UN PRESENTE RECLAMADO VOLVER
El
6 de febrero de este año la anarcosindicalista CNT (Confederación
General del Trabajo, de España) publica: “Este año
se cumple el 70 aniversario del comienzo de la Guerra Civil Española.
A pesar del tiempo transcurrido y los más de 30 años desde
la muerte del Dictador las organizaciones que se enfrentaron al levantamiento
militar contra la II República y la clase trabajadora todavía
no han visto restituido íntegramente el patrimonio que les fue expoliado
en virtud del Decreto franquista de 13 septiembre de 1936, y normativas
posteriores, que ilegalizaba a las organizaciones sindicales españolas.”
Habría que decir que entre quienes se enfrentaron al levantamiento
militar había quienes defendían la legalidad y la República
y quienes estaban por la Revolución Social, contra el Dictador y
contra la República. Habría que decir también que expoliar,
quitar con violencia, es lo que los trabajadores nucleados en la CNT impulsaron
contra las riquezas y el poder, sin esperar decretos. Y habría que
decir que los bienes que se apropió la dictadura triunfante no se
comparan con los fusilamientos y los encarcelamientos; con la muerte de
la posibilidad de la revolución y con las marcas que dejó
en la sociedad las décadas de represión franquista y postfranquista.
El 30 de enero dicen: “Cuando está a punto de agotarse
el plazo para la presentación de la documentación relativa
al Patrimonio Sindical Histórico, según quedó fijado
en el Real Decreto 13/2005 de 28 de octubre, la CNT, representada por miembros
de su Comité Nacional, encabezados por su Secretario General, Rafael
Corrales Valverde, se ha personado hoy lunes, entre las diez de la mañana
y la una de la tarde, en la sede del Ministerio de Trabajo, en Madrid, donde
ha realizado la entrega de una ingente cantidad de documentación.”
“A la hora indicada, una furgoneta ha llegado a las puertas del
Ministerio transportando unas 30 cajas que contienen los más de 40.000
folios que componen los miles de expedientes que se reclaman al Estado.
(...)” “Para poder agilizar la entrega de la documentación
y no colapsar el Registro del Ministerio, desde la CNT se solicitó
que para este día se nombrara a personal que atendiera exclusivamente
al sindicato, petición que ha sido atendida y se han puesto hasta
12 funcionarios exclusivos para la CNT, quienes han felicitado a los compañeros
por el buen orden en que se ha presentado la documentación, a pesar
de su gran volumen.”
Felicitaciones por no hacer colapsar, ostentadas y vanagloariadas. La burocracia
parece más que “un mal necesario”.
“Aprovechando la presencia de los representantes nacionales de
la CNT en el propio Ministerio, se intentó mantener una entrevista
con el Subdirector General de Patrimonio. Ningún miembro del Ministerio
ha recibido a los miembros de la CNT, a pesar de ser una de las principales
organizaciones implicadas en el proceso de devolución del Patrimonio
Histórico, lo que demuestra una vez más la actitud de discriminación
que desde las instituciones públicas se realiza contra el sindicato”.
Sobre la discriminación insiste la CNT en su artículo de febrero:
“Desde los distintos Comités Nacionales que han dirigido
la investigación y reclamación del patrimonio histórico
se ha venido denunciando la clara discriminación que frente a la
UGT ha sufrido la CNT en todo el proceso de devolución. Así
en virtud de la Ley 4/1986 que regula cesión de bienes de patrimonio
sindical acumulado y la restitución del patrimonio sindical histórico
la CNT ha recibido 248 millones de pesetas frente a los 4.000 de la UGT
(o sea 20 veces más) y, posteriormente en 1999, 7 locales, mientras
que el PP [Partido Popular] le devolvió a la UGT 39 locales ... ”
“Según los cálculos de los técnicos del Ministerio
de Trabajo y Asuntos Sociales, a la UGT le corresponderían, por el
procedimiento de reclamación que concluyó el 31 de enero,
otros 151 millones de euros mientras que a la CNT unos 3,7 millones, es
decir 50 veces menos que a la otrora más pequeña central sindical.”
“Merecemos más, si no, denunciamos la discriminación,
o denle menos a ellos...”. La igualdad ante la ley y la propiedad
privada, patrimonios del capital, cuestan millones... de muertes.
En las zonas donde los anarquistas tenían mayor influencia, en la
España revolucionada de 1936, hubo varios casos donde grupos de personas
asaltaban bancos y casas financieras, amontonaban los billetes en la calle
y los prendían fuego. Hoy, más allá de la imposibilidad
de prescindencia, se pretende el accionar exactamente al revés.
“El desglose de los expedientes que se han entregado es como sigue:
a) Más de 3.000 CUENTAS BANCARIAS; b) Más de 1.600 INMUEBLES;
c) Unos 350 expedientes de BIENES MUEBLES Y MEJORAS; d) Más de 30
IMPRENTAS.” “Por citar algunos expedientes relevantes,
podría mencionarse la herencia que una particular legó a la
CNT en Cuenca, en la que se incluyen varios inmuebles, fincas rústicas
y cuentas bancarias. También las importantes imprentas con las que
contaba la organización (...). Asimismo, bajo el concepto de ‘Mejoras’,
se incluyen las que la CNT realizó en las industrias y tierras que
colectivizó durante la Guerra Civil, mejoras que después el
Estado franquista cobró como valor añadido en su privatización.
Estas mejoras indican, además, la importancia y el éxito del
proceso colectivizador que puso en marcha la CNT durante la contienda.”
El proceso colectivizador fue puesto en marcha por los trabajadores a pesar
de las cúpulas de los sindicatos mediante la acción directa,
otra cosa es un cacerolazo y su reclamo.
“Este conjunto de expedientes y documentos hacen poco menos que
ridícula la valoración que desde el Gobierno se hizo del patrimonio
en los meses pasados, y que estimaba en 3,7 millones de euros lo que se
devolvería a la CNT. (...) La restitución de todos estos bienes
es una justicia histórica que no puede contemplar ningún comportamiento
de cicatería ni mezquindad.”
Justicia histórica, en cheque o al contado, ...generosamente hablando.
(Y ante semejantes sumas, no nos sorprendamos si alguna “Biblioteca
y archivo” con olfato trasatlántico, se ubique en posición
acorde a la espera de una tajada y huela cada billete como un religioso
acaricia cada cuenta del rosario...)
En otro artículo dicen: “En la tarde del jueves 2 de febrero
de 2006, el Secretario General de CNT, acompañado por el Secretario
de Propaganda y Cultura y por un Asesor Jurídico, se ha reunido en
la sede del Ministerio de Defensa en Madrid, con el Subdirector de Patrimonio
y con el Jefe de Área de Gestión de Archivos, para reivindicar
la restitución a CNT de una parte de los fondos documentales históricos
que les fueron incautados por el régimen franquista y que han estado
depositados y gestionados en diferentes archivos militares.”
“CNT valora positivamente esta reunión, así como
la disposición del Ministerio, abierta al dialogo y a la transparencia
de su gestión.(...)”
Y ahora ¿quién felicita a quién?
“CNT pretende poner esta documentación al alcance de investigadores
e historiadores, a través de la Fundación de Estudios Libertarios
Anselmo Lorenzo para preservar y recuperar esta parte de la historia y evitar
que sea desvirtuada.”
Todo sea por la historia, para que los carroñeros hagan su trabajito
forense, historia que, como dice un compañero, no es más que
mierda salpicada de grandeza. A esta historia hay que ponerle fin.
“Para finalizar
La CNT exige ‘que se le devuelva su patrimonio ya, que no se le discrimine
nuevamente respecto a ninguna organización y que no se use el patrimonio
sindical histórico como instrumento de favor político’.
Además, según los acuerdos del VIII Congreso Confederal (Granada
1995) la restitución y/o devolución de todos los bienes será
destinada la creación de una infraestructura que permita desplegar
una actividad sindical independiente del poder político y económico,
tal como fue el deseo de nuestros abuelos que ‘se dotaron de los instrumentos
materiales que les daban autonomía y que no les hipotecaban respecto
a ningún poder’. La CNT, fiel a su independencia no recibe
subvenciones, tan sólo reclama lo que le fue expoliado durante la
Guerra Civil y que había sido creado gracias al esfuerzo de cientos
de miles de humildes trabajadores.”
No se puede hablar de independencia ni de autonomía de nada cuado
se pretende cobrar millones; cuando lo que se busca es ablandar algunos
corazones acaudalados con lo de “nuestros abuelos” y los “humildes
trabajadores”. Humildad: de pocos méritos, sumisión,
rendimiento. El esfuerzo de cientos de miles trabajadores fue por rebelión,
no por humildad. Los aportes económicos (y no fueron los únicos)
de Durruti y otros no se hicieron, precisamente, con “trabajos humildes”.
“Aquel fatídico episodio de la Historia española
no se cerrará mientras una sola de las partes implicadas siga sufriendo
las consecuencias de aquel levantamiento militar contra la legalidad republicana.”
De la CNT, humildemente.
A.G.
POLÍTICA VOLVER
¿Era
una fatalidad la lucha entre las fracciones por “el copo de las masas”?
Lo que se llama fatal ¿no es la carátula trágica bajo
la que ríe el caudillo? ¿Quiénes desatan y explotan
tal fatalismo? ¿El pueblo que, fatalmente, sufre y muere en la pelea,
o los que, en las retaguardias, viven y operan con vistas a las ventajas,
suyas o de sus partidos?
Tras el golpe que aplastó, no sólo a los militares, a los
burgueses también, el proletariado ibérico volvió,
una parte al trabajo, mientras la otra defendía y ensanchaba el área
de sus conquistas. La revolución vivía desde el fondo de las
almas hasta la boca y la punta de las herramientas y de los rifles. Honda,
ceñida, vibrante, expresaba la alta tónica y la corajuda mística
de una mayoría resuelta a todos los sacrificios para llevar adelante
su primer triunfo. Así la vio y la sintió el mundo asombrado.
