre es uno más entre tantos artefactos de proporcionar placer a lo único humano que la pornografía tolera y estimula: la mujer. El cuerpo de ella es capaz de las más graciosas figuras coreográficas. Se tiende, se estira, se curva: es plástico. El cuerpo de él, en cambio, cuando aparece, es masivo, torpe, grotesco.
La cara de ella se enciende en una sensibilidad casi exacerbada: es de placer o de picardía, de dolor o de éxtasis, incluso de ternura o de cariño. La de él no indica la menor emoción, el menor afecto. Inescrutable, impenetrable, como un animal, él se deja manejar, incluso cuando maneja. Su expresión es neutra; quizá ligeramente concentrada "como un cirujano" en lo que está haciendo, en lo que lo conecta a la reina.
La pornografía registra así el drama clásico del amor: la relación injusta entre el obsesivo y la histérica narcisista. La única misión del autómata es acoplar alguna parte saliente de su cuerpo con alguno de los agujeros del cuerpo de la mujer para provocarle placer (o sufrimiento, o lo que sea) y disparar así el milagro, el clic de la cámara fotográfica.
Entre la transgresión y el tedio: reflexiones sobre la pornografía
http://www.russell.com.ar/textart3.htm
RUSSELL - Informática y Psicoanálisis, Temas y debates del psicoanálisis, Textos de arte erótico 3
Edmundo Zimmerman
Si se intentara un listado fragmentario y sin orden de las manifestaciones de la Erótica en estos veinticinco siglos de cultura occidental nos encontraríamos con una enumeración casi borgeana: huacos peruanos con la forma de parejas acoplándose, platos para niños (entre los griegos) con escenas sexuales, frescos pompeyanos, Lisistrata de Aristófanes, El Cantar de los Cantares, el Decamerón de Bocaccio, Gargantúa y Pantagruel de Rabelais, los sonetos de Ronsard (en el XVI francés) en alabanza de los órganos genitales, la novela inglesa del siglo XVIII Fanny Hill, Memorias de una princesa rusa, las obras de Sade, las esculturas de Rodin representando el acto sexual en sus más variadas posturas, los cuadros eróticos de Picasso y Dalí, los sonetos del Aretino celebrando la fellatio, las Once mil vergas del poeta surealista Apollinaire, los textos "malditos" de Bataille y Aragón, alguna nouvelle de Colette, los Diarios de Anaïs Nin, los Trópícos de Henry Miller, El amante de Lady Chatterley, Lolita,La historia de O., Garganta Profunda, Nueve semanas y media, etc., etc.
¿Cómo orientarse en este laberinto, cómo intentar una clasificación en este vasto monumento de la Erótica humana? Una primera línea divisoria podría pasar por establecer una suerte de apartheid (¿moral, estético, psicoanalítico?) entre los blancos del erotismo y los negros de la pornografía. Creemos aparentemente saber de qué se trata en cada uno de los géneros y, con el aplomo pragmático del censor -"lo reconozco en cuanto lo veo"- dictaminamos sin mayor reflexión: la pornografía se ocupa simplemente de despertar una excitación sexual, es un género bajo, degradado, clandestino, una especie de literatura de segunda clase, "un comic de la sexualidad". Por el contario, reservaríamos para el erotismo los ditirambos que se le mezquinan a su second class citizen gemelo: exaltación de la pasión, lirismo del sexo, poesía de los cuerpos embellecidos por el amor, etc., etc.
Sin embargo, si se consultase a los expertos en el tema comprobaríamos que son mucho más cautos que nosotros y prudentemente advierten sobre lo inútil o tendencioso de tal discriminación. Así, para citar sólo un par de ejemplos, el crítico de arte Alexandrian en el Prólogo a su Historia de la literatura erótica señala: "En la actualidad, frente a producciones literarias o cinematográficas desbocadas, en lugar de invocar la virtud como en otros tiempos, se pretende distinguir entre lo erótico y lo pornográfico. Hay una nueva forma de hipocresía que consiste en decir: si esta novela (o película) fuera erótica yo aplaudiría su calidad, pero como es pornográfica la rechazo con indignación. Este razonamiento es tanto más inapropiado por cuanto nadie consigue explicar la diferencia. La pornografía es la descripción pura y simple de los placeres carnales; el erotismo es la misma descripción revalorizada en función de una idea del amor o de la vida social. Todo aquello que es erótico es necesariamente pornográfico, por añadidura."
