| AL NORTE DE BENDERI.- Nadie conocía los verdaderos propósitos de Vozni Valeri Filipovich, de 35 años, quien fue arrestado ayer en un maizal, junto a uno de los puntos de vigilancia de la primera línea de la defensa moldava. A nadie le hubiese importado creerle cuando dijo que había estado de vacaciones "unos días" en Chisinau. Pero ocurre que Vozni Valeri Filipovich es capitán del Ejército ruso, veterano de Afganistán y entre las condecoraciones que ostenta figura la "Estrella Roja" por servicios distinguidos a la Unión Soviética. Además, llevaba consigo un maletín ejecutivo en el que no sólo estaba su |
| oo |
| oo |
![]() |
| En el verano boreal de 1992, una corta pero sangrienta guerra azotó Moldavia. Esta pequeña república del Cáucaso se había independizado de la URSS el 27 de agosto de 1991. Sin embargo, la minoría rusa, agrupada en torno a la capital de Cisdniestria, Tiraspol, reclamó la presencia del Ejército Rojo al sentirse amenazada por los independentistas moldavos. Las provocaciones acabaron en cruentos combates, sobre todo en torno a la ciudad de Bendery donde se calcula que fallecieron unas 500 personas. |
| oo |
![]() |
| Los misteriosos trabajos de Valeri Filipovich |
| hablar. El cuarto, apenas puede murmurar palabra, porque tiene fracturada la mandíbula. Fiodor Boderen, un ex tractorista de 25 años, cuenta que fue alcanzado por un francotirador en un brazo apenas se asomó detrás de una barricada. Serguei Fortuna, un ruso alistado en la milicia moldova, afirma que fue alcanzado por una granada enemiga cuando abandonó su puesto de tirador de una batería antiaérea. El que está peor de todos es Vasile Ciuc, de 19 años. Tiene fracturada la mandíbula, una bala alojada para siempre en la cabeza, varias costillas rotas, un navajazo en el costado derecho y erosiones por todo el cuerpo. Vasile, un soldado reservista en Moldova en el momento de estallar los combates en marzo pasado, pagó muy cara su inexperiencia. Fue enviado desde la retaguardia hasta el frente, en abril. Una vez en camino hizo autostop. Un jeep con chófer moldavo se detuvo. Otro hombre dormía en el asiento trasero. Vasile subió. El chófer moldavo ganó su confianza, pero cuando llegaron al lugar en que debían dejarle, el jeep aceleró y siguió hacia las líneas rusas. Cuando Vasile se percató, era demasiado tarde. El hombre que dormitaba en el asiento trasero le apuntaba con un kalashnikov en la nuca. "Eres nuestro prisionero", le dijo. El joven moldavo relata dificultosamente que fue sometido a permanentes torturas en los tres días que estuvo prisionero. Un "guardia" ruso le propinó una estocada en el lado derecho. Otros lo golpearon hasta romperle la mandíbula y dejarlo casi muerto. En dos ocasiones simularon que lo fusilaban. Cuando los rusos del Dniester se preparaban para fusilarlo de verdad, un "guardia" le ayudó a escapar. "Era de mi pueblo y conocía a mi familia", dice Vasile. Pero cuando corrió hacia las trincheras moldavas fue alcanzado por un disparo. La bala se incrustó limpiamente en el hueso temporal y allí sigue porque los médicos estiman que sacársela sería peor que vivir con ella el resto de sus días. Tendido en su camastro, Vasile apenas puede despedirse. A sus 19 años sólo espera recuperarse para estudiar una profesión. Para él la guerra ha terminado sea cual sea la suerte de Moldova. A 20 kilómetros de allí, cerca de Bendery, otro prisionero está listo para ser llevado al estado mayor moldavo en Chisinau. Hasta ahora, por la escasa información que dan los oficiales moldavos, el capitán Vozni Valeri Filipovich sólo ha dicho una cosa: "De acuerdo con las convenciones internacionales, mi nombre es Valeri Filipovich, mi regimiento está en Novosibirsk y mi número de serie es el P-179.529". Chisinau, julio de 1992 |
