Disfruto desde hace cuatro años de 29 robles que están en una parcela ahora urbanizada y que antes era un robledal. Mi relación con estos árboles siempre ha sido curiosa. La empresa que urbanizó la parcela se llamaba Apoquindo S.A. y pertenece a unos chilenos que llevan más de 30 años construyendo urbanizaciones y chalets para los madrileños que viven en la sierra.

Apoquindo no es una palabra conocida en España. Cuando vi su cartel anunciando la venta de estas parcelas, me fui directamente a preguntar quién era el que había robado el nombre de aquel cacique que le quemó Santiago a Pedro de Valdivia y que se las tuvo que ver con doña Inés de Suárez.

Los de Apoquindo no eran nada ecológicos y apenas cerramos el contrato me ofrecieron dejar la parcela limpia para que construyera una piscina. Les pregunté si acaso estaban locos, que si no sabían lo que tarda en crecer un roble. Les pedimos que los dejaran tal como estaban. Así fue como, endeudado hasta las cejas, me hice con 800 metros cuadrados que tenían 60 robles. He tenido que ralearlos, porque unos estaban torcidos, otros eran muy débiles, cuatro me los botó una tormenta y algunos cogieron una infección con nidos de avispas. Quedaron 29 robles supervivientes.

Mis vecinos, que le hicieron caso a mis compatriotas, tienen hermosas parcelas llenas de piscinas, pero ninguna disfruta de la sombra que tengo yo en verano. Muchas veces los oigo cuando pasan enfrente de mi casa y ven mis robles y dicen con envidia: "¡Qué gran idea la de este tío de dejar los árboles!"

He hablado mucho con mis árboles estos años. Sé que pertenecen al género Quercus pyrenaica que, en España, es denominado popularmente como melojo. La sierra de Madrid es la latitud más austral del hemisferio norte donde viven estos robles. Tienen una facultad portentosa que es un cacho: la marcescencia. Esto significa que en vez de caerse la hoja en otoño, como las demás plantas caducas, ésta se mantiene unida al pecíolo hasta que brota la hoja nueva en primavera. Soy de los pocos tipos del mundo que se pasan la primavera recogiendo hojas secas.

Tengo cierta manía por la observación de la naturaleza, que es una maña muy osornina por donde se la vea. Así he descubierto que, desde que están generosamente regados, los robles van perdiendo la marcescencia y sus hojas se caen coomo corresponde. Este árbol también da bellotas, lo cual atrae a las pocas ardillas que viven por aquí y a las que mis vecinos con piscinas están consiguiendo echar. El otro día, había una de ellas, con su pelaje rojizo aplastada en medio del camino como si fuera un perro o un gato vago.

Un día que todo esto estaba nevado, con mis hijas disfruté toda la mañana viendo a tres ardillas que agarraban las bellotas y las enterraban para tenerlas como alimento durante el invierno. Las ardillas son tremendamente trabajadoras. Pero cuando vuelven a sus casas están cansadas y un automóvil a 100 km/h las puede coger desprevenidas.

Y en verano, los robles son como hermanos y sacan unas hojas verdes que dan una sombra muy agradable para capear los 38 grados de calor que puede haber aquí.

En fin, que uno de mis mayores aciertos han sido estos robles.

Pero me han aconsejado diversos expertos que era necesario podarlos, que así salvajes estaban debilitándose y que lo mejor era un buen corte a unos tres o cuatro metros de altura. Al final, unos jardineros han venido y me han podado los robles y ahora parece que tengo un bosque con 29 postes de teléfono. Claro, ellos se querían llevar la leña y yo les pedí que me la dejaran. Así que ahí afuera tengo como 20 metros cúbicos de leña esperando que me ponga con el hacha a limpiar aquello.

Y aquí estoy sacando la vuelta, escribiendo este artículo, acordándome de lo importante que ha sido el roble en la historia de España. Los viejos de este país dicen que en la época medieval, una ardilla podía cruzar este país desde Barcelona hasta Badajoz saltando de rama en rama. Hoy, obviamente, no lo puede hacer, porque media España está desertizada. Fue también en un robledal, el de Corpes, donde los infantes de Carrión humillaron a doña Elvira y doña Sol, las hijas de don Rodrigo Díaz de Vivar en la famosa afrenta que luego sería vengada por el Campeador. ¿Adónde fueron aquellos árboles?
Una respuesta posible es que se talaron bosques de manera irracional para surtir de madera a la poderosa flota española del siglo del Oro. Bosques enteros de robles de Castilla y León cayeron bajo el hacha para construir la famosa Armada Invencible que se despeñó contra los acantilados y arrecifes británicos en aquella peripecia alentada por Felipe II. Otro tanto sirvió para los galeones que iban a América y que eran hundido puntualmente por los piratas ingleses.

Con lo sacrificados que han sido estos robles, no me queda otra opción que cuidar a los 29 que me quedan.
Quercus robur