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"De diálogo en diálogo"
Aquella
era una mañana hermosa. Y este detalle de aquel día de mitad de semana
era uno más de los motivos que Juan tenía para sentirse contento. Y
así, alegre, llegó a su trabajo. Después de saludar a algunos de sus
compañeros se dirigió hacia su escritorio. Entró a su oficina en donde
saludó a Julia, quien desde su escritorio contestó el saludo de Juan
malhumorada como siempre. Juan
y Julia como compañeros de departamento compartían aquella oficina desde
hacía aproximadamente un año. Como resultado de aquel tiempo de relación
Juan sabía por experiencia que de cuestiones de la Iglesia era preferible
que no hablara. Pero era tal su exaltación, que no pudo contenerse; y una
vez que se acomodó en su silla le comentó a Julia sin medir las
consecuencias: "Sabes, Julia,
ya estuve investigando sobre el asunto de la penitenciaría del que te
había comentado".
Julia,
quien en esos momentos estaba realizando algunas anotaciones en un
cuaderno, ni siquiera levantó su cabeza, tan sólo movió sus ojos para
ver a Juan de soslayo e instantáneamente se dibujó en su rostro esa
mueca que Juan ya conocía, y que era con la que ella frecuentemente le
decía sin hablar: "Ahí vamos otra vez, bueno, que le vamos a hacer". Pero
Juan no escarmentaba y sin hacer mucho caso, comentó: "Recuerdas que te conté que quería organizarme para realizar una
colecta de ropa y de comida para hacérsela llegar a los presos".
"Sí, sí me acuerdo"
-Respondió
pesadamente Julia con evidente desgano-. Juan,
sin hacer caso continuó: “Recuerdas que el problema que yo preveía era la manera de hacerle
llegar esa colecta directamente a los presos, evitando con esto que se
perdiera. Pues estoy muy contento, porque estuve investigando y me enteré
de que ya existe un grupo católico que trabaja en la penitenciaría y que
tiene permiso para visitar a los presos y llevar consigo este tipo de
ayuda."
"Ah si, no lo sabía" -contestó
Julia, siguiéndole la corriente a Juan-. Pero
Juan, sin darse por enterado
prosiguió: "Sí, este grupo se
llama Pastoral Penitenciaria, y comunicándome con ellos, ya me dirán
como les hago llegar lo que logremos recabar."
"Ah, que bueno".
-Respondió tibiamente Julia, quien reanudando su trabajo dio por
terminada aquella corta plática-. Después
de esto, también Juan dio inicio a sus labores. Y para Julia,
evidentemente el silencio de Juan fue un descanso. A
Juan siempre le había parecido extraño que Julia fuera tan reacia para
hablar de cosas de la Iglesia, después de todo, Juan sabía que ella era
católica. Incluso, en repetidas ocasiones se había percatado de que
Julia usaba en su cuello un escapulario regalo de su abuela materna. No
acababa pues de entender por qué ella se molestaba cuando él le
comentaba algún detalle sobre alguna misa, o cuando le hablaba sobre la
comunidad a la que pertenecía, o cuando en una ocasión le contó que
quería pertenecer a un coro, o como ahora, que quería organizar una
labor a favor de los presos. Ella siempre lo escuchaba, pero nunca
opinaba, ni se animaba. Juan percibía que invariablemente ella siempre
se incomodaba. Lo
que Juan no sabía, es que desde hacía tiempo estaba a punto de colmar el
vaso de Julia y que el comentario que había hecho aquella mañana había
sido la gota que faltaba para que éste se derramara. Julia
estaba molesta y tan sólo esperaba un comentario más de Juan referente
a religión para darle a conocer lo que realmente pensaba. Y
la oportunidad le llegó pronto. Como a media mañana, Juan le preguntó a
Julia: "Y qué pasó, ya se
acerca la fecha de tu boda, ¿ya hablaste con Mauricio para ver si van a
ir al retiro de Encuentro de Novios?."
Y esa
era la oportunidad que Julia estaba esperando, y no la dejó pasar, sin
siquiera contestar la pregunta de Juan, fue directamente al grano. Se
enderezó en su silla, dejó sobre su escritorio lo que tenía en sus
manos
y mirando fijamente a los ojos de Juan, le preguntó a quemarropa, con
aquella tosca franqueza que la había hecho famosa:"¿No
se te hace demasiado?, ¿no se te hace que eso ya es fanatismo?."
Hubo
un momento de silencio, Juan no esperaba aquella reacción, se encontraba
sorprendido. Julia mantenía su mirada fija en Juan, y visiblemente
molesta esperaba una respuesta. Y
después de unos instantes que Juan necesitó para reponerse, finalmente
pudo responder:"La verdad, no
entiendo a que te refieres, ¿Qué
es lo que se te hace demasiado?."
Y sin
perder ni un ápice de su rudeza inicial, Julia le respondió: "Ya
son demasiadas cosas. Ahora me dices que vas a hacer algo para los presos,
antes me contaste que estuviste en el Encuentro de Novios, que estás en
una pequeña comunidad, que en un futuro quieres entrar a un coro. Y por
si fuera poco, todos los lunes me preguntas que si fui a misa, porque de
seguro tú si fuiste. A mí se me hace que tantas cosas ya es demasiado,
como que ya es fanatismo y eso
a mí ya me da miedo".
Juan
se sorprendió, le pareció muy extraño que Julia dijera aquello. Aunque
al meditarlo un poco, comprendió que no debía extrañarle tanto, ya
que aunque Julia era católica, realmente sabía que ella se conformaba
con "cumplir" asistiendo de vez en cuando a misa. En
silencio, Juan siguió tratando de explicarse aquella reacción de su
compañera de trabajo. Y no tardaron en pasar por su mente los recuerdos, vino a su memoria cuando en cierta ocasión, Julia le había contado que
en su temprana juventud estuvo en un coro, pero que ella iba tan sólo
porque quería aprender a cantar y que realmente no ponía mucha atención
a las misas en las que participó. También recordó cuando Julia le había
platicado muy divertida, cómo
ella y dos de sus amigas se
ponían de acuerdo para ir a pasear los domingos por la tarde, pero que la
mamá de una de sus amigas ponía como condición para dejarla salir, que
primero fueran a misa y que pusieran atención a las lecturas, porque
regresando, para saber si habían ido, les preguntaría de lo que se habían
tratado. Juan recordó como Julia le narró que lo primero que hacían era
ir a la Catedral, se arrodillaban, se persignaban, tomaban uno de los
folletos con las lecturas para ese domingo y luego salían rápidamente de
ahí para dirigirse al cine. Y que parte de la diversión de los domingo
consistía en aprenderse en el trayecto del cine a la casa las lecturas
del folleto. Y claramente Juan recordaba la expresión de felicidad con la
que Julia le contó cuánto se reían ella y sus dos amigas, de cuán fácilmente
engañaban a aquella señora, ya que efectivamente al regresar a casa
de su amiga, ella les preguntaba las lecturas de la misa y sin
dificultad ellas le contestaban. Al
recordar esto y conociendo las actuales costumbres religiosas de Julia
ya no le pareció tan extraña su reacción. Sin embargo Juan se
entristeció, se daba cuenta que era muy difícil que Julia lo entendiera.
¿Cómo explicarle que ir a misa, estar en una comunidad y recolectar
algunas cosas para los presos realmente no le quitaba mucho tiempo?. Que
no estaba loco, que si buscaba algunas cosas más que hacer, no era porque
fuera fanático, sino porque él sentía que podía hacer algo más. Que
durante mucho tiempo de su vida realmente no había dedicado la suficiente
atención a las actividades de Dios, y que ahora, no sólo debía, sino
que también francamente quería vivir plenamente todo lo que ahora estaba
haciendo. No era fácil que Julia le entendiera que lejos de sentirse como
un loco, Juan, haciendo todo aquello, se sentía feliz. Aún
así, Juan sabía que Julia esperaba una respuesta, ella necesitaba una
explicación que le ayudara a no sentir que compartía la oficina con un
fanático peligroso. Después
de unos instantes de tenso silencio, en los que Julia había mantenido
inmutable su posición, Juan calmadamente tomó la palabra:
¿Recuerdas Julia que hace unos días, me comentabas que ibas a ir con
el doctor?.
Extrañada,
pero sin ceder, Julia contestó: "Sí,
sí me acuerdo, te lo comenté
la semana pasada".
Entonces
Juan prosiguió: "Si mal no
recuerdo, fuiste con un doctor que da tratamientos para bajar de peso, y
lo consultaste porque querías que te diera una dieta y una rutina de
ejercicios especiales para perder peso".
"Sí, si lo recuerdo, ¿Pero eso que tiene que ver con lo que
estamos hablando?" -Interrumpió
Julia-.
Juan,
manteniendo la calma le contestó: "Si
mal no recuerdo, el doctor te explicó algo sobre el peso óptimo de cada
persona, que dependiendo de la estatura y la edad de cada uno de nosotros,
se puede calcular cuál debe ser nuestro peso adecuado."
"Sí, -Interrumpió
de nuevo Julia- y precisamente por
eso el doctor no me dio una dieta pesada, porque prácticamente estoy
dentro de mi rango adecuado de peso".
"¡Exactamente!, -Exclamó
Juan- no te pusieron una dieta
rigurosa porque tu peso estaba excedido
tan sólo un poco. El doctor te preguntó tu edad, te midió para saber tu
estatura y luego consultó en una tabla de pesos y medidas correspondiente
al sexo femenino, y esa tabla le indicó de acuerdo a tus características
físicas cual era tu rango ideal de peso, o sea, cual era tu peso mínimo
y cual tu máximo.".
"Es cierto, y me explicó que mi peso óptimo está entre 54 y
58 Kgs., que mientras mi peso estuviera entre ese
rango, todo estaba bien. Que no era conveniente que bajara del mínimo,
ni que subiera de 58 Kgs. que es mi máximo. Por eso, como yo estoy
pesando un poco más de 58, pues no me puso a una dieta muy
estricta." -Comentó Julia, por fin animándose un poco-. Pues
bien Julia, -Prosiguió Juan, manteniendo en su voz un tono amable- si
te das cuenta, para decir que algo está excedido, primero tenemos que
saber cuanto es el mínimo que se tiene que realizar de esa actividad,
luego determinar también cual es el máximo que se puede realizar de
ella y que siga estando dentro de lo normal. Y entonces, ya teniendo el
límite máximo, si nos pasamos de él, entonces es cuando ya podemos
decir que nos estamos excediendo. (1)
Pero, si te das cuenta, ¿Cómo puedo aceptar que es demasiado lo
que estoy haciendo?,¿Cómo puedo admitir que soy
un fanático?. ¿Cómo cambiar?, cuando en lo personal siento que
no estoy haciendo ni siquiera lo mínimo, cuando siento que estoy haciendo
muy poco por los demás, que es muy poco tiempo el que le dedico a las
cosas de Dios. Cuando la verdad es que quisiera poder hacer mucho más,
para poder llegar a hacer por lo menos lo mínimo que como católico yo
siento que me corresponde realizar". (2)
Después
de esto Juan guardó silencio, no se le ocurrió nada más que decir. Julia
por su parte respondió brevemente: “Pues
sí”, y se encogió de hombros, había recibido una respuesta que
por lo pronto le era suficiente. Ahora ella sabía que no compartía su
oficina con un loco fanático, y eso para ella parecía ser lo único
importante. Después
de reflexionar por unos instantes, ya en silencio, ambos continuaron con
su trabajo.
"Pobre Juan, -quizás
pensaba ella- no entiendo cómo le
puede gustar tanto andar haciendo esas cosas". FIN
(1)
“Al día
siguiente, sacó unas monedas y se las dio al encargado, diciendo: Cuida
de él, y lo que gastes de más, yo te lo pagaré a mi regreso”
Lucas
10:30-35 (2)
“El
patrón le dijo: Muy bien, servidor bueno y honrado;
ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más. Ven a
compartir
la alegría de tu señor”
Mateo
25:14-30
Del libro "De diálogo en diálogo" De:
José Luis Contreras Sáenz. Chihuahua,
Chih., Méx. septiembre 27, 1999. 1,995
palabras.
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