medio de un campo de avena. Todavía no se le ha borrado la sonrisa de la cara cuando un impacto seco da en el casco del vehículo. Y después otro, y otro más.

"Es un buen efecto psicológico, ya lo usaron los americanos con Noriega", me dice y acto seguido nos anuncia que vamos a regresar a la segunda línea del frente por si a los rusos "rebeldes" del Dniester se les ocurre tiramos con algo más grande que un kalashnikov.

El copiloto, el capitán Panteici, un militar al que le gusta escribir poemas patrióticos, desconecta las dos grabadoras instaladas junto a la radio, mientras nos dirigimos de vuelta a Kostnitsa.

Aquí, al otro lado del Dniester, en territorio que históricamente no es moldavo ya que le fue cedido por Josef Stalin como compensación por haberle quitado la Bucovina del norte y la Besarabia del sur, comenzó la guerra entre Moldavia y la república "rebelde" de Cisdniester el 2 de marzo.

No sólo los desaguisados territoriales que hacen que los rusos vean con temor el acercamiento de Moldavia a sus "hermanos» de Rumania alimentan este conflicto que ya se ha cobrado cientos de vidas por ambas partes, también hay una cuota de venganza por los largos años de "rusificación" que obligó a los moldavos, el único pueblo latino de la URSS, a utilizar el alfabeto cirilico y a rendir culto a héroes que no eran los suyos.

"Los rebeldes llegaron hasta aquí", dice el teniente coronel Koschu Anatoly mientras señala la verja del jardín infantil que le sirve de cuartel general. "Ahora les hemos hecho retroceder casi 10 kilómetros, pero de vez en cuando, como sucedió ayer, la granada de alguno de sus tanques cae por aquí".
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En el verano boreal de 1992, una corta pero sangrienta guerra azotó Moldavia. Esta pequeña república del Cáucaso se había independizado de la URSS el 27 de agosto de 1991. Sin embargo, la minoría rusa, agrupada en torno a la capital de Cisdniestria, Tiraspol, reclamó la presencia del Ejército Rojo al sentirse amenazada por los independentistas moldavos. Las provocaciones acabaron en cruentos combates, sobre todo en torno a la ciudad de Bendery donde se calcula que fallecieron unas 500 personas.
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KOSNITSA (CISDNIESTER).- "¡No disparéis! ¡Moldavos y rusos somos hermanos! ¡Hemos construido juntos esta nación, no la destruyamos ahora! ¡No disparéis!". El altavoz del carro blindado moldavo repite una y otra vez la misma cantinela, una vez en ruso, otra en moldavo. El mayor Dionisios Constantin, que conduce el BTR-80 de fabricación soviética, ahora al servicio de la causa moldava me hace un gesto para indicarme tres banderas rojas deshilachadas que se mueven en la espesura.

"Nos han oído", dice Constantin sonriendo mientras lleva de aquí para allá el blindado por un camino construido en
Mijail, que llevan pocos días aquí, son bastante parlachines y preguntan sobre Gica Hagi, el jugador rurnano del Real Madrid.

El comandante Andrei asegura que su unidad no ha sufrido grandes bajas, pero que los hombres están cansados. Por eso licenciaron a la mitad. Como «premio», a los demás, se les ha concedido una retirada
hasta la segunda línea del frente, situada a sólo 3 kilómetros de la primera.

En el auténtico frente, los soldados están reviviendo la guerra de trincheras de la I Guerra Mundial. Apenas bajamos del BTR-8O, el mayor nos obliga a agacharnos y correr hacia los escondrijos. La sensación de ser el blanco de un francotirador no es real hasta que se siente el chasquido del disparo, aunque nadie sepa después dónde diablos cayó la bala.

El calor ha cocido el barro de las paredes de esta trinchera que aunque es bastante nueva -sólo tiene tres semanas- ya luce signos de veteranía: a la vista están los calcetines sucios de un soldado que cuelgan del periscopio construido con botes usados de comida y hay pasadizos secretos y túneles por todas partes.

A los moldavos les hemos venido a estropear la tarde. Según ellos, la jornada transcurre tranquilamente hasta las seis de la tarde. "Después, los rusos se despiertan de la borrachera y comienza la juerga", dice otro soldado, Mijai, que lleva tres semanas metido en esta ratonera que cavó con sus propias manos cuando el barro todavía estaba fresco. Ahora, a las cinco, al ver llegar nuestro carro blindado, los rusos se han animado y han comenzado a disparar. Dos granadas de tanque caen en las cercanías. El suelo y la trinchera entera retumban. "Ve, así empiezan todas las tardes. Son ellos los que comienzan", dice Filip.

La trinchera es deprirnente. Unas cartas, tiradas sobre un abrigo gris aparentemente nuevo, parecen ser la única diversión que hay aquí. "Ahora lo usamos como alfombra porque las mangas se las comieron los ratones y un abrigo sin mangas no sirve de nada".

"Los rebeldes son mucho más duros desde que el Ejército ruso les está ayudando", cuenta Mijai. "Pero nosotros estamos luchando por nuestra patria y ellos son unos mercenarios. Por eso los venceremos".

El mayor Constantin se ha puesto nervioso con los disparos y nos conmina a acabar la visita. Tras la despedida, uno de los soldados comienza a desenterrar algo de la pared de barro de la trinchera. Es un casquillo de bala que nos extiende como "souvenir". El casquillo formaba parte de una frase escrita por alguien con los culos de cobre de las balas enterrados en la tierra: es la palabra "muerte", pero en cirílico.








Kosnitsa, julio de 1992
Cierto es que incluso en la guerra hay clases y estas comodidades de Anatoly no las tienen los soldados que están en el frente. La vanguardia moldava se ha internado varios kilómetros y allí se han detenido para cavar trincheras. Mijail, un soldado que antes de ser movilizado trabajaba corno peón, llegó al frente con tan solo un día de instrucción. "Nos llamaron el viernes y el sábado ya estábamos aquí porque la situación era muy grave. Los tanques del 14º Ejército ruso avanzaban y había que detenerlos". El comandante Andrei, que hace dos meses era chófer de un Ministerio , recibió el sábado a un puñado de novatos después de que la mitad de su unidad fuera licenciada. Los compañeros de
En las trincheras moldavas
El cuartel general moldavo de Kostnitsa es un auténtico esperpento. Junto a una pared pintada con Blancanieves y los 7 enanos está la mesa con los mapas. Un poco más allá, junto a los gnomos, hay tres soldados que no levantan cabeza rellenando los partes del día. Los teléfonos de campaña están repartidos por toda la habitación. Esta mañana ha muerto un soldado herido en la antigua sala de profesores situada en la planta baja. Anatoly y su ayudante duermen en la primera planta, en el mismo cuarto de los mapas. Hay botes de café por todos los lados y no es posible imaginar a al orgulloso teniente coronel, que se vanagloria de ser "un militar profesional", intentando orinar en el diminuto WC del cuarto de baño en el que el lavabo de los niños le llega a las rodillas.
Un blindado BTR-80