CRUZ NEGRA ANARQUISTA
LA LEY VOLVER
La
ley es el arma que esgrimen siempre los más fuerte. Tras cualquier
código apunta siempre el fusil del gendarme pronto a sembrar la muerte
en las filas de los ilegales que se alzan contra esos articulados que restringen
la vida...
La ley quiere al “perfecto” ciudadano, o sea al hombre mutilado; inmovilizar
la voluntad de vivir en el individuo haciéndole aceptar como lógico
un “orden” social que lo ha convertido en un triste pingajo humano triturado
por la miseria. Ajustarse a las normas legales, es vaciarse espiritualmente
y anularse como hombre en una triste vacuidad de ideas y sentimientos.
Comprendemos perfectamente a la áurea moneda rodando hacia la ley
ansiosa de introducirse entre las polvorientas hojas de un polvoriento código;
es el privilegio que anda en procura de la fuerza que la ampare, es el ventrudo
burgués que tiende su enguantada diestra al juez intérprete
de la ley.
Comprendemos también al candidato blanco o rojo confeccionador de
plataformas y embaucador de multitudes que, en su Maratón política,
corre siempre por los caminos de la ley; él es el diputado, el senador,
el ministro, el eterno fabricante de leyes y más leyes que sostengan
en pie la injusticia social; es el parlamento donde parla la iniquidad;
es el pontífice laico que para el hambre y el dolor del pueblo tienen
siempre a flor de labios una frase constitucional.
Comprendemos a todos los amortiguadores de rebeldías con adjetivos
sonoros que frente a las tempestades revolucionarias creadoras de nuevos
destinos históricos prefieren la calma chicha de lo legalmente constituido;
ellos son los pastores de un rebaño que conducen al legal aprisco
de sus jefaturas; por eso, cuando el rebaño bala sus sufrimientos,
ellos consultan la ley y se la imponen como remedio a sus males.
Pero los obreros, de los mil veces vejados y siempre explotados, de la prolífica
simiente que germina en los campos del dolor proletario, del imponente ejército
del hambre y la tisis, de todos los que en procesión espectral por
el planeta arrastran sus cadenas de toda esta gimiente y doliente carne;
¿no hay, acaso, derecho a esperar la rebelión contra la ley?
¿No es preferible, a un santo que besa sus cadenas con resignación
cristiana, un bandido que las quiebra en mil pedazos arremetiendo contra
la ley? ¿No es mejor el ilegalismo que “deshonra” ante la chatura
ambiente impregnada de púdica y falsa moral, que el legalismo que
esclaviza y mata a las huestes proletarias?...
Si, si; en nombre del derecho a la existencia, levantamos en alto la bandera
de la ilegalidad.
Fatigado obrero que sudas y revientas en una penosa tarea o desocupado que
ambulas en distintas direcciones con tu dolor a cuestas; vuestro triste
destino lleva impreso el sello de la ley; y la ley quiere de vosotros, exige,
sumisión, acatamiento, respeto.
Pero la dignificación de la especie y la libertad del género
humano, quiere por el contrario desobediencia, altivez, rebelión.
En bien de nuestras vidas, llena de angustias, dejad de ser las muchedumbres
que corren al Sinaí del parlamento a esperar las tablas de la ley
que para vosotros confeccionan los nuevos taumaturgos de la democracia,
armaros y proceded. Tomad lo que necesitáis para vuestros hogares;
y contra la propiedad privada y el no monopolio insurgid al grito de: ¡Abajo
la ley y sus sostenedores!
Lirius
Tierra y Libertad, Bahía Blanca, año 1 N° 2, 7 de junio de 1932
1º DE MAYO DE 1886 - MARTIRES DE CHICAGO VOLVER
EL VERDUGO NO ES EL UNICO QUE SOSTIENE LA HORCA...
Nueva York, mayo 16 de 1886
Señor Director de La Nación:
(...)
El problema del trabajo se ha erguido de súbito, y ha enseñado
sus terribles entrañas. (...)
En Nueva York, hubo procesiones, plazas repletas, casas henchidas de policías
armados alrededor de las plazas, discursos más encendidos que las
antorchas que iluminaban a los oradores, y más negros que su humo:
Union Square, que tiene cuatro cuadras de lado, era una sola cabeza la noche
de la petición de las ocho horas: como un cinto, ceñía
la gran plaza, oculta para no excitar los ánimos, una fuerza de policía,
pronta a la carga. ¿cómo no, si se sabe que en Nueva York
los anarquistas leen como la Biblia, y compran como el pan un texto de fabricar
bombas de lata, bombas cómodas, “graciosas y pequeñas como
una pera”, bombas de dinamita “que caben en la mano”?; ¿cómo
no, si a la luz del día, porque no hay ley aquí que prohíba
llevar un rifle en la mano, entran los anarquistas en los lugares donde
aprenden el ejercicio de las armas las “compañías de rifleros
trabajadores” y no se oye, en las horas libres y en todo el domingo, más
que la marcha de pies que se clavan, la marcha terea, continua, firme, una
marcha de que nadie se cansa ni protesta, una marcha de gente que se ha
puesto en pie decidida a llegar?; ¿cómo no, si todo el Este
de la ciudad está sembrado de logias de socialistas alemanes, que
van a beber su cerveza, y a juntar sus iras acompañados de sus mujeres
propias y sus hijos, que llevan en sus caras terrosas y en sus manos flacas
las marcas del afán y la hora del odio en que han sido engendrados?
(...)
Acá se acaba de ver, en el alzamiento general, en los arsenales anarquistas
sorprendidos, en el desafío y locura de su prensa, en los motines
y combates de Chicago, a la luz de los rifles y al estallido de las bombas,
se acaba de ver que es colosal y viable el feto.
¿Qué quieren? Un día es más salario; otro día
es más respeto; otro día, como ahora, quieren que las horas
de trabajo no sean más que ocho, no tanto para que pueda entrar alguna
luz por el alma en las horas de reposo, como para que se vean obligados
los fabricantes a emplear a los obreros que hoy no tienen faena (...)
¿Quiénes podrán más, los obreros moderados que
con la mira puesta en una reorganización social absoluta se proponen
ir hacia ella elaborando por medio de su voto unido a las leyes que les
permitan realizarlo sin violencia, o los que con la pujanza de la ira acumulada
siglo sobre siglo, en las tierras despóticas de Europa, se han venido
de allá con un taller de odio en cada pecho y quieren llegar a la
reorganización social por el crimen, por el incendio, por el robo,
por el fraude, por el asesinato, por “el desdén de toda moralidad,
ley y orden? (...)
¿Que no puede la mayoría trabajadora convencer a la minoría
acaudalada de la necesidad de un cambio? Pues no tiene la capacidad de gobernar
con justicia, y no debe gobernar el que no tiene la capacidad de convencer.
El gobierno de los hombres es la misión más alta del ser humano,
y sólo debe fiarse a quien ame a los hombres y entienda su naturaleza.
(...)
Ni la policía, ni los jueces, ni el gran jurado, que es la opinión
general, perdona a los que han ensangrentado a Chicago, ni a los que los
imitan.
Los caudillos anarquistas están presos: a uno, a Most, lo jalaron
por los pies de debajo de una cama.
Las imprentas se niegan a poner en sus prensas los diarios anarquistas.
Acá, donde hay flores para los asesinos condenados a morir, no ha
habido una muestra de simpatía para los anarquistas presos.
Los oradores y escritores que convocaron a las armas a la muchedumbre, en
Chicago, y presidieron a su crimen, serán probablemente acusados
de homicidio ante el jurado.
La policía a recogido en mucho antro, en casas arrinconadas, en cuartos
oscuros, que hacían de hospitales de sangre, en trincheras y cuevas
subterráneas, vagones enteros llenos de fusiles, cajones de cápsulas,
depósitos de dinamita y glicerina, moldes de bombas, bombas “graciosas
y pequeñas como una pera”, cerros de periódicos y circulares
que llaman al crimen, libros anarquistas empastados en cuero rojo, pruebas
de una red vasta de fabricantes de dinamita y logias organizadas que la
consumen, documentos que demuestran que una de sus prácticas es la
de incendiar sus casas aseguradas para cobrar en provecho del tesoro anarquista
el precio del seguro: mucha sustancia extraña se ha encontrado, que
estalla al sol y al choque, mucho texto donde se enseña, por diez
centavos, el modo de incendiar y de matar.
¡Al más noble de espíritu, da arrebatos de ira esta
perversión de la naturaleza humana!
Ha habido en todo el país, aun en la gente de alma apostólica,
una conmoción semejante, a la que produce en una calle pacífica
la aparición de un perro atacado de hidrofobia.
José Martí
La Nación, Buenos Aires, 26 de junio de 1886
José Martí (1853-1895) fue un cubano que lideró
e impulsó la lucha por la independencia de Cuba de la corona española.
Fue escritor, poeta, catedrático, abogado, cónsul de Uruguay,
Argentina y Paraguay, sufrió cárcel y destierro. Murió
en combate como Mayor general del Ejército Libertador.
Martí es levantado como héroe y precursor ideológico
por la izquierda, ubicado junto a Ernesto Che Guevara... La carta al diario
La Nación, con el que colaboraba, habla por sí sola.
El Grupo editor
ENTRE
LA REVOLUCIÓN Y EL MAL MENOR...
