Subject: Testimonios de Robert Fisk. The Independent.
Date: Wed, 19 Feb 2003 12:00:16 -0600 (CST)
¿Tiene Blair idea del aspecto que tienen
las moscas que se alimentan de los cadáveres?
Robert Fisk
The Independent
Traducido para Rebelión por LB
En la carretera de Basora la cadena ITV se encontraba filmando a
perros
salvajes que despedazaban los cadáveres de los muertos iraquíes.
Cada
pocos segundos una bestia hambrienta desgarraba un brazo en
descomposición y se alejaba con él en el desierto delante
de
nosotros,
arrastrando por la arena los dedos inertes y los restos de una
manga
militar carbonizada que sacudía el viento.
"Es para el archivo", me dijo el cámara. Por supuesto.
La ITV nunca
mostraría esa filmación. Las cosas que vemos --la suciedad
y la
obscenidad de los cadáveres-- no puede ser mostrada. En primer
lugar,
porque no es "conveniente" mostrar esa realidad en los programas
de
televisión que se emiten a la hora del desayuno. En segundo lugar,
porque si todo lo que vimos hubiera sido mostrado en televisión
nadie
volvería a apoyar jamás una guerra.
Naturalmente, eso fue en 1991. La llamaban "la autopista de la
muerte"
en realidad, había otra "autopista de la muerte" mucho
peor 10
millas
hacia el este, cortesía de la aviación estadounidense y de
la RAF,
pero
nadie acudió a filmarla--, y la única fotografía real
de los
horrores
que presenciamos fue la fotografía del apergaminado soldado iraquí
que
yacía carbonizado en su camión. Constituía una especie
de
ilustración
icónica porque cuando fue publicada reflejó de forma efectiva
lo
que
habíamos visto.
Para que las bajas iraquíes aparecieran en televisión durante
aquella
Guerra del Golfo --hubo otra entre 1980 y 1988 y tenemos una tercera
en
preparación-- era preciso que hubieran muerto con cuidado, que
hubieran
caído románticamente sobre su espalda, con una mano cubriéndoles
el
rostro destrozado. Como en esos cuadros de la I Guerra Mundial que
representan a los muertos británicos del Somme, los iraquíes
tenían
que
morir de forma benigna y sin heridas evidentes, sin ningún signo
de
sordidez, sin el más mínimo rastro de mierda o de mocos o de sangre
coagulada, si querían aparecer en los informativos matinales.
Esa estratagema me saca de quicio. En Qana, en 1996, cuando los
israelíes bombardearon durante 17 minutos a los refugiados
palestinos
refugiados en el recinto de la ONU y mataron a 106 civiles --más
de
la
mitad de ellos niños--, me crucé con una muchacha que llevaba
en
sus
brazos a un hombre de mediana edad. El hombre estaba muerto. "Mi
padre,
mi padre", gritaba sin parar, meciéndole la cara. Uno de los
brazos
y
una de las piernas del hombre habían desaparecido --los israelíes
emplearon bombas de proximidad que amputan los miembros-- pero
cuando
esa escena alcanzó las pantallas de televisión en Europa y
América
la
cámara mostró solamente un primer plano de la muchacha y del
rostro
del
hombre. Las amputaciones no se vieron por ningún lado. La causa de
la
muerte fue eliminada en nombre del buen gusto. Era como si el
hombre
hubiera muerto de fatiga, como si simplemente hubiera apoyado su
cabeza
sobre el hombro de su hija para morir en paz.
Hoy, cuando oigo las amenazas de George Bush contra Irak y las
estridentes admoniciones moralizantes de Tony Blair, me pregunto
qué
sabrán ellos de esa terrible realidad. ¿Tiene George --que
rehuyó
servir a su país en Vietnam-- alguna idea del olor que despiden
esos
cadáveres? ¿Tiene Tony la más remota noción
de cómo son las moscas,
las
enormes moscardas que se alimentan de los muertos de Oriente Medio
y se
posan después sobre nuestras caras o nuestras libretas? Los
soldados sí
lo saben. Recuerdo a un oficial británico que pidió que le
dejaran
utilizar un teléfono vía satélite de la BBC, justo
después de la
liberación de Kuwait en 1991. Estaba hablando con su familia en
Inglaterra y yo me detuve a observarlo atentamente. "He visto
algunas
cosas terribles", dijo. Y luego se derrumbó, estalló
en sollozos y
comenzó a temblar mientras el teléfono colgaba de su mano
sobre el
equipo de transmisión. ¿Tuvo su familia la más mínima
idea de lo
que
estaba hablando? No lo habrían comprendido mirando la televisión.
Así es como podemos soportar la perspectiva de una guerra. Nuestra
gloriosa y patriótica población --aunque sólo un 20%
de ella apoye
esta
particular locura iraquí-- ha sido resguardada de las realidades
de
la
muerte violenta. Pero me aturde el número de cartas que me llegan
procedentes de veteranos de la II Guerra Mundial, tanto hombres
como
mujeres, con su inalienable recuerdo de miembros desgarrados y
sufrimiento, manifestándose unánimemente en contra de esta
nueva
guerra
iraquí.
Recuerdo que vi una vez en Irán a un hombre herido que tenía
un
pedazo
de acero incrustado en el brazo y que aulló como un animal --que
es,
por supuesto, lo que todos somos-- antes de caer muerto; y al chico
palestino que simplemente se desplomó delante de mí cuando
un
soldado
israelí lo mató de un disparo de forma completamente deliberada,
fría y
criminal por haber arrojado una piedra; y al israelí de cuyo
estómago
salía la pata de una silla, en el exterior de la pizzería
Sarro de
Jerusalén, después de que un hombre bomba palestino decidió
ejecutar a
las familias que se encontraban en el interior del establecimiento;
y
las pilas de cadáveres iraquíes de la batalla de Dezful durante
la
guerra irano-iraquí --el hedor de sus cuerpos llegaba flotando
hasta
nuestro helicóptero y provocó que se indispusieran los mullahs
que
iban
bordo; y el muchacho que me mostró el espeso y oscuro reguero de
sangre
de su hija en las afueras de Argel, donde "islamistas" armados
la
habían degollado.
Pero George Bush y Tony Blair y Dick Cheney y Jack Straw y todo el
resto
de pequeños guerreros que nos están engatusando para que vayamos
a
la
guerra no tendrán necesidad de pensar en esas viles imágenes.
Para
ellos se trata de una cuestión de ataques quirúrgicos, daños
colaterales y todos el resto de mendaces eufemismos de la guerra.
Vamos
a tener una guerra justa, vamos a liberar al pueblo de Irak
--matando a
algunos de ellos, obviamente--, vamos a darles democracia, vamos a
proteger su riqueza petrolífera y a organizar procesos por crímenes
de
guerra, vamos a ser perfectamente morales y vamos a ver en la tele
a
nuestros "expertos" de defensa con sus sacos terreros sin sangre
y
su
sobrecogedora erudición sobre armas que cercenan cabezas.
Ahora que lo pienso, me acuerdo de la cabeza de un refugiado albanés
cortada limpiamente cuando los estadounidenses, siempre
accidentalmente,
bombardearon en 1999 un convoy de refugiados en Kosovo pensando que
se
trataba de una unidad militar serbia. La cabeza del albanés yacía
en
la
hierba crecida, con su barba, sus ojos abiertos, cortada como por
obra
de un verdugo del tiempo de los Tudor. Meses más tarde supe su
nombre y
hablé con la niña que había recibido el impacto de
la cabeza
cortada
durante el ataque aéreo estadounidense y que la había depositado
con
reverencia sobre la hierba, en el lugar donde yo la encontré. La
OTAN,
por supuesto, no presentó sus excusas a la familia. Tampoco se
disculpó
ante la niña. Nadie se excusa tras una guerra. Nadie admite la
auténtica realidad de la guerra. Nadie te muestra lo que nosotros
vemos. Y así es como nuestros líderes y dirigentes pueden
seguir
convenciéndonos --todavía-- para que vayamos a la guerra.
26 de enero del 2003