| Se ha convertido en un lugar común del Gobierno de Ricardo Lagos atribuir todas las críticas que recibe a "errores comunicacionales". En consecuencia, lo de Alto Hospicio es un mero problema de relaciones públicas, al igual que lo ocurrido en un local de comidas rápidas de Santiago favorecido por algunos ministros. Esta excusa comienza a ser utilizada por todas las reparticiones del Gobierno. Y el Ministerio de Agricultura y sus dependencias no son menos. Por ejemplo, esta misma semana, Hernán Rojas, director del Departamento de Protección Pecuaria del SAG, sostuvo en una charla celebrada con motivo de Sago Fisur 2001 que las críticas que han recibido por su afán de liquidar a las vacas Jersey se debe a "errores comunicacionales". Afirma Rojas que "la incertidumbre era grande" respecto de si las vacas de origen danés podían estar contagiadas por la Encefalopatía Espongiforme Bovina (EEB) y que la decisión respondió "a criterios estrictamente técnicos", en los cuales no abunda. Confieso que sigo sin entender cuáles son los criterios técnicos o científicos que se han empleado. Primero, no hay prueba de que las vacas estuvieran infectadas. Es verdad que pertenecen a una población de riesgo, pero su nivel de exposición a la enfermedad es el mismo de otras muchas vacas lecheras que pueden haber recibido piensos de origen animal. El grupo de riesgo está definido -la enfermedad se desarrolla en vacas destinadas a lechería que reciben complementos dietéticos de origen animal- y a él pertenecen muchas más vacas chilenas que las Jersey. De esas otras, el SAG no sospecha. Se dirá que en Chile no hay costumbre de alimentar a las vacas con piensos animales. Pero tampoco se puede descartar que eso ocurra o haya ocurrido en años recientes. Al menos, el Ministerio de Agricultura no puede asegurarlo sin pillarse los dedos, porque su trabajo de campo y de control es claramente deficiente en ese terreno. Incluso en el peor de los casos -que las vacas estuvieran infectadas por el prión que provoca la EEB- y tomando en cuenta que la enfermedad no se transmite al hombre por la leche (que era lo único que producían las Jersey en cantidad), ni se le pega a las demás vacas por contagio horizontal, bastaba con analizar las vacas en el momento de su muerte para determinar si estaban enfermas o no y separarlas de la cadena alimenticia. Los propietarios de las vacas, pioneros en la experimentación con esta raza en Chile, habían ofrecido prescindir de la venta de su carne y estaban dispuestos a analizar y destruir, si así fuese necesario, cada vaca infectada. Pese a todo, el Ministerio prefirió el sacrificio a ciegas en lugar del sacrificio científico. La única razón que se me ocurre que pudo pesar a favor de esta medida es que el Ministerio quiere ahorrar plata en análisis y evitarse el engorro de que aparezca un solo caso de "vaca loca" en Chile para reeditar así la famosa tautología de los siluros: como nunca hemos visto un siluro, los siluros no existen. Pues bien, el Ministerio y el SAG ya han perpetrado sus designios. Sacrificaron y quemaron en un hoyo las Jersey sospechosas de locura. Allá ellos. Frente a las dudas planteadas en mi artículo de la semana pasada respecto de la correcta destrucción del prión infeccioso, Hernán Rojas defendió el método utilizado y enfatizó que "cualquier proteína, como es el prión, a las temperaturas con las que se realizó la incineración, se destruye completamente". Aparentemente Rojas sabe más de la destrucción de proteínas infecciosas que todos los especialistas europeos. Lo cierto es que si él defiende su método en Londres, París o Madrid lo más probable es que lo consideren un excéntrico, hablando suavemente. A continuación transcribo las normas para destruir el agente infeccioso vigentes en la Unión Europea, tomadas de un escrito del Laboratorio de Control de EEB de Zaragoza (España). Me permito aclarar que destruir es distinto a "inactivar", ya que este último proceso reduce la fuerza del