¡AGITACIÓN REVOLUCIONARIA! VOLVER
Muchas
veces, perdidos como nos encontramos en laberintos opacos de relaciones
frías, autómatas y dirigidas, necesitamos abrirnos hacía
personas desconocidas se consideren estas compañeros o no. Uno cree,
que ese abrirse le servirá para huir de ese aislamiento al que nos
condena esta sociedad espectacular de miseria, consumo y mercancía.
Es justo en esa discusión, en la que uno se acalora pues siente dentro
de sí la pasión y la efervescencia de la lógica rebelde,
cuando uno comprende hasta que punto ha calado la derrota en la personalidad
de sus iguales. Es entonces y ante palabras como revolución, anarquía,
comunismo etc., etc., cuando estos derrotados castrados de espíritu
rebelde te escupen a la cara frases echas y meditadas por otros tales como;
“poco a poco”, “todavía no ha llegado el momento para”, “es el mal
menor”, frases que se esgrimen como respuestas parciales y “realistas” ante
el despropósito del camino sin retorno del compromiso y de la verdadera
lucha por la trasformación de la sociedad. Frases que cierran como
grilletes a la pasión y al placer de subvertir el orden establecido.
Es con esas palabras cuando estos mutilados se enfrentan a ti, pobre loco,
con una mirada burlona y con tono cínico vomitando derrotas y miserias,
y exponen sus planes, “lógicos”, “reales” y en definitiva ¡bastardos!.
¡Primero ocupémonos del país, de que funcione bien!,
¡Confiemos en el presidente!, ¡Trabajo para todos!, ¡Kirchner
nos salvará!
Esta, su elección del mal menor, que es alzada como bandera y muestra
de su lógica racional, no es otra cosa que la sumisión, una
vez más, a la elección de otros, no es más que un parche
mal cosido que ellos creen haber elegido pero que otra vez les ha sido impuesto.
Ellos son “los racionales” que pretenden acabar con el hambre y la miseria
pidiendo “trabajo digno” y comida para todos apelando al bien hacer de los
que generaron este mundo bastardo. Ellos en su alineación no se dan
cuenta que este camino que proponen, camino de transas y sin sabores, es
un camino estéril, mediocre, que aun en la hipótesis que acabase
con el hambre nos arrojaría atados de pies y manos a un mundo sin
estímulos, a un mundo aséptico, al mundo de los muertos vivientes.
Apelando como apelan al mal menor para causar un estadio donde se puedan
desenvolver sin represión y así generar su acción,
se cae en el error de creer que nuestro enemigo nos facilitará un
espacio para combatirlo. En esta boludez está la contradicción
de su miseria. Si queremos transformar la sociedad radicalmente, no podemos
esperar a que nos den un espacio, pues todo los que nos den será
a costa de estar inutilizado para emplearlo contra ellos. No podemos pedir
espacios, hemos de tomarlos combatiendo, luchando, soñando, odiando,
hemos de hacerles ver continuamente que como revolucionarios no esperamos
nuestro momento “histórico”. Lo imponemos en nuestra cotidianeidad,
no esperando la revolución si no agitando para crear situaciones
revolucionarias, situaciones anárquicas en nuestro presente, en nuestro
ahora, en nuestra vida. La revolución al igual que la anarquía
no es algo lejano. Es algo que se lleva adentro en la pasión de tu
combate diario y es algo que debemos hacer visible sin esperas, sin transas,
con valentía y sin resignación.
Aún teniendo los pies en la tierra y sabiendo que la Revolución
social no es posible en toda su plenitud, hemos de saber que esta jamás
será posible si no conquistamos nuestros espacios, demostrando con
nuestra acción la vulnerabilidad del sistema e indicando con nuestra
agitación revolucionaria el camino donde introducirse y dinamitar
esta sociedad del mal menor y sus muertos vivientes.
Poe
LA PICANA DEL “PROLETARIADO” VOLVER
No
nos sorprende que el Partido Obrero reivindique la tortura, sabemos que
eso está en potencia en toda ideología autoritaria; lo que
más sorprende es que lo hagan público. Seguramente por alguna
“maduración política” de la clase trabajadora que ahora lo
pueda entender, o para ganarle de mano al resto de los partidos de izquierda.
En 1994, cuando el gobierno eliminaba el Servicio Militar Obligatorio, Jorge
Altamira, jefe del P.O., decía en un reportaje que ellos estaban
en contra de esa medida porque así la quitaban al proletariado la
posibilidad de aprender el manejo de las armas. Corré, limpiá,
barré... y dispará: disciplina, el sustento de ejércitos
y partidos, la debida obediencia. Soldados y militantes; la carne de cañón
para mantener el Poder o para tomarlo, la vida de obediencia. Si hacemos
cuestión de grados Videla al lado de Trotzky era un dragoneante,
y alistándose no está sólo Altamira...
Unos años antes, cuando los saqueos a supermercados golpeaban al
gobierno de Alfonsín, el Partido Obrero era investigado por incitación.
En su sede de Lanús cae un grupo de policías con orden de
requisar el lugar. El diálogo de los militantes con los policías,
el entendimiento, el acuerdo y los policías que se retiran tras haber
comprado un par de ejemplares de Prensa Obrera, el periódico del
partido. “Ustedes también son trabajadores...”, “arriesgando su vida...”,
“tienen que pelear por un aumento”, “elegir delegados, elegir al comisario...”,
“lean nuestra prensa compañeros”.
La cheka fue la policía del gobierno bolchevique creada en 1917 por
Lenin, “la libertad es un prejuicio burgués” decía y hacía.
Fue la encargada de apresar, torturar, ejecutar o confinar a cientos de
miles de opositores o sospechados de serlo. Contra los anarquistas la represión
asumió un carácter general, metódico y decisivo. Después
de masacrar a los rebeldes de Cronstad (1921) y a las guerrillas ucranianas,
de tendencia anarquista (1918-1921), Trotzky dijo “¡Al fin el
poder soviético barre de Rusia, con escoba de hierro, al anarquismo!”
Sobre los consejos o soviets obreros decía: “La parte del Comité
Central bolchevique que se encontraba en San Petesburgo oponíase
resueltamente a este sistema directo de representación obrera por
creerlo peligroso para el Partido... y nada pudo encontrar mejor que ofrecer
al soviet un ultimátum: adoptar inmediatamente un programa socialdemócrata
o disolverse”.
En 1920, en la reunión del Consejo Central panruso de los sindicatos,
Lenin y Trotzky impusieron la militarización del trabajo y en su
tercer congreso, éste último decía: “¿Es
cierto que el trabajo forzado es siempre improductivo? Se trata del más
absurdo de los prejuicios liberales. La esclavitud fue en una época
un fenómeno progresivo. El trabajo obligatorio en todo el país,
para todos los obreros, es la base del socialismo”. En su folleto “Terrorismo
y comunismo” dice: “Los sindicatos deberían disciplinar
a los obreros y enseñarles a que coloquen el resultado de la producción
por encima de sus intereses y de sus demandas. (...) El joven Estado
obrero necesita a los sindicatos no para que intenten obtener una mejora
en las condiciones de trabajo, sino para que organicen a la clase obrera
con un objetivo: la producción”.
Lenin y Trotzky, sus sistema, prepararon el terreno y engendraron a Stalin.
Marx y Engels fueron los ideólogos de la dictadura del proletariado.
La cheka y los campos de concentración bolcheviques inspiraron a
la Gestapo nazi. No por nada el nazismo, el fascismo y el peronismo surgieron
del autoritarismo socialista.
Hay que entender que no se trata de un exabrupto, mucho menos de una excepción.
“interrogarlos hasta que canten” es el desarrollo del principio
de autoridad, de lo cruel y sanguinario del Poder, de su naturaleza, posibilitada,
dimensionada y justificada por una ideología que sostiene la explotación
y el privilegio.
¿O no estaba presente esto en el “juicio y castigo”, en el “cárcel
a los genocidas”? ¿En acto o en potencia? Está en acto y en
potencia en el pedido carcelario, en las dictaduras y en las democracias,
en el capitalismo, privado o estatal, nacional o globalizado, o en lo que
vayan a inventar, en las religiones, en los ejércitos y policías,
en los partidos políticos, en quienes tienen el Poder y en quienes
lo ambicionan, en la Ley y el los legalistas, en los “justicieros”, en las
cruzadas contra la inseguridad, en las riquezas acumuladas, en el Poder
popular, en Marx, en Perón, en Videla, en la burguesía, en
sus aspirantes, mercenarios y legitimadores...
“¡Cuando ustedes se levanten contra la dictadura del proletariado
los vamos a meter en cana!” nos decía una militante del Partido
Obrero en una discusión, una promesa para la que contarán
con su propia E.S.M.A.
A.G.
LAS
MISMAS ACTITUDES...
...LAS MISMAS VERDADES VOLVER
Antes
que nada nunca deberíamos olvidar los asesinatos de anarquistas por
parte de cualquier sistema-dictadura-democracia autoritaria de cualquier
posición, color o forma.
Luigi Fabbri en su folleto “¿Qué es la Anarquía?”
dice:
“A los que persisten en mentir para defender con ayuda de sofismas todo
un mundo de crímenes e infamias, y se asombran de ver que se les
oponen siempre las mismas razones, no podemos responder sino con las palabras
del filosofo griego: "os obstináis siempre en los mismo errores,
os repetimos siempre las mismas verdades".”
Las
mismas verdades. La casta privilegiada compuesta por burgueses, políticos,
patrones, etc., es la misma hace cientos de años que sostiene, a
cualquier precio, este sistema infame y asesino llamado Gobierno.