Así era.
¿Quién, o quiénes, sobre el Estado vencido, cavilaban
el botín de jefaturas? El pueblo no. Los políticos. Al margen
de la generosidad pululante preparaban el asalto al Poder vacío de
jefes. No eran obreros ni revolucionarios; eran parásitos, y querían
ser amos.
No es gran éxito lograrlo en una revolución. No acredita ni
de genio ni de héroe. Eso es lo que está vacante; que abandonan
en su fuga de gallinas, los burgueses, cuando ven venir las águilas
proletarias. Pero, ¿a quién sirve? ¿Qué monta?
¿Vale la pena frenar el hecho insurreccional para despojar a aquellos
de lo apropiado... y apropiárnoslo nosotros? ¡No! Si la revolución
ahonda su cauce vivo, todas estas porquerías serán barridas.
No son fatales.
Fatal ha sido otra cosa: que en vez de seguir al pueblo, orientándolo
en sus luchas, nos volviéramos a condividir posiciones de gobierno.
Fatal que en eso estemos aun. Fatal para nuestra fuerza y el decoro de nuestra
alma. Fatal que politiqueemos, porque seremos vencidos, fatalmente... Y
ésta es la única fatalidad que nos parece muy bien: ¡Que
en política nos venzan!
Rodolfo González Pacheco, de Carteles II
“EL ESTADO, LA REVOLUCIÓN Y LA GUERRA” VOLVER
Si
nosotros no supiéramos que: a) cuantos colaboraron para afirmar la
república, en lugar de emplearse a fondo por la anarquía,
fueron a eso convencidos de que “una cosa es la doctrina y otra muy
distinta es su posibilidad” en un pueblo amenazado desde todas las
fronteras, y aun desde dentro mismo, por las fuerzas reaccionarias, bolcheviques
y burguesas; b) sí los que tal hicieron tuvieran ahora la más
mínima esperanza de una justificación, no frente a los anarquistas,
que hay, hubo y habrá siempre muchos que los justifiquen, sino ante
el proletariado ibérico, que es quien hizo, y a quien se le deshizo,
desde el gobierno, su revolución social, y c) si nuestra estada en
España y el contacto personal y militante con algunos de estos hombres
no nos hubiera servido para comprender su angustia ante el sacrificio estéril
de su anarquismo; nosotros no discutiríamos nada; con Santillán
ni con nadie. Sabiéndoles insinceros o insensibles, les dejaríamos
de lado.
Pero, no es ésta la cosa, en ningún sentido. No se trata ni
de pillos ni de idiotas; de hombres que se echaron la manta atrás
o que no comprendan. Sus vidas prueban contra cualquiera sospecha. Todo
lo que se quiera decirles, se lo han planteado. Y lo sufren. Para convencernos
de esto está también este artículo del director de
“Tiempos Nuevos”. Santillán explica lo que ocurrió.
Lo explica, porque aún le duele.
“Fuimos al gobierno, dice, porque teníamos una preocupación
dominante: poner todos los recursos, todas las energías, todas las
posibilidades del país al servicio de la guerra, a la que considerábamos
sagrada, por ser una guerra del pueblo contra aquellos que se habían
sublevado para reducirlo a una esclavitud peor que la ya sufrida”.
Esto es lo más sabroso de su trabajo. Y éste es también
el móvil y el fin de cuantos fueron, no solamente a ministros -¡ay!-,
hasta a carceleros. Fueron porque tenían “una preocupación
dominante”: ganar la guerra...
¿Pero, estamos en lo mismo de siempre, entonces? Estamos en el ´14,
cuando Kropotkin, Malato y Grave alegaban, para militar con los aliados
contra Alemania, una razón de cultura contra barbarie. ¿Y
qué ganamos ganándola? El bolchevismo en Rusia y a Mussolini
en Italia. ¿Las democracias?... Ya, ya... A la inglesa o la francesa
que son, más aún que las dictaduras, las culpables de que
no la ganemos en España.
Ganar, perder... Muy importante, sin duda; pero no tanto para hacer de ello
un problema de vida o muerte. La disyuntiva era otra: ganando desde el gobierno
desarmábamos de razón y de eficacia al anarquismo. ¿Para
qué, ahora, propagarlo y encenderlo? Con hacernos sus ministros,
ya estaba hecho. Un paso más que avanzarais y nos preceptuáis
la lucha desde las urnas... Y todo para que no se nos venga la reacción
-que no podía venirse, porque en el primer semestre no tenía
ni armas ni mercenarios- y nos reduzca a “una esclavitud peor que
la ya sufrida”... Y perdiendo con el pueblo -¡que no perdíamos!-
ganábamos para siempre la realidad de esa experiencia anarquista
en que él empezó a vivir y que vosotros, al afirmar el Estado,
quisierais o no quisierais, le saboteabais. Ésta fue la encrucijada
en que fracasasteis.
¿Y ahora?... Ahora a volver al anarquismo viejo. Con más conciencia
y más fuerza. Y si perdemos... ¡A morir de pie!
Rodolfo González Pacheco, de Carteles II
LA
REVOLUCIÓN ANARQUISTA
VOLVER
por Errico Malatesta
La
revolución es la creación de nuevas instituciones, de nuevos
agrupamientos, de nuevas relaciones sociales; la revolución es la
destrucción de los privilegios y de los monopolios; es un nuevo espíritu
de justicia, de fraternidad, de libertad, que debe renovar toda la vida
social, elevar el nivel moral y las condiciones materiales de las masas
llamándolas a proveer con su trabajo directo y consciente a la determinación
de sus propios destinos. Revolución es la organización de
todos los servicios públicos hecha por quienes trabajan en ellos
en interés propio y del público; revolución es la destrucción
de todos los vínculos coactivos, es la autonomía de los grupos,
de las comunas, de las regiones; revolución es la federación
libre constituida bajo el impulso de la fraternidad, de los intereses individuales
y colectivos, de las necesidades de la producción y de la defensa;
revolución es la constitución de miríadas de libres
agrupamientos correspondientes a las ideas, a los deseos, las necesidades,
los gustos d toda especie existentes en la población; revolución
es el formarse y desintegrarse de mil cuerpos representativos, barriales,
comunales, regionales, nacionales, que sin tener ningún poder legislativo
sirvan para hacer conocer y para armonizar los deseos y los intereses de
la gente cercana y lejana y actúen mediante las informaciones, los
consejos y el ejemplo. La revolución es la libertad puesta a prueba
en el crisol de los hechos, y dura mientras dura la libertad, es decir,
hasta que alguien, aprovechándose del cansancio que sobreviene en
las masas, de las inevitables desilusiones que siguen a las esperanzas exageradas,
de los posibles errores y culpas de los hombres, logre constituir un poder
que, apoyado en un ejército de conscriptos o de mercenarios, haga
la ley, detenga el movimiento en el punto a que ha llegado y así
comience la reacción.
La gran mayoría de los anarquistas... son de opinión, si no
interpreto mal su pensamiento, de que los individuos no se perfeccionarían
y la anarquía no se realizaría ni siquiera en varios millares
de años si antes no se crease, por medio de la revolución
realizada por las minorías conscientes, el necesario ambiente de
libertad y de bienestar. Por esto queremos hacer la revolución lo
más rápidamente posible, y para hacerla necesitamos aprovechar
todas las fuerzas útiles y todas las circunstancias oportunas, tal
como la historia nos las proporciona.
La tarea de la minoría consciente consiste en aprovechar todas las
circunstancias para transformar el ambiente de manera de hacer posible la
educación, la elevación moral de los individuos, sin la cual
no hay verdadera redención.
Y como el ambiente actual, que constriñe a las masas a la abyección,
se sostiene con la violencia, nosotros invocamos y preparamos la violencia.
Y esto porque somos revolucionarios, y no porque “somos desesperados,
sedientos de venganza y de odio”.
Somos revolucionarios porque creemos que sólo la revolución,
la revolución violenta, puede resolver la cuestión social...
Creemos además que la revolución es un acto de voluntad, de
individuos y de masas; que tiene necesidad para producirse de que existan
ciertas condiciones objetivas, pero no ocurre necesariamente y de una manera
fatal por la sola acción de los factores económicos y políticos.
Yo dije a los jurados de Milán que soy revolucionario no sólo
en el sentido filosófico de la palabra, sino también en el
sentido popular e insurreccional, y lo dije justamente para distinguirme
de quienes se llaman revolucionarios pero interpretan la palabra quizás
de una manera astronómica, con tal de excluir el hecho violento.
Declaré que no había llamado a la revolución porque
en aquel momento no había necesidad de provocarla y urgía
en cambio esforzarse para que la proclamada revolución triunfase
y no llevase a nuevas tiranías, pero insistí en decir que
la habría provocado si las circunstancias lo hubieran requerido y
la provocaría cuando las circunstancias lo requirieran.
Yo había dicho que “nosotros queremos hacer la revolución
lo más pronto posible”: Colomer responde que seria más
sensato decir que “nosotros queremos hacer la anarquía lo más
pronto posible”. ¡Qué pobre recurso polémico!
Puesto que estamos convencidos de que la anarquía no se puede alcanzar
sino después de haber hecho una revolución que elimine los
primeros obstáculos materiales, está claro que nuestros esfuerzos
deben tender ante todo a que se haga de modo que se encamine hacia la anarquía...
He dicho y repetido mil veces que deberíamos provocar la revolución
con todos los medios a nuestro alcance y actuar en ella como anarquistas,
es decir, oponiéndonos a la constitución de cualquier régimen
autoritario, y realizar lo más posible de nuestro programa. Y querría,
justamente para aprovechar esa mayor libertad que habremos conquistado,
que los anarquistas estuvieran moral y técnicamente preparados para
realizar, dentro de los limites de sus fuerzas, las formas de convivencia
y de cooperación social que consideran mejores y más adaptadas
para preparar el porvenir.
