| Sería 1976 ó 1977 cuando, con un compañero de la Escuela Nº 1, entramos por primera vez en el club de ajedrez situado en el sótano del Museo de Osorno, en la esquina de Matta con Bilbao. Entonces no tendríamos más de 11 ó 12 años. Era un sitio oscuro y mal iluminado, con las paredes descascaradas por la humedad. Nosotros éramos unos "pelusas" para los que Osorno no ofrecía más que dos alternativas: o aburrirnos en nuestras casas o vagar por las calles corriendo riesgos y haciendo maldades. Pero vimos la luz que salía de ese sótano y decidimos entrar. El club estaba lleno de adultos bulliciosos que se dedicaban a jugar un interminable campeonato oficial. Para capear el frío había una o dos estufas de parafina que parecían sacadas de los restos de una guerra. Pero sobraban tableros y piezas, así que, tímidamente primero, y con más confianza después, nos dedicamos a pasar las tardes aprendiendo a jugar al ajedrez. Allí, junto con Germán Bielefeltd, se nos despertó una auténtica pasión por este deporte. Germán fue más constante que yo y se tranformaría en un baluarte del club, ha escrito libros sobre el tema y alcanzado diversos honores. Hoy es uno de los grandes animadores de los torneos chilenos. Por mi parte, me fui alejando del ajedrez absorbido por otros intereses, pero nunca he dejado de apreciar la influencia formativa que tuvo en mí. Cuando los miembros del club advirtieron la constancia con que acudíamos a jugar decidieron organizar un campeonato infantil que marcó nuestra integración definitiva en sus actividades. Ricardo Ramírez, el antiguo propietario de la desaparecida Radio Ramírez, era entonces el presidente del club y artífice de la iniciativa. Entonces jugaban allí Ramírez, Nannig, Smulder, Remigio Segovia y muchos otros cuyos nombres ya no recuerdo, pero tengo sus caras grabadas porque nos pasábamos horas mirando sus partidas. El ajedrez tiene esa gracia, se puede aprender mirando. Cada día descubríamos algo nuevo. Segovia siempre usaba la Apertura Siciliana cuando jugaba con las negras. Nos parecía revolucionario. Como nos pusimos a buscar las jugadas claves de esa apertura terminamos descubriendo a los grandes maestros. Así supimos que había existido un cubano superdotado para el ajedrez que se llamó José Raúl Capablanca. Y descubrimos al clásico Ruy López de Sicura que inventó, en el siglo XVI, una apertura que siempre se presta para hacerle "mate del pastor" a un principiante. Y que el mayor genio de la combinatoria había sido Paul Morphy. O la importancia de los conceptos del maestro argentino Miguel Najdorf sobre el dominio de las diagonales y los finales. Recitábamos los nombres de las estrellas de ajedrez como si fueran futbolistas: Philidor, Staunton, Lasker, Alekhine, Tigran Petrossian, Boris Spassky, Anatoly Karpov... Un lugar de privilegio lo ocupaba Bobby Fischer, el norteamericano que había llevado la Guerra Fría al ajedrez para interrumpir el notable dominio soviético sobre este deporte. Fischer era una figura enigmática, un genio explosivo que habiendo tocado la gloria y teniendo a su alcance los mayores honores y riquezas había preferido convertirse en un eremita. Se retiró y los soviéticos volvieron a dominar el ajedrez. Pese a su extravagante conducta, Fischer siempre fue nuestro héroe. Como ningún otro, el ajedrez permite calar la personalidad de un jugador hasta en los más pequeños detalles. Era un espectáculo ver jugar “pinpones” (partidas rápidas de cinco minutos como máximo) a Juan Smulder, ataviado con su sempiterno “gamulán”. Smulder era tan rápido como deslenguado y acompañaba sus jugadas con todo tipo de comentarios. Además, le asestaba cada golpe a los relojes cuando movía pieza que el local entero temblaba. Nunca olvidaré que cuando se quedaba en mala posición cometía una de las herejías del ajedrez que era sacar al rey de su posición bien defendida y llevarlo al centro del tablero. El le daba ánimos a la pieza gritándole: “¡Defiéndete si eres hombre, huevón!” Normalmente el rey moría en el loco intento, pero más de una vez le ví ganar una partida en la que su oponente, desconcertado, era incapaz de frenar a un monarca que causaba estragos entre las piezas enemigas. Para mí Smulder era, guardando las proporciones, como un Bobby Fischer made in Osorno, un niño grande malcriado que se dedicaba a hablar y gesticular para desconcentrar a sus rivales. Contrastaba con el rigor cartesiano de Nannig y con la frialdad de Segovia, que era detective de Investigaciones y estaba acostumbrado a disparar sólo cuando las circunstancias lo requerían. Al poco tiempo de que empezáramos a practicar el ajedrez se sumó con gran entusiasmo a nuestro grupo José Troncoso. Al igual que Germán Bielefeldt, José se ha dedicado en cuerpo y alma al club. Ha escrito una obra sobre los 77 años de historia del ajedrez osornino que ya se encuentra acabada, pero se precisa una importante cantidad de dinero para rescatarla de la imprenta y comenzar a difundirla. Podría llenar las páginas de este diario con historias que hablan de la pasión por el ajedrez que existe en ese club y de los enormes y callados sacrificios personales que muchos de sus integrantes han hecho para engrandecer este deporte en Osorno. Ahora el club se ve amenazado por la legítima pretensión de la Municipalidad de recuperar los sótanos del Museo para ampliar sus instalaciones. La legalidad de la decisión se conoce, pero existen dudas sobre su justicia. Los ajedrecistas están angustiados. El club no es rico y su margen de maniobra es mas bien escaso. Las cosas mágicas que ocurren allí se deben a la generosidad y entrega personal de sus socios. Si el club se queda sin un local digno está condenado. Se fragmentará y desaparecerá y el bien social que aporta a nuestra comunidad, ofreciendo una alternativa para el crecimiento y la distracción, se perderá. En 1966 el alcalde René Soriano Bórquez cedió en comodato este sótano para que lo utilizara el club de ajedrez. Seguro que en esa época, estas instalaciones no le sobraban a don René. Su decisión permitió que allí creciera una sociedad poblada de ajedrecistas que ahora está amenazada de extinción. Aunque solo sea por mantener una distante fidelidad a los criterios de ese gran alcalde, la Municipalidad podría asumir un papel activo en la solución del problema y no limitarse a ser la originadora del mismo y echar a la calle a los jugadores. No quisiera imaginarme que habría sido de nuestras vidas si las luces de ese sótano no hubiesen estado encendidas la primera vez que lo vimos. Y no quisiera que los jóvenes osorninos no tengan la misma oportunidad que tuvimos nosotros para entrar en él y descubrir quién era Bobby Fischer. |
| Buscando a Bobby Fischer |