Diario de un viaje de Medellín a Bogotá por la Montaña de Sonsón

1863

 

Ricardo Restrepo Callejas

 

 

13 de Junio de 1863

En este día salimos de Medellín 5 viajeros, de los cuales 3 íbamos con el objeto de estudiar y los otros por negocios de comercio. Ninguno de nosotros conocía a Bogotá; yo había oído hablar tanto de aquella ciudad y me habían ponderado tanto la felicidad de vivir allí que no sentía dejar la ciudad en donde había nacido. Esto no es extraño en un joven que por primera vez dejaba el hogar paterno, que no conocía lo que es estar lejos de sus padres y cuya cabeza está llena de las más hermosas ilusiones. Yo me figuraba a Bogotá un paraíso; creía que tenía edificios hermosísimos, que la famosa sabana en donde está edificada sería admirable con sus casas cercadas de árboles y al pensar en la dicha que me esperaba no pensaba que habría de pasar largo tiempo sin ver a mi familia.

Todos íbamos alegres; cada uno formaba sus juicios sobre la vida que debía llevar en Bogotá, pero todos estábamos contentos a cual más.

Habíamos salido de Medellín a las 7 de la mañana, llevábamos bestias que si no eran de lo mejor, a lo menos eran regulares. Mi cabalgadura era una yegua grande y fuerte y las demás eran mulas. Cuando llegamos al alto de Santa Elena no pude menos de conmoverme al ver los hermosos lugares que dejábamos. En efecto, nada hay más delicioso en cuanto a paisajes que el que allí se presenta. Parece que la naturaleza ha querido mostrar toda su hermosura y engalanarse con sus más soberbios adornos en aquel pintoresco valle. Del alto en que estábamos y que es el último lugar de donde se ve a Medellín, se alcanza a percibir todo el valle con sus lindísimas montañas que lo circundan y realzan la belleza de aquel lugar privilegiado. Al centro está la ciudad, situada en un terreno que no forma la más ligera ondulación; sus calles, aun las más tortuosas, se ven rectas y su caserío se ve todo igual en altura, interrumpido aquí y allá por frondosas arboledas de mangos, naranjos y otros hermosos árboles. Las cercas de altos sauces que separan las diversas propiedades hermosean aun [más] ese lugar encantador. A lo largo del valle corre mansamente el río Aburrá y visto de lejos se asemeja a una delgada franja de plata y cuyos reflejos aumentan la admiración del viajero que se deleita contemplando ese paisaje. En cuanto al cielo ni una nubecilla empaña su azul.

Después de haber dirigido el último adiós a mi ciudad natal seguí con los compañeros y nos detuvimos en una cervecería para almorzar. El camino que hasta aquí habíamos seguido es tortuoso y lleno de piedras; la montaña es bastante pendiente, pero por eso mismo presenta la ventaja de no tener pantanos ni aun en invierno. La agitación nos había abierto el apetito y en la casa donde nos habíamos apeado había con que satisfacerlo bien. Así después de un buen almuerzo seguimos por un terreno que aunque muy quebrado no presenta subidas tan largas como la que acabábamos de pasar, pero que ofrece algunos barriales ahondados por el tránsito continuo de las bestias que transportan víveres y mercancías, y de las cuales hay algunos en que es preciso desmontarse y echar la bestia a que pase como pueda. Cuando íbamos a entrar en Rionegro nos dijeron que tomáramos otro camino porque estaban quitando bestias a consecuencia de la revolución. Aprovechamos el aviso y tomamos otro camino para ir a la Ceja del Tambo, en donde debíamos dormir.  Uno de nuestros compañeros, que por sus relaciones con los mandatarios no tenía que temer nada, siguió a Rionegro a esperar allí su equipaje que venía atrás y nosotros seguimos con la esperanza de alcanzar el nuestro que iba muy adelantado. El camino de Rionegro a la Ceja, que en verano es bueno, porque el terreno no es muy quebrado, estaba en aquel tiempo casi intransitable, pues a consecuencia del invierno se había convertido en un pantano continuo. Eran ya mas de las 7 de la noche y nosotros andábamos todavía en medio de aquellos lodazales, llenos de barro hasta la cabeza. Felizmente encontramos un señor que conocía bien el camino y nos indicaba los lugares menos peligrosos para pasar. Es probable que sin este guía no hubiéramos llegado en toda la noche pues había un barrizal que ocupaba cerca de dos cuadras, de las cuales una era la primera de la calle de entrada; este pantano estaba ya tan profundo que habían tenido que desviar el camino por medio de unos terrenos en donde no se veía ningún sendero a causa de la oscuridad de la noche. Sin nuestro [guía] quien sabe que habríamos hecho. Al fin llegamos al pueblo y después de dar las gracias al guía fuimos a buscar nuestro equipaje y una posada donde dormir. El peón que conducía el equipaje había seguido a dormir fuera de la Ceja a pesar de estar advertido de que nosotros no iríamos sino a la Ceja. Después de tomar varios informes y de haber sabido que no estaba allí fuimos a buscar una posada. En varias partes nos la negaron, pero al fin encontramos una buena mujer la cual no oponía mas obstáculo sinó que pasaríamos muy mala noche. Por fin viendo lo empantanados que estábamos y que estaba lloviendo con alguna fuerza nos dijo que entráramos. Entonces entregamos nuestras bestias a un hombre para que los llevara a una manga y nosotros entramos a arreglarnos en la casa. Mis zamarros pesaban tanto que al desmontarme casi no podía con ellos. En cuanto a mi calzado estaba que no era sino agua y barro. Felizmente la Señora de la casa tenía un horno encendido y allí acomodamos, para que se secaran, nuestros botines y medias, que habíamos cambiado por alpargates.

