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"Todo empezó en el Vía crucis"
Mientras
en medio de su tristeza Juan se afanaba por conducir su automóvil sobre
aquella calle empapada por la lluvia, las lágrimas inevitablemente
inundaron su rostro. Aquella era una tarde borrascosa, que invitaba a eso;
a la nostalgia y a la reflexión.
Aquellos últimos días, sin que Juan se diera cuenta, esas lágrimas
habían ido acumulándose, esperando el momento oportuno para
manifestarse. Desde hacía cuatro días, Juan se había dado a la tarea de
elegir un tema interesante para compartirlo con un grupo de jóvenes de su
Parroquia. Ricardo, el coordinador del mismo, le había dado carta abierta
para que eligiera el tema que a Juan le pareciera el más adecuado,
siempre y cuando tomara en cuenta la edad y al crecimiento espiritual del
grupo.
Juan, inicialmente había elegido un tema que le pareció bastante
profundo y rico en enseñanzas. Sin embargo había dudado, al pensarlo
mejor, le había parecido que para un grupo tan joven, aquel era un tema
demasiado fuerte. De cualquier forma se dio a la tarea de prepararlo. Y
sin estar plenamente convencido estructuró el desarrollo del mismo; apoyó
los puntos importantes con citas bíblicas, seleccionó de entre sus notas
algunas anécdotas interesantes y ya con todo este material frente a él,
procedió a darle forma definitiva a su exposición. Y así, al cabo de
una hora, el tema estuvo listo. Sin embargo, en Juan, la duda persistía.
Desde el inicio, hubo algo que no lo convencía, y una vez que
terminó su elaboración se dio cuenta de lo que era. Aquel tema
definitivamente le parecía demasiado fuerte. Más aún, le parecía duro
e inoportuno. Estrujante para él mismo,
por lo que con certeza lo sería también para los jóvenes de
aquella comunidad.
Juan, lo pensó unos minutos y decidió no utilizar aquel material.
Decidió preparar un tema más agradable, más tierno, incluso por que no,
más dulce. Con esto en mente, Juan se dio a la tarea de preparar un nuevo
tema, en el que hablaría del gran amor que Dios nos tiene, de cuánto Jesús
nos ama y nos acompaña en los momentos difíciles de nuestra vida. De
esto trataría el nuevo tema. "Sin duda –pensó Juan-, éste será
mucho más grato para todos y seguramente les gustará mucho. Será
agradable compartir con el grupo todas estas anécdotas y citas bíblicas
que nos invitan a abandonarnos en los brazos amorosos de Dios y será un
momento especial cuando los invite a cobijarnos en el amor y la protección
que Jesús nos ofrece. Será grato acurrucarnos en el regazo de Jesús, al
igual que los pollitos, cuando se cobijan bajo las alas amorosas de la
gallina".
Sin embargo, Juan seguía confundido. Y se preguntaba: "¿Cambié
el tema porque en verdad era muy duro para los muchachos, o lo hice por
que me resulta más cómodo hablar de sucesos agradables?. Aunque
–reflexionó para sí-, después de todo, a la mayoría de las personas
les gusta escuchar sobre cosas bonitas; preferimos escuchar sobre la parte
bella de la buena nueva del amor de Dios, sobre todo cuando este amor es
gratuito".
Sin embargo, no hizo mucho caso, y en unos cuantos minutos, Juan,
se convenció a sí mismo de que era preferible no exponer el tema fuerte,
decidió presentar en esta ocasión el agradable. Dejaría el espinoso
para un futuro. Para cuando el grupo lo necesitara o estuviera preparado
para recibirlo.
Pero,
durante los siguientes días, aún después de haber tomado la decisión,
e incluso después de estudiar a detalle el tema que expondría, Juan seguía
luchando consigo mismo. Cada vez con más claridad se daba cuenta de que
había cambiado su exposición porque le resultaba más cómodo hablar de
cosas placenteras ya que con seguridad la respuesta sería muy buena por
parte del grupo. ¿Quién,
recién convertido y disfrutando aún de las mieles de saberse totalmente
amado y perdonado por Dios recibe con agrado la noticia que ahora tiene
que ponerse a trabajar para ayudar en la obra de la Salvación?. ¿Quién
no se desanima un poco cuando se entera que tiene que esforzarse y poner
su grano de arena para que otros se conviertan y conozcan a Jesús, como
él o ella ahora lo conoce?.
