Asistíamos en Santiago a una reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y la inauguraban los presidentes Ricardo Lagos y Fernando de la Rúa. Hablaron ambos y el contraste entre el tono rotundo y vigoroso de Lagos, y la voz queda de De la Rúa era evidente. El mandatario argentino hablaba bajito, recreándose en su acento que era como un estero quieto.

El contraste era tan fuerte que no pude evitar comentárselo a un amigo argentino quien me indicó que nada más asumir la presidencia, a De la Rúa se le había descubierto una enfermedad neurodegenerativa incipiente y que la gente ya comenzaba a llamarlo "Frenando de la Duda". Pensé que era el colmo de la mala suerte. Que si no tenía bastantes problemas con la crisis financiera que le había legado Carlos Menem, De la Rúa además tenía que lidiar con una enfermedad compleja.

De la Rúa, al igual que Alfonsín, tiene ese estilo de maestro de liceo público de los radicales argentinos. Son tipos honestos, que no pegan puñetazos en las mesas, conciliadores  y que piensan que del contraste de opiniones tiene que surgir alguna solución. Vamos, que todo se arregla hablando. Su marcado civismo contrasta con el estilo mafioso de los peronistas, ahora llamados justicialistas. Pero un sino histórico marca a los gobernantes radicales: nunca han podido concluir sus mandatos con normalidad. Le ocurrió a Yrigoyen en los años 30 del siglo pasado, al doctor Arturo Illía, a Raúl Alfonsín y ahora a De la Rúa.

Los radicales también han demostrado una incompetencia absoluta a la hora de lidiar con los problemas económicos de Argentina. El círculo vicioso es simple: los peronistas siembran crisis financieras de manera sistemática durante sus gobiernos y los radicales las agravan y consiguen que les estallen en la cara. Incapaces de comprender cómo uno de los países más ricos de la Tierra puede llegar a una situación de parálisis económica y hambruna colectiva, algunos de los principales medios de comunicación del mundo han llegado a hablar de que en Argentina no hay una democracia, ni siquiera una burocracia, sino una ineptocracia.

Domingo Cavallo, el "mago" que salvó a Menem de la hiperinflación metiendo al país en el sistema de caja única (consistente en mantener una rígida paridad cambiaria) ha quedado atrapado, años después, en su propio hechizo. Agobiado por las necesidades financieras, Cavallo tomó una serie de medidas (restricciones en el acceso de los ciudadanos a su dinero e incautación a mansalva de los fondos de pensiones para convertirlos en deuda del Estado) que sólo consiguieron convertir la crisis financiera en crisis social y, por último, en crisis institucional.

Ya se sabía que el sistema de caja única, diseñado por los economistas para encorsetar a los gobiernos incapaces de controlar su gasto público, requería una estricta disciplina que Argentina, ya con Menem, estaba muy lejos de mostrar. Menem consiguió seguir pedaleando vendiendo las empresas públicas y estimulando la inversión extranjera, pero se sabía que todo eso podía terminar acabándose. Y con De la Rúa se acabó.

Parecía increíble que las instituciones financieras internacionales no quisieran prestar más dinero a Argentina, pero lo cierto es que Cavallo y De la Rúa dilapidaron toda su credibilidad ante el FMI y ante los gobiernos amigos, cansados de fiar al eterno pedigüeño de las finanzas mundiales.

No se debe ocultar a nadie la grave responsabilidad que el peronismo ha tenido en esta crisis. Caudillos justicialistas como Ruckauf, Reuteman, Duhalde y el propio Menem tras bambalinas cerraron toda salida al negarse a disciplinar los presupuestos de las provincias. Fue esta falta de solidaridad de las poderosas provincias la que dinamitó al gobierno. Una lección de la que deben tomar nota aquellos países que están evolucionando a sistemas federales o descentralizados sin control: los caciques locales suelen gastar a manos llenas para garantizarse su parcela de poder y procuran dejar todas las decisiones impopulares al poder central.

Los justicialistas, además, se negaron a participar en un gobierno de unidad nacional y, en una actitud miope y poco patriótica, el presidente del Senado, Ramón Puerta, se negó a ser jefe del Estado interino por más de 48 horas para evitar el desgaste que sufrirá quien gobierne de aquí a las elecciones del próximo 3 de marzo.

Resulta doloroso ver como el país que inventó las vacaciones pagadas, el que fuera "granero del mundo", ha llegado a ser un sitio tan riesgoso como Afganistán. Por mucho que veamos a personas en Mercedes Benz tocando cacerolas o a jovencitas de buena cuna asaltando una tienda de ropa fina (un viejo chiste decía que en Argentina crisis económica era cuando un argentino no podía viajar dos veces al año a Europa), la situación es probablemente la más grave que ha visto el país en muchos años.

Esta vez no ha sido un cuartelazo militar el que ha convertido a Argentina en un sitio eriazo, en cuya vecindad no parece seguro residir. Esta vez han sido los civiles los que han arrastrado al país a un estado de cosas cuyos efectos lastran el desarrollo económico de todo el cono sur de América.
La ineptocracia argentina