Reunímonos en la sala, con un frío bastante regular para ver los efectos secos que nos quedaban. Cada uno tenía un bayetón y la Señora nos auxilió con algunas cobijas, de manera que pudimos arreglarnos bastante bien. No hay que advertir que ya habíamos pedido una buena cena, pues no habíamos probado bocado después de almuerzo y ya eran casi las 9 de la noche, nuestros estómagos silbaban con no poca fuerza y se conocía que algo les faltaba.

Cuando se iba a tender la mesa llegó el compañero que se había quedado atrás el que gracias a una valiente mula había llegado a la Ceja con semejantes caminos. Su equipaje se había quedado atrás pero le había dado orden de seguir hasta la Ceja.

Comenzaron a poner la mesa y nuestros estómagos a alegrarse. La comida era buena y abundante y había sobre todo un capón que en medio de una bandeja y cercado de papas parecía un emperador rodeado de sus ministros. Comimos con mucho brío, pero a pesar de eso no alcanzamos a consumir todo lo que nos sirvieron.

Un rato después de la estupenda comida fuimos a acostarnos. Yo no pude cerrar los ojos, pues estaba sumamente molido. A media noche llegó el equipaje atrasado y este fue el último suceso de aquel pantanoso día.

 

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Nos levantamos temprano y en tanto que nos traían las bestias fuimos a buscar el calzado, que, gracias al horno estaba ya seco. Después fuimos a ensillar y a dar las gracias a la Señora de la casa la cual nos exigió muy poco por la buena comida que nos había dado.

Montamos y seguimos, por un terreno plano en que está edificado el pueblo. A la salida de éste encontramos nuestro equipaje. Los peones apenas comenzaban a cargar; así fue que tuvimos que aguardar un rato para seguir.

El camino por donde íbamos era detestable, pues se componía de terreno de una greda que desleída con el agua no permitía a las bestias caminar sinó muy despacio; además era ya una cuesta. De lo alto de ella se ve el pueblo de la Ceja cuyo aspecto es bastante agradable por su situación en terreno llano. La iglesia del pueblo es muy afamada y dicen que es muy rica.

Llegamos a horas de almorzar al río de las Piedras y en sus inmediaciones almorzamos frugalmente en una casa que hay allí. El río merece su nombre porque está lleno de enormes piedras ; en caudal de aguas no es muy considerable pero sería una casualidad que escapase con vida la persona que cayese en este río, pues su corriente es muy fuerte y uno sería despedazado contra las rocas. El puente que había sobre este río estaba caído y algunos hombres de las cercanías habían hecho uno de palos atravesados por sobre las rocas. El objeto de estos hombres era hacerse pagar de los pasajeros pasándoles las bestias por medio de una soga, mientras las personas y los equipajes pasaban por el puente.