A nadie le gusta que le recuerden que para mantener viva su fe
requiere de mucha entrega. ¿A quién, que busca su santidad y que
sacrifica tanto por conseguirla, le agrada que le recuerden que aún
falta?. Que tendrá que mantener su esfuerzo día con día, y que lo hecho
hasta el momento no tendrá valor si no persevera hasta el final. Pensar
en esto, convenció a Juan de permanecer firme en su decisión; hablaría
tan sólo de cosas bellas.
Y se llegó el sábado, por lo que Juan sintió un gran alivio.
Equivocado o no, aquella tarde por fin expondría, su confusión quedaría
atrás y la vida seguiría adelante. Después de todo, el material que había
preparado no era malo; además de ser agradable, la temática elegida era
bastante educativa, llena de anécdotas divertidas y pasajes bíblicos
impregnados de esperanza y buenas nuevas: "Elegí bien",
-concluyó Juan, convenciéndose a sí mismo-.
Aquella
tarde, según su costumbre, Juan llegó temprano a la cita. A su arribo,
se llevaba a cabo la misa de 6:00 p.m., Juan se encaminó hacia el templo
y entró en silencio para que su llegada motivara la menor distracción
posible. Su presentación sería en uno de los salones anexos al templo,
pero él tenía por hábito encomendarse en oración antes de sus temas.
Así pues, se puso de rodillas, se santiguó e inició su oración. "Señor,
gracias. Te agradezco por todo lo que me das y también por todo lo que no
me das. Gracias, porque no me concedes todo lo que te pido, pues tú sabes
el daño que yo mismo me causaría. Te doy gracias Dios mío, pues como
buen padre siempre me proteges. Perdona
Señor mi negligencia, mi ceguera y mi sordera. Toma por favor todas mis
fallas, mis excesos y mis culpas. Destrúyelas Señor y permíteme
seguirte aunque no lo merezco.
Tú sabes Señor por qué estoy aquí, sabes a que he venido. Pongo
Señor en tus manos mi boca, mi mente, mi corazón. Toma también a estos
jóvenes. Que no sea yo quien les hable. Se Tú, Señor, quien les diga lo
que necesitas que escuchen. Se Tú, quien toque sus corazones. Sé que yo
podría hablar sin tropiezos, con gran elocuencia y con perfecta modulación
en mi voz, pero si Tú no estás ahí, si no eres Tú quien toque sus
corazones de nada servirá mi labor.
Te pido también por mí, Señor, por favor instrúyeme, permite
que también aprenda yo, ya que soy quien más lo necesita".
Luego guardó silencio por unos instantes y finalmente, Juan
concluyó su oración: "Que todo sea Señor para tu gloria, y que no
se haga mi voluntad, sino la tuya. Amén".
Y al pronunciar estas últimas palabras, Juan se quedó estático,
aquella última frase de su oración lo sacudió; "Que no se haga mi
voluntad, sino la tuya". En ese instante, súbitamente pasó por su
mente aquel tema que había desechado, lo descubrió íntegro, completo,
como si lo hubiera estudiado para presentar un examen. Aquel tema ríspido
que tanto desasosiego había provocado en su interior. Ahora éste estaba
ahí, como un mandato tan claro que Juan se estremeció. Se dio cuenta que
a unos momentos de exponer tenía en su mente el desarrollo de ambos
temas. Estaba consciente además, de que las notas de ambos temas habían
sido plasmadas en el mismo cuaderno, en ese cuaderno que estaba en sus
manos, justo al lado de su Biblia Latinoamericana. Juan, una vez más
luchaba, se daba perfecta cuenta de que si dudaba de nuevo no era un
accidente.
"Nada es casualidad -reflexionó Juan-, pero el primero es un
tema demasiado agrio". Juan se resistía, la dureza de su corazón
evidentemente aún no había sido quebrantada.
Retardando
lo más posible el momento decisivo, caminó con paso lento los pocos
metros que separaban al templo de los salones de Pastoral. Con la duda
ahora más grande, luchando consigo mismo en lo interior continuó su
camino. E irremediablemente llegó a su destino, al salón en donde ya se
encontraba reunida la comunidad que lo había invitado. Juan saludó a
todos con un movimiento de su cabeza y se unió al canto que en aquellos
momentos entonaban. Dos cantos más antecedieron a una breve pero sentida
oración y acto seguido, sin más preámbulos, el coordinador del grupo
informó que el tema de aquella tarde sería impartido por Juan. Y después
de indicarle a éste con un ademán de su mano que la atención del grupo
era toda suya, tomó asiento al lado del resto de los jóvenes, quienes
con rostro expectante estaban ya muy atentos a las palabras de un Juan, aún
ausente.