prión a su milésima parte pero no lo hace desaparecer. El texto dice: "De acuerdo a la información científica existente, el prión causante de la Encefalopatía Espongiforme Bovina se destruye mediante incineración. También se puede inactivar el prión patógeno mediante un tratamiento térmico a 133º, a 3 bares de presión y durante un tiempo ininterrumpido de 20 minutos. Este tratamiento asegura que al menos se reduce a la milésima parte. "En base a estos datos, son métodos adecuados de eliminación de material que pudieran estar contaminados con el agente patógeno de la EEB, los que a continuación se detallan: Incineración directa a temperatura no inferior a 850º durante al menos 2 segundos. Incineración de las harinas resultantes de la transformación previa de la materia prima, en instalaciones tales como centrales eléctricas, cementeras o incineradoras.. Transformación en condiciones de 133º / 3 bares / 20 min, seguido de eliminación en vertederos controlados." Si hablamos de inactivación del prión, en un hoyo ardiente al aire libre difícilmente se obtienen 133º con 3 bares de presión durante 20 minutos. Si hablamos de destrucción, ignoro si Hernán Rojas sabe que en una hoguera muy difícilmente se alcanzan los 850º de temperatura. Para que tengamos un parámetro comparable, basta recordar que la temperatura que alcanzó en su núcleo la explosión del torpedo que autodestruyó el submarino ruso "Kursk" fue de 6.000º de temperatura durante un segundo. Pero la temperatura del núcleo de una explosión no es la misma que existe en los bordes de la misma. Aunque a Rojas le parezca increíble, es muy difícil conseguir 850º de temperatura durante al menos dos segundos de manera homogénea sobre un animal que puede pesar 300 ó 400 kilos y que tiene una superficie del tamaño de una vaca. Ese golpe de calor lo puede encontrar en el incinerador de un hospital, pero ni siquiera lo conseguirá en un horno crematorio donde la temperatura varía de 600º a 800º durante algunos minutos, aunque para el tratamiento específico de los gases de la combustión exista en los hornos modernos una fase posterior que permite alcanzar los 1.000º por un segundo para desactivar su toxicidad. Habrá que admitir que la especialidad del SAG es la agricultura y la ganadería, pero no la incineración de residuos tóxicos contaminantes. Ahora no pueden garantizar que desde el hoyo de Calbuco no mandaran el prión patógeno a los jotes carroñeros, a las aguas subterráneas o al mar. Y no pueden decir que no se les advirtió, ya que el 11 de marzo de 2001 decíamos en esta misma columna: "Se debe buscar una forma de eliminar las vacas enfermas, porque no sirve enterrarlas en cualquier sitio ya que el prión contaminante sigue activo. Quizás los Altos Hornos de Huachipato le valgan para esta tarea". Por último, si las vacas eran tan contaminantes, el SAG debió desinfectar con hipoclorito todas las zonas de riesgo de las explotaciones ganaderas afectadas, como manda la normativa europea, la única que existe al respecto. Este hecho no consta. Nada de esto se ha hecho así, lo que me permite pensar que el objetivo primordial de ofrecer el sacrificio de estas vacas en el altar del mercado internacional de la carne vacuna ha sido un sonoro fracaso. La extrema rigidez demostrada por el Ministerio a la hora de sacrificar no se ha seguido a la hora de eliminar los despojos, una fase tan importante como la determinación de si existía riesgo o no. Lo ocurrido con las vacas Jersey ha sido una expropiación en toda regla. Las autoridades se han incautado una propiedad privada basándose en temores irracionales. No se ha dado ningún argumento científico a los ciudadanos que vaya más allá del temor subjetivo. ¿Quién nos librará mañana, cuando muchos de nosotros padezcamos alguna demencia senil, de que estos mismos ignorantes -que dicen ser malos para las relaciones públicas-, no nos quemen en la plaza pública por estar "poseídos por un brujo"? |
| El SAG y la tautología de los siluros |