El camino era todavía malísimo; los barrizales eran muy profundos; no se veía una casa en aquel camino y ya con la tarde muy avanzada llegamos a un lugar llamado Santa Catalina en donde había 2 casas. En una de ellas nos apeamos tan empantanados como la víspera y después de arreglar nuestras monturas fuimos a comer. La comida fue apenas regular a medias. Algún tiempo después fuimos a preparar nuestras camas a un zarzo y luego nos acostamos. Esta noche me desquité de la anterior, pues dormí perfectamente.

 

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Salimos temprano de Santa Catalina y fuimos a almorzar al pueblo de Abejorral. Este pueblo es feo, pues sus calles son sucias y las casas bastante viejas en lo general. Nos apeamos en casa de una vieja más habladora que un barbero y que no hizo sino hablarnos de Teología con lo que nos hizo reír mucho.

Continuamos por un camino un poco mejor que el que habíamos tenido antes y nos dirigimos hacia Sonsón donde pensábamos llegar aquel día pero nos equivocamos en nuestras previsiones y tuvimos que ir a dormir a una casa abandonada, única que había en aquel lugar llamado por los peones el Aliso. Como íbamos bastante mojados a consecuencia de una lluvia que nos había caído, nos quitamos lo mojado que teníamos y lo pusimos cerca de un buen fuego que nuestro peón había hecho para preparar la comida. Luego reunimos algunos palos y tablas que había en la casa y compusimos un zarzo donde dormimos bastante bien

 

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Salimos del Aliso y seguimos para Sonsón, adonde llegamos temprano. Buscamos una posada y después fuimos a preparar lo que necesitábamos para atravesar la montaña. Un señor de allá estaba encargado de buscarnos peones y víveres que ya nos tenía preparados. Esa noche dormimos en su casa, después de haber paseado la ciudad.

 

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A las 8 salimos de Sonsón acompañados de varios peones que llevaban nuestros baúles y los víveres para el tránsito de la montaña. Como en ella no hay camino, sinó una senda, no se puede pasar más que a pie o en las espaldas de un peón.

Nosotros tomamos 3 peones de silla para los 5 compañeros; no pensábamos subir sobre ellos sinó en caso de enfermedad o de mucho cansancio, porque a cualquiera le inspira repugnancia subir sobre su semejante y verlo sudar y hacer esfuerzos como los que tienen que hacer esos peones en algunos lugares de la montaña que son cuestas casi perpendiculares.

Estos hombres se acostumbran desde niños a la fatiga y por eso adquieren fuerzas suficientes para atravesar de Sonsón a Honda con pesados tercios. Con nosotros iban dos muchachos de unos 10 años cargados con tercios que parecían superiores a sus fuerzas y que ellos llevaban con desembarazo. Sus padres los llevaban con ellos para que les cargaran los víveres que necesitaban.

La mayor parte de los peones se habían desnudado hasta quedarse en calzoncillos así que entramos en la parte solitaria de la montaña. El camino al principio es regular aun para bestias, pero va empeorándose de más en más hasta convertirse en una senda angosta. Sin embargo algunas personas han pasado bestias por allí, pero muchas han muerto antes de salir del monte.

Llegamos a un alto de donde se ve bien la ciudad de Sonsón. El paisaje es bonito, pero la ciudad no presenta un aspecto muy agradable, por estar situada en un terreno quebrado; su plaza es un plano de bastante inclinación, su caserío se está mejorando mucho con la construcción de buenas casas altas.

Alcanzamos a llegar a un lugar denominado San Gregorio. Allí los peones nos construyeron un rancho de hojas e hicieron otro para ellos. Fuimos a preparar las camas mientras que nuestro peón nos hacía la comida. Teníamos buen apetito pues habíamos almorzado muy temprano en Sonsón y todos habíamos hecho a pie la jornada. Nuestras comidas de la montaña eran muy frugales, se reducían a un poco de arroz y de carne cocidos y chocolate; adicionado esto con un buen trozo de dulce macho nos formaban una comida que si no era muy exquisita, si nos lo parecía gracias a nuestro apetito producido por la fatiga del camino.