Y en la vereda opuesta, el ensayista George Steiner que engloba indiscriminadamente en su rechazo a las supuestas dos variedades de Erótica dictamina: "Lo que surge cuando se lee algunos de los clásicos de la erótica es el hecho de que también ellos tratan el tema en forma intensamente convencional, que su repertorio de fantasía es limitado, y que se funde, casi imperceptiblemente con el desecho onírico de la pornografía franca, producida en masa. Ni una ni otra forma de escritura añade nada al potencial de la emoción humana; añaden sí al desperdicio."
En cuanto a los psicoanalistas, son pocos los que se han ocupado específicamente del examen de las representaciones de la sexualidad, que es lo que genericamente entendemos por Erótica. Donald Meltzer -quien dedica al tema de la pornografía un capítulo de su libro Sexual states of mind, en el cual la define como "un ataque calculado sobre la situación e integación internas del self en los demás"- previene acerca del peligro de que las definiciones psicoanalíticas sean tomadas fuera de contexto y aplicadas torpemente para un control obsesivo en la esfera social. Busca un criterio "útil y válido para tratar de diferenciar entre la representación de la pasión en el arte y la literatura y su falsa representación en la pornografía. Advierte que no se trata de "implementar una nueva heramienta para distinguir al pornógrado del artista creativo en el mundo exterior". "Más bien" -aclara- "estoy preocupado por el artista individual dado que es en ese borde de filo de cuchillo entre los puntos de vista pornográfico y creativo dentro de sí mismo en donde el artista produce su mejor obra".Aunque las contribuciones de Meltzer son significativas lamentablemente fracasan en su intento por "trasponer una definición motivacional en una operacional y estructural que pueda ser aplicada con cierta confiabilidad a la obra de arte más que al inconsciente del artista."
Tal vez en Joyce Mc Dougall -en la medida en que esta autora se ha ocupado de las vinculaciones entre desviación sexual y creación- se puedan encontrar algunas claves que nos ayuden a comprender el fenómeno de la pornografía. "El perverso es el que ha recreado la sexualidad humana", afirma. Y se interroga: "¿En qué difiere esta actividad creadora de las del creador o del artista? En resumen, ¿cuál es la diferencia entre la pornografía y una obra erótica?"
Planteado en otros términos, sublimación y perversión tendrían mucho en común, en ambas las pulsiones sexuales se encuentran apartadas de su objetivo original. Obviamente conocemos las diferencias entre ellas, pero si apuntamos también a su similitud es con la intención de encontrar pistas que nos ayuden a desentrañar el sentido y función de la pornografía.Igual que al artista, al perverso se le va la vida en el montaje de su espectáculo. Más aún, no podría renunciar a él a riesgo de entrar en la psicosis. (No podría vivir sin escribir, sin pintar, etc., suelen ser respuestas frecuentes de los artistas cuando se los interroga acerca de la razón de su métier). Los proyectos complicados del voyeurista, la preparación ritual de ciertas escenas perversas que incluyen a más de un participante, el cuidado meticuloso de los detalles, ¿en qué se distinguen de la obsesión del artista creador que ve en la plasmación de su obra la única forma de librarse de sus pesadillas?
Pero los medios y capacidades para lograrlo son múltiples, variados, originales, sorprendentes en el artista. (Hay ciertamente en él una marca estilística, pero estilo -"esa plena eficiencia y plena invisibilidad", como lo definía Borges- es todo lo contrario de repetición). El perverso, en cambio, trata de recrear una puesta en escena idéntica a la de siempre. "La sexualidad desviante -afirma Joyce Mc. Dougall- es una sexualidad operatoria en el sentido que Marty, M. de MUzan y C. David dan a este concepto. Es una creación hecha de una vez, poco modificable en cuanto a contenido fantasmático o en cuanto a su expresión".