Y segundo a segundo la expectación fue en aumento, contrario a su
costumbre, Juan guardaba silencio. Normalmente iniciaba sus temas
saludando o agradeciendo efusivamente, y cuando su ímpetu era demasiado
intenso entraba de lleno al tema, atacando velozmente los puntos
importantes, antes de que el tiempo le impidiera compartir cada detalle de
lo que había preparado. Pero en esta ocasión, de pie, frente al grupo,
Juan permanecía completamente inmóvil y sin decir palabra. De Juan, tan
sólo podía percibirse el movimiento de sus ojos, que observaban
lentamente uno a uno aquellos rostros juveniles; aquel movimiento era lo
único que indicaba que Juan seguía ahí.
La mente de Juan en aquellos instantes era escenario de una gran
batalla, misma que había iniciado días antes, pero que ahora, se
encontraba en el máximo de su fragor: “¿Cuál tema?, ¿El bonito o el
duro?. Al escoger el tema agradable, ¿Estoy respetando su voluntad o
estoy haciendo la mía?”. Juan seguía debatiéndose, encontrando puntos
favorables y desfavorables a uno y a otro. Al mismo tiempo, observaba a
aquellos muchachos y se decía: "Son tan jóvenes, ¿Qué fallas
pueden tener?, ¿Qué culpas pueden ellos cargar a su edad?. Se ven tan
piadosos, tan inocentes, tan tranquilos. Pero, ¿Yo que sé? -recapacitó
Juan-, estas preguntas yo no las puedo responder, yo no conozco la vida de
cada uno de ellos. Yo no puedo ver lo que tienen en su corazón. Pero Jesús
sí, Él sabe perfectamente lo que cada uno de ellos vive, piensa y
siente; por lo tanto, Jesús conoce sin lugar a dudas que es lo que
necesitan. Al reflexionar en esto, el velo en el corazón de Juan se corrió.
La siguiente hora sería larga, sería una tarde de caras
igualmente largas, e incluso, Juan se preparó para que a mitad del tema
alguien emprendiera graciosa huída. "Muchachos
–exclamó por fin Juan rompiendo el silencio-, hace sólo unos momentos
aún no sabía cuál sería el tema de hoy. La decisión estaba entre un
tema muy bello y agradable y otro no tanto. Más bien considero que la
otra opción es un tema bastante duro. Pero como no se trata de hacer lo
que yo quiero, el tema de hoy será este último, por lo que quizá el
crecimiento de hoy no nos resulte agradable.
Sin embargo - enfatizó Juan-, quiero decirles que muchas de las
cosas que hoy me escucharán decir, me las estaré diciendo a mí mismo.
Yo seré el primero que pondrá atención. Incluso, tal vez el Señor nos
halla reunido aquí, no para decirles algo a ustedes, quizás Él desea
que quien recapacite con la enseñanza de hoy sea yo".
Y así, el tema dio inicio, y una a una las sonrisas iniciales en
el rostro de aquellos muchachos fueron desapareciendo. Conforme el
discurso avanzaba, la cabeza de algunos fue ladeándose lentamente hacia
un lado, mientras que en sus rostros, las miradas parecían perderse en un
mar de reflexiones personales. Otros, inclinaron sus rostros hacia el piso
y se quedaron inmóviles por largo rato. Juan no podía ver sus rostros,
pero estaba seguro de que no habían escogido aquellas posiciones para
descansar ni para dormir; aquellos jóvenes pensaban, recordaban,
recapacitaban o quizás oraban, pero de ninguna manera dormían.
Al acercarse el momento de finalizar de la exposición, Juan notó
que nadie lo veía a los ojos, todas las miradas estaban clavadas en
cualquier cosa, menos en él. Era pues el momento de preparar el cierre.
Sabía que el tono de su voz aumentaría, que la profundidad de las citas
bíblicas y de los comentarios serían para algunos saetas punzantes,
lanzadas por el más certero de los arqueros directamente a sus corazones.
Y Juan lo sabía porque se sentía confiado a llegar hasta las últimas
consecuencias. Lanzaría piedras a granel, sin importar si él mismo
resultaba golpeado por alguna.
Y resultó tal como Juan lo imaginó desde el día en que preparó
aquel tema. Aquellos cuarenta y cinco minutos
fueron estrujantes, resultaron momentos intensos en los que incluso
en algunos rostros las lágrimas se habían hecho presentes. También para
Juan había sido duro, él había estado hablando pero aunque no se percibía,
con cada una de sus propias palabras él se había ido sintiendo cada vez
más pequeño. Juan, en apariencia había estado frente al grupo
firmemente plantado, su voz había tronado acusadora como la voz de quien
no tiene mancha que se le pueda reprochar, pero, en su interior Juan también
lloraba. Sentía el ardor de su propia vergüenza, se sentía indigno de
estar ahí, se sentía el más aludido por sus propias palabras. Quería
salir de ahí en ese mismo instante. Juan quería correr. Le resultaba
imperioso llorar para poder liberarse de aquel dolor que se le clavaba en
el pecho, sofocándolo.