No queremos “esperar a que las masas se vuelvan anárquicas
para hacer la revolución”, sobre todo porque estamos convencidos
de que no llegaran a serlo nunca si antes no se derrocan violentamente las
instituciones que las mantiene en la esclavitud. Y como tenemos necesidad
de la colaboración de las masas, sea para constituir una fuerza material
suficiente, sea para lograr nuestra finalidad específica de cambio
radical del organismo social por obra directa de las masas, debemos aproximarnos
a ellas, tomarlas como son, y como parte de ellas impulsarlas lo más
adelante que sea posible. Esto, se entiende, si deseamos de verdad trabajar
por la realización práctica de nuestros ideales y no contentarnos
meramente con predicar en el desierto por la simple satisfacción
de nuestro orgullo intelectual.
Nos acusan de “manía reconstructiva”; se dice que hablar
del “mañana de la revolución”, como hacemos nosotros,
es una frase que no significa nada porque la revolución constituye
un profundo cambio de toda la vida social, que ya ha comenzado y que durará
siglos y siglos.
Todo esto es un simple equívoco de palabras. Si se toma la revolución
en este sentido, es sinónimo de progreso, de vida histórica,
que a través de mil alternativas desembocará, si nuestros
deseos se realizan, en el triunfo total de la anarquía en todo el
mundo. Y en este sentido era revolucionario Bovio y son revolucionarios
también Treves y Turati, y quizás el mismo Aragona. Cuando
se habla de siglos, todo el mundo concederá lo que uno quiera.
Pero cuando hablamos de revolución, cuando le hablamos de revolución
al pueblo, como cuando se habla de revolución en la historia, se
entiende simplemente insurrección victoriosa.
Las insurrecciones serán necesarias mientras existan poderes que
obliguen con la fuerza material a las masas a la obediencia, y es probable,
lamentablemente, que se deban hacer unas cuantas insurrecciones antes de
que se conquiste ese mínimo de condiciones indispensables para que
sea posible la evolución libre y pacífica y la humanidad pueda
caminar sin luchas cruentas e inútiles sufrimientos hacia sus altos
destinos.
Por revolución no entendemos sólo el episodio insurreccional,
que es por cierto indispensable a menos que, cosa poco probable, el régimen
caiga en pedazos por sí mismo y sin necesidad de que se lo empuje
desde afuera, pero que sería estéril si no fuera seguido por
la liberación de todas las fuerzas latentes del pueblo y sirviese
solamente para sustituir un estado coactivo por una forma nueva de coacción.
Es necesario distinguir bien el hecho revolucionario que abate en todo lo
que puede el viejo régimen y lo sustituye por nuevas instituciones,
de los gobiernos que vienen después a detener la revolución
y a suprimir en todo lo posible las conquistas revolucionarias.
Toda la historia nos enseña que todos los progresos logrados por
las revoluciones se obtuvieron en el periodo de la efervescencia popular,
cuando no existía aún un gobierno reconocido o éste
era demasiado débil para ponerse abiertamente contra la revolución.
Luego, una vez constituyo el gobierno, comenzó siempre la reacción
que sirvió al interés de los viejos y de los nuevos privilegiados
y quitó a las masas todo lo que le fue posible quitarles.
Nuestra tarea consiste en hacer o ayudar a hacer la revolución aprovechando
todas las ocasiones y las fuerzas disponibles: impulsar la revolución
lo más adelante posible no sólo en la destrucción,
sino también, y sobre todo, en la reconstrucción, y seguir
siendo adversarios de cualquier gobierno que tenga que constituirse, ignorándolo
o combatiéndolo lo más posible.
Somos revolucionarios, por cierto, pero sobre todo anarquistas.
Extraído de Malatesta, Pensamiento y acción revolucionaros (selección de Vernon Richards), Editorial Proyección.
DIALÉCTICA, MATERIALISMO Y CIENTIFICISMO VOLVER
Según
se sostiene corrientemente, uno de los grandes logros de Marx y Engels ha
sido la construcción de una teoría para conocer la naturaleza
y la sociedad basada en la ciencia, mejor conocida como materialismo dialéctico,
y su derivado aplicado a la historia de la evolución social humana,
el materialismo histórico. Esta teoría científica a
su vez posibilitó la creación de un socialismo científico,
en contraposición al socialismo utópico, que no tendría
una base científica, porque no estaría fundado sobre las leyes
de la dialéctica. Esta visión del marxismo ha sido en las
ciencias sociales de importancia capital para el desarrollo de estas ciencias,
en especial a partir de mediados del siglo XX hasta hoy. Fue en los ?60
y ?70 cuando las escuelas marxistas lograron su apogeo en lo que se refiere
a producción teórica y académica, surgiendo corrientes
marxistas en antropología, sociología, historia, psicología,
pedagogía, geografía y lingüística, entre otras
disciplinas.
A pesar de los aportes de tantos científicos sociales, algunos de
los cuales produjeron obras de considerable importancia, el materialismo
dialéctico y su deudo, el materialismo histórico, demostraron
no solo sus limitaciones, sino también su inconsistencia epistemológica,
teórica y metodológica, y su discurso comenzó a percibirse
no como científico sino como cientificista. Los diversos intentos
de apareamiento entre el marxismo y otras corrientes teóricas como
el estructuralismo o el psicoanálisis terminaron en rotundos fracasos.
Filósofos, sociólogos y antropólogos de moda al calor
de las barricadas del 68, pasaron de best sellers internacionales a componentes
privilegiados de las mesas de saldos en las librerías: Fromm, Althusser,
Marcuse, Debray, así como otros tantos.
Esta pérdida de interés ha sido explicada desde muchos puntos
de vista diferentes. Ya sea por obra del surgimiento del postmodernismo
o debido a muerte por aplastamiento a causa de la caída del muro
de Berlín, la crisis del marxismo se manifiesta principalmente en
la plétora de revisionismos que intentan salvar algo del desastre:
una categoría por aquí, un concepto por allá, los escritos
del joven Marx e incluso algún coqueteo autocrítico con el
anarquismo. Lo que está indudablemente claro es que algo se hizo
mal y mucho de lo que se creía sólido no era más que
dogmatismo disfrazado de certeza científica incuestionable.
Lo triste del asunto es que millones de hombres y mujeres que sacrificaron
sus vidas al socialismo científico, hipotecaron su futuro, sucumbieron
frente a la mentira, no sin decepción, desencanto, torturas, muerte
y exilios. Peor aún, los novicios falsos revolucionarios de nuestros
días, traicionan a los antiguos próceres que solían
endiosar (Lenin, Stalin o Mao) para adorar nuevos ídolos (el voto
popular, el cargo político, la democracia, Fidel Castro, el nacionalista
Chávez o cualquier dictador antiyanqui que se cruce por el camino).
Y siempre suena de fondo la misma canción; socialismo científico,
materialismo dialéctico; la revolución como un juego de ajedrez
o, si se prefiere, de tablero con fichas y dados.
El error continúa como una incógnita sin despejar debido a
que se encuentra en la base misma de la concepción materialista dialéctica,
en la forma en que Marx y Engels pergeñaron una teoría científica
que, más allá de su admirable esfuerzo teórico, no
es ciencia en absoluto. Quizás para el momento histórico y
social en que se ideó el socialismo marxista, las tendencias intelectuales
de la época justificaban la intención de crear un socialismo
científico. Algo parecido ocurrió con Kropotkin, que intentó
esbozar un anarquismo basado en principios científicos mecanicistas
y evolucionistas, oportunamente criticado por Malatesta, quien en cambio
definía al anarquismo como una ideología basada en una ética,
más allá de la ciencia. De todos modos, en aquellos años
no faltaron críticos a la visión cientificista de Marx, entre
otros el propio Bakunin. Éste sostenía que la dialéctica
hegeliana -de la que Bakunin fue adepto de joven- era pura metafísica,
y por consiguiente también sus seguidores y derivados positivistas
o socialistas: “Metafísico es el término que usamos
para designar a los discípulos de Hegel y los positivistas, y, en
general, a todos los adoradores de la ciencia como diosa, a todos esos modernos
Procustos que de una manera u otra, han creado un ideal de organización
social, un molde estrecho en el que meterían a las futuras generaciones,
a todos aquellos que, en vez de ver en la ciencia únicamente una
de las manifestaciones de la vida natural y social, insisten en que la totalidad
de la vida queda comprendida en sus teorías científicas necesariamente
experimentales. Los metafísicos y los positivistas, todos esos caballeros
que consideran que es su misión prescribir las leyes de la vida en
nombre de la ciencia, son, consciente o inconscientemente, reaccionarios.”
Esta metafísica a la que se refiere Bakunin fue recubierta de fraseología
cientificista y vendida como ciencia hasta el día de hoy. No es que
los científicos serios crean en el materialismo dialéctico
o que lo lleven a la práctica en sus investigaciones. La ciencia
marcha por otros rumbos y los textos de cabecera de los científicos
no son la “Dialéctica de la Naturaleza” de Engels,
sino los que escribieron Albert Einstein, N. Wiener o S. Hawkins. En contraste,
los experimentos que llevaron adelante en la Unión Soviética
el lingüista Nikolai Marr y el biólogo Trofin Dimitrevich Lyssenko,
son un ejemplo extremo del descalabro a que se puede llegar aplicando a
rajatabla las concepciones quiméricas de Marx y Engels.
Nikolai Marr elaboró una teoría que proponía aplicar
las nociones marxistas de estructura y superestructura a la lingüística.
Se convirtió en la teoría oficial de la Unión Soviética,
mientras los grandes lingüistas rusos no marxistas como Roman Jakobson
partían al exilio o al ostracismo, como ocurrió con Mijail
Bajtin, el más grande folklorista (y también lingüista),
redescubierto hace unas décadas. Los textos de Jakobson y Bajtin
aún son lectura obligatoria en la enseñanza universitaria,
mientras que los textos de Marr jamás volvieron a editarse. La lingüística
de Nikolai Marr era tan descabellada que el propio Stalin en 1934 escribió
un librito de lingüística para refutarlo.
