| Orinadores atenienses |
| Aquí les va
una pequeña anécdota que me ocurrió en la capital griega, Atenas en 1998. Después de haber pasado todo el día paseando por el Partenón y el famoso barrio de Plaka, estuve listo para regresar a mi hotel en la zona de Palaion Faliron, a eso de las cinco de la tarde. Cerca de la plaza Sintagma, está la avenida Leoforos Sygrou, allí, donde se cruza con la calle Souri, está la parada del autobus que me llevaría a Palaion Faliron. Allí estab el autobus, casi vacío, esperando la hora para comenzar el recorrido. Entré al vehículo, cómodamente me senté y comencé a mirar, para matar el tiempo, el mapa de la ciudad y leer los folletos que encontré durante mi paseo. Pero mientras esperaba, comencé a sentir ganas de oriniar, cuando me dí cuenta de esto, empecé a preocuparme seriamente sobre el asunto, estar consciente del problema precipitó el desespero... qué hacer?, comencé a mirar hacia los alrededores tratando de encontrar un baño, pero nada. Qué hacer?, salir del bus o no salir, he ahí el dilema, tal cual el monólogo de Hamlet. Me daba miedo perder el transporte, la presión sobre mi vejiga urinaria se hacía más fuerte, el sudor aparecía en mi frente y en mis manos. La pregunta de hamletiana ya tenía respuesta: salir del autobus, ahora!. El movimiento suavizó algo la presión sobre mi vejiga, el nuevo problema era encontrar un baño. La única posibilidad que encontré estaba al otro lado de la calle. Era el parque "Etenikos Kiros" en griego o "Jardín Nacional". En seguida, en la entrada, ví un gran plano del parque donde se indicaban los baños, atentamente estudié el mapa y comencé mi rápida caminata. Aunque eran apenas algo más de las cinco de la tarde, y a pesar de la grandeza e imortancia del parque (que incluye el monumento al Soldado Desconocido, el Zappion o Salas de Exposiciones y el Parlamento) habían muy pocas personas allí. Al fin encontré el baño, la salvación, el oasis, el paraíso..!. Sin perder tiempo, en seguida entré, habían cuatro urinarios, de los cuales tres estaban ocupados, agradecí a Dios que hubiera uno disponible y para allá me fui... la emoción de libertad fue intensa, celestial. Después del feliz momento, observé a mis compañeros orinadores, personas estrañas, no hacieron ningún movimiento mientras estuve allí, parecían zombis, despeinados, algo sucios, algo diabólicos en verdad. Me lavé las manos y temeroso salí del baño. Fuera del baño esperé dos o tres minutos a que salieran para ver mejor a esos tipos raros, pero nunca aparecieron, permanecieron dentro, extraña experiencia. Regresé al autobus, el cual, gracias a los dioses, aún estaba allí. Germán Montero Alcalá |