Transgresión aparente y efecto de monotonía abrumadora, repetición, falta de creatividad, parecen ser los rasgos que dentro del vasto campo de la erótica definirían a lo pornográfico en sentido estricto. Sería tentador establecer aquí un nexo entre estas particulridades y las que hemos definido como características de la creación perversa. Pero, ¿qué estará "pervertido" aquí? No en todo caso o en forma permanente la vida sexual, ya que en muchos filmes porno -para poner un ejemplo- se describen escenas de sexo "perfectamente normales"; pero sí la forma de su representación. ¿No será entonces lo pervertido el relato, o mejor dicho la forma particular de relato a la que nos tiene acostumbrado el género pornográfico? Parece tratarse de un ataque a la imaginación, de una degradación de lo narrativo o ficcional. "La pornografía -opinan Bruckner y Finkielraut- es la ficción de un deseo descargado del fardo del relato."
Para el psicoanalista norteamericano Robert Stoller, la pornografía puede ser definida como "un sueño diurno complejo en el cual ciertas actividades, por lo general -pero no necesariamente- abiertamente sexuales son proyectadas en un material escrito, pictórico o auditivo para inducir excitación sexual en un observador. Ninguna descripción es pornográfica al menos que se le agreguen la fantasías de un observador, nada es pornográfico per se.
Stoller trata de caracterizar psicoanaliticamente a la pornografía. Describe como esencial -"como en todas las perversiones" según él, la existencia de un acto de venganza. Hay siempre una víctima, "sin una víctima no hay pornografía" -afirma. Voyeurismo, sadismo, y, en un nivel más encubierto masoquismo, serían los rasgos esenciales a lo que apela el género. "Una cualidad esencial en la pornografía (y en la perversión) es el sadismo" -enfatiza Stoller- una venganza por un trauma pasivamente experimentado. Pero, reflexiona, ¿cuál es la víctima en la descripción de una relación heterosexual? ¿Quién es la víctima en la fotografía de un desnudo? La respuesta que da el mismo Stoller a esta pregunta no parece ser demasiado satisfactoria. Dado que el consumidor de pornografía puede ser caracterizado como un niño que, con cierto sentido de superioridad, espía lo que no debe, las víctimas serían entonces los "adultos" cuya falta de omnipotencia queda al descubierto dado que no saben que están siendo observados.
Otros aspectos de la caracterización de lo pornográfico que hace Stoller también pueden ser cuestionados y el autor es el primero en advertirlo. Así, admite que la venganza o la necesidad de llevar a la escena o al relato un trauma pasivamente experimentado es una motivación esencial para el artista; la hostilidad un sine que non para el humor; la agresión un componente básico de la potencia sexual masculina, etc.
Me doy cuenta de que hasta aquí he tratado infructuosamente de encontrar una definición satisfactoria del concepto de pornografía. O mejor dicho -y para ser justamente autocrítico- debo reconocer que aunque comencé concordando con Alexandrian en su censura de este apartheid de lo pornográfico frente a su hermano blanco el erotismo, mis prejuicios, mis escrúpulos estético morales o mi superyó psicoanalítico se mostraron insistentes en cuanto a la necesidad de una discriminación.
Quizá mejor que tratar de hallar una definición sea mostrar algunas particularidades del discurso pornográfico. ¿Con qué nos fascina la pornografía, qué nos ofrece? Un paraíso de placeres siempre nuevos y distintos, de mujeres que se nos entregan sin resistencia, sin el fatigoso trabajo de la conquista. El héroe pornográfico no padece de desfallecimientos, puede copular una o más veces sin necesidad de intervalos para reponerse, sin pudor, sin inhibiciones, sin que la fatiga o la mirada de los otros lo inhiba para la realización de sus proezas.
Bebé pasivo, alucinatoriamente satisfecho, narcisisticamente resarcido de sus carencias por la identificación con ese héroe al que nada le falta, el espectador se deja hacer por el porno como el cliente por una prostituta experta. "Sexo al instante", nada le es negado, puede verlo todo, no hay límites para su escoptofilia. El erotismo del cine tradicional - recuerdan los autores de El nuevo desorden amoroso a quienes ya cité anteriormente -aludía, evocaba. Mediante una delicada metonimia la cámara pasaba de los cuerpos abrazados a la colilla del cigarrillo humeando en el cenicero o a la tormenta que se deshace en relámpagos sobre el mar, para representar el estallido del orgasmo incontenible. El porno, en cambio, muestra hasta la saciedad, no deja lugar a la imaginación. Hasta el punto de que, para borrar cualquier duda, exige que el protagonista, en el momento culminante del coito, exhiba ante el espectador su pene eyaculando.
