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| En el verano boreal de 1992, una corta pero sangrienta guerra azotó Moldavia. Esta pequeña república del Cáucaso se había independizado de la URSS el 27 de agosto de 1991. Sin embargo, la minoría rusa, agrupada en torno a la capital de Cisdniestria, Tiraspol, reclamó la presencia del Ejército Rojo al sentirse amenazada por los independentistas moldavos. Las provocaciones acabaron en cruentos combates, sobre todo en torno a la ciudad de Bendery donde se calcula que fallecieron unas 500 personas. |
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| Vasile Ursu, un policía de tráfico, es el único defensor de Mascautzi, una pequeña aldea agrícola moldava de 700 habitantes situada a unos 40 kilómetros de Chisinau y a unos 10 kilómetros del río Dniester. "Tengo un kalashnikov con 60 balas y una pistola automática con la que podría matar unas gallinas si me apetece", dice Vasile mientras enseña su fusil y da unos golpecitos con la mano a la cartuchera que lleva al cinto. Mascautzi no tiene ningún valor militar. Sólo está rodeada por campos de trigo y está lejos de la primera línea en que se enfrentan los moldavos y los separatistas rusos. Pero el sábado, su escasa |
| Mascautzi entierra a sus muertos |
| Eugenia. Dos muchachas vestidas de negro lloran desconsoladamente junto al ataúd. Un poco más allá está el cuerpo de Yuri, vestido con su mejor traje que había comprado para su boda. Su novia, Vera, enciende cirios que va colocando en torno al féretro. Su tarea concluye colocando una vela entre las manos del muerto. El último cadáver que entra en la iglesia es el de Luceria Gamars, una anciana de 78 años, que murió tras ser alcanzada por las esquirlas de un cohete que estalló frente a su casa cuando esperaba que llegara su nieto. Los cuerpos son metidos en la iglesia. Una pequeña almohada cubierta con una tela de flores sustituye la cabeza de Eugenia. Dos muchachas vestidas de negro lloran desconsoladamente junto al ataúd. Un poco más allá está el cuerpo de Yuri, vestido con su mejor traje que había comprado para su boda. Su novia, Vera, enciende cirios que va colocando en torno al féretro. Su tarea concluye colocando una vela entre las manos del muerto. El último cadáver que entra en la iglesia es el de Luceria Gamars, una anciana de 78 años, que murió tras ser alcanzada por las esquirlas de un cohete que estalló frente a su casa cuando esperaba que llegara su nieto. Decenas de personas entran y salen de la iglesia con cirios y "collages", unos roscones de pan atados con cintas de colores. En una de las alas del pequeño edificio, las mujeres del pueblo han preparado una mesa con tartas, vino y frutas. El olor de las flores frescas, que están por todas partes, llena la sala. La tradición ortodoxa manda que los difuntos sean enterrados en medio de una gran celebración. Después de tres días, todas las ropas y muebles que poseía el muerto son regalados a los más pobres del pueblo. A los nueves días se repite una gran ceremonia religiosa y se vuelve a dar comida a los que asisten. Cuando el cadáver ya lleva 40 días, la familia prepara una cena para el muerto. Se instala una mesa en el patio de la casa y en ella se coloca un vaso, una jarra de vino y un gran trozo de pan que se dejan allí toda la noche para que el difunto venga a comer. Las ceremonias se repiten a los seis meses y al año. Después, todos los años, en la misma fecha de su muerte, se vuelve a efectuar una misa. El cura comienza la ceremonia del rito griego cantando. Un enorme candelabro dorado, lleno con los cirios colocados por los fieles, es subido hasta el techo en el centro de la iglesia. Los sacristanes baten con energía los incensarios, mientras la gente canta. La ceremonia fúnebre dura casi una hora. Después, los cadáveres son sacados en volandas. El rito manda que se repitan, camino del cementerio, las doce paradas. Pero esta vez, el cura ha dispensado a los fieles de hacerlo porque los separatistas han vuelto a avisar que a las cinco en punto volverán a lanzar sus cohetes y sólo falta media hora para ello. A las seis, cuando regresamos a Chisinau, nos enteramos que los rusos han cumplido su palabra. El Ministerio de Defensa moldavo confirma que, desde hace una hora, los cohetes han vuelto a caer sobre Mascautzi. Mascautzi, julio de 1992 |
