El Oro de los Tigres
Hasta la hora del ocaso amarillo
Cuántas veces habré mirado
Al poderoso tigre de Bengala
Ir y venir por el predestinado camino
Detrás de los barrotes de hierro,
Sin sospechar que eran su cárcel.
Después vendrían otros tigres,
E1 tigre de fuego de Blake;
Después vendrían otros oros,
E1 metal amoroso que era Zeus,
E1 anillo que cada nueve noches*
Engendra nueve anillos y estos, nueve,
Y no hay un fin.
Con los años fueron dejándome
Los otros hermosos colores
Y ahora sólo me quedan
La vaga luz, la inextricable sombra
Y el oro del principio.
Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores
Del mito y de la épica,
Oh un oro más precioso, tu cabello
Que ansían estas manos.
*Para el anillo de las nueve noches, el curioso lector
puede interrogar el capítulo 49 de la Edda Menor, el hombre del anillo era
Draupnir.
«El Oro de los Tigres» En: Obras Completas.
Buenos Aires, Emecé,1989, Vol. II, pág. 517.
Somos
el río que invocaste, Heráclito.
Somos
el tiempo. Su intangible curso
Acarrea
leones y montañas,
Llorado
amor, ceniza del deleite,
Insidiosa
esperanza interminable,
Vastos
nombres de imperios que son polvo,
Hexámetros
del griego y del romano,
Lóbrego
un mar bajo el poder del alba,
El
sueño, ese pregusto de la muerte,
Las
armas y el guerrero, monumentos,
Las
dos caras de Jano que se ignoran,
Los
laberintos de marfil que urden
Las
piezas de ajedrez en el tablero,
La
roja mano de Macbeth que puede
Ensangrentar
los mares,
la
secreta Labor de los relojes en la sombra,
Un
incesante espejo que se mira En otro espejo y nadie para verlos,
Láminas
en acero, letra gótica,
Una
barra de azufre en un armario,
Pesadas
campanadas del insomnio,
Auroras
y ponientes y crepúsculos,
Ecos,
resaca, arena, liquen, sueños,
Otra
cosa no soy que esas imágenes
Que
baraja el azar y nombra el tedio.
Con
ellas, aunque ciego y quebrantado,
He
de labrar el verso incorruptible
Y
(es mi deber) salvarme.
(de:
La Cifra, 1981)