El caso de Lyssenko fue algo más trágico. Debido a que los
principios de la “genética burguesa” -es decir, la actualmente
vigente genética mendeliana- desmentían las afirmaciones marxistas
sobre la naturaleza, Lyssenko implantó una “genética
revolucionaria” en que las diferencias entre los seres vivos no eran
de origen genético sino que eran influencia del medio ambiente, basada
en “hibridaciones”. Si bien era fácilmente refutable,
la doctrina de los caracteres adquiridos fue la doctrina oficial soviética
durante décadas, por el simple hecho de no contradecir al materialismo
dialéctico. “La herencia de los caracteres adquiridos no
es una evidencia científica, sino una creencia supersticiosa. Se
ha mostrado mucho más resistente a la experimentación que
otras hipótesis biológicas. Ha contribuido específicamente
a retrasar el análisis del mundo vivo en general y la reproducción
en particular. Podemos cortar el rabo en el nacimiento a todos los ratones
de una cierta línea; al cabo de veinte o treinta generaciones, tendremos
miles de ratoncitos con un rabo perfectamente normal, con la misma longitud
media y el mismo grosor que sus ancestros” (F. Jacob, La
lógica de lo viviente, 1970). Alain Benoist, autor de un artículo
titulado “El escándalo Lyssenko”, refiere cómo
se hacía ciencia en la Unión Soviética: “Si
la teoría marxista contradice las leyes de la vida (y viceversa),
el error, por fuerza, ha de hallarse en las leyes de la vida, razonaba Lissenko.
De otra forma, el gran sueño mesiánico de Marx, Engels y Lenin
de cambiar radicalmente el mundo y la naturaleza del hombre actuando sobre
las ‘superestructuras’ y sobre el medio, al término de
una historia interpretada exclusivamente sobre parámetros socioeconómicos,
podría demostrarse una entelequia irracional y una quimera insensata”.
Los experimentos de Lyssenko llevaron al fracaso de la agricultura y a la
hambruna general en 1963, y por fin, a su destitución del cargo que
ostentaba en el Instituto de Genética de Moscú al año
siguiente. La pseudociencia materialista dialéctica suscitó
la cárcel de los científicos opositores y el hambre del pueblo
ruso, lo que hacía reflexionar al brillante genetista francés
Jacques Monod: “Que un charlatán autodidacta y fanático
haya dispuesto en su país, a mediados del siglo XX, de todos los
medios del poder para imponer en biología una teoría inepta
y en agricultura unas prácticas ineficaces, cuando no catastróficas;
que este iluminado llegara a lanzar una censura oficial sobre la enseñanza
y la práctica de una de las disciplinas biológicas fundamentales,
la genética, es algo que sobrepasa la imaginación”.
Cómo puede ser entonces que todavía se siga planteando seriamente
no sólo la delirante idea de un socialismo científico, sino
que se continúe insistiendo en los méritos del materialismo
dialéctico como una ciencia que estudia las leyes generales del cambio
en la naturaleza. No planteamos que la dialéctica o las formas de
razonar dialécticas sean falsas, incorrectas o que no hayan hecho
ningún aporte a la humanidad. Lo que afirmamos es que el materialismo
dialéctico es una metafísica, y por lo tanto no es ciencia.
Para lo cual deberemos demostrar que no es una ciencia y entender la evolución
del pensamiento dialéctico.
El método dialéctico de Hegel
Si
bien los orígenes de la dialéctica se remontan a la antigua
filosofía griega, siendo Heráclito uno de sus referentes principales,
es en la obra hegeliana donde la dialéctica adquiere su sentido moderno.
En un intento de superar la filosofía idealista de Kant, G. W. Hegel
sostendrá una concepción dialéctica de la realidad,
es decir, la realidad es dinámica, movimiento, transformación
que surge a causa de las contradicciones internas. La realidad no es estática
sino un proceso; existe un continuo fluir de contradicciones que se corresponden
con los tres momentos que Fichte denominó tesis, antitesis y síntesis.
En un primer momento existe la tesis, posición o afirmación,
o la “realidad en sí”. La antitesis es la negación
de la afirmación anterior, lo que está en sí se desgarra,
se enajena y se niega desarrollándose en un “otro”. La
síntesis es la negación de la negación, la superación
del conflicto de los dos estados anteriores y su reconciliación en
un tercero, una superación, que de forma circular se convierte en
otra nueva tesis, un nuevo primer momento o afirmación que deberá
ser negado y resuelto en otra síntesis, siempre de orden superior.
Según Hegel la realidad se desenvuelve en estas tríadas dialécticas.
El gran aporte de Hegel es intentar ver la realidad no como algo estático
si no dinámico (en desarrollo), incorporando la contradicción
al sistema, sin ignorarla como algo anómalo. Debemos tener en cuenta
que las concepciones mecanicistas y estáticas de la física
clásica newtoniana eran las concepciones dominantes, y en biología
se estaba aún lejos de formularse la teoría de la evolución
por selección natural de Darwin.
Para Hegel la historia humana es la revelación del Espíritu
Absoluto, es decir, es teleológica, tiende a un fin. Los acontecimientos
históricos son necesarios y racionales, y el Estado es la institución
que asegura el cumplimiento de los fines últimos de la Historia.
Si bien el pensamiento de Hegel dista mucho de estar explicado en estas
líneas, lo que nos importa destacar aquí es que sobre esta
concepción manifiestamente metafísica se construirán
los cimientos del socialismo científico y el materialismo dialéctico.
Las ideas de Hegel, Marx y Engels fueron criticadas fuertemente por Kart
Popper y Jean Paul Sartre, y defendidas ardientemente por Marcuse. No nos
interesa hilar tan fino. Creemos que el hecho de que el materialismo dialéctico
sea una metafísica y no una ciencia, no convierte a muchos de los
trabajos de Marx en una tontería, si no que es necesario ponerlos
en su justa dimensión. Karl Marx era respetado por Bakunin como un
analista social brillante de su época, pero nunca se dejó
engañar ni por sus “descubrimientos”, ni mucho menos
por su personalidad avasallante y narcisista: “Ningún camino
conduce de la metafísica a las realidades de la vida. La teoría
y los hechos están separados por un abismo insondable. Es imposible
saltar este abismo entre la lógica y el mundo de la naturaleza y
de la vida real con lo que Hegel llamaba «un salto cualitativo»
del mundo.”
Los principios del materialismo dialéctico: Primera ley dialéctica
A diferencia
de Hegel, Marx edificará una dialéctica no sobre la razón
o la idea sino sobre la materia. De esta forma, Marx y Engels “piensan
que Hegel está en lo cierto al decir que el pensamiento y el universo
se encuentran en perpetuo cambio, pero que se equivoca al afirmar que los
cambios en las ideas son los que determinan los cambios en las cosas. Por
el contrario, las cosas nos ofrecen las ideas, y estas se modifican porque
las cosas se han modificado” (Georges Politzer, Principios
Elementales y Fundamentales de Filosofía, p. 102). El método
dialéctico se fundamenta en tres leyes expuestas por Engels en su
obra conocida como el Anti-Dühring. Las detallaremos a continuación
debido a que en su fundamentación y ejemplificación se revela
claramente su carácter frívolo y la retórica de aficionado
con la que Engels pretendió convencer al mundo de que su materialismo
dialéctico era tan científico como la Ley de Gravedad.
En primer lugar Engels sanciona una Ley de unidad y lucha de
los contrarios que sostiene que todo en el universo está
formado por parejas de opuestos en lucha continua, generadores de los cambios
y movimientos en la naturaleza. En la naturaleza nada es estático
sino que está todo en movimiento. Lo que parece estático solo
lo es en forma relativa porque tanto los planetas, las estrellas y las galaxias
están en perenne movimiento. Una manzana -en sentido ontológico-
no es sólo una manzana en un momento determinado sino que es su evolución,
su historia; fue una flor, una manzana verde, luego maduró y finalmente
se descompondrá, con el fin de generar una nueva planta. Este devenir
presenta fases que se suceden necesaria y naturalmente por un proceso interno
inherente a la manzana llamado autodinamismo, es decir, una fuerza
procedente del propio ser que se manifiesta a través de las transformaciones
de la materia. Este movimiento correspondería a una Ley universal
según la cual las cosas se transforman en su contrario. Una cosa
no es una cosa en sí sino que también contiene a su contrario,
o sea, es ella misma y su contrario. En el interior de cada cosa existen
dos fuerzas opuestas, antagónicas en lucha. La cosa cuando es transformada
no es por causa de una de las dos fuerzas solamente sino por la lucha de
dos fuerzas en sentidos opuestos: hay una afirmación y una negación
dentro de cada cosa, de cada ser, una contradicción. Esta contradicción
es la raíz del cambio. Es interna, intrínseca a todas las
cosas.
“Si tomamos el ejemplo de un huevo que una gallina pone e incuba
vemos que en el huevo se encuentra el germen que a cierta temperatura y
en ciertas condiciones se desarrolla. Este germen, al desarrollarse, dará
un pollito: así este germen ya es la negación del huevo. Vemos
con claridad que en el huevo hay dos fuerzas: la que tiende a que continúe
siendo huevo y la que tiende a que se transforme en pollito. El huevo está,
pues, en desacuerdo consigo mismo y todas las cosas están en desacuerdo
con ellas mismas.
Esto puede parecer difícil de comprender, porque estamos habituados
al razonamiento metafísico, y por eso debemos hacer un esfuerzo para
habituarnos de nuevo a ver las cosas en su realidad” (Politzer,
op.cit., p. 119). Si las anteriores palabras de Georges Politzer -un reconocido
filósofo del P.C. francés del período de entreguerras-
fueran tan solo una metáfora para explicar el cambio social, la cosa
terminaría allí. Pero lo que se sostiene desde el materialismo
dialéctico es que todas las cosas materiales, los procesos de la
naturaleza y la sociedad tienen su afirmación y su negación.