Se oye el tañido de las campanas de la iglesia de Mascautzi. Los cadáveres, en unos simples cajones de madera adornados con flores y cuadros con la virgen y los santos, llegan a bordo de un camión. Sólo unas 30 personas han cumplido la tradición de sacar los cadáveres de sus casas y detenerse doce veces en el camino a la iglesia. Los demás, unos 300 en total, han preferido aguardar en el edificio, temiendo un nuevo bombardeo. Los cuerpos son metidos en la iglesia. Una pequeña almohada cubierta con una tela de flores sustituye la cabeza de |
| población tuvo que desempolvar los trajes de luto para enterrar a cinco de sus habitantes. Al menos 15 civiles murieron en el bombardeo con cohetes lanzado por los separatistas del Dniester, pero Mascautzi es la aldea que mayor número de víctimas, sumados muertos y heridos. Vasile Simeon, alcalde de Mascautzi, cuenta que el viernes los separatistas rusos enviaron un mensaje anunciando que a las 6 de la tarde bombardearían la aldea. "No les creímos, pensamos que era parte de su campaña de desinformación para aterrorizarnos. Pero a las seis en punto comenzaron a caer los cohetes. Y hasta las ocho no pararon. Cinco personas murieron y ocho están heridas.También destruyeron una casa y una nave llena de paja que ardió toda la noche". Vakarenco Petrovic, un peón que estaba trabajando en la cosecha, cuenta que primero sintió unos silbidos y después comenzaron las explosiones. "Creí que era mejor quedarse en el campo abierto, pero tres cohetes estallaron muy cerca. Entonces corrí al refugio". "La guerra ha paralizado todo. Ayer nadie pudo trabajar", dice desesperado el alcalde Simeon. Tenemos que acabar con esta situación porque están matando civiles. En Mascautzi no tenemos armas. Una ley ordenó retirarlas hace dos años. El único que tiene armas aquí es el policía del pueblo". De las cinco víctimas mortales, tres se han registrado en una misma casa situada a tres manzanas de la iglesia ortodoxa. En el patio cubierto de vides, un anciano, sentado sobre una silla destartalada, se lleva temblando un cigarro a la boca. Es Vartic Gregoric, de 82 años, padre de Eugenia, una de las víctimas. Cuando cayó el primer cohete, en medio del huerto situado en la parte trasera de la casa, Eugenia salió de casa corriendo a ver que había ocurrido. Dos vecinos, Yuri Natzar, de 28 años, y Eudocia Cenuca, de 58, corrieron junto a ella. En ese momento, un segundo cohete dio directamente en el gallinero. Yuri y Eudocia murieron en medio del huerto. Eugenia fue decapitada por la explosión en el momento que corría hacia el subterráneo de la casa. Su cuerpo fue hallado en el fondo del refugio. La cabeza fue imposible encontrarla. El padre de Eugenia cuenta que es veterano de la II Guerra Mundial. Luchó con el Ejército Rojo y con sus tropas participó en la captura de Berlín, en abril de 1945. "Entré en muchas casas alemanas, sus moradores estaban allí, asustados, temerosos, pero no los matábamos", dice Vartic mientras comienza a llorar. "Esto que está pasando aquí es peor, es terrible. Están matando a los civiles sin compasión". Se oye el tañido de las campanas de la iglesia de Mascautzi. Los cadáveres, en unos simples cajones de madera adornados con flores y cuadros con la virgen y los santos, llegan a bordo de un camión. Sólo unas 30 personas han cumplido la tradición de sacar los cadáveres de sus casas y detenerse doce veces en el camino a la iglesia. Los demás, unos 300 en total, han preferido aguardar en el edificio, temiendo un nuevo bombardeo. |