Tyger, tyger burning bright ... (Wiiliam Blake)

El Oro de los Tigres

Hasta la hora del ocaso amarillo
Cuántas veces habré mirado
Al poderoso tigre de Bengala
Ir y venir por el predestinado camino
Detrás de los barrotes de hierro,
Sin sospechar que eran su cárcel.
Después vendrían otros tigres,
E1 tigre de fuego de Blake;
Después vendrían otros oros,
E1 metal amoroso que era Zeus,
E1 anillo que cada nueve noches*
Engendra nueve anillos y estos, nueve,
Y no hay un fin.
Con los años fueron dejándome
Los otros hermosos colores
Y ahora sólo me quedan
La vaga luz, la inextricable sombra
Y el oro del principio.
Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores
Del mito y de la épica,
Oh un oro más precioso, tu cabello
Que ansían estas manos.

*Para el anillo de las nueve noches, el curioso lector puede interrogar el capítulo 49 de la Edda Menor, el hombre del anillo era Draupnir.

«El Oro de los Tigres» En: Obras Completas.
Buenos Aires, Emecé,1989, Vol. II, pág. 51
7.

El Hacedor             


Somos el río que invocaste, Heráclito.     
Somos el tiempo. Su intangible curso
Acarrea  leones y montañas,  
Llorado amor, ceniza del deleite,
Insidiosa esperanza interminable,
Vastos nombres de imperios que son polvo,
Hexámetros del griego y del romano,
Lóbrego un mar bajo el poder del alba,
El sueño, ese pregusto de la muerte,
Las armas y el guerrero, monumentos,
Las dos caras de Jano que se ignoran,
Los laberintos de marfil que urden
Las piezas de ajedrez en el tablero,
La roja mano de Macbeth que puede
Ensangrentar los mares,
la secreta Labor de los relojes en la sombra,
Un incesante espejo que se mira En otro espejo y nadie para verlos, 
Láminas en acero, letra gótica,  
Una barra de azufre en un armario,  
Pesadas campanadas del insomnio,  
Auroras y ponientes y crepúsculos,  
Ecos, resaca, arena, liquen, sueños,  
Otra cosa no soy que esas imágenes  
Que baraja el azar y nombra el tedio.  
Con ellas, aunque ciego y quebrantado, 
He de labrar el verso incorruptible
Y (es mi deber) salvarme.     
 


(de:  La Cifra, 1981)