La realidad es así, porque la naturaleza es así,
dialéctica. Nos preguntamos cuál es la fuerza que tiende a
que el huevo siga siendo huevo, si descartamos el hecho de que se nos ocurra
ponerlo en una heladera para conservarlo. En dónde reside, en qué
parte del huevo existe semejante tendencia, qué pone a un huevo en
desacuerdo consigo mismo, y en qué nos basamos para sostener que
un pollito es la negación del huevo. Un huevo y un pollo son verdaderamente
diferentes, pero si observamos atentamente el proceso de desarrollo y su
constitución genética, son lo mismo en diferentes etapas.
El corte entre pollito y huevo es arbitrario, una elucubración del
observador. Un huevo un segundo antes de eclosionar el pollo, ¿es
un huevo o un pollito encerrado? Al contrario de lo que sostiene Politzer,
no es difícil de comprender la realidad natural a través del
materialismo dialéctico, sino que es bastante simple. Lo único
que olvidó decirnos es cómo se logra “ver con claridad”
dos fuerzas que se oponen dentro de un huevo, y el pequeño detalle
de demostrarlo. La realidad es un todo complejo, que los metafísicos
dialécticos convierten en un todo complicado. Engels afirmaba también
que lo que es causa puede ser, según las circunstancias, efecto y
viceversa, que todo es renovación constante y “que los
dos polos de una antítesis, el positivo y el negativo, son tan inseparables
como antitéticos el uno del otro y que, pese a todo su antagonismo,
se penetran recíprocamente” (Engels; Del Socialismo
Utópico al Socialismo Científico). Reconociendo que no
siempre es fácil aplicar el principio de unidad de los contrarios
en algunos casos de la realidad, lo importante -aconseja Politzer- es retener
que “la dialéctica y sus leyes nos obligan a estudiar las
cosas para descubrir en ellas la evolución, las fuerzas, los contrarios
que determinan esta evolución” (op .cit., p. 125). La
ciencia verdadera, en cambio, opera justamente al revés; primero
se estudian los casos particulares y luego se deducen las generalidades.
La pseudociencia de Marx y Engels primero estableció unas leyes generales
lo suficientemente sinuosas como para ser aplicadas a cualquier caso y luego,
se dedicó a aplicarla a los casos concretos. No es muy diferente
a la forma de argumentar que tienen muchas sectas religiosas o los creyentes
en el origen extraterrestre de los seres humanos, tan difíciles de
corroborar como de refutar. Esta licenciosa ejemplificación de la
que Engels hace uso se manifiesta en su burda interpretación de la
matemática, encontrando dialéctica donde sólo él
la ve, y ningún matemático lo hizo jamás: “también
construye la contradicción de que líneas que se cortan ante
nuestros ojos tienen que valer, cinco o seis centímetros más
allá, como paralelas, esto es, como líneas que no pueden cortarse
al prolongarlas en el infinito. Y sin embargo, con estas y otras contradicciones
aún más violentas, la matemática superior produce resultados
no sólo correctos, sino, además, inalcanzables por la matemática
elemental” (Engels; Antidühring, p.116). Otro fantástico
ejemplo que nos regala la sapiencia dialéctica, en este caso de Politzer,
es el siguiente: un fenómeno tan común como el herrumbre u
óxido de hierro en una instrumento metálico es causado por
la “lucha entre el hierro y el oxígeno” (Politzer,
p.244). O su lírica descripción de la vida y la muerte como
una lucha entre contrarios, es decir, que la vida se transforma en muerte
porque tiene una contradicción interna, habiendo unidad en las fuerzas
contrarias, así como la concepción de que la vida es una conquista
sobre lo no-vivo. Esta noción de la vida y la muerte como dos fuerzas
que luchan entre sí, está profundamente vinculada al animismo
metafísico y la creencia religiosa de que la muerte tiene existencia
real, una entidad, en lugar de presentar a lo muerto como aquello ausente
de vida.
Segunda Ley Dialéctica
La
segunda ley dialéctica es la de conversión de
la cantidad en cualidad y viceversa. Según se afirma,
tanto el aumento como la disminución de la cantidad de materia transforman
la cualidad de la misma, suponiendo un mejoramiento, un progreso de los
seres. El ejemplo obvio y citado hasta el hartazgo lo constituye el cambio
brusco que se produce en los cambios de estado del agua. Es bien sabido
que en condiciones de presión normales el agua se mantiene en estado
líquido entre los 1 y los 99 grados, y que por debajo de ese punto
se solidifica en hielo y por encima hierve transformándose en estado
gaseoso. La acumulación gradual de calor (cambio cuantitativo) no
afecta el estado líquido del agua, pero al llegar a 100 grados se
transforma súbitamente en vapor (salto cualitativo). “El
paso cualitativo a un nuevo estado sólo es posible mediante la victoria
de una de las fuerzas contrarias sobre la otra” (Politzer, p.233).
Esta Ley general de la dialéctica de la naturaleza y de la sociedad
reduce el papel de las ciencias a investigar cuales son los cambios de cantidad
que se necesitan para alcanzar el salto cualitativo, algo que Engels aseguraba
de antemano que ocurriría inevitablemente. Los cambios cuantitativos
no son cambios manifiestos, son graduales, mientras que los cambios cualitativos
ocurren súbita y repentinamente, siendo resultado de esa serie de
cambios inadvertidos. Los ejemplos que acompañan tan trascendental
Ley de la naturaleza y la sociedad descubierta por Engels son nuestros viejos
conocidos protagonistas: el pollito con su huevo, la manzana y la flor.
Pero -según cree Engels- se agregan importantes confirmaciones estudiando
un poco de Historia. “Para terminar, vamos a apelar a otro testimonio
más de la mutación de cantidad en calidad, a saber, Napoleón.
Este describe el combate de la caballería francesa, de jinetes malos,
pero disciplinados, contra los mamelucos, indiscutiblemente la mejor caballería
de la época en el combate individual, pero también indisciplinada:
Dos mamelucos eran sin discusión superiores a tres franceses, 100
mamelucos equivalían a 100 franceses; 300 franceses eran en general
superiores a 300 mamelucos, y 1.000 franceses aplastaban siempre a 1.500
mamelucos” (Engels, Antidühring, p.119). ¿Se
puede encontrar un ejemplo más burdo? Sí, si recurrimos a
los ejemplos de Politzer en nuestro auxilio. Un candidato a un cargo político
que necesita 60.233 para ser elegido, obtiene su salto cualitativo justamente
con el voto 60.233. Mientras que los votos se iban sumando de a uno se producía
una acumulación gradual de sufragios, cuantitativa, pero al alcanzar
la cifra que le permitía acceder al cargo el candidato se convierte
en diputado o funcionario estatal, el salto cualitativo, repentino. De más
está decir que la sociedad funciona de la misma manera, y que los
cambios cuantitativos en el modo de producción capitalista nos llevaran
a un salto cualitativo o revolución.
Los cambios cualitativos se producen necesariamente, luego de una acumulación
cuantitativa. Si tomamos un jarro de agua y lo echamos al fuego al llegar
a 100 grados hervirá y si lo dejamos allí el tiempo suficiente
el contenido total del jarro se evaporará. Solo que si en vez de
poner al fuego el mismo jarro con agua lo dejamos al sol en la ventana de
nuestra casa, su contenido se evaporará de todos modos sin haber
nunca llegado a hervir. Entonces no hay salto cualitativo por la acumulación
cuantitativa y gradual. Si razonáramos como Engels haciendo generalizaciones
a través de analogías, podríamos llegar a la penosa
conclusión de que la revolución es imposible. Recordemos que
el planteo de Engels es que esta es una ley natural, tan natural como las
leyes de la física. Esta estupidez intelectual generaría risa
sino fuera por las funestas consecuencias que generó. El sabelotodo
y obsecuente stalinista que fue Politzer creía poder impugnar al
genetista Weissman, rival de Lyssenko, acusando de metafísicos y
mecanicistas a los científicos que sostenían que en los genes
(el material hereditario) se encontraban las claves del desarrollo del ser
vivo. Sostenía que si el medio ambiente no alteraba el material hereditario,
no se podía comprender la aparición de las nuevas variedades,
lo cual sólo era posible por la acumulación de cambios cuantitativos
que se transformaban en cambios cualitativos, citando en su apoyo a la ya
por ese entonces superada y anticuada Dialéctica de la Naturaleza
de Engels. Demás está decir que era Weissman el que estaba
en lo cierto.
Además los saltos cualitativos son con frecuencia un progreso, un
paso de lo inferior a lo superior, es un movimiento ascendente y progresivo.
Esto se manifiesta palmariamente en la evolución de las sociedades:
la sociedad salvaje es inferior a la sociedad antigua, ésta es inferior
a la sociedad feudal, y por fin, el capitalismo, superación de todas
las anteriores formas sociales será superado por el socialismo. Si
las teorías científicas se midieran por su capacidad de predicción,
hace tiempo que ya nadie hablaría del socialismo como ciencia. Desde
el punto de vista de la segunda ley de la dialéctica, “desear
la revolución sin crear las condiciones necesarias para ella es incuestionablemente
hacerla imposible” (Politzer, p. 226). Es decir, el “aventurerismo
de izquierda” -como denominaba Lenin al anarquismo- repudia la necesidad
de preparar el cambio cualitativo mediante la evolución cuantitativa,
para impedir la verdadera acción revolucionaria, por lo tanto es
enemigo de la revolución. Ya conocemos las consecuencias de semejante
forma de pensar: miles de muertos, desterrados, presos y torturados por
la maquinaria del socialismo científico bolchevique.
Tercera Ley Dialéctica
La
tercera ley de la dialéctica es la de negación
de la negación. El cambio se produce en tríadas
dialécticas: tesis, antitesis y síntesis. La síntesis
es la negación de la antitesis, que a su vez era la negación
de una afirmación (tesis). La síntesis reúne lo bueno
de la antitesis y la tesis que estaban en contradicción. La síntesis
es un progreso, una fase superior a las dos anteriores, y también
es una afirmación (una nueva tesis) que será el germen de
un nuevo proceso dialéctico superador. “Pensemos en un
grano de cebada. Billones de tales granos se muelen, se hierven y fermentan,
y luego se consumen. Pero si un tal grano de cebada encuentra las condiciones
que le son normales, si cae en un suelo favorable, se produce en él,
bajo la influencia del calor y de la humedad, una transformación
característica: germina; el grano perece como tal, es negado, y en
su lugar aparece la planta nacida de él, la negación del grano.
Pero ¿cuál es el curso normal de la vida de esa planta? La
planta crece, florece, se fecunda y produce finalmente otros granos de cebada,
y en cuanto que éstos han madurado muere el tallo, es negado a su
vez. Como resultado de esta negación de la negación tenemos
de nuevo el inicial grano de cebada, pero no simplemente reproducido, sino
multiplicado por diez, veinte o treinta” (Engels, Antidühring,
p.120). Si el progreso como lo entiende Engels, si la negación de
la negación es una etapa superior a las dos anteriores, lo cual se
manifiesta en el grano de cebada multiplicado, esta superioridad es cuantitativa.
Más adelante Engels afirma que los jardineros que cultivan flores
ornamentales, tratando y seleccionando semillas producen flores más
hermosas, cualitativamente mejoradas, gracias a la negación de la
negación; en este caso la superación es cualitativa. Con estos
criterios científicos tan laxos, un observador -en este caso el propio
Engels- podrá encontrar siempre en cualquier género de vida
animal o vegetal pruebas de mejoramiento, de progreso y evolución
hacia una instancia o fase superior, porque donde no hay un aumento cuantitativo,
lo habrá cualitativo, más aún si como Engels pensamos
que una orquídea más hermosa es superior a una que
seguramente no será de su gusto. Engels alude luego a las mariposas
y su desarrollo, y nos explicita claramente su objetivo: “lo único
que pretendemos aquí es mostrar que la negación de la negación
tiene realmente lugar en los dos reinos del mundo vivo. Por otra
parte, toda la geología es una serie de negaciones negadas, una serie
de sucesivas destrucciones de viejas formaciones rocosas y depósito
de otras nuevas” (idem, p.126). Así, de un plumazo, se
pretende hacer creer al mundo que reposa sobre la contradicción dialéctica,
y que encima éste es un razonamiento científico.
La cosa no queda ahí; para nuestro docto sabelotodo también
en las matemáticas anida la negación de la negación.
“Tomemos una magnitud algebraica cualquiera, a. Negándola
tenemos –a (menos a). Negando esta negación, multiplicando
–a por –a, tenemos +a², es decir, la magnitud positiva
inicial, pero a un nivel más alto, a saber, la segunda potencia.”
(idem, p.128). El genetista Jacques Monod, autor del celebrado libro El
azar y la necesidad afirma que la forma en que Engels utiliza estos
ejemplos “ilustran sobre todo la amplitud del desastre epistemológico
que resulta de la utilización ‘científica’ de
las interpretaciones dialécticas. Los dialécticos materialistas
modernos evitan en general caer en parecidas tonterías. Pero hacer
de la contradicción dialéctica la ‘ley fundamental’
de todo movimiento, de toda evolución, no deja de ser un intento
de sistematizar una interpretación subjetiva de la naturaleza que
permite descubrir en ella un proyecto ascendente, constructivo, creador;
volverla, en fin, descifrable, y moralmente significante. Es la ‘proyección
animista’, siempre reconocible, sean cuales sean los disfraces”
(p. 48). Demás está decir que el carácter animista
del materialismo dialéctico no solo excluye el postulado de objetividad
sino que es incompatible con la ciencia. Tan es así, que el mismo
Engels rechazó el segundo principio de termodinámica y el
aspecto selectivo de la evolución en la teoría de Darwin -dos
descubrimientos que revolucionaron las ciencias en general- por no encajar
en su teoría dialéctica. Con todo desparpajo, Engels nos ilustra
sobre la magnitud de la tercera ley de la dialéctica: “¿Qué
es, pues, la negación de la negación? Es una ley muy general,
y por ello mismo de efectos muy amplios e importante, del desarrollo de
la naturaleza, la historia y el pensamiento; una ley que, como hemos visto,
se manifiesta en el mundo animal y vegetal, en la geología, en la
matemática, en la historia, en la filosofía…”
(Engels, idem, p.130).
El materialismo histórico de Marx hace hincapié fundamentalmente
en esta ley dialéctica ya que cuando las fuerzas productivas entran
en contradicción con las relaciones sociales de producción
se inicia un período de lucha, transformación que conducirá
a la liquidación del sistema o modo de producción, estableciéndose
un nuevo período superior -una superación con respecto al
modo de producción precedente- reiniciándose nuevamente el
proceso. De esta forma es posible la evolución, el cambio y el progreso
en la Historia, a través de la lucha de clases.
Conclusiones
Si bien los análisis de Marx -a diferencia de los de Engels- son mucho más ricos y complejos que la reseña anterior, no nos preguntamos cuánto de verdad hay en ellos si no por qué han sido sus estudios sobre el cambio social considerados como palabra sagrada en ciencias sociales por tanto tiempo (por no mencionar a los partidos y a los gobiernos que les otorgan carácter de verdad única, oficial e indiscutible). La mayoría de los investigadores sociales que aplican las ideas de Marx a los estudios históricos, sociológicos o antropológicos ya no toma en serio las ridículas afirmaciones de Engels que se expresan en obras como El Antidühring, La Dialéctica de la Naturaleza o Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico. Pero no se puede simplemente mirar para otro lado y sostener que los trabajos de Marx son “algo diferente”, o que son “mucho más serios y científicos” que los de su amigo y socio, cuando ambos son totalmente responsables de la interpretación y reformulación de la filosofía de Hegel, y su aplicación al estudio de la Historia y al análisis de las sociedades. Marx era mucho más inteligente y brillante que Engels, eso es indudable. Pero pensar que Karl Marx hubiera censurado a Engels, en caso de haberse enterado de los disparates que son manifestados por su camarada acerca del mundo físico y natural en las tres obras anteriormente mencionadas, sería propio de ingenuos. Equivaldría a sostener que Lenin no era responsable de la represión a los revolucionarios de Kronstadt porque las acciones las dirigía Trotsky, su subordinado; o creer que no se puede acusar a Hitler de las barbaridades de Auschwitz, porque él no estaba al tanto de lo que allí ocurría. La obra de Marx es útil, su lectura provechosa y sus análisis fructíferos sólo si se toma parcialmente y olvidando su supuesto carácter científico. Un modo de producción, una clase social, la distinción entre superestructura/estructura* y decenas de conceptos -algunos verdaderamente originales- no tienen existencia real, no son entidades objetivas como suponían Marx y Engels sino construcciones del investigador, del observador. El sentido común indica que si la naturaleza no es dialéctica en el sentido que le otorgan Engels y Marx, tampoco es necesario que lo sea la totalidad de la Historia y la vida social. Las analogías y extrapolaciones que se hicieron desde la evolución y la historia del mundo social hacia el universo material, natural y físico, le dan ese tinte determinista, fatalista, de certeza inconmovible que presenta la pseudo ciencia del materialismo dialéctico y el materialismo histórico. Este dogma infalible se convierte en autoritarismo pseudo científico en la afirmación de Engels -consignada en el capítulo II de su libro Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico- de que sólo siguiendo el camino dialéctico “llegamos a una concepción exacta del Universo, de su desarrollo y del desarrollo de la humanidad, así como de la imagen proyectada por ese desarrollo en las cabezas de los hombres”. Es el fundamento de la teoría del Partido Único dueño de la verdad, encargado de guiar a la Revolución, condenando a cualquier expresión disidente a la persecución policial del Partido o del Estado.
Patrick Rossineri
* Las nociones de estructura económica (infraestructura) y la estructura social, política e ideológica (superestructura) son resumidas por Marx en el Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política: “en la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella”. (Obras Escogidas, Tomo II, p. 518, Editorial Progreso).
UN ANÁLISIS “DIALÉCTICO” VOLVER
Los siguientes son dos textos de Marx y Engels extraídos del libro compilatorio “Materiales para la historia de América Latina, Karl Marx-Friedrich Engels”, Ediciones Pasado y Presente, México, 1980.
Sobre
la guerra contra México(1)
«La magnífica California»(2)
«[...]
Digamos sólo un par de palabras respecto a la “confraternización
general entre los pueblos” y a la fijación de “fronteras,
que la propia voluntad soberana de los pueblos traza, fundándose
en sus características nacionales”. Los Estados Unidos y México
son dos repúblicas; en ambas el pueblo es soberano.
¿Cómo ha ocurrido, entonces, que entre estas dos repúblicas,
que según la teoría moral deberían estar “hermanadas”
y “federadas”, haya estallado una guerra a cusa de Tejas; cómo
la “voluntad soberana” del pueblo norteamericano, apoyada en
la valentía de los voluntariosos norteamericanos, ha desplazado,
basándose en “necesidades estratégicas, comerciales
y geográficas”, unos cuantos cientos de millas más al
sur los límites trazados por la naturaleza? ¿Y les reprochará
Bakunin a los norteamericanos el realizar un “guerra de conquista”,
que por cierto propina un rudo golpe a su teoría basada en “la
justicia y la humanidad”, pero que fue llevada a cabo única
y exclusivamente en beneficio de la civilización? ¿O acaso
es una desgracia que la magnífica California haya sido arrancada
a los perezosos mexicanos, que no sabían que hacer con ella?; ¿lo
es que los enérgicos yanquis, mediante la rápida explotación
de las minas de oro que existen allí, aumenten los medios de circulación,
concentren en la costa más apropiada de ese apacible océano,
en pocos años, una densa población y un activo comercio, creen
grandes ciudades, establezcan líneas de barcos de vapor, tiendan
un ferrocarril desde Nueva York a San Francisco, abran en realidad por primera
vez el Océano Pacífico a la civilización y, por tercera
vez en la historia, impriman una nueva orientación al comercio mundial?
La “independencia” de algunos españoles en California
y Tejas sufrirá con ello, tal vez; la “justicia” y otros
principios morales quizás sean vulnerados aquí y allá,
¿pero, qué importa esto frente a tales hechos histórico-universales?
[...]»
Escrito por Friedrich Engels, publicado el 15 de febrero de 1849 en la revista alemana Neue Rheinische Zeitung.
Sobre la superioridad alemana(3)
«[...] Así terminaron, por ahora y muy probablemente para siempre, las tentativas de los eslavos de Alemania para recobrar una existencia nacional independiente(4). Restos dispersos de numerosas naciones cuya nacionalidad y vitalidad política estaban agotadas desde tiempo atrás y que, por ello, se habían visto obligadas, durante casi un milenio, a seguir las huellas de una nación más poderosa que los había conquistado –tal como los galeses en Inglaterra, los vascos en España, los bajo-bretones en Francia y en un periodo más reciente los criollos españoles y franceses en las partes de Norteamérica ocupadas por la raza angloamericana- esas nacionalidades agonizantes, los bohemos, carintios, dálmatas, etc., habían intentado aprovechar la confusión universal de 1848 para restablecer su status quo político del Anno Domini 800(5). La historia de un milenio tendría que haberles mostrado que una regresión tal era imposible, que si bien todo el territorio al este del Elba y del Saale había estado otrora ocupado por eslavos vinculados entre sí, ello sólo demuestra la tendencia de la historia y al mismo tiempo la capacidad física e intelectual de la nación alemana para someter, absorber y asimilar a sus viejos vecinos orientales; que esta tendencia de los alemanes a la absorción constituyó siempre, y constituía aún, uno de los más poderosos medios de propagar la civilización de Europa Occidental en el este del mismo continente; que esta tendencia sólo se detendría cuando el proceso de germanización hubiera alcanzado los confines de naciones grandes, compactas e incólumes, capaces de una vida nacional independiente, tal como los húngaros y, hasta cierto punto, los polacos; y que por lo tanto el destino natural e ineluctable de estas naciones moribundas era dejar que se consumara ese proceso de disolución y absorción por vecinos más poderosos que ellas.»
Escrito por Marx y Engels. Artículo de la serie “Revolución y contrarrevolución en Alemania” publicado el 24 de abril de 1852 en The New-York Daily Tribune.
(1)
En 1836 Texas es colonizada por norteamericanos y la proclaman independiente
de México. Tropas mexicanas recuperan el territorio al mando del
presidente y general Antonio López Santana. En 1846 el territorio
es nuevamente invadido por fuerzas norteamericanas y se inicia la guerra
que durará dos años. Como resultado de la derrota mexicana
EE.UU. se apropia y anexa los territorios de Texas, Nuevo México
(que comprendía, además del territorio homónimo, partes
de Colorado y Utah) y Alta California. (Nota del Grupo Editor Libertad)
(2) Este texto forma parte de un editorial no firmado de la Neue Rheinische
Zeitung, “El paneslavismo democrático”,
replica al “Llamado a los eslavos” del revolucionario
ruso Mijail Bakunin. Escrito por Engels, el artículo refleja asimismo
el pensamiento de Marx. “La constitución que regía en
la redacción [de Neue Rheinische Zeitung] se reduciría
simplemente a la dictadura de Marx”, reconoce Engels en 1884. Y como
le escribía Engels a Hermann Schlüter el 15 de mayo de 1885:
“Igualmente [es mío] el artículo contra Bakunin y el
paneslavismo. Los trabajos de Marx y los míos, de aquella época,
a causa de la división planificada del trabajo son casi absolutamente
inseparables”. (Nota de los editores del libro “Materiales
para la historia de América Latina”)
(3) No es casual que el Partido de Hitler se llamara Partido Obrero Nacional
Socialista. Buena parte de las raíces del nazismo, el fascismo y
el peronismo están en el socialismo autoritario. (Nota del Grupo
Editor Libertad)
(4) Engels y Marx utilizan el término Alemania en un sentido amplio
-habitual en el siglo XIX-, comprendiendo también a Austria , país
que era, por lo demás, la cabeza visible de la Confederación
Germánica (1815-1866). Recuérdese que en poder de Austria
se encontraban Bohemia, Moravia, Eslovaquia, Carintia, Dalmacia y otros
territorios poblados fundamentalmente por eslavos. (Nota de los editores
del libro “Materiales para la historia de América Latina”)
(5) Año del Señor 800; alrededor de esta fecha comienza el
avance de los pueblos germánicos sobre territorios de Europa centro-oriental
en los que predominaban los eslavos. (Nota de los editores del libro “Materiales
para la historia de América Latina”)
EL EFECTO “PAPILLÓN” VOLVER
“Las
revoluciones, como los genios, se gestan en cualquier vientre. Pueden nacer
de un programa filosófico, de un cuartelazo o de un mitín”
dice González Pacheco. Esto no quiere decir que no tengan una razón
de ser; que no se den por una multiplicidad de causas, inapreciables en
su totalidad, donde algunas puedan tener más peso que otras. Pero
la causa no puede reducirse a una única porque todo existe en relación.
Ahora, porque muchas o pocas cosas puedan resultar impredecibles no vamos
enarbolar, por eso, banderas de la incertidumbre o de lo indeterminado para
justificar las “tácticas insurreccionales”. Y en esto
no hay miedo a lo desconocido (¡que va a haber si para tenebroso está
la realidad que nos imponen!) porque, más allá de nuestro
límite sensorial, existe la capacidad de presunción inducida
de lo que las experiencias nos proporcionan. Es decir, por ejemplo, que
es una certeza que, más allá de la fuerza de voluntad, un
individuo colocado en situación de poder por sobre otros comportará
una tendencia a ser opresor; como es también una certeza que, colocado
en un medio armonioso, la tendencia será otra. Independientemente
de que esto pueda ser una “ley” de la naturaleza humana, sancionada
o no por la comunidad científica, nuestras afirmaciones son de carácter
ideológico, son convicciones que se conforman a partir de una ética
y no son, por lo tanto, teoremas científicos que necesitan de verificación
experimental para que se establezca su veracidad. Esto no quita que ciertos
descubrimientos científicos puedan haber reafirmado lo que los anarquistas
dicen: por ejemplo, lo dicho por Darwin y el evolucionismo con una posición
atea. Pero, más allá de esto, “si Dios existe hay que
suprimirlo”; esto es valorarse y tender.
Entonces, el intento de justificación que se pretende desde (por
lo menos parte) el llamado insurreccionalismo, al utilizar las últimas
teorías de la ciencia contemporánea, resulta tan criticable
como el uso que hizo Kropotkin, en su momento, de las ciencias naturales
para dar fundamento a la ideología. Semejante necesidad resulta de
considerar a los valores y a la ética como algo depreciable, y margino
a Kropotkin de esta necesidad.
Es que el llamado insurreccionalismo (por lo menos el que nos llega) no
es ajeno a ver las cosas desde el ángulo de la efectividad de la
práctica, de ahí su insistencia en la forma de organización
de los anarquistas. En este sentido no deja de ser una conformación
partidaria (especifismo) su pretensión, aunque tome forma de informalidad
opuesta, supuestamente, a las formas formales de las federaciones “tradicionales”.
La “trabazón”, o sea, las directrices de conciliábulos
externos, permanece, sea un sindicato o los “núcleos de base
autónomos”, con los “grupos de afinidad” o la federación
“formal”. Aparte está el carácter individualista
(con todo lo que eso implica) que generalmente asume. Es entendible: surgido
en sociedades altamente masificadas, con una clase trabajadora acomodada,
la tendencia al aislamiento aparece como necesidad de supervivencia. Y en
tanto se hace de la efectividad un principio se termina tomando (y editando)
las “enseñanzas” de estrategas militares como Sun Tzu,
un general chino del siglo V a.c., para “aprender del enemigo”.
Algo no muy distante de lo que hacen ciertos plataformistas con Karl Von
Klausewitz, el general prusiano y teórico de la estrategia militar.
Volviendo a la cuestión de la pretensión de justificación
científica habría que decir, con Pacheco nuevamente, que los
saberes o conocimientos no son más que una aptitud que no dice nada
ni demanda a tomar una determinada posición ética. De hecho,
por ejemplo, el fundador de la actual teoría de la herencia genética
fue Mendel, que además de biólogo era miembro de una orden
religiosa; o, un siglo después, en 1940, el cura Lemetriel fue quién
formuló la teoría del Big Bang como origen del universo; etc...
Entonces habría que decir que la Teoría del caos y el
Efecto mariposa que se pretende utilizar como fundamento desde el insurreccionalismo
la están utilizando los poderosos en economía, psicología,
sociología, informática, en control de tránsito, etc...
y, seguramente, para reprimir la supuesta imprevisibilidad de amenazas varias.
Nosotros, está demás decirlo, no tenemos la respuesta a todo;
primero porque no tenemos todas las preguntas. ¿Qué pretendemos?
El derecho a vivir, a vivir dignamente, de cada ser humano; ser humano que
hoy mutilan y exterminan de las más crueles y siniestras formas.
Y la pretensión de este derecho se justifica por su ausencia. Ese
es el batir, de alas y en armas.
Y en este sentido la figura de Papillón (mariposa, alias por el que
lo llamaban entre los delincuentes franceses y por el que lo fichaba la
policía), como incansable y obsesivo perpetrador de fugas de las
varias prisiones donde lo confinaban, porque no soportaba que el hombre
fuera enterrado vivo.
Causa y efecto. La búsqueda de la libertad, y la libertad como condición
de humanidad.
A.G.
ANARQUISMO, LUCHA SOCIAL Y CORRELACIÓN DE FUERZAS VOLVER
Hace
poco volví a escuchar aquella reflexión tan popular que dice
que “somos más, siempre seremos más, así que
a la corta o a la larga vamos a vencer”. El definir con quién
contamos para destruir la sociedad de clases y quién será
el que, más o menos explícitamente, intentará impedirlo
es un punto fundamental para plantear correctamente nuestras prácticas
en el camino de la revolución social y la anarquía. La historia
ha demostrado que todas las tendencias políticas que plantean resolver
las diferencias sociales por la vía de las imposiciones desde arriba,
es decir a partir de la toma del aparato estatal, no han dado por resultado
más que reformas parciales mínimas (rápidamente revocables)
o la represión más burda y en todas sus formas. Partidos de
izquierda, centro y derecha, más allá de las diferencias que
puedan presentar cuando se visten de progresismo desde la oposición,
son todos firmes defensores del Estado y, de este modo, de las instituciones
represivas (ejército, policía, etc.), de la educación
única y dogmática, de las estructuras verticales y de la centralización
económica y política necesariamente explotadora y autoritaria.
En este sentido aunque alguien cuente hoy con ellos para algo más
que para obtener un pequeño avance en alguna reivindicación,
debe ser conciente de que, cuando alguna insurrección amenace con
generalizarse, van a ser los primeros en intentar reconducir a las masas
a su tranquilidad habitual, ya sea ofreciendo algún analgésico
social mínimo (ofreciéndose como mediadores o delegados primero,
luego imponiéndose como directores) o, si aún así no
pueden calmar a las masas, por la fuerza y el terror. Esto se aplica tanto
a la Rusia de Lenin, Trotsky y Stalin, a los socialdemócratas escandinavos,
al Irak de Hussein, a los EEUU de Bush y a la Argentina de Kirchner. Es
decir, a toda sociedad controlada y dirigida por una minoría, lo
cual es imposible sin un aparato represor que sostenga las diferencias arbitrarias
que naturalmente imponga. Es desde aquí y no desde la oposición
nominativa de “socialista”/capitalista desde donde debe analizarse
el lugar de las organizaciones en la lucha social.
Descartados los políticos, muy extraño parece poder esperar
algo de los directamente beneficiados por el sistema capitalista. ¿Cómo
puede el esclavista pelear contra la esclavitud? Evidentemente sólo
peleando contra él mismo (¡a muerte si es posible!) o abandonando
esta contradicción, es decir abandonando sus privilegios y poniéndose
a la par de los que luchan sin esperar más ventajas o contemplaciones
que aquellas con las que sus compañeros puedan contar. Los llamados
de “unidad nacional contra el imperialismo”, en cambio, reúnen
a esclavistas y esclavos locales contra esclavistas y esclavos extranjeros.
Diferenciados por las fronteras impuestas por el poder, esclavos de ambos
bandos sirven de carne de cañón a sus amos, que disputan a
través de ellos intereses propios o simplemente arreglan mancomunadamente
pequeñas fisuras del sistema a través del enfrentamiento mismo.
Es a través de este tipo de ideas (como la de “unidad nacional”)
que se llega a absurdos como el de pensar que la Contra Cumbre de Mar del
Plata se enfrentó de alguna manera al sistema capitalista (¡si
los burgueses presentes fueron los más aplaudidos!). Luego quedan
las diferenciaciones que parten del lugar que los individuos, como clase,
ocupan hoy en la estructura social. De este modo pueden diferenciarse con
mayor o menor precisión, en el terreno económico, las siguientes
oposiciones: patronal/clase obrera, burguesía/proletariado, explotadores/explotados,
etc. Menos a menudo y en un sentido más amplio, considerando otros
factores de presión de un sector social sobre el otro o incluso de
individuo sobre individuo, se hace la distinción entre bloque dominante/clases
populares y opresores/oprimidos. Estas oposiciones son planteadas como delimitación
más o menos rígida de los campos que se enfrentan, conciente
o inconscientemente, en la lucha de clases.
El determinismo económico que sostiene que el capitalismo se caerá
por sí mismo a causa del peso que ejerce sobre los explotados, señalando
incluso al sector social que guiará necesariamente al resto por el
camino de su emancipación (la clase obrera y sobre todo la industrial),
ha demostrado adolecer de toda certeza, como cualquier dogma cerrado, totalizante
y con pretensiones de profecía. Así, la clase obrera que a
fines del siglo XIX y principios del XX peleaba por emanciparse del yugo
del trabajo confrontando a menudo con la burguesía, rechazando la
mediación del Estado y, por tanto, recurriendo a la acción
directa, hoy se moviliza (salvo alguna rara excepción) sólo
por reivindicaciones sumamente parciales y corporativas, detrás de
sus representantes (ahora poco diferenciables de la patronal) y a la búsqueda
de hacer más soportable su esclavitud. Un amplio sector de los asalariados,
conciente del privilegio que le da la seguridad de una entrada mensual de
dinero a su casa en una sociedad que mantiene a la mitad de sus integrantes
por debajo de la línea de la pobreza, adhiere a la mentalidad policial
promovida por la burguesía, que pone la seguridad del status quo
por sobre cualquier idea de cambio social que ponga en peligro sus miserables
privilegios. Y si no observemos ¿qué queda de las “viejas”
ideas antijerárquicas y antiestatistas en el grueso sector asalariado
de los estatales? Lo mismo ocurre con los oprimidos. La falacia del Estado
benefactor, de las garantías constitucionales y la esperanza del
buen gobierno han hecho estragos en las individualidades que nunca terminan
de descubrir las múltiples formas de alienación que le ofrece
el sistema para enfrentarlo seriamente. La educación estatal y privada
ha contribuido a formar autómatas que defienden férreamente
los ideales burgueses aún al borde de la muerte por inanición
o cumpliendo la peor de las condenas en prisión. Los modelos de los
medios y la propaganda acentúan la enajenación y, si todo
esto falla, aún queda la represión de las fuerzas armadas
y del mismo vecino para frenar, calumniar y dispersar a los pocos rebeldes
que quedan. De este modo, los sectores más empobrecidos se encuentran
atomizados casi hasta el enfrentamiento o la indiferencia individual mientras
que los poderosos (tanto en lo cultural, como en lo político y lo
económico) ostentan organizaciones firmes, dinámicas, e inescrupulosas
para el mantenimiento de las clases y el privilegio. Y así podemos
entender que si bien, como decíamos al principio, los pobres y los
oprimidos necesariamente son siempre más (que en esto se basa el
capitalismo y las estructura social vertical), no lo es que esta diferencia
cuantitativa garantice ningún avance hacia ninguna victoria final
contra la sociedad de clases (ni siquiera, como se ve en las estadísticas,
que esta diferencia garantice un achicamiento en la brecha existente entre
las clases altas y las más bajas).
La diferencia hay que buscarla entonces, fundamentalmente, en la conciencia
social del individuo y, a partir de allí, en las relaciones sociales
de que toma parte. El obrero pobre que reclama mano dura, le pega a la mujer
o discrimina al homosexual no es en ningún sentido más compañero
que el clase media que entiende la necesidad de la destrucción del
poder en todas sus formas para construir una verdadera sociedad de libres
e iguales. Es que, si en general se nos hace fácil señalar
al autoritario que gobierna algún país en otro continente,
muchas veces no nos hacemos cargo del que vive en nuestra casa y, si es
muy fácil atacar con piedras o pintura los símbolos de poder
más evidentes, no es tan fácil derribar el sostén económico
e ideológico del poder dentro de nuestra propia mente incluso. Como
sabían los anarquistas hace ya más de un siglo, la lucha final
no será de clase contra clase sino entre libertarios(1) y autoritarios.
Al ver como necesaria la conciencia antiautoritaria para la concreción
de la revolución social como la entendemos, siempre hemos buscado
la educación de la sociedad (nosotros incluidos) para la libertad
y la igualdad. Y es en el contexto del desarrollo actual de esta lucha de
ideas fuerza(2) (autoritarias/libertarias) donde podemos intentar tener
una idea aproximada de si somos “más” o “menos”
que el enemigo, de las fuerzas reales con las que contamos, de la simpatía
y el apoyo social que pueden esperar nuestras ideas y prácticas,
etc.
Como ya decía Malatesta las masas en general son conservadoras de
lo existente. Sólo en ciertos momentos poco predecibles el espíritu
insurreccional se expande lo suficiente como para dar lugar a un estallido
social. Dependerá de la expansión y la madurez que las ideas
y las prácticas anarquistas y antiautoritarias en general hayan alcanzado
la dirección que la insurrección pueda tomar. Si la sociedad
es recuperada por la misma estructura social (como ocurrió con la
insurrección del 19 y 20 del 2001), si rompe con lo existente pero
se deja imponer nuevas formas jerárquicas que mantengan los privilegios
y la miseria, o si mediante la asociación libre se aventura a construir
una nueva sociedad de abajo a arriba, basada en la horizontalidad, la autogestión
y el apoyo mutuo.
Después de todo si en cada uno de nosotros hay un opresor en potencia,
del mismo modo hay un rebelde que odia la opresión y la explotación
en que vive. Solo falta que más gente entienda que la libertad de
uno es imposible sin la libertad de los demás, y que comience paulatinamente
a poner en práctica esta conciencia en cada espacio cada día...
(1)
Y uso esta palabra en el “viejo” sentido de antiestatista ,
anticapitalista y antiautoritario, sin el sesgo filo marxista y reformista
que algunos le fueron dando desde la segunda mitad del siglo XX.
(2) Esto entendiendo que sí hay manifestaciones absolutas de autoritarismo,
como ser Estados (y organizaciones interestatales), las coordinaciones de
la explotación (OMC, UIA, etc.), las instituciones eclesiásticas,
los partidos políticos (que prácticamente no están
para otra cosa más que para disputar espacios de poder sobre las
personas), etc., donde el autoritarismo de muchos individuos se encarna
y se potencia para intentar oprimir al resto (y aún a sí mismos)
en beneficio de unos pocos.
Horacio
Sustraído de Organízate y Lucha N° 3, publicación
de Acción Anarquista, Mendoza.