Pobreza en la simbolización o ausencia de ella, presentación en lugar de representación, intolerancia ante el sufrimiento por la carencia (lo que lleva al artista a una elaboración creativa), ¿no será por este costado de sustitución ortopédica o de prótesis fetichista por donde el modo de expresión pornográfica se asemeja a la del perverso? A este déficit retórico, a esta torpeza de la sofisticación narrativa podría atribuírse el tedio que, tras su seducción transgresora inicial, termina deparando el género.
Una novela mediocre, un drama sensiblero, un thriller que sólo se propone aterrar al lector mediante la mera acumulación de escenas de violencia o de asesinatos sangrientos pueden también provocar en el lector o en el espectador los mismos sentimientos de repulsa o aburrimiento. ¿Se tratará del mismo fenómento? Una respuesta proveniente más de la estética que del psicoanálisis -pero no sin raíces comunes con él- coincidiría con la de Oscar Wilde, hace ya más de un siglo: "No hay literatura moral o inmoral, hay novelas bien o mal escritas". O con la más actual definición de Umberto Eco, acerca del kitsch al que caracteriza como un género que se propone la provocación de un efecto.
Tal vez pueda establecerse una relación entre lo que desde el punto de vista de la crítica estética aparece aquí como un déficit de elaboración artística y lo que en la clínica se nos presenta como repetición, bajo la forma de síntoma o actuación. Proponerse provocar un efecto coincide con lo que en otro registro podríamos considerar como "obsceno", esa palabra tan difícil de definir y a la cual se le ha creado una etimología imaginaria. (Lo que debería quedar fuera de la escena, lo que no podría representarse).Se llega a la obscenidad cuando algo es exhibido sin veladuras: los sentimientos, la acumulación de riquezas o de cuerpos convertidos en meras máquinas copulantes.
Por último, y no lo menos importante, se ha señalado con frecuencia que la imaginería erótica del porno corresponde más a la fantasmática masculina que a la femenina. "Quien quisiera dedicarse a vender pornografía a las mujeres terminaría muriéndose de hambre -afirma tajantemente Stoller- "Lo que me gusta en las chicas de los films porno es que son como hombres, siempre tienen ganas de hacer el amor" -confiesa ingenuamente un entrevistado respondiendo a una encuesta. Y Bruckner y Finkielraut, al denunciar lo que ellos denominan "totalitarismo masculino" concluyen con esta definición bastante original de la pornografía: "Intento por el cual el cuerpo masculino intenta anexionar el cuerpo femenino a su propia fantasmática, haciendo de ella la norma universal de la sexualidad"
Es posible que el advenimiento de la palabra femenina, no suficientemente escuchada hasta hoy, cree una nueva forma de erótica, una imaginería más compleja, más rica que la masculina, subordinada a las vicisitudes eréctiles del pene. Demasiado ligados todavía a las convenciones del género, los diarios y novelas de Anaïs Nin -para citar a la más famosa de sus cultoras- no son lo suficientemente revolucionarios como para hablar de una renovación. De todos modos, la perenidad de la Erótica proclama su vitalidad. Y si la pornografía raramente representa su faceta más creativa, sólo una evaluación crítica como la que hemos intentado podrá ayudar a desentrañar el papel que cumple en la función celebratoria de la sexualidad.
Bibliografía
Alexandrian - Historia de la literatura erótica, De.Planeta, Buenos Aires, l990.
Bruckner, Pascal y Finkielraut, Alain - El nuevo de-sorden amoroso, Editorial Anagrama, Barcelona, l979.
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Lawrence D.H. y Miller, Henry - Pornografía y obscenidad, Editorial Argonauta, Barcelona. l98l.
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Mc. Dougall, Joyce - Alegato por cierta anormalidad, Ed. Petrel, Barcelona, l982.
Meltzer, Donald - Sexual states of mind, Clunie Press, Pertshire.
Montgomery Hyde, H. - Historia de la pornografía, Editorial La Pléyade, Buenos Aires, l969.
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Steiner, George - Language and silence - Penguin Books, London, l969.
Stoller, Robert J. - Perversion, the erotic form of hatred, The Harvester Press, Sussex, l976.