| historial militar, sino también un compás, un teodolito pequeño y un block de notas con las posiciones estratégicas donde debería disparar la artillería rusa para batir a las defensas moldavas. Demasiado trabajo para estar de vacaciones. Ayer, el capitán Filipovich, vestido con sus pantalones y camisa vaquera, estaba arrestado a dos kilómetros de la disputada ciudad de Bendery, descalzo y en cuclillas, mientras cuatro milicianos moldavos le vigilaban. En una garita cercana, dos oficiales estudiaban sobre una mesa el contenido del maletín del prisionero. Cuando el coronel Oleg se dio cuenta de que habían encontrado un material valiosísimo salió aparatosamente de la garita. "¡Si se escapa te meto un tiro en la cabeza!", le gritó al soldado encargado de vigilar a Filipovich. Al miliciano no se le ocurrió nada mejor que obligar al capitán -que permanecía con el rostro imperturbable como si no pasara nada- a sentarse en el techo de un automóvil para tenerlo controlado. Consciente del contenido de su maletín, Filipovich ni siquiera intentó engañar a los milicianos. Prefirió dar un rodeo por un campo de maíz, confiado en que las altas hojas le cubrirían. Pero uno de los soldados lo vio y los moldavos se lanzaron en jauría tras él para terminar cazándolo como un conejo. "Su expediente revela que es un buen soldado, un experto en artillería", comenta el coronel Oleg mientras hojea el historial del capitán. "Combatió en Afganistán, fue retirado del frente tras ser alcanzado por el enemigo y ahora estaba destinado en Novosibirsk. ¡En el próximo intercambio de prisioneros tendrán que darnos muchos de nuestros novatos por esta joya!". El coronel Oleg y su compañero, el mayor Ilie Teodorescu, no están de acuerdo en lo que significa la captura del prisionero. Oleg está feliz. Ilie, preocupado. Este último no cree que se haya asestado un duro golpe al espionaje ruso. El tráfico de personas entre uno y otro bando es imposible de controlar: sería preciso interrogar a cada refugiado que alcanza las líneas moldavas. Además, es imposible extender una línea contínua de vigilancia entre los espesos bosques. Según el mayor Teodorescu, la presencia de Filipovich sólo revela que los rusos están listos para lanzar, primero su artillería, y después los tanques en demanda de Chisinau, la capital moldava. "Ahora lo enviaremos al estado mayor para que lo interroguen. Allí sabrán qué hacer con él", dice Oleg, quien parece más preocupado de que sus superiores se enteren de que ha capturado al espía que de otra cosa. A sólo 20 kilómetros de allí, en la localidad de Aninii Noi, muy cerca de Chisinau, otros soldados han corrido peor suerte que el capitán ruso. En el hospital local, que sirve como centro de primeros auxilios para los heridos del frente, el médico jefe, doctor Ilie Andreyev, resume la situación drásticamente: "Tenemos 18 muertos en la última semana de combates, 135 heridos y cuatro cadáveres de entre 20 y 23 años sin identificar en la morgue. Todos proceden de Bendery". |
| En la segunda planta están los heridos menos graves, que no han requerido ser trasladados a Chisinau. Una larga antesala, que nos permiten observar el paseo de las cucarachas por el pasillo del hospital, precede a la visita de rigor a los heridos. "Tendrán que esperar porque ahora están viendo Los ricos también lloran", dice el médico. Son decenas de años de igualitarismo marxista los que hacen que esta lacrimógena teleserie mexicana sea el único programa de la televisión rusa (ex TV de la URSS) que los habitantes de Moldova no se pierden por ningún motivo. Apenas apagan el aparato, tres soldados heridos, vestidos con los raídos pijamas del hospital, se muestran dispuestos a |