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"De diálogo en diálogo"
"Pero es que..."
"Bueno, si sales..."
Estas frases entrecortadas, intercambiadas entre cuchicheos fueron
las que sacaron a Juan del hilo de su conversación. Quienes discutían
eran Paty y Aarón, una joven pareja de novios muy querida por él. En
aquel instante Juan creyó oportuno dejar de hablar, hacia ya algunos
minutos que había notado como los integrantes de aquel grupo de jóvenes
habían empezado a inquietarse, y
más aún, que su distracción iba en aumento.
En cuanto suspendió su charla, Juan perdió definitivamente la
atención de todos aquellos jóvenes, quienes atentos prestaban ya todo su
interés a lo que estaba ocurriendo en la calle, a unos cuantos metros,
frente al salón de pastoral del templo en el que se encontraban.
"No Aarón, no
salgan". -insistía Paty cada vez más preocupada, al tiempo que
Aarón se ponía de pie.-
Juan entonces rápidamente se adelantó y caminó hacia la puerta
de cristales, y así por fin pudo enterarse de lo que estaba causando
aquel alboroto.
Para este momento, Juan había ya elaborado mentalmente algunas
conjeturas, él pensaba que quizás se trataba de algún accidente ocurrido en la
calle, o que alguien de la
casa de Aarón había venido por él,
o que tal vez se trataba de algún exnovio de Paty y que venía con
intención de molestarlos. También podían ser algunos muchachos de la
colonia, que habían venido a burlarse de sus amigos que como niños bien
portados estaban participando en aquel grupo. Pero Juan sospechaba que
lo más probable era que un grupo de jóvenes revoltosos de otro barrio
habían venido a buscar pleito.
Y efectivamente, Juan no se equivocó en su conjetura final,
afuera, en la calle, frente al templo, pudo observar a alrededor de una
docena de jóvenes, que con actitud amenazadora hacían señas de
advertencia a los muchachos del grupo que los observaban desde el interior
de aquel salón.
Esta situación en aquel templo no era nueva, Juan recordó que
apenas hacía unos meses mientras visitaba a un grupo de jóvenes un poco
más avanzados de edad, había sucedido algo parecido, sólo que en aquella
ocasión los revoltosos eran tan sólo dos y uno de ellos, el más ruidoso
iba tan tomado que prácticamente se caía solo. Juan recordaba que todo
había salido bien ya que se encontraba ahí el Padre Poncho y aquellos
dos jóvenes resultaron conocidos de él, ya que ambos vivían muy cerca
de la parroquia.
Mas ahora no estaba el Padre Poncho, y Juan, por la experiencia
adquirida en su secundaria sabía cuan fácilmente ese tipo de
situaciones se salían de control. Así que decidió actuar rápidamente.
Giró su cuerpo hacia el inquieto grupo y captando su atención les dijo
tratando de calmarlos:
"Les pido por favor que nadie se salga".
"No son de aquí, son de allá arriba" -le
explicó Julia, la coordinadora de aquel grupo juvenil-.
"¿Y por qué quieren pelear?". -preguntó
Juan-
"Siempre ha sido así -le contestó Aarón-, desde que construyeron esta colonia nada más
se les pone y vienen a buscar pleito.”
"Bueno, por favor no se salgan, vamos a tratar de no empeorar las
cosas". -les pidió Juan antes de salir-.
Y decididamente con una sonrisa en sus labios Juan abrió la puerta
y salió al atrio del templo. Se sentía tranquilo, eran jóvenes
menores que él, además de alguna manera, el que se hubieran quedado en
la calle y no subieran al pequeño atrio del templo le permitía confiar
que cuando menos respetaban el lugar donde se encontraban.
Y dirigiendo su mirada hacia aquellos jóvenes, siempre sonriendo,
Juan llegó al centro del atrio y se detuvo, no dijo nada, realmente no se
le ocurría nada que decir, por lo que tan sólo se quedo ahí parado.
Después de unos instantes uno de los jóvenes caminó hacia él. Aquel
joven que avanzaba decidido hacia Juan no era el más alto, ni el mas
fornido de aquel grupo, era mas bien bajito y de complexión delgada, pero
eso sí, la expresión en su rostro moreno, de alguna manera le hizo
entender a Juan que era uno de los más peleoneros.
Aquel joven caminó despreocupadamente hacia Juan y se detuvo como
a un metro de él, lo miró fijamente a los ojos y también guardó
silencio. En eso, Juan sin perder mas tiempo extendiéndole la mano
derecha le dijo amablemente: "Que tal, ¿cómo estás?, soy Juan".
"¿Que hubo?, soy
Manuel" -contestó serio aquel joven-.
Juan percibió una buena señal, ya que no había notado
agresividad en aquel saludo. Para sí, consideró que si abordaba el
problema directamente quizás no arreglaría nada, sino que muy
probablemente sólo empeoraría la situación, así que decidió que la
plática tomara otro rumbo y ver que pasaba.
Con actitud amable y evadiendo intencionalmente lo obvio, Juan le
dijo a Manuel: "Me da mucho gusto que hayan venido, me
dicen que ustedes son de las colonias de arriba, ¿vinieron al grupo?, ¿quieren
entrar?".
Manuel se sorprendió, abrió los ojos y apretó sus labios. Sin
pronunciar palabra Manuel dio un paso atrás, evidentemente se había
puesto nervioso, comenzó a balancear su cuerpo y de cuando en cuando volvía
su rostro hacia atrás, hacia la calle, donde estaban sus amigos.
"No, -respondió al
fin-
nosotros no venimos al grupo, esta iglesia es para los de aquí, nosotros
somos de allá arriba, pasando la Avenida Nueva España".
"No importa"
-le contestó Juan, al tiempo que inclinaba su cuerpo hacia la puerta
del templo y extendía su brazo derecho como un gesto de cortesía para
que Manuel pasara-.
Manuel no se movió, y sonriendo nerviosamente observó a los
muchachos que expectantes esperaban adentro, luego de unos instantes
dirigió sus ojos hacia Juan y después a sus amigos. Finalmente volvió a
mirar a Juan y le dijo: "No,
la verdad no podemos entrar, ya nos tenemos que ir".
"¿Por qué? - le
preguntó Juan-, ¿nunca
has entrado a un grupo de jóvenes?, se me hace que tu crees que nada más
nos estamos hincados, rezando por horas y horas. De ninguna manera,
tenemos pláticas muy interesantes con temas atractivos para tu edad.
Vemos videos y a veces proyectamos acetatos. También tenemos actividades
fuera del templo y vamos a conciertos y a congresos para jóvenes".
Aquel joven lo observaba muy atento, Juan podía percibir que
Manuel estaba realmente interesado: "Si,
está suave -contestó
el joven convencido-, pero
quizás después, ahorita no nos podemos quedar. Además aquí no nos
quieren".
"¿Quién no los
quiere?” - preguntó Juan ingenuamente.-
"Nadie -contestó el
joven-, aquí
en este barrio no nos quieren, nos corren cuando nos ven por aquí y
siempre
nos andan echando a la policía. Ni en nuestro barrio, ¡ni en nuestras
casas nos quieren!".
Manuel se entristecía con cada frase que pronunciaba, al ir
enunciando cada uno de los lugares y personas en donde y por quienes no
eran queridos. Juan conmovido tan sólo lo observaba. Manuel no veía a
Juan a los ojos, la mirada del joven divagaba triste entre las delgadas
grietas del piso de cemento de aquel atrio.
Más de pronto, sorpresivamente el joven pendenciero se repuso,
levantó su rostro, irguió su cuerpo y retomando ánimo le preguntó a
Juan con un tono de gran dignidad en su voz: " ¡Ah!, pero por eso, porque nadie nos quiere, ¿sabe cómo nos
llamamos?, ¿sabe cual es el nombre de nuestro grupo?".
Ahora el sorprendido era Juan, evidentemente no tenía ni la menor
idea de cual sería ese nombre, así que tan sólo se encogió de hombros
y esperó a que Manuel se lo dijera.
Manuel, tal como esperaba, al ver que Juan nunca adivinaría tomó
el aire suficiente, levantó su mano derecha y con el dedo índice
apuntando al cielo exclamó con orgullo: “Nos llamamos: ¡Los
olvidados de Dios!".
Juan abrió desmesuradamente sus ojos y conteniendo la risa,
mantuvo su mirada en Manuel, mientras que éste rebosaba de orgullo.
Evidentemente emocionado era claro que Manuel tenía aún más que decir,
así que Juan no hizo ningún comentario y lo dejó continuar.
"Sí, así nos llamamos
porque nadie nos quiere, en todos lados nos tienen miedo y nos
corren". - recalcó el joven con desdeño-
Juan saliendo un poco de su asombro exclamó sin poder evitar sonreír:
"¿Los olvidados de Dios?, pero
si Dios no olvida a nadie. Él nos ama a todos, no importa que nadie nos
acepte, El siempre nos va a querer." (1)
"Bueno si -contestó
Manuel ya más calmado-, eso ya lo
sabemos porque nosotros también creemos en Dios - se apresuró a
decir-, nosotros también somos católicos,
por eso respetamos la iglesia, sabemos que Él si nos quiere aunque a
veces nos portemos mal. Es más, mira, ve -le insistía el joven a
Juan para que observara la playera debajo de su sudadera- mira,
aquí traigo a Jesús, -y señalando a unas personas con ropas cholas
debajo del dibujo de Cristo le indicó- y
estos que están aquí, somos nosotros; "Los olvidados de Dios”.
Y mira atrás -le insistió dándose la vuelta- acá
en la espalda traigo a María, a la virgen de Guadalupe, lo ves nosotros
también creemos en Dios”.
Después de aquella demostración de religiosidad urbana, y ya con
un poco más en confianza, Juan
le preguntó: "Bueno, pero entonces, ¿por qué el nombre de "Los olvidados
de Dios", realmente creen que Él los tiene olvidados?".
"No, -contestó- Dios
nunca nos olvida, pero nos pusimos así porque a todos los chavos se nos
hizo que sonaba bien, nos gustó el nombre".
Juan soltó una carcajada y el joven lejos de molestarse también
se sonrió, había comprendido, él mismo, lo gracioso de sus razonamientos.
"¡Bueno! -exclamó
Juan alegremente-, que
bueno que me dices que ustedes también son católicos porque entonces
este templo también es de ustedes y pueden pasar,
y estoy seguro de que por los muchachos del grupo no habrá ningún
problema".
"No de veras, gracias
pero ya nos tenemos que ir" -respondió el joven al tiempo que daba dos
pasos hacia atrás-. Otro
día de veras vamos a venir y si entramos, pero hoy no".
Al ver ahora a aquel joven, mostrándose como realmente era, sin
sombra de agresividad en su juvenil rostro y al ver los movimientos
nerviosos de su pequeño y delgado cuerpo, Juan no pudo más que
enternecerse y pensó: "¿Cómo
Señor?, ¿Cómo podrías Tú olvidarte de este pequeñito?."
Y sin más tardanza, Manuel se despidió de Juan con un gesto de su
mano y se dirigió hacía los jóvenes que ya lo esperaban de pie sobre la
calle. Juan amigablemente le devolvió el gesto, al tiempo que le decía: "¡Creo
que sería bueno que le buscaran otro nombre a su banda!".
Y Manuel por última vez volvió su rostro hacia Juan, más no
contestó, tan sólo se sonrió. El nuevo amigo de Juan llegó hasta sus
compañeros, brevemente intercambiaron unas cuantas palabras, y
finalmente, los ahora “Sin nombre” se alejaron por la calle, caminando
hacia su casa, hacia las colonias de arriba. FIN (1)
El
amor de Dios es “eterno” (Isaías 54;8). “Porque los montes se
correrán y las colinas se moverán, mas
mi amor de tu lado no se apartará” (Isaías 54;10). “Con amor
eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti” (Jeremías
31;3).
Catecismo
de la Iglesia Católica No.220 Del libro “Los Diálogos de Juan” José Luis Contreras Sáenz. Chihuahua, Chih., Méx. Septiembre 27, 1999. 1,912
palabras
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