Todos aquellos que estudien en el campo de la lucha, con un fin autoritario
y jerárquico, terminarán, sin duda, siendo nuevos opresores
y se enriquecerán chupando sangre de todo un pueblo, y claro; sin
importarle ni la humanidad ni la tierra.
Eso para empezar a consolidarse un nuevo eje del poder, comienza su sustentación.
Enfocando en la parte económica (producción-comercio), las
elecciones (si es que no hay dictaduras de los proletarios o corrientes
peligrosas), y la cárcel (si no existen los fusilamientos).
Más allá de Kirchner y los museos..., solamente en Buenos
Aires se están reformando tres y construyendo ocho centros de exterminio
en solución al más de 500 % de sobrepoblación en las
cárceles, sin contar los miles que cumplen condenas de dos, tres
o cuatro años en las comisarías. Sumado a este genocidio,
existe una represión implacable “del servidor de la comunidad”.
El sistema económico se basa en sostener siempre la sociedad de consumo,
trabajo- producción-tiempo libre-consumo. ¡Las riquezas siempre
para los mismos privilegiados!.
Del otro lado de la explotación del hombre por el hombre, el hambre
implacable sobre los niños y no tan niños.
Estas son algunas de nuestras verdades y nuestras afirmaciones son anárquicas.
El
Partido Obrero dice: “Un gobierno nacional y popular autentico (y no
de pacotilla), utilizaría a la E.S.M.A. como el lugar para interrogar
´hasta que canten´ a cada uno de los milicos de la dictadura
y obtener de este modo la información del destino de esos archivos”.
El Movimiento Socialista de los Trabajadores (M.S.T.) en Izquierda Unida
dice:
“¡Cárcel a los genocidas y represores de ayer y hoy!”,
“¡Basta de impunidad del FMI y los usureros privados!”.
El poder, establecido o creado por levantamiento armado, se consolida...
establece reglas a cumplir al pie y no decir nada porque sino habrá
interrogatorios “hasta que canten” para todos, como en el ´76. La
verdad, digo que ¡SI!.
Claro que vendrá la cárcel para los genocidas que se atrevan
a rebelarse contra su sistema de muerte. Miserables.... Infames. Y luego
lo de siempre, si el FMI se llevara un poquito menos ya no sería
impune ... y si los acreedores privados no fueran usureros; el capitalismo
sería mejor... ¡NO!. Abramos los ojos, el capitalismo te mata...
.
Imagino que la paz debe ser hermosa, lastima que no existe, no es un “hecho”
social; no te lo creas, el hambre siembra caos. La represión genera
respuestas.
El asunto del mal menor. Hablando claro y pronto, preferir a un gobernante
porque es más progre (bueno) que el otro, preferir a Kirchner antes
que a Menem es un factor determinante en la lucha por la Anarquía,
como anarquista no quiero ni a uno ni al otro, deseo abolir el Estado y
los núcleos autoritarios. No preferimos lo público sobre lo
privado, deseamos la socialización de medios y riquezas Conformarnos
con el mal menor es resignarse o peor es de una manera directa o indirecta
ser cómplice y avalar la presencia del Estado.
La anarquía es para todos, las riquezas son para todos, los medios
son de todos y la libertad es, también, para todos.
La sociedad anárquica es nuestro fin y nuestro medio es romper con
lo establecido y abolirlo como hecho y como mentalidad, contra sus defensores
y sus cómplices.
Juan Pablo
LOS ANARQUISTAS VOLVER
No
profesamos ninguna ideología como credo de dogma y fe. Somos anarquistas,
revolucionarios con una dirección marcada por ideas y proyectos que
sacados de una reflexión presente y histórica son inevitables
para la conquista de la libertad individual y de la organización
social apoyada en está y proyectada hacia la comunidad. Vivimos en
un presente y nos negamos a hipotecar nada para un futuro. Es por esto,
que no adoramos el anarquismo, lo construimos por y para nosotros. Sin sacrificios,
sin esperas. Sabemos perfectamente que en éste, nuestro camino elegido,
nos encontraremos con traiciones, derrotas y sin sabores. Pero también
sabemos que solo en este camino de lucha y combate sin cuartel encontraremos
la satisfacción de ser uno mismo, de saborear la libertad en todo
su salvaje amargor, chupando la vida, ese hermoso jugo y disfrutando del
juego macabro de la liberta con compromiso.
Cuando decimos que no somos militantes de ninguna ideología estamos
afirmando que no somos soldados ni curas. ¡Somos Anarquistas!, y para
nosotros la anarquía no es más que la lucha por la liberación
de la individualidad para un vez libre organizar la cotidianeidad arreglo
a las exigencias y compromisos de cada cual. Para nosotros la anarquía
es indiscutidamente confrontación, combate, insurrección.
¡Desde ya!, buscando siempre y haciendo ver la vulnerabilidad y las
grietas del sistema de dominación.
No planteamos martirios o sacrificios (esos son otros), nosotros tan solo
planteamos vivir en libertad y es por ello que cuando empezamos a hacerlo
descubrimos plenamente la irracionalidad del sistema de dominación
y sumisión en el que vivimos. Es entonces, cuando empezamos a comprender
que vivir en libertad es luchar a muerte contra el capitalismo, pues es
luchando contra el capitalismo en el único momento que afirmamos
nuestra autonomía y fortalecemos nuestra libertad. Comprendemos que
para ser libres hemos de destruir este presente podrido y combatir todas
las fuerzas de la usurpación de nuestra autonomía. Es entonces
que comprendemos que tenemos que actuar violentamente.
¡Tenemos que destruir este mundo de mierda, y avanzar continuamente,
rabiosos e inflexibles hacia nuestra liberación!.
Los despojos sociales nacieron de la violencia más o menos solapada
y combatir esta situación violentamente, es ejercer el derecho de
contestar a la fuerza con la fuerza.
Poe
¿O QUÉ ESPERABAN? VOLVER
Una
vez más, y como era de esperar, la alta burguesía no se va
a aguantar poder llegar a ser un posible blanco de la inseguridad social.
Para evitar cualquier tipo de desmán, tiene varios perros rabiosos,
domesticados y listos para obedecer.
Para fortuna de unos ha surgido un nuevo personaje, otro perro rabioso muy
popular en los medios audiovisuales de estas últimas semanas, que
con un discurso fascista y alguna lágrima caída de sus ojos,
ha logrado paradójicamente que los reacios de la clase media y una
parte de la clase oprimida se unan por un reclamo de seguridad. ¿Seguridad?
Que penoso... .
Se dice paradójicamente porque los reclamos de este personaje nefasto
nada tienen que ver con lo que debería ser un verdadero reclamo de
la clase oprimida. Este personaje solo vela por la seguridad de nuestros
opresos, de nuestros verdugos y torturadores. Este es tan solo un títere,
un representante civil, un ciudadano si se quiere decir, perfecto para cualquier
tipo de gobierno, sea cual fuere.
Aprovechando esta paradoja, los representantes gubernamentales no ven la
hora de sacar a la luz su Plan de Seguridad Social, Que obviamente significa
mas cárceles y más represión a cualquier individuado
que atente contra su máximo explotador o simplemente se niegue a
obedecer.
Sabemos que la inseguridad es una realidad social de hoy que se va a seguir
acrecentando, pero también sabemos cuales son la causas, sabemos
que tanta miseria repartida por todos lados no podía llegar a otra
cosa que a esto. Sabemos que ni la iglesia pacificadora, ni la izquierda
antirrevolucionaria de todos los tiempos podrá contener la reacción
de una clase oprimida desde siempre.
Si siembran tiranía cosecharan violencia, ¿o qué esperaban?.
Como postura anarquista nosotros “no pedimos nada”, no a ellos, sabemos
que la única justicia social es la destrucción de todo este
sistema y la creación de una sociedad de iguales, ni explotados ni
explotadores.
Pototo
HACIA EL GRAN ASALTO VOLVER
Los
periodos de mayor innovación tecnológica, como fue la llamada
Revolución industrial o el período actual, se dan junto con
un mayor acrecentamiento de la población, un costo de vida más
elevado, mayor padecimiento de las clases bajas y un mayor enriquecimiento
de las clases privilegiadas.
Fue durante el auge de la mecanización a vapor que el sufrimiento
extendido en Europa causó la chispa que encendió la Revolución
francesa. Fue también en esa época que en Inglaterra las condenas
anuales por robo se elevaron en un 540 % entre 1805 y 1833; en los mismos
años se condeno a la horca a 26.500 personas, la mayoría por
robo de pequeñas sumas de dinero. Y fue también durante esos
años que la policía y la cárcel se propagaron y consolidaron
como instituciones encargadas de la represión social. Todo en un
marco de progreso técnico y crecimiento económico que ostentaba
y del que se jactaba la burguesía.
Así como, siglos antes, el capitalismo se había formado paralelamente
a un proceso de escasez, cada vez más agudo, de tierras agrícolas
y los campesinos expulsados y obligados a pasar de ser ciervos de un señor
feudal a ser obreros de los burgueses en los centros urbanos, es hoy que
la clase trabajadora está siendo reducida y expulsada de los centros
de producción como resultado de la incorporación cada vez
más acelerada de tecnologías para aumentar las ganancias de
los dueños del capital. Para servir a esa ganancia mantienen a los
que quedan, bajo amenaza de ser desplazados lo que prevalece es una posición
conservadora enfrentada a los marginales e identificada con sus propios
explotadores. Pero ante el avance predador de los poderosos, los estorbos
y pérdidas continuarán siendo desplazados, como desplazaron
a la máquina a vapor, como se deshacen de un engranaje caduco e innecesario;
no por nada nos llaman “recursos humanos”.