Después de comer nos acostamos y bien pronto nos dormimos profundamente.

 

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A las 6 salimos de San Gregorio y por un camino, que apenas merecía este nombre seguimos adelante. El terreno allí se compone de greda, que con el agua estaba bastante lisa. El viaje era alegrado por las continuas caídas que en aquel terreno resbaladizo es imposible evitar, a pesar de los bastones de que estábamos provistos.

En aquellos lugares comienza a desarrollarse una brillante vegetación, aquí y allí se elevan troncos centenarios a los cuales se han adherido yedras y arbustos de toda clase; en algunos lugares es tan apiñada la vegetación que no se puede ver a través de los árboles ni aun con la luz del sol.

A la 1 de la tarde llegamos a un caserío llamado Pocitos, compuesto por una docena de casas pajizas y cercadas de inmensos guaduales, cuya madera hace allí muy fácil la construcción de una casa. En este lugar tomamos un refrigerio compuesto de grandes totumas de masamorra y de trozos de dulce macho no poco confortables. Salidos de aquel lugarejo seguimos y como a las 3 llegamos a un lugar en donde había dos casas. Aunque hubiéramos podido seguir resolvimos dormir allí, para aguardar el peón que traía las camas y que se había atrasado.

Esa noche la comida estuvo mejor que de costumbre; allí habíamos comprado una gallina que alegró nuestra mesa. Además la dueña de la casa nos proveyó de algunas arepas, que nos sirvieron para los días siguientes.

Parece que aquella gente no era de lo más aseada, si juzgamos por la rasquiña que todos tuvimos esa noche.

 

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Salimos de allí a las 6 de la mañana y continuamos el camino en el cual encontramos dos quebradas pequeñas y una mayor que ha recibido el nombre río Sampedro. Sobre él hay un puente raro compuesto de dos gruesos árboles situados en sus orillas, uno en frente de otro y muy inclinados sobre el río; para formar un puente bien duradero y firme como se quiera no ha sido necesario sino atravesar algunas guaduas de un árbol al otro.

En el otro lado del río hay un salado que no explotan y que es muy frecuentado por los pájaros llamados gurries. Nosotros llevábamos una escopeta que nos había alquilado uno de los peones y resolvimos ir al salado a ver si podíamos matar alguno de estos pájaros. Después de atravesar los más enredados ramales llegamos al salado donde había dos o tres de aquellos pájaros y que antes de que nosotros llegáramos se volaron a la espesura del monte y nosotros, perdiendo los chuzones que nos habíamos dado, fuimos a reunirnos a nuestros compañeros que habían seguido adelante. En el resto del camino lo más notable que encontramos fue el turbulento río Samaná y un riachuelo llamado Riohondo.

Al otro lado del Samaná vive una familia que ha construido un puente de guaduas sobre este río. Este puente les produce a aquellas gentes una miserable renta, pues el camino es muy poco frecuentado.

En aquella casa nos detuvimos a tomar masamorra; está situada en un pequeño llano de tierra suficientemente caliente para producir arroz.

Continuamos sin nada de particular hasta el punto denominado San Vicente en donde cenamos y pasamos la noche en unos ranchos.

 

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Salimos de San Vicente y caminamos por una mala y pantanosa trocha hasta bajar a una cañada por donde corre un pequeño río denominado Claro, a causa de la limpidez de sus aguas. Todos los ríos y quebradas que hay en la montaña son muy claros, por razón de que corren sobre un lecho de piedras y no arrastran tierra que empañe su transparencia.

Resolvimos bañarnos allí, después de almorzar, pero una agua que cayó, nos lo impidió. Como el agua no cesaba, seguimos por una cuesta que es de las más pendientes que por allí se encuentran. El agua que caía y el pantano resbaladizo que se había formado hacían esta montaña casi inaccesible; pero por fin llegamos a su cima. El camino seguía por un terreno muy quebrado; el agua había cesado, pero por un momento pues luego cayó con más fuerza. En fin bajamos a una cañada en donde había 3 ranchos y allí nos acomodamos con nuestros peones.

El lugar en donde estábamos es llamado Paramitos; como estