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"Todo empezó en el Vía crucis"
Aquella fresca mañana de octubre, empezaba prometedora para Juan,
había esperado con ansias que se llegara ese día en el que viviría una
experiencia totalmente nueva para él.
Asistir a un retiro de crecimiento en la Parroquia de Nuestra Señora
del Refugio lo había entusiasmado de tal manera, que aquella última
semana, aún realizando diversas labores durante el día, su mente se había
ocupado de tan sólo de un pensamiento: "Faltan unos cuantos días
para que se llegue el domingo".
Para él, esto era algo novedoso, y sin poder evitarlo, asistir a
este evento lo emocionaba enormemente. Para Juan, impartir un tema ante un
grupo de jóvenes o de mayores era terreno conocido, hacía ya cuatro años
que se había iniciado en esa actividad dentro de su Iglesia. Pero nunca
había participado en un evento que se desarrollara en todo un día y en
donde participarían además de él, otros evangelizadores.
Motivado por este acontecimiento, en aquellos últimos días, Juan
había recordado constantemente la ocasión en que un buen amigo lo había
invitado a evangelizar en la Parroquia del Perpetuo Socorro. Recordaba con
alegría la forma en que se había llevado a cabo el proceso por el que él,
había pasado de ser un católico evangelizado, a uno evangelizador. O sea
-según la percepción de Juan-, proceso por el que había pasado de ser
católico vivo a católico
activo.
Recordaba, que una vez habiendo cumplido satisfactoriamente
aquellas primeras encomiendas, el Señor, no tardó en enviarlo a nuevas
labores, mismas a las que Juan acudía encantado y de buena gana. En aquel
entonces se había percatado que el hablar de Dios a otras personas, más
que resultar un trabajo para él, era una gran satisfacción, ya que se
sentía útil al estar al servicio de Dios, trabajando en su Iglesia.
Por eso, cuando semanas antes recibió la llamada de Janeth,
coordinadora de la comunidad "Daniel", aceptó con mucho gusto
estar ahí, era una actividad nueva para él, pero no sentía temor, se
sentía seguro y lo embargaba el deseo de que la fecha se llegara pronto.
Tenía la certeza de que Dios lo iba a guiar durante la preparación y el
estudio del tema que impartiría y que además, estaría también a su
lado el día del retiro. Tenía la confianza de que como en otros momentos
similares, también María estaría estaría con él. Estarían todos ahí,
dándole ánimo cada vez que le empezaran a temblar las piernas.
Juan sabía que sentiría nervios, los propios de toda nueva
experiencia, y que sus piernas amenazarían con doblarse antes y durante
su participación. Se había resignado a sentir aquellos nervios por
siempre. En un principio pensaba que con el tiempo se acostumbraría y que
al acumular experiencia la tranquilidad llegaría, pero no fue así, y
Juan acabó por comprender que aquel temblor de piernas era normal, pues
después de todo, tener sobre los hombros, aunque fuera por unos momentos,
la responsabilidad de hablar de Dios y de su plan de salvación ante un
grupo no era cualquier cosa, no era algo de todos los días.
En el transcurso de aquella última semana, había recordado con
cariño cuando en sus inicios era invitado a dar pequeñas pláticas a los
grupos de adolescentes de su parroquia, y poco después a grupos de jóvenes
y también de mayores de otras Parroquias. Este era pues, hasta el momento
su curriculum como temista y Juan se sentía muy contento de tenerlo.
Pero lo que estaba en puerta era algo diferente, le entusiasmaba la
posibilidad de dar un paso más, le emocionaba saberse integrante del
equipo de evangelizadores que aquel domingo darían lo mejor de sí.
Visualizaba que él junto con ellos compartiría sus vivencias, sus
conocimientos y parte de su vida. Y todo, con el afán de infundir en
aquellos muchachos algo de su fe en Cristo. Vislumbraba que juntos se
esforzarían tratando de alentar en ellos un anhelo propio por conocer y
acercarse más a Dios, a
María, a Jesús, y a su Iglesia.
Durante los últimos días, Juan había pensado una y otra vez en
todo esto, día con día se había ido llenando de gozo a la vez que de
ansias por estar ahí, en las trincheras, luchando del lado de Jesús. Y
por fin, se había llegado el domingo, el día anhelado. Y Juan, como era
de esperarse llegó temprano a la cita. El retiro tendría lugar en el
edificio de pastoral de la Parroquia, en el sótano, en dos amplios
salones que se encuentran justamente debajo del Templo.
Y después de anunciarse en la entrada, ahora Juan bajaba unos
escalones, siguía las instrucciones de los jóvenes encargados de recibir
a los participantes. Y avanzando unos cuantos escalones se detuvo a pensar
un momento; y vino a su mente algo precisamente relacionado con aquellos
bodegones subterráneos. Recordó que hasta hacía poco, él pensaba que
un templo se constituía tan sólo del edificio donde se celebraba la
misa. Claro -Se reprochó Juan en ese momento-, como tú sólo asistías a
misa y con eso según tú ya cumplías. Pero precisamente por eso no sabías
que en la Iglesia se realizan muchísimas actividades más. Y como tú no
te preocupabas por participar más en la Iglesia no sabías que casi todos
los templos cuentan con salones llamados de pastoral en los que se
realizan muchos eventos distintos a la misa. Ni idea tenías de todos las
opciones que la Iglesia ofrece para ayudar a los católicos a aprender más
sobre la Biblia, sobre Jesús y sobre todo lo relacionado con su Religión.
Y que es ahí, en estos eventos, donde al católico que no sabe mucho, le
pueden ser aclaradas todas las dudas que tenga sobre su Iglesia.
Pero claro -Seguía reclamándose Juan-, como tú, con tu misa
semanal sentías que era suficiente, pues te quedaste como niño, pequeñito
en la fe. Te quedaste con la enseñanza religiosa que recibiste en tu
infancia. Nunca más te preocupaste por seguir creciendo espiritualmente.
Fue por eso que ya mayor –se decía Juan a sí mismo-, se te presentaron
problemas de adulto y necesitaste soluciones adultas, y claro, tu fe no
pudo ayudarte, porque te acercaste a tu Iglesia y al igual que tú ésta
era una Iglesia de catecismo, o sea de niño. Y renegaste porque tu fe de
niño no te dió las respuestas que tus problemas exigían. Y Juan continuó
así por unos instantes, recordando como actuaba y pensaba hacía unos
cuantos años.
Juan dejó sus cavilaciones para otra ocasión, en esos momentos
llegaba hasta él Janeth, la coordinadora del retiro, quien jovialmente le
daba la bienvenida. Después de saludarlo y agradecerle por haber
asistido, le entregó su gafete de expositor, y tan repentinamente como
había llegado se retiró a atender algunos asuntos aún pendientes. Juan
se quedó solo de nuevo y se animó a bajar los escalones que le faltaban
para llegar al sitio donde se llevaría a cabo la actividad de aquel
retiro.
Avanzó un poco más, y unos instantes después, llegaba al umbral
de dos amplios y confortables salones. Juan pudo observar con gran
regocijo que en el lugar se desarrollaba una gran actividad. Se veían jóvenes
que recién llegaban, mientras que amablemente otros les daban la
bienvenida; después de saludar éstos invitaban a los asistentes a pasar
a una mesa, en donde un trío de solícitas jovencitas
los registraban entregándoles su respectivo distintivo.
Y mientras esto sucedía en la entrada, el resto del equipo
organizador caminaba de aquí para allá, unos cargando vasos desechables
y otros acomodando sillas. Juan también pudo observar en una esquina del
primero de aquel par de salones, como otros preparaban sus voces y
guitarras entonando algunos cantos; estaban afinando los últimos
detalles, eran -dedujo Juan-, el ministerio de alabanza encargado de
animar aquel retiro.
Mientras toda esa actividad se desarrollaba, Juan se detuvo a
contemplar el salón en que se encontraba; éste era amplio y apacible,
sus paredes estaban pintadas de un color claro muy agradable a la vista y
contaba con una perfecta iluminación. De hecho, había sido este último
detalle, la iluminación, el motivo por el que Juan se había detenido a
observar, ya que unos momentos antes, al ir bajando las escaleras que lo
llevaron a lo que podría definirse como “un enorme sótano”, Juan se
había imaginado que aquellos salones al estar en la parte baja del
edificio serían de aspecto abandonado y lúgubre, con muy poca iluminación.
Recordó entonces que unos días antes, cuando se enteró de la
ubicación de aquellos salones, Juan se había imaginado a sí mismo como
si fuera a bajar por alguna de las grutas que servían como entrada a las
catacumbas, lugar donde se reunían los primeros cristianos, quienes por
ser perseguidos se veían obligados a congregarse en ese tipo de lugares.
El punto de reunión de aquellas primeras comunidades había sido subterráneo,
debajo de las ciudades o cerca de ellas, sitios en los que incluso algunos
de ellos vivían de forma permanente para proteger sus vidas. Lugares
ocultos bajo tierra en donde también celebraban la Eucaristía. Además,
al no haber lugar para ellos, ahí eran sepultados los que morían a causa
de ser eso, cristianos.
Juan,
cuando momentos antes bajaba por las escaleras, de alguna manera, había
sentido que compartía la expectación, el anhelo y el fervor de aquellos
primeros cristianos, al llegar al lugar donde recordarían a Jesús y
escucharían sus enseñanzas. Juan se encontraba ahí sin persecución,
pero compartía el mismo deseo en el corazón por conocer más a Jesús,
por aprender más sobre su persona y de su mensaje. Estaba ahí con el
mismo anhelo de crecer espiritualmente y así valorar cada día más el
sacrificio que Jesús había realizado por él. Juan, días antes, al
pensar en esto había llegado a la conclusión de que no importaba si el
lugar era bello o deslucido, alegre o triste, lo importante era que ahí
se llevaría a cabo una actividad relacionada con Jesús, con el Salvador.
Pero sus pensamientos fueron de nuevo interrumpidos, esta vez, por
los intentos que realizaba una de las jóvenes del equipo coordinador; una
pastorcita que a base de gritos se afanaba en llamar la atención de las
ovejitas. Una vez que lo logró, invitó a todos a ocupar sus lugares para
que el retiro pudiera dar inicio. Juan estaba más que emocionado, todo
aquello resultaba tan prometedor como lo había imaginado, todo estaba
perfecto.
Juan, aunque no era necesario, con el fin de adquirir más
experiencia había decidido acompañar a aquella comunidad durante todo el
día, quería observar y aprender de la participación del resto de los
temistas que participarían junto con él aquel día. Juan, en aquel
momento no lo sabía, pero era en esta última intención, la de aprender
algo de los demás, en la que el Señor le tenía preparada una sorpresa;
"Has venido a enseñar -este quizá había sido el pensamiento de Jesús-,
pero ya que estás aquí, voy a enseñarte algo de lo mucho que te falta
por aprender".
Y el evento dio inicio, se dieron las palabras de bienvenida, la
coordinadora del evento expresó sus mejores deseos para que aquel retiro
resultara de gran provecho para todos, y con esto, dio comienzo la
actividad en pleno. El primer temista fue Alejandra, una joven de aquella
parroquia, quien de inmediato los arropó a todos con el inmenso amor del
Padre. Sus palabras dulces y esperanzadoras hicieron que Juan se sintiera
a gusto, gozoso de saberse integrante de aquel grupo. Así pues, entre
temas, cantos, dinámicas y alguna que otra lágrima, transcurrió la
actividad preparada para aquella mañana.
Llegada la hora de la comida, para Juan todo había sido normal, lo
que él no sabía es que después de medio día recibiría una sorpresa,
un agradable presente que Jesús le tenía preparado. Jesús le tenía
algo reservado, preparado para obsequiárselo aquel día, envuelto en esa
edificante palabra llamada “enseñanza”.
Lo nuevo para Juan llegó cuando tocó el turno de Rodolfo Urueta.
Un joven de aproximadamente 25 años, de estatura baja, tez blanca y
complexión robusta, quien pertenecía a una Parroquia del sur de la
ciudad.
Y en los siguientes cuarenta y cinco minutos, Rodolfo disertó de
manera muy diestra y amena sobre el tema que le correspondía. Lo hizo con
palabras y términos muy propios de su edad, con ejemplos tomados de sus
vivencias personales. Se apoyó oportunamente en las enseñanzas de Jesús
y leía con gran fluidez la Palabra de Dios. Juan lo contemplaba en su ir
y venir, Juan sonreía cuando Rodolfo se alegraba y plácidamente se
aletargaba cuando el discurso invitaba a la reflexión profunda. El tiempo
que duró aquel discurso, el joven temista siempre se mostró seguro y
sincero, pero sobre todo entusiasta y convincente. Estas dos últimas
cualidades, según la apreciación de Juan, fueron las que le ganaron el
fortísimo aplauso que se escuchó cuando Javier terminó de hablar.
Observando a Rodolfo, y por la expresión de su rostro, Juan pudo
percibir que aquel joven no esperaba aquella forma tan estruendosa de
premiar su participación,
y al no poder salir rápidamente de su asombro, se quedó inmóvil
por unos momentos. El aplauso continuó, y él, que había logrado salir
con dificultad de su sorpresa, sonriendo ampliamente, levantó su brazo
derecho y mostrando la palma de su mano los invitó a guardar silencio.
Sin que la sonrisa abandonara sus labios, tomó aire y con eso dio
tiempo para que su mente encontrara las palabras adecuadas para aquel
momento. Una vez que todos guardaron silencio, con voz tranquila, dirigió
al grupo las siguientes palabras: ¨Hace muchos años, un hombre al que
llamaban Jesús de Nazareth, había obrado grandes maravillas en las
ciudades que había visitado, había sanado enfermos, dado la vista a
ciegos y sanado de sus piernas a algunos paralíticos. Había multiplicado
unos cuantos panes y pescados para alimentar a miles de hombres y mujeres,
además de que frente a cientos de los más desprotegidos y necesitados de
la región había expuesto uno de los más bellos y esperanzadores
discursos de toda la historia. Pues bien, ese Jesús, cierto día llegaba
a Jerusalén, y mucha, mucha gente salió de sus casas para recibirlo como
al Mesías, como al hijo de Dios entre ellos, como al heredero de la casa
de David, y toda esa gente gritaba vivas, aleluyas y toda clase de elogios
para este personaje.
"¡Hosannah! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
¡Bendito sea el Rey de Israel!". Estas y otras bellas expresiones
fueron obsequiadas a Jesús por la multitud, dándole así, aquel espléndido
y glorioso día, la bienvenida a la ciudad de Jerusalén.
Y Jesús avanzaba entre ellos, pero no iba caminando, para que las
profecías sobre él tuvieran cabal cumplimiento, llegó montado sobre un
burrito. Y así llegó este gran Señor, nada menos que el Rey de reyes,
montado sobre un pequeño y deslucido burrito.
Yo pienso -prosiguió Rodolfo-, que para aquel burrito todo aquello
era extraordinario, yo imagino que este animalito, aquel día cabalgó
mejor que nunca, y que a su manera, al escuchar a su paso tanta algarabía,
se sintió feliz. Lo visualizo contentísimo de ver a tanta gente agitando
ramas de palma, en aquel día de gran alegría. Y seguramente, trotaba con
un ritmo y una cadencia nunca antes andada por él, y pienso que de alguna
manera, él sabía que los aplausos, las alabanzas y las bendiciones no
eran para él. De alguna manera se sabía un simple y gris borriquito y
sabía que los aplausos eran para el que viajaba sobre su desnutrido y por
lo mismo incómodo lomo.
Y así,
aquel burrito, hasta aquel día inmerecedor de alguna palabra amable,
ahora era portador, nada menos que de la gran prueba de amor que Dios ha
concedido a los hombres, cargaba sobre sí, nada menos que a Jesús, el
hijo amado de Dios. Y efectivamente, no se equivocaba, aquellos aplausos y
vítores eran para Jesucristo, todas aquellas muestras de reconocimiento,
respeto y agradecimiento no eran para él.
Pues bien -continuó Rodolfo-, hagan de cuenta que yo soy ese
burrito, yo no merezco su aplauso, ni merezco el más pequeño de sus
elogios. Les aseguro que por mí mismo no podría ni siquiera decir dos
palabras juntas, yo no merezco nada, porque quien hace todo es Jesús con
su poder. Yo sólo soy como ese burrito, que camina para donde él dice,
tal como aquel burrito dirijo mis pasos por el camino por el que Jesús
necesita que camine. Así pues, una vez aclarado todo esto -concluyó
Rodolfo-, los invito a que alabemos y le aplaudamos a quien realmente lo
merece, venga pues un nuevo aplauso, pero mucho más fuerte ya que es para
quien realmente es digno de nuestra alabanza, para quien nos reunió aquí
este día, que nuestro aplauso sea para Jesús".
Y si el aplauso anterior había sido estridente, el que se escuchó
tras la invitación de Rodolfo simplemente fue ensordecedor.
Después de esta exposición, Juan se encontraba extasiado,
aquellas palabras definitivamente habían dejado huella en él, una huella
muy honda. Él había aplaudido a Javier al terminar su tema con el mismo
gusto que todos los demás, pero al escuchar el porque no aceptaba
aquellos aplausos. Juan supo que aquella enseñanza era el motivo por el
cual él estaba ahí. Sí,
él había ido a enseñar, pero él también aprendería, había ido a
evangelizar, pero él mismo también sería evangelizado. Había ido con
la intención de ayudar al crecimiento espiritual de otros, pero él también
necesitaba crecer, y en las palabras de aquel joven apóstol había
recibido su propio alimento.
En ese momento, Juan logró entender algunas cosas. Ahora comprendía
porque al terminar de desarrollar algún tema ante alguna comunidad, al
recibir aplausos o elogios, casi de manera instintiva los rechazaba, e
incluso, en ocasiones había llegado a ser un tanto cortante y descortés.
Juan hasta ese día simplemente no había podido explicarse el por qué de
ese comportamiento.
Ahora lo entendía, aquellos aplausos y elogios no eran para él,
sino para Jesús. Para quien había puesto los medios para que todas
aquellas personas se reunieran. Para Cristo, quien también había puesto
las palabras en la boca de Juan y de todos los evangelizadores. Y lo más
importante, Juan estaba más consciente que nunca de que si algún corazón
había cambiado al ser alcanzado por sus palabras, aquello no se debía a
su elocuencia o sus cualidades de orador. Ahora claramente se percataba de
que eran el poder y el amor de Jesús los que lograban tal maravilla.
Ahora veía claro, era Jesús quien envolvía los corazones con su
gran misericordia, era él quien los encendía con su palabra, y así, al
final de cada discurso en su nombre, eran el amor y el fuego que Jesús
prendía en cada corazón los que hacían estallar
a cada corazón agradecido en aplausos y gritos de agradecimiento.
A partir de ese momento, Juan se propuso poner más empeño en su
trabajo para llegar a ser realmente un digno portador del mensaje de Jesús.
Mas tarde, una hora después, llegó el turno de Juan, y cuando su
tema terminó, los aplausos y elogios quizá no fueron como los que había
recibido Rodolfo, pero aún así, Juan estaba más feliz que nunca. Esta
vez no los rechazó, no luchó en su mente pensando si era correcto o no
recibirlos, por primera vez se sintió en paz. Aquellos halagos eran para
Jesús y a él se los entregó.
Desde aquel día, Juan también se imaginó a sí mismo como aquel
desestimado animalito, llevando sobre sus incómodos hombros a aquel
ilustre pasajero, a Jesús. Aquel día reafirmó su decisión de caminar
por los senderos por los que lo guiara Cristo. Y se propuso hacerlo dócilmente,
al igual que aquel humilde burrito de Jerusalén.
FIN
Del
libro “Todo empezó en el Vía crucis” De:
José Luis Contreras Sáenz. http://www.evangelizando.cjb.net 3,318
palabras.
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