Datum :
Fri, 21 Feb 2003 01:06:02 +0000
A siete años de la firma de los Acuerdos de San Andrés.
Juan Anzaldo Meneses.
Siete es un número cabalístico en muchas culturas. Para
los nahuas
habitantes del altiplano central de México desde hace más
de mil
años, el
siete resume la transformación y al mismo tiempo involucra una
inquietud
respecto a los ciclos que se van cumpliendo.
El 16 de Febrero de 2003 se cumplen siete años de la firma de
los
Acuerdos
de San Andrés. La elaboración de estos históricos acuerdos
fue
producto de
un largo proceso que comenzó incluso antes del levantamiento armado
del 1
de enero de 1994. Es decir, aunque estemos acostumbrados de ver los
acontecimientos históricos como producto de la voluntad de un puñado
de
personas, la verdad es que México en sus diferentes regiones y
sectores fue
madurando convergencias y contradicciones que hicieron posible que
el
Estado mexicano, representado por el gobierno federal, el gobierno
estatal
y legisladores de los poderes legislativos federales y estatales,
firmaran
con la representación de un Ejército insurgente, mayoritariamente
indígena,
un documento sobre la necesidad del reconocimiento y ejercicio pleno
de los
derechos y la cultura indígena en nuestro país.
Quizás el núcleo más importante de los Acuerdos
de San Andrés son la
serie
de principios fundamentales mediante los cuales se haría posible
la
construcción de una nueva Nación, pluriétnica y multicultural,
como
desde
1992 reza la Constitución mexicana. Estos principios son:
1. La Participación, como una fórmula para garantizar que
tanto en
la
elaboración, como en la ejecución y evaluación de cualquier
política
pública se incluyeran las voces y los esfuerzos de todos los
interesados,
pero sobre todo de los directamente involucrados, beneficiados o
afectados.
2. La Pluralidad, para impedir la exclusión de quienes aún
siendo
mayoría,
o sin importar que tan pequeña minoría fuesen, queden fuera
de las
decisiones que los involucren en su vida y en su futuro.
3. La Integralidad, para construir propuestas y alternativas de
solución
que trasciendan lo parcial y urgente, aspirando la edificación de
programas
integrales de desarrollo en todos los órdenes de la vida social,
cultural,
política y económica de la región y de la nación.
4. La Sustentabilidad, como una necesidad de valorar la preservación
de los
recursos naturales y la calidad de vida para todos los seres de
nuestro
territorio, y
5. La Libre determinación, que para los pueblos indígenas
se expresa
a
través de su demanda del reconocimiento de la autonomía como
una
forma de
organización política y social, pero que para toda la sociedad
nacional
representa la posibilidad de ampliar los horizontes de cada uno de
los
principios fundamentales de una nueva relación entre cada uno de
los
sectores sociales.
En efecto, construir una nueva relación entre el Estado mexicano,
los
pueblos indígenas y la sociedad nacional, es el objetivo fundamental
expresamente declarado en los Acuerdos de San Andrés y que después
fueron
traducidos en la hasta ahora malograda Iniciativa de Reforma
Constitucional
elaborada por la Cocopa en noviembre de 1996.
Luego de largos años de distancia y amargas experiencias, el
reconocimiento
de los derechos indígenas sigue estando pendiente. Son once años
de
la
vigencia del Convenio 169 de la OIT en nuestro país, y el derecho
de
los
pueblos a una consulta adecuada y suficiente en asuntos que directa
o
indirectamente les afectan, consignado en su artículo sexto, sigue
siendo
letra muerta, suplantado por eufemismos y mascaradas.
Pese a que vivimos en una de las naciones con mayor diversidad
cultural del
planeta, el respeto, libre ejercicio y desarrollo de nuestras
culturas
sigue en el torbellino de la homogeneización de la cultura
dominante.
Sin duda se trata de un proceso largo y lento, pero que desde aquel
16 de
febrero de 1996 cuenta con nuevas bases para que los gobernantes, la
clase
política y sobre todo nuestros pueblos, nunca olviden que hay
alternativas
posibles, construidas desde las bases y en las mesas de negociación.
Que
las etiquetas de la radicalización, el antagonismo, la subversión
del orden
establecido, quedan muy reducidas cuando de transformar las mentes y
corazones de una nación se trata.
Actualmente en las regiones indígenas del país se viven
condiciones
de vida
que no son el prototipo imaginado en los Acuerdos de San Andrés.
Ni
siquiera se parecen a los ideales de las plataformas políticas de
partidos
y gobiernos de diferentes colores: El Trabajo de las comunidades
agrarias
se va transformando dramáticamente por la presencia de miles de
maquiladoras que de la noche a la mañana se levantan en donde antes
había
campos de cultivo, y donde antes había campesinos comienzan a
conformarse
ejércitos de obreros no calificados. Pero al cabo de unos cuantos
años, e
incluso meses, esas mismas maquiladoras vuelan, huyen a otros
paraísos
fiscales a miles de kilómetros del lugar, dejando un escenario de
mayor
pobreza y acumulación de rezagos sociales. En materia de vivienda,
el
hacinamiento, la falta de servicios públicos, la incertidumbre sobre
la
propiedad del pedazo de tierra en que se vive, son una constante en
muchas
regiones del país. En materia de salud las instituciones se
esfuerzan en
elaborar sesudos análisis sobre las causas de decenas y miles de
muertes
causadas por una enfermedad endémica: el hambre, la miseria, la
marginación, el olvido padecido por décadas y siglos. Algo
similar
ocurre
con la educación y la alimentación: por un lado se explotan
los
conocimientos de las comunidades sobre el entorno y los recursos
naturales,
se explota su fuerza de trabajo y su propia tierra, pero se excluye
de la
escuela la tradición propia y a la construcción de una ciudadanía
plural,
todo viene de afuera, hasta los hábitos alimenticios, la forma de
vida, la
aspiración a ser lo que nunca hemos sido.
Aun ahora sigue siendo un reto la construcción de una nueva relación
entre
las misma sociedad que ha comenzado a reconocerse plural, diversa,
con
potencialidades probadas, lejos de las estridencias de la clase
política,
pero también cerca de experiencias dolorosas en su enfrentamiento
con
poderes locales, regionales y hasta transnacionales.
La organización desde abajo se nutre de la cultura comunitaria
de
pueblos y
comunidades, pero también se enfrenta a la cultura excluyente propia
de
cualquier lucha ideológica contemporánea. Ante el enorme reto
de
auto
transformarse, la sociedad mexicana actual no tiene referentes
sólidos que
apunten a las alternativas que está buscando desde hace años.
Ya sea
por el
desprestigio de los partidos políticos, ya sea por la radicalización
y
consecuente aislamiento quienes los denostan, la articulación,
organización, estructura y programa verdaderamente amplios,
incluyentes y
autónomo, aún están por venir.