Finalmente,
el tema concluyó, y a diferencia de otras ocasiones, esta vez no hubo
aplausos. No hubo sonrisas, preguntas, ni comentarios. Se hizo un profundo
silencio; roto apenas por algunos suspiros, que indicaban que la calma
empezaba a llegar después de la tormenta. Pasados
unos instantes, nuevamente se escuchó la voz de Juan, que con tono
reconciliador les dijo: "Muchachos, no espero que este tema les halla
gustado, pero es mi deseo que les halla servido". Juan se sorprendió
de su propio comentario, esta era la primera vez que utilizaba aquella
frase; lo que él no sabía, es que en adelante, en ése y en otros grupos
y eventos, la utilizaría con frecuencia.
Unos minutos después la reunión terminó, Juan se despidió y se
retiró a su casa donde lo esperaba su esposa, con la que saldría aquella
tarde de sábado a cumplir otro compromiso.
Ya en su casa, Juan saludó a su esposa, pero ella, observadora
como siempre notó al instante que algo le pasaba a Juan. Ella percibió
que su esposo no era el mismo que dos horas antes había salido de aquella
casa. Sin embargo, conociéndolo no preguntó nada, ella sabía que era
cuestión de tiempo, que tarde o temprano sabría lo que provocaba aquella
expresión en el rostro de Juan.
Poco más tarde, con tiempo suficiente para llegar a su destino
ambos salieron de su casa. Para aquella hora del día el clima había
cambiado, la tarde había estado nublada, pero en aquellos momentos una
lluvia de fríos goterones empezó a caer obligándolos a correr hasta su
auto.
Mientras
tanto, Juan aún ausente no había cesado de pensar, se sentía
apesadumbrado, triste e indigno. Se sentía como lo que era, nada. Empezó
a conducir, pero seguía guardando silencio. En tanto su esposa,
intuitiva, lo respetaba sin preguntar. El automóvil avanzó hacia las
calles principales de la ciudad, pero Juan no quería llegar a su destino,
aún deseaba correr, quería estar lo más lejos posible de aquel barullo
que lo rodeaba. Le hubiera gustado estar sólo, en la cima de alguna montaña
o en medio de un inmenso llano. Necesitaba llorar, le era preciso gritar
la frustración que sentía, quería desahogarse, y al no poder resistir más
tiempo decidió compartir con su más querida confidente aquel dolor que
lo ahogaba.
"Sabes - inició por fin Juan-, quiero contarte algo".
La esposa de Juan no contestó, tan sólo volvió su rostro hacia
él y asintió con su cabeza, indicándole con esta que contaba con toda
su atención.
Juan continuó: "Hoy el tema en el grupo estuvo muy fuerte,
muy duro y me siento muy triste".
“¿Por qué?”. -Preguntó con ternura la esposa de Juan-.
El no pudo contestar, tan sólo fijó su mirada hacia el frente, se
aferró con ambas manos al volante de su auto y balanceando levemente su
cabeza de un lado a otro, apretó los labios fuertemente. Juan
irremediablemente había empezado a llorar.
Pasados
unos instantes, en los que Juan trató de tranquilizarse para poder
hablar, con lágrimas corriendo por sus ojos al fin contestó:
"Porque, ¿Quién soy yo para decir todas esas cosas? ¿Quién soy yo
para recordarle a los demás sus fallas, cuando yo mismo tengo tantas como
ellos o quizás más? ¿Cómo es que les digo que Jesús les pide un
cambio de vida, cuando yo mismo batallo tanto para lograr un cambio en la
mía?.
Juan no pudo más. Con una fuerza incontenible toda la tristeza y
el dolor que oprimían el corazón de Juan brotaron en un torrente de
llanto.
En cuanto le fue posible, Juan salió de los carriles principales y
se estacionó. Y mientras en el exterior la lluvia incrementaba su ímpetu,
en el interior de su automóvil Juan libremente dejó salir todo lo que
había estado conteniendo.
El dolor era asfixiante, e inútilmente trataba de seguir hablando,
necesitaba sin embargo desahogarse, quería explicar todo lo que sentía.
En tanto, su esposa guardaba silencio, permanecía inmóvil, sin
decir palabra alguna; respetaba pacientemente el dolor de su esposo. Después
de algunos minutos, Juan como pudo retomó la palabra: "Yo no soy
digno de dar temas, yo no merezco andar hablando a los demás de Dios y de
lo que El espera de ellos". Después de esto ya no habló más,
desviando su rostro hacía la ventanilla del auto para que su esposa no
viera sus lágrimas, Juan continuó llorando.
En ese momento, la esposa de Juan consideró que había llegado la
hora de intervenir y le contestó brevemente: "Pero, aún así, el Señor
quiere mandarte a ti".
Y recobrando un poco la calma, Juan argumentó: "Si, eso es
cierto, pero hay muchísima gente que sabe más que yo y que son mejores
personas y también mejores católicos que yo".
“Si, eso puede ser verdad -contestó ella-. Pero el problema es
que muchos de esos católicos que saben mucho de las cosas de Dios y que
están según nosotros mucho más cerca del cielo que tú, no trabajan. No
están dispuestos a andar de arriba para abajo como lo haces tú, en una
Parroquia y en otra, de un grupo a otro, dando temas aquí y cantando allá.
Estamos siempre tan preocupados por las cosas que no son de Dios que no
tenemos tiempo de ponernos a preparar temas e ir lejos de casa para
visitar grupos que se reúnen entre semana. Tampoco estamos dispuestos
a sacrificar
fines de semana en retiros, mientras que tú sí lo haces. Sin contar con
que tú al igual que muchos, tienes un trabajo y a nosotros, tu familia, a
la que también tienes que atender".
"Tienes
razón –le respondió Juan, cediendo un poco-, pero eso sigue sin
consolarme, porque eso también me entristece. Cuán poca ha de ser la
gente dispuesta a trabajar, si Dios tiene que utilizarme a mí, que soy
tan ciego, tan torpe y tan necio. Imagínate cuántos católicos que saben
más que yo y que son mejores que yo, no están sirviendo. ¿Cuántos, con
tanto trabajo que hay no están trabajando?".
"Así es Juan –retomó ella la palabra-, recuerda que está
escrito: Es mucha la mies y pocos los trabajadores. No somos muchos los
dispuestos a evangelizar, no a muchos nos interesa ir a trabajar a la
labor de Dios. La gran mayoría preferimos quedarnos en nuestra casa, sacándole
brillo a nuestra perfección y a nuestra santidad; sin darnos cuenta que
estamos escondiendo los dones que Dios nos dio para trabajar en su
Iglesia. Algunos
tan sólo aprovechamos nuestra sabiduría y nuestra perfección para
lograr nuestra propia Salvación. Se nos olvida que llegado el momento,
Dios nos preguntará que hicimos con las cualidades que nos dio para
servir a nuestros hermanos; y que si se los devolvemos nuevesitos, sin
usar, nos cuestionará duramente por no haberlos aprovechado.
"Si, -aceptó Juan ya más convencido y recuperando el temple-
tienes razón, quizás yo no soy la mejor de las personas y también estoy
muy lejos de ser el mejor de los católicos, pero eso no me va a detener.
Si Él me necesita trabajando así como soy, pues yo trabajo. Él sabe
mucho mejor que yo, por que hace las cosas".
Y con la alegría de ver que su esposo había recuperado el aplomo
que lo caracterizaba, le dirigió a Juan un último comentario:
"Recuerda que tú mismo me has dicho: Por nosotros mismos y con
nuestras propias fuerzas no podemos hacernos dignos de Dios, es Él quien
nos hace dignos. Y Él hace digno a quien quiere y cuando quiere, aún al
más ruin de todos nosotros. Porque de El es todo y tiene el poder y el
derecho de hacerlo. Si en tu pequeñez te hace digno de trabajar para
Él -concluyó la esposa de Juan-, no lo cuestiones, acéptalo; porque
efectivamente, aunque a veces no lo entendemos, Él sabe perfectamente lo
que hace y por que lo hace".
Y con esto, Juan finalmente sonrió, levantó la vista y observó
que afuera, en la calle, la lluvia había cedido en su intensidad y las
nubes empezaban a despejar el cielo. Juan, agradeció a su esposa, tomó
la mano de su esposa entre las de él y le obsequió un cariñoso beso.
Luego encendió el motor de su auto y lo puso en movimiento; estaba listo
para seguir adelante. Totalmente repuesto, Juan partió decidido a cumplir
su compromiso, aquel contratiempo no había logrado detenerlo.
FIN
Del
libro “Todo empezó en el Vía crucis” De:
José Luis Contreras Sáenz. http://www.evangelizando.cjb.net 3,652
palabras.
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