Para la masa de los millares sumidos en la miseria y la subsistencia, afuera
de los muros de sus barrios privados, quedan los basurales, alguna dadiva
concedida bajo presión, algún placebo analgésico o
un delincuencia creciente que comienza a amenazarlos. Contra estos están
invirtiendo una magnitud de dinero, hasta ahora inédita, para financiar
la represión social, avalada y reclamada por un sector de los mismos
explotados.
Dentro de este panorama, localmente, el mecanismo de gobierno de separar
y enfrentar a las organizaciones de desocupados más radicalizadas
contra las moderadas y los transeúntes, para aislar y criminalizar
a las primeras, se da paralelamente el mismo mecanismo entre quienes conservan
su situación de asalariados y quienes delinquen. Y es este mecanismo,
de señalar a quienes por desesperación o conciencia toman
estas actitudes, el que es posibilitado y oxigenado por el discurso que
le da una pretendida dignidad al salario, al igual que lo hace la postulación
de “la ciudadanía sana”.
Aclaramos que entendemos a la delincuencia como el accionar como una parte
de los oprimidos que atenta en forma de robo contra la propiedad, no la
corrupción ilegal de los sectores del poder.
Repetimos que comprendemos el impulso de conservación ante una situación
de acorralamiento como parte de la naturaleza humana en su necesidad de
sobrevivir, pero cuando dicho reflejo pretende refugiarse, justificarse
y sistematizarse en prebendas ideológicas lo que se impulsa es la
conservación de la burguesía y su sistema.
Tal es el panorama actual, particularmente en esta región, donde
la casta política se ha refortalecido en su función de representantes
y gerentes de los capitalistas, luego de sufrir el rechazo social que culminó
con los sucesos del 20 de diciembre del 2001. Y como luego de toda revuelta
o insurrección que se apaga como consecuencia de la dinámica
de sus propias limitaciones, lo que deviene es el rearme e intensificación
de las estructuras de consenso y represión, la reconquista del “territorio
perdido” y el avance sobre nuevos. Pero es esta misma intensificación,
natural y necesaria, de la predación del Poder la que va a encontrar
a su paso los futuros y crecientes descontentos, chispas de próximos
estallidos.
Esta dinámica actual del capitalismo, global y totalitaria, es una
continuación y expansión de los sectores del poder que en
los últimos cinco o seis milenios han tenido bajo su dominio a las
nueve décimas partes de todas las personas que vivieron, que lo hicieron
como miembros de las clases serviles y oprimidas.
En la actualidad donde el 45 % de la riqueza mundial se encuentra acaparada
por 250 familias, el resto de los miles de millones se desgarra en escalamientos
y humillaciones, en las matanzas de guerras intestinas o en las de hambres
y pestes, en la agonía de los condenados y sufrimientos sistematizados
para sostener el orden del privilegio. Ante esto la salida que vemos y queremos
es la apropiación por parte de los oprimidos de esas riquezas que
una minoría acapara a costa del resto. Esa es nuestra finalidad,
el inicio de la sociedad anarquista.
A.G.
EXCUSAS
VOLVER
La mierda se recicla
Hoy
la justicia está lamentablemente asociada al rol y a las funciones
del Estado. Comúnmente, no se piensa en otra forma de justicia, como
tampoco la vida sin un Estado.
El sistema capitalista avala la impunidad, le es funcional, especialmente
por estos lados (aunque hoy es imposible pensar algún lugar sin capitalismo).
Siempre fue útil acusar de los supuestos problemas “de todos” a un
alguien determinado; los anarquistas, los trabajadores, los subversivos,
los peronistas, los delincuentes, la “maldita policía”. El capitalismo
se alimenta gracias (y no exclusivamente) de un chivo expiatorio, al cual
es necesario perseguirlo, por ser el “mal de todos”. En esa persecución
no deja de intervenir y regular para mantenerse. La violencia, es una (hay
más) de las excusas que utilizan los Estados para controlar, para
que todo siga igual, para mantener un orden y que nadie intente pensar en
otra forma de vida, y consecuentemente otra justicia, otra economía,
otra vida. El Estado es violencia.
Hoy grita en la plaza un “pobre” padre de un difunto niño bien; pobre
iluso usado por un Gobierno (como podría ser por cualquier otro)
que necesita excusas para controlar todo, llámese “delincuentes”,
“piqueteros”, “subversivos”, etc. Sirve para avalar el control en la calle,
más policía, más infiltrados y hasta el control “más
fino” de la peligrosa “autónoma policía” (los picaneros del
setenta) para “cambiar” y hacer valer que; “este gobierno no quiere malos
policías”.
Este control, esas anteojeras del sistema capitalista en las que crecimos
y hasta a veces creemos nos crean un mundo maniqueísta, en donde
siempre hay héroes y malhechores. No hay buenos ni malos policías,
hay policías. El capitalismo es, funciona, y su formula básica;
un sistema social, un modo de vivir, basado en la explotación del
hombre por el hombre. Incongruente con el mismo ser humano, pues si eso
es lo que somos, tenemos que considerar al hombre y su bienestar como principio
básico. El capitalismo es la negación del ser humano, más
allá de la forma que adopte.
Siguiendo esto no podemos comprender buenos y malos gobernantes, sino gobiernos.
No hay ni buenos, ni malos militantes, sino cuadros y partidos políticos.
Organizaciones, estructuras, de millares de nombres, colores y tendencias
que con sus supuestos matices no hacen otra cosa que ofrecernos la posibilidad
de elegir entre A, B, o C, pero que jamás permitirían salir
de “sus ofertas”. En el capitalismo no está permitido actuar de otra
manera que la establecida y hacerlo es ser subversivo, contrarrevolucionario
ú otra calificación desvalorizadora, consecuentemente perseguida.
El Estado, el Capitalismo hoy más que nunca está sembrando
placebo. Los que hace 25 años “algo hicieron” y “terminaron como
terminaron”, hoy son revalorizados a héroes por el gobierno. El mismo
sistema que ayer los torturó y asesinó hoy levanta un “museo”,
en el mismísimo lugar en que sucedieron los hechos. Esto es funcional
al mismo sistema, pues sino no lo harían.
La historia sigue siendo la misma, la mierda se recicla. El vaivén
peronista conquista a la izquierda para luego derechizarse, o se derechiza
a la izquierda... ¿hay acaso alguna diferencia? ¿Acaso Trotsky,
Hitler, Perón o Eisenhower no asesinaron de la misma manera? Todos
fueron funcionales al sistema, y este sistema no es abstracto, tiene nombres
y hombres; los capitalistas. Profesantes del máximo beneficio al
menor costo, sin importar las consecuencias.
En cuanto se siga viendo “malo” o “bueno” y no el funcionamiento del sistema,
que soporta ese vivir de unos pocos gracias al sufrimiento de muchos, mucho
no va a cambiar la existencia, y hasta podríamos ser funcionales
a esta lógica.
Ubérrimo
ENTRE COBARDES Y MISERABLES VOLVER
En
la última “marcha” del 24 de marzo se suscitaron varios acontecimientos
que particularmente me pusieron -como en otros actos de la vida- en una
situación que cada vez más me pone más firme en mis
ideas. Algunos fueron momentos de comicidad; porque cuando nombro a los
cobardes me refiero a un dúo salidos de la academia de anarcobolches
del AUCA, los cuales nos gritaron fachos, con qué motivo no sé,
deberá ser porque varias veces por medio del periódico, volantes,
etc. dejamos en claro que no nos interesa relacionarnos con gente que tergiversan
las ideas anarquistas. Digo cobardes porque no fueron capaces de quedarse
a dar la cara, cuando los fuimos a buscar para ver que pasaba ¨tiraron
una bomba ninja¨ y desaparecieron como ratas. Aclaramos una vez más
que si lo necesario para conseguir nuestra libertad es transar con cualquiera
para agrupar gente, ya lo saben, nos negamos y más con ese tipo de
gente (¡quieren gobierno al fin!).
La otra parte fue más un momento de bronca, eso me dan esos miserables
“tomalista” y aprovechadores de las “corrientes piqueteras”. Al ver que
para juntar mayoría en gente, llevaron a personas (casi todos con
niños chicos y bebés en alza) que no tenían idea en
dónde y porqué estaban; solo marchaban entre cohetes y silbatos
para no tener ausente en la lista, esa para que les den la limosna que le
dan al presenciar cada acto de ellos; vergonzoso, eso hacía Perón...
Titi
¡SABANDIJAS! VOLVER
Los
primeros que suben al barco no son ni su capitán ni sus tripulantes;
son los ratones; suben en el astillero. Y cuando la perra pare, los primeros
a recibir el cachorro, o la cachorra, no son tampoco ni el amo ni el perro
padre, sino las pulgas; saltan a ellos desde el suelo o desde su perra madre.
Por sobre toda miseria o cualidad de sus vidas, prima en estas sabandijas
la condición alevosa y madrugadora: siempre han de ser las primeras
a prenderse, los primeros a embarcarse.
¡Sabandijas! Pero ahora no lo decimos, precisamente por ellos, los
ratones y las pulgas, sino por otros, mujeres y hombres, que los emulan
con idéntica presteza e igual cinismo: por la tanda intelectual,
periodistas, dramaturgos y poetas; y la otra tanda: la histriónica
de los actores y actrices. Las primeras y primeros a embarcarse y a prenderse
en el malón militar.
Ellas y ellos: los primeros. Con decir que les ganaron de mano a los caudillos
de comités y obreristas... ¡Ya es decir! ¿Quién
los llamaba, y a qué? Nadie, ni nada de su oficio o de su arte. Condición
suya, no más, advenediza y logrera. Condición de sabandijas.
¿Y ahora? Porque ahora, hasta los propios milicos están de
acuerdo que el patacho les hace agua; que el can revienta. ¿Y ahora?
Ahora... Ahora tampoco les van a ganar de mano. Los primeros a embarcarse,
las primeras a prenderse serán también las primeras y primeros
que salten y que disparen. Ya están prontos. Ya hay que oírlos
en corrillos de cafés, camarines y cenáculos: echan putas
o hacen coñas, no sólo de coroneles y generales: de todo;
de la armada y del ejército y de la aventura idiota.
Intelectuales; artistas; pulgas de perro; ratas de barco. ¡Sabandijas!
Rodolfo González Pacheco
Extraído de Carteles tomo II
SANGRE POR SANGRE VOLVER
El
30 de marzo del 2004 no era un día cualquiera para Eustaquio Icachulí
Cullaca, minero boliviano desocupado. No era un día cualquiera como
tampoco lo habían sido los días de los últimos meses.
Después del último estallido insurreccional y una vez que
todo volvió a su estado “natural” (es decir la explotación
de una mayoría por una minoría) el gobierno quería
sortear la crisis económica propiciada por sus propios planes recortando
las pensiones y los subsidios a los explotados. Así era como miles
de mineros, y en general de familias, se quedaban sin nada que echarse a
la boca. Pero ese 30 era especial. Los mineros y las agrupaciones sindicales
más combativas habían amenazado con que no se quedarían
quietos viendo como un gobierno les llevaba a la muerte. ¡Y así
es!
El 30 de marzo a las 14:45 Eustaquio penetra en un edificio anexo a la cámara
de los diputados, ubicado a 50 metros de la presidencia de la República,
con una idea clara. Si ellos eran los que ratificaban su sentencia de muerte,
la suya y muchas más, él estaba dispuesto a ser escuchado
y en todo caso a igualar a tabla rasa la sangre de unos con la sangre de
otros.
Eustaquio fue interceptado en la entrada del edificio y se sabe que mantuvo
una conversación con un alto cargo policial mientras por otro lado
desalojaban el edificio. La negociación se rompió brutalmente
al detonar una carga de dinamita adherida a su cuerpo, que no solo origino
su muerte sino también la de dos oficiales de alta graduación
(uno de ellos el encargado de la seguridad del Congreso) un cabo y diez
heridos.
Esto fue lo que ocurrió, y nos querrán convencer de que es
un acto aislado e irracional. Pero ni es un acto aislado ni es irracional.
En un mundo donde la dominación y la miseria llegan a extremos insoportables,
millones de personas de una manera u otra identifican a sus enemigos e intentan
de una manera desesperada hacer justicia. ¿Irracional?, lo único
irracional es su sistema de acumulación de capital que nos mantiene
como esclavos o simplemente nos arroja a los sumideros periféricos
como basura. Eustaquio no actuó por la razón, actuó
porque tenia razones sobradas para hacerlo y es esto lo que queremos señalar.
Eustaquio identificó y nos señaló con su vida no tan
solo a sus enemigos sino a los enemigos de toda la humanidad.
¡MUERTE AL ESTADO!
¡VIVA LA ANARQUIA!
Poe
UN “INCONTROLADO” DE LA COLUMNA DE HIERRO VOLVER
Soy
un escapado de San Miguel de los Reyes, siniestro presidio que levantó
la monarquía para enterrar en vida a los que, por no ser cobardes,
no se sometieron nunca a las leyes infames que dictaron los poderosos contra
los oprimidos. Allá me llevaron, como a tantos otros, por lavar una
ofensa, por rebelarme contra las humillaciones de que era víctima
un pueblo entero, por matar, en fin, a un cacique. Joven era, y joven soy,
ya que ingresé en el presidio a los veintitrés años
y he salido, porque los compañeros anarquistas abrieron las puertas,
teniendo treinta y cuatro. ¡Once años sujeto al tormento de
no ser hombre, de ser una cosa, de ser un número! Conmigo salieron
muchos hombres, igualmente sufridos, igualmente dolorosos por los malos
tratos recibidos desde el nacer. Unos, al pisar la calle, se fueron por
el mundo; otros, nos agrupamos con nuestros libertadores, que nos trataron
como amigos y nos quisieron como hermanos. Con éstos, poco a poco,
formamos la "Columna de Hierro"; con éstos, a paso acelerado,
asaltamos cuarteles y desarmamos a terribles guardias; con éstos,
a empujones, echamos a los fascistas hasta las agujas de la sierra, en donde
se encuentran. Acostumbrados a tomar lo que necesitamos, al empujar al fascista,
le tomamos víveres y fusiles. Y nos alimentamos, durante un tiempo,
de lo que nos ofrecían los campesinos, y nos armamos, sin que nadie
nos hiciese el obsequio de un arma, con lo que a brazo partido, les quitamos
a los insurrectos. El fusil que acaricio, el que me acompaña desde
que abandoné el fatídico presidio, es mío, mío
propio; se lo quité, como un hombre, al que lo tenía en sus
manos, así como nuestros, propios, conquistados, son casi todos los
que mis compañeros tienen en las suyas. Nadie o casi nadie nos atendió
nunca.
El estupor burgués al abandonar el presidio, ha continuado siendo
el estupor de todos, hasta estos momentos, y en lugar de atendernos, de
ayudarnos, de auxiliarnos, se nos trató como a forajidos, se nos
acusó de incontrolados, porque no sujetamos el ritmo de nuestro vivir
que ansiábamos y ansiamos libre, a caprichos estúpidos de
algunos que se han sentido, torpe y orgullosamente, amos de los hombres,
al sentarse en un Ministerio o en un comité, y porque, por los pueblos
por donde pasamos, después de haberle arrebatado su posesión
al fascista, cambiamos el sistema de vida, aniquilando a los caciques feroces
que intranquilizaron la vida de los campesinos, después de robarles,
y poniendo la riqueza en manos de los únicos que supieron crearla:
en manos de los trabajadores.
Nadie, puedo asegurarlo, nadie se puede haber portado con los desvalidos,
con los necesitados, con los que toda la vida fueron robados y perseguidos,
mejor que nosotros, los incontrolados, los forajidos, los escapados de presidio.
Nadie, nadie -desafio que me lo prueben- ha sido más cariñoso
y más servicial para con los niños, las mujeres y los ancianos;
nadie, absolutamente nadie, puede tildar a esta Columna, que sola, sin auxilio
y sí entorpeciéndola, ha estado desde el principio en la vanguardia,
de insolidaria, de despótica, de blanda o de floja cuando de la lucha
se trataba, o de desamorada con el campesino, o de no revolucionaria, ya
que el arrojo y la valentía en el combate ha sido nuestra norma,
la hidalguía con el vencido nuestra ley, la cordialidad con los hermanos
nuestra divisa y la bondad y el respeto el marco en que se ha desenvuelto
nuestra vida.
¿Por qué esta leyenda negra que se ha tejido a nuestro alrededor?
¿Por qué este afán insensato de desacreditarnos, si
nuestro descrédito, que no es posible, sólo iría en
perjuicio de la causa revolucionaria y de la misma guerra? Hay -nosotros,
hombres del presidio, que hemos sufrido más que nadie en la tierra,
lo sabemos-; hay, digo, en el ambiente, un aburguesamiento enorme. El burgués,
de alma y de cuerpo, que es todo lo mediocre y servil, tiembla ante la idea
de perder su sosiego, su cigarro puro y su café, sus toros, su teatro
y su emputecimiento, y cuando olía algo de la Columna, de esta Columna
de Hierro, puntal de la Revolución en estas tierras levantinas, o
cuando sabía que la Columna anunciaba su viaje a Valencia, temblaba
como un azogado pensando que los de la Columna iban a arrancarle de su vida
regalona y miserable. Y el burgués -hay burgueses de muchas clases
y en muchos sitios- tejía, sin parar, con los hilos de la calumnia,
la leyenda negra con que nos ha obsequiado, porque al burgués, y
únicamente al burgués, han podido y pueden perjudicar nuestras
actividades, nuestras rebeldías, y estas ansias locamente incontenibles
que llevamos en nuestro corazón de ser libres, como las águilas
en las más altas cimas o como los leones en medio de las selvas.
También los hermanos, los que sufrieron con nosotros en campos y
talleres, los que fueron vilmente explotados por la burguesía, se
hicieron eco de los miedos terribles de ésta y llegaron a creer,
porque algunos interesados en ser jefes se lo dijeron, que nosotros, los
hombres que luchábamos en la Columna de Hierro, éramos forajidos
y desalmados, y un odio, que ha llegado muchas veces a la crueldad y al
asesinato fanático, sembró nuestro camino de piedras para
que no pudiéramos avanzar contra el fascismo.
Ciertas noches, en esas noches oscuras en que, arma al brazo y oído
atento, trataba de penetrar en las profundidades de los campos y en los
misterios de las cosas, no tuve más remedio que, como en una pesadilla,
levantarme del parapeto, y no para desentumecer mis miembros, que son de
acero porque están curtidos en el dolor, sino para empuñar
con más rabia el arma, sintiendo ganas de disparar, no sólo
contra el enemigo que estaba escondido a cien metros escasos de mí,
sino contra el otro, contra el que no veía, contra el que se ocultaba
a mi lado siéndome y aun llamándome compañero, mientras
me vendía vilmente, ya que no hay venta más cobarde que la
que de la traición se nutre. Y sentía ganas de llorar y de
reir, y de correr por los campos gritando, y de atenazar gargantas entre
mis dedos de hierro, como cuando rompí entre mis manos la del cacique
inmundo, y de hacer saltar, hecho escombros, este mundo miserable en donde
es difícil encontrar unos brazos amantes que sequen tu sudor y restañen
la sangre de tus heridas cuando, cansado y herido vuelves de la batalla.
¡Cuántas noches, juntos los hombres, formando un racimo o un
puñado, al comunicar a mis compañeros, los anarquistas, mis
penas y dolores he hallado, allá, en la dureza de la sierra, frente
al enemigo que acechaba, una voz amiga y unos brazos amantes que me han
hecho volver a amar la vida! Y, entonces, todo lo sufrido, todo lo pasado,
todos los horrores y tormentos que llagaron mi cuerpo, los tiraba al viento
como si fueran de otras épocas, y me entregaba con alegría
a sueños de ventura, viendo con la imaginación calenturienta
un mundo como el que no había vivido, pero que deseaba; un mundo
como no habíamos vivido los hombres pero que muchos habíamos
soñado. Y el tiempo se me pasaba volando, y las fatigas no entraban
en mi cuerpo, y redoblaba mi empuje, y me hacía temerario, y salía
al amanecer en descubierta para descubrir al enemigo, y... todo por cambiar
la vida; por imprimir otro ritmo a esta vida nuestra; porque los hombres,
yo entre ellos, pudiéramos ser hermanos; porque la alegría,
una vez siquiera, al brotar en nuestros pechos, brotase en la tierra; porque
la Revolución, esta Revolución que ha sido el norte y el lema
de la Columna de Hierro, pudiese ser, en tiempo no lejano, un hecho. Se
esfumaban mis sueños como las nubecillas blancas que encima de nosotros
pasaban por la sierra, y volvía a ver mis desencantos para volver,
otra vez, por la noche, a mis alegrías. Y así, entre penas
y alegrías, entre congojas y llantos, he pasado mi vida, vida alegre
en medio del peligro, comparada con aquella vida turbia y miserable del
turbio y mísero presidio.
Pero un día -era un día pardo y triste-, por las crestas de
la sierra, como viento de nieve que corta las carnes, bajó una noticia:
"Hay que militarizarse". Y entró en mis carnes como fino
puñal la noticia, y sufrí, de antemano, las congojas de ahora
Por las noches, en el parapeto, repetía la noticia: "Hay que
militarizarse". A mi lado, velando mientras yo descansaba, aunque no
dormía, estaba el delegado de mi grupo, que sería teniente,
y tres pasos más acá, durmiendo en el suelo, reclinando su
cabeza sobre un montón de bombas, yacía el delegado de mi
centuria, que sería capitán o coronel. Yo... seguiría
siendo yo, el hijo del campo, rebelde hasta morir. Ni quería, ni
quiero cruces ni estrellas ni mandos. Soy como soy, un campesino que aprendió
a leer en la cárcel, que ha visto de cerca el dolor y la muerte,
que era anarquista sin saberlo y que ahora, sabiéndolo, soy más
anarquista que ayer, cuando maté para ser libre. Ese día,
aquel día que bajó de las crestas de la sierra, cual si fuese
un viento frío que me cortase el alma, la noticia funesta, será
memorable, como tantos otros en mi vida de dolor. Aquel día... ¡Bah!
¡Hay que militarizarse!
La vida enseña a los hombres más que todas las teorías,
más que todos los libros. Los que quieran llevar a la práctica
lo que han aprendido de otros al beberlo en los libros escritos, se equivocarán;
los que lleven a los libros lo que han aprendido en las revueltas del camino
de la vida, posiblemente hagan una obra maestra. La realidad y la ensoñación
son cosas distintas. Soñar es bueno y bello, porque el sueño
es, casi siempre, la anticipación de lo que ha de ser; pero lo sublime
es hacer la vida bella, hacer de la vida, realmente, una obra hermosa. Yo
he vivido la vida aceleradamente. No he saboreado la juventud, que, según
he leído, es alegría, y dulzura, y bienestar. En el presidio
sólo he conocido el dolor. Siendo joven por los años, soy
un viejo por lo mucho que he vivido, por lo mucho que he llorado. Por lo
mucho que he sufrido. Que en el presidio, casi nunca se ríe; en el
presidio, para adentro o para afuera, siempre se llora. Leer un libro en
una celda, apartado del contacto de los hombres, es soñar; leer el
libro de la vida, cuando te lo presenta abierto por una página cualquiera
el carcelero, que te insulta o simplemente te espía, es estar en
contacto con la realidad. Cierto día leí, no sé dónde
ni a quién, que no pudo tener el autor idea exacta de la redondez
de la tierra hasta que la hubo recorrido, medido, palpado: descubierto.
Parecióme ridícula tal pretensión; pero aquella frasecita
se me quedó tan impresa, que alguna vez, en mis soliloquios obligados
en la soledad de mi celda, pensé en ella. Hasta que un día,
como si yo también descubriera algo maravilloso que antes estuvo
oculto a los demás hombres, sentí la alegría de ser,
para mí, el descubridor de la redondez de la tierra. Y aquel día,
como el autor de la frase, recorrí, medí y palpé el
planeta, haciéndose la luz en mi imaginación al "ver"
a la Tierra rodando en los espacios sin fin, formando parte del concierto
universal de los mundos. Lo mismo sucede con el dolor. Hay que pesarlo,
medirlo, palparlo, gustarlo, comprenderlo, descubrirlo, para tener en la
mente una idea clara de lo que es. A mi lado, tirando del carro en el que
otros iban subidos, cantando y gozando, he tenido hombres que, como yo,
oficiaban de mulas. Y no sufrían; y no rugían, por lo bajo,
su protesta; y encontraban justo y lógico que aquéllos, como
señores, fuesen los que les tirasen de las riendas y empuñasen
el látigo, y hasta lógico y justo que el amo, de un trallazo,
les cruzase la cara. Como animales lanzaban un ronquido, clavaban sus pezuñas
en el suelo y arrancaban a galope. Después, ¡oh sarcasmo!,
al desuncirlos, lamían, como perros esclavos, la mano que les azotó.
Nadie que no haya sido humillado, y vejado, y escarnecido; nadie que no
se haya sentido el ser más desgraciado de la tierra, a la vez que
el ser más noble, y más bueno, y más humano, y que,
al mismo tiempo y todo junto, cuando sentía su desgracia y se consideraba
feliz y fuerte, sin aviso, sin motivo, por gana de hacerle daño,
por humillarle, haya sentido sobre sus espaldas o sobre su rostro la mano
helada de la bestia carcelera; nadie que no se haya visto arrastrado por
lebreles a la celda de castigo, y allí, abofeteado y pisoteado, oír
crujir sus huesos y oír correr su sangre hasta caer en el suelo como
una mole; nadie que, después de sufrir el tormento por otros hombres,
no haya sido capaz de sentir su impotencia, y maldecir por ello y blasfemar
por ello, que era tanto como empezar a tener potencia otra vez; nadie que,
al recibir el castigo y el ultraje, haya tenido conciencia de lo injusto
del castigo y de lo infame del ultraje; y, al tenerla, haya hecho propósito
de acabar con el privilegio que otorga a algunos la facultad de castigar
y ultrajar; nadie, en fin, que, preso en la cárcel o preso en el
mundo, haya comprendido la tragedia de las vidas de los hombres condenados
a obedecer en silencio y ciegamente las órdenes recibidas, puede
conocer la hondura del dolor, la amargura del dolor, la marca terrible que
el dolor deja para siempre en los que bebieron, y palparon, y sintieron
el dolor de callar y obedecer. ¡Desear hablar y conservarse mudo;
desear cantar y enmudecer; desear reir y tener forzosamente que estrangular
la risa en los labios; desear amar y ser condenado a nadar entre el cieno
del odio! Yo estuve en el cuartel y allí aprendí a odiar.
Yo he estado en el presidio, y allí, en medio del llorar y del sufrir,
cosa rara, aprendí a amar, a amar intensamente. En el cuartel casi
estuve a punto de perder mi personalidad, tanto era el rigor con que se
me trataba, queriendo imponérseme una disciplina estúpida.
En la cárcel, tras mucho luchar, recobré mi personalidad,
siendo cada vez más rebelde a toda imposición. Allá
aprendí a odiar, de cabo hacia arriba, todas las jerarquías;
en la cárcel, en medio del más angustiante dolor, aprendí
a querer a los desgraciados, mis hermanos, mientras conservaba puro y limpio
el odio a las jerarquías mamado en el cuartel. Cárceles y
cuarteles son una misma cosa: despotismo y libre expansión de la
maldad de algunos y sufrimiento de todos. Ni el cuartel enseña cosa
que no sea dañina a la salud corporal y mental, ni la cárcel
corrige.
Con este criterio, con esta experiencia -experiencia adquirida, porque he
bañado mi vida en el dolor-, cuando oí que, montañas
abajo, venía rodando la orden de militarización, sentí
por un momento que mi ser se desplomaba, porque vi claramente que moriría
en mí el audaz guerrillero de la Revolución, para continuar
viviendo el ser a quien en el cuartel y en la cárcel se podó
de todo atributo personal, para caer nuevamente en la sima de la obediencia,
en el sonambulismo animal a que conduce la disciplina del cuartel o de la
cárcel, ya que ambos son iguales. Y, empuñando con rabia el
fusil, desde el parapeto, mirando al enemigo y al "amigo", mirando
a vanguardia y a retaguardia, lancé una maldición como aquellas
que lanzaba cuando, rebelde, me conducían a la celda de castigo,
y una lágrima hacia adentro, como aquéllas, que se me escaparon,
sin ser vistas de nadie, al sentir mi impotencia. Y es que notaba que los
fariseos, que desean hacer del mundo un cuartel y una cárcel, son
los mismos, los mismos, los mismos que ayer, en las celdas de castigo, nos
hicieron a los hombres -hombres- crujir los huesos. Cuarteles..., presidios...,
vida indigna y miserable. No nos han comprendido, y por no poder comprendernos,
no nos han querido. Hemos luchado -no son necesarias ahora falsas modestias,
que a nada conducen-; hemos luchado, repito, como pocos. Nuestra línea
de fuego ha sido siempre la primera, ya que en nuestro sector, desde el
primer día hemos sido los únicos. Para nosotros jamás
hubo un relevo ni..., lo que ha sido peor todavía, una palabra cariñosa.
Unos y otros, fascistas y antifascistas, hasta -¡qué vergüenza
hemos sentido!- los nuestros nos han tratado con despego. No nos han comprendido.
O lo que es más trágico en medio de esta tragedia en que hemos
vivido, quizá no nos hemos hecho comprender, ya que nosotros, por
haber recibido sobre nuestros lomos todos los desprecios y rigores de los
que fueron jerarcas en la vida, hemos querido vivir, aun en la guerra, una
vida libertaria, y los demás, para su desgracia y la nuestra, han
seguido uncidos al carro del Estado. Esta incomprensión, que nos
ha producido dolores inmensos, cercó el camino de desdichas, y no
solamente veían un peligro en nosotros los fascistas, a los que tratamos
como se merecieron, sino los que se llaman antifascistas y gritan su antifascismo
hasta enronquecer. Este odio que se tejió a nuestro alrededor, dio
lugar a choques dolorosos, el mayor de los cuales, por lo canallesco, hace
asomar a la boca el asco y llevar las manos a apretar el fusil, tuvo lugar
en plena Valencia, al disparar contra nosotros "ciertos antifascistas
rojos". Entonces..., ¡bah!..., entonces debimos haber acabado
con lo que ahora está haciendo la contrarrevolución.
La Historia, que recoge lo bueno y lo malo que los hombres hacen, hablará
un día. Y esa Historia dirá que la Columna de Hierro fue quizá
la única en España que tuvo visión clara de lo que
debió ser nuestra Revolución. Dirá también que
fue la que más resistencia ofreció a la militarización.
Y dirá, además, que, por resistirse, hubo momentos en que
se la abandonó totalmente a su suerte, en pleno frente de batalla,
como si seis mil hombres, aguerridos y dispuestos a triunfar o morir, debieran
abandonarse al enemigo para ser devorados. ¡Cuántas y cuántas
cosas dirá la Historia, y cuántas y cuántas y cuántas
figuras, que se creen gloriosas, serán execradas y maldecidas! Nuestra
resistencia a la militarización estaba fundada en lo que conocíamos
de los militares. Nuestra resistencia actual se funda en lo que conocemos
actualmente de los militares. El militar profesional ha formado, ahora y
siempre, aquí y en Rusia, una casta. El es el que manda; a los demás
no debe quedarnos más que la obligación de obedecer. El militar
profesional odia con toda su fuerza a todo cuanto sea paisanaje, al que
cree inferior. Yo he visto -yo miro siempre a los ojos de los hombres- temblar
de rabia o de asco a un oficial cuando al dirigirme a él lo he tuteado,
y conozco casos de ahora, de ahora mismo, en batallones que se llaman proletarios,
en que la oficialidad, que ya se olvidó de su origen humilde, no
puede permitir -para ello hay castigos terribles- que un miliciano les llame
de tú. El ejército "proletario" no plantea disciplina,
que podría ser, a lo sumo, respeto a las órdenes de guerra;
plantea sumisión, obediencia ciega, anulación de la personalidad
del hombre. Lo mismo, lo mismo que cuando, ayer, estuve en el cuartel. Lo
mismo, lo mismo que cuando, más tarde, estuve en el presidio.
Nosotros, en las trincheras, vivíamos felices. Vimos caer a nuestro
lado, es cierto, a los compañeros que con nosotros empezaron esta
guerra; sabíamos, además, que en cualquier momento, una bala
podía dejarnos tendidos en pleno campo -ésta es la recompensa
que espera al revolucionario-; pero vivíamos felices. Cuando había
comíamos; cuando escaseaban los víveres, ayunábamos.
Y todos contentos. ¿Por qué? Porque ninguno era superior a
ninguno. Todos amigos, todos compañeros, todos guerrilleros de la
Revolución. El delegado de grupo o de centuria no nos era impuesto,
sino elegido por nosotros, y no se sentía teniente o capitán,
sino compañero. Los delegados de los Comités de la Columna
no fueron jamás coroneles o generales, sino compañeros. Juntos
comíamos, juntos peleábamos, juntos reíamos o maldecíamos.
Nada ganamos durante un tiempo, nada ganaron ellos. Diez pesetas ganamos
después nosotros, diez pesetas ganaban y ganan ellos. Lo único
que aceptamos es su capacidad probada, por eso los elegimos; su valor, también
probado, por eso también fueron nuestros delegados. No hay jerarquías,
no hay superioridades, no hay órdenes severas; hay camaradería,
bondad, compañerismo: vida alegre en medio de las desdichas de la
guerra. Y así, con compañeros, imaginándose que se
lucha por algo y para algo, da gusto la guerra y hasta se recibe con gusto
la muerte. Pero cuando estás entre militares, en donde todo son órdenes
y jerarquías; cuando ves en tus manos la triste soldada con la cual
apenas puede mantenerse en retaguardia tu familia y ves que el teniente,
el capitán, el comandante y el coronel cobran tres, cuatro, diez
veces más que tú, aunque no tienen ni más empuje, ni
más conocimiento, ni más valor que tú, la vida se te
hace amarga, porque ves que eso no es Revolución, sino aprovechamiento,
por unos pocos, de una situación desgraciada que va únicamente
en perjuicio del pueblo.
No sé cómo viviremos ahora. No sé si podremos acostumbrarnos
a recibir malas palabras del cabo, del sargento o del teniente. No sé
si después de habernos sentido plenamente hombres, podremos sentirnos
animales domésticos, que a esto conduce la disciplina y esto representa
la militarización. No podremos ya, será totalmente imposible,
aceptar despotismos y malos tratos, ya que se necesita ser muy poco hombre
para tener un arma en la mano y aguantar mansamente el insulto; pero tenemos
noticias que angustian, de compañeros que, al militarizarse, han
vuelto a sentir, como losa de ploma, la pesantez de las órdenes que
emanan de gente, muchas veces inepta y siempre desamorada. Creíamos
que nos estábamos redimiendo, que nos estábamos salvando y
estamos cayendo en lo mismo que combatimos; en el despotismo, en la castocracia,
en el autoritarismo más brutal y absorbente. Pero el momento es grave.
Cogidos -no sabemos por quien y si lo sabemos, nos lo callamos ahora-; cogidos,
repito, en una trampa, debemos salir de ella, escaparnos de ella, lo mejor
que podamos, pues de trampas está sembrado todo el campo.
Los militaristas, todos los militaristas -los hay furibundos en nuestro
campo- nos han cercado. Ayer fuimos dueños de todo, hoy lo son ellos.
El ejército popular, que no tiene de popular más que el hecho
de formarlo el pueblo, y eso ocurrió siempre, no es del pueblo, es
del Gobierno, y el Gobierno manda, y el Gobierno ordena. Al pueblo sólo
se le permite obedecer y siempre se le exige obedecer. Cogidos entre las
mallas militaristas, tenemos dos caminos a seguir: el primero nos lleva
a disgregarnos los que hasta hoy somos compañeros de lucha, deshaciendo
la Columna de Hierro; el segundo nos lleva a la militarización. La
Columna, nuestra Columna, no debe deshacerse. La homogeneidad que siempre
ha presentado, ha sido admirable -hablo solamente para nosotros, compañeros-;
la camaradería entre nosotros quedará en la historia de la
Revolución española como un ejemplo; la bravura demostrada
en cien combates, podrá haber sido igualada en esta lucha de héroes,
pero no superada. Desde el primer día fuimos amigos; más que
amigos, compañeros; más que compañeros, hermanos. Disgregarnos,
irnos, no volvernos a ver, no sentir, como hasta aquí, los impulsos
de vencer y de luchar, es imposible. La Columna, esta Columna de Hierro
que desde Valencia a Teruel ha hecho temblar a burgueses y fascistas, no
debe deshacerse, sino seguir hasta el fin. ¿Quién puede decir
que en la pelea, por estar militarizados, han sido más fuertes, más
recios, más generosos para regar con su sangre los campos de batalla?
Como hermanos que defienden una causa noble, hemos luchado; como hermanos
que tienen los mismos ideales, hemos soñado en las trincheras; como
hermanos que anhelan un mundo mejor, hemos empujado con nuestro coraje.
¿Deshacernos como un todo homogéneo? Nunca, compañeros.
Mientras quedemos una centuria, a luchar; mientras quede uno solo de nosotros,
a vencer. Será el mal menor, a pesar de ser un gran mal, el tener
que aceptar, sin ser elegidos por nosotros, quienes nos ordenen. Pero...
Ser una Columna o ser un Batallón es casi igual. Lo que no es igual
es que no se nos respete. Si estamos juntos los mismos individuos que ahora
estamos, ya formemos una columna o ya formemos un batallón, para
nosotros ha de ser igual. En la lucha no necesitaremos quien nos aliente,
en el descanso no tendremos quien nos prohiba descansar, porque no lo consentiremos.
El cabo, el sargento, el teniente, el capitán, o son de los nuestros,
en cuyo caso seremos todos compañeros, o son enemigos, en cuyo caso
como a enemigos habrá que tratarlos. Columna o Batallón, para
nosotros, si queremos, será igual. Nosotros, ayer, hoy y mañana,
no necesitamos estímulos para combatir; nosotros, ayer hoy y mañana,
seremos los guerrilleros de la Revolución. De nosotros mismos, de
la cohesión que haya entre nosotros, depende nuestro desarrollo futuro.
No nos imprimirá nadie un ritmo suyo; se lo imprimiremos nosotros,
por tener personalidad propia, a los que estén a nuestro alrededor.
Tengamos en cuenta una cosa, compañeros. La lucha exige que no hurtemos
nuestros brazos ni nuestro entusiasmo a la guerra. En una columna, la nuestra,
o en un batallón, el nuestro; en una división o en un batallón
que no sean nuestros, tenemos que luchar. Si deshacemos la Columna, si nos
disgregamos, después, obligatoriamente movilizados, tendremos que
ir, no con quien digamos, sino con quien se nos ordene. Y como no somos
ni queremos ser animales domésticos, posiblemente chocáramos
con quienes no debiéramos chocar: con los que, mal o bien, son nuestros
aliados. La Revolución, nuestra Revolución, esta Revolución
proletaria y anárquica, a la cual, desde los primeros días,
hemos dado páginas de gloria, nos pide que no abandonemos las armas
y que no abandonemos, tampoco, el núcleo compacto que hasta ahora
hemos tenido formado, llámese éste como se llame: Columna,
División o Batallón.
Un “Incontrolado” de la Columna de Hierro
Marzo 1937
Más allá de las coincidencias con el compañero,
debemos destacar que la militarización de las milicias en la España
revolucionaria, fue un factor determinante en la reestructuración
del Estado, y finalmente en el triunfo del franquismo.
Esto a su vez fue posibilitado por quienes postulaban una alianza entre
anarquistas y autoritarios, lease políticos, estalinistas y burgueses
antifascistas.
Grupo Editor
CRONOLOGÍA DE LA REVUELTA PERMANENTE EN ARGELIA VOLVER
8
de abril (Kabilia, Argelia) - El día de las elecciones nacionales,
una huelga general paralizó por completo la ciudad de Tizi Ouzou.
En las ciudades de Freha y Rafour, grupos de jóvenes destruyeron
las urnas donde deben depositarse los votos, colocaron barricadas frente
a los puntos donde debía acudirse a votar y lanzaron piedras a la
policía que respondió con gases lacrimógenos.
En la ciudad de Genêts, nuevos grupos de jóvenes bloquearon
la carretera con neumáticos ardiendo y todo tipo de material. En
Azazga, fueron atacadas las urnas y se quemaron los votos.
Se lanzaron cócteles molotov y piedras a la policía en la
ciudad de Akbou, la policía respondió con gases lacrimógenos.
Disturbios entre la policía y los jóvenes también tuvieron
lugar en las ciudades de Sahadj, El-Asnam y El-Adjiba. Tan pronto como se
hicieron públicos los resultados de las votaciones, los jóvenes
se reunieron espontáneamente en las calles de Berbouche y le prendieron
fuego a la sede del partido del presidente Bouteflika.
El Ministro del Interior declaró que 612 oficinas de voto fueron
“arrasadas o se impidió su apertura”. La participación en
la zona de la Kabilia fue de un 14%, aunque posiblemente este dato fuese
aún menor, ya que las elecciones fueron boicoteadas.
Cuando las noticias sobre la re-elección del presidente Bouteflika
llegaron a la capital, manifestaciones y concentraciones espontáneas
contra la corrupción electoral fueron rápidamente reprimidas
por la policía antidisturbios, utilizando para ello gases lacrimógenos.
18 de abril, Skikda (Argelia) - Cientos de jóvenes construyeron 13 barricadas durante una batalla campal contra la policía en protesta por la pobreza, la contaminación ambiental y el aumento en las tarifas del transporte público. “Diariamente pasamos frente al polígono industrial, respiramos sus humos, pero ni siquiera tenemos el derecho de trabajar aquí” declaró un joven.
19 de abril, Bordj Bou Arréridj (Argelia) - Jóvenes ocuparon el cabildo, expulsando a los funcionarios y cerrando el edificio. La ocupación del ayuntamiento es una muestra de la rabia generada entre otras cuestiones, por las penosas condiciones de las viviendas y la falta de ayudas estatales tras las inundaciones.
20
de abril (Kabylie, Argelia) - La huelga general y las manifestaciones marcaron
el tercer aniversario de la insurrección Argelina. En Bouira, la
gente gritaba “Poder - Asesino” y “Si quieres guerra, aquí estamos,
no te tememos”. Miles de estudiantes, tanto hombres como mujeres, abandonaron
sus clases y marcharon por las calles de Boumerdès. La Huelga General
tuvo lugar en Tizi Ouzou, Fréha, Azazga, y Bouzeguène.
Hombres y mujeres estudiantes de la Universidad de Bouzaréah en Argel
intentaron mantener manifestaciones de solidaridad, pero fueron rodeados
por la policía antidisturbios y los cañones de agua a presión.
Algunos estudiantes consiguieron romper las líneas policiales, pero
los refuerzos policiales evitaron que pudieran tomar las calles.
22 de abril, Amizour (Argelia) - Miles de personas marcharon por las calles durante la Huelga General en honor a todas las personas que fueron asesinadas durante la insurrección de 2001.
24
de abril, Diar El-Baraka (Argelia) - Un gran número de familias se
negaron a ser evacuadas de sus viviendas y realojadas en unas nuevas, y
se defendieron con piedras y cócteles Molotov para resistir a la
orden policial, que trataba de llevar a cabo el desalojo.
64 personas, entre policías y civiles, resultaron heridas durante
los disturbios de más de 4 horas. Las familias establecieron puntos
de control en todas las entradas de la ciudad y quemaron neumáticos
formando barricadas. En una frase pintada en la pared podía leerse
“Queremos viviendas decentes”. Los residentes han amenazado con cerrar a
la fuerza la sede general del gobierno local.
Insurrectionary anarchists of the Coast Salish Territories
Traducción Palabras de Guerra
SENTENCIA DEFINITIVA DEL JUICIO MARINI VOLVER
Roma,
20 de abril de 2004
Son definitivas las condenas dictadas en febrero del año pasado por
la Corte d’Assise d’Appello de Roma contra el grupo de anarquistas imputados
por asociación subversiva con finalidad terrorista, banda armada,
propaganda subversiva y delitos comunes.
El fiscal Antonio Marini empezó la investigación contra los
grupos anarquistas pertenecientes a la “organización revolucionaria
anárquica-insurreccional”, a los “grupos de afinidad” y a los núcleos
de base, hace ya varios años.
- Orlando Campo: condenado a 10 años de cárcel.
- Rose Ann Scrocco: condenada a 30 años de cárcel, más
otros 15.
- Angela Maria Lo Vecchio: condenada a 15 años de cárcel.
- Francesco Porcu: condenado a cadena perpetua, más el aislamiento
diurno por 18 meses.
- Gregorian Garagin: condenado a 30 años, más otros 9.
- Alfredo Maria Bonanno: condenado a 6 años y 2.000 euros.
DETIENEN A UN ANARQUISTA ITALIANO POR EL ENVÍO DE PAQUETES BOMBA CONTRA PRODI VOLVER
La
policía italiana detenido a un miembro de un grupo anarquista activo
en la isla de Cerdeña y al que se relaciona con el envío el
pasado mes de un a carta con cartuchos usados al presidente de la Comisión
Europea, Romano Prodi.
Luca Farris, de 25 años, fue arrestado a primera hora de ayer en
su domicilio en Assemini (Cerdeña), por orden del Fiscal del departamento
antiterrorista de Cagliari, Paolo de Angelis, según informaron fuentes
policiales.
El joven pertenece al grupo denominado Anónima Sarda Anárquico
Insurreccionalista (A.S.A.I.), que además de las amenazas enviadas
a Prodi está considerado responsable de diversas acciones en Cerdeña,
entre ellas varios atentados contra gasolineras ocurridos en las últimas
semanas.
Extraído del diario El Mercantil Valenciano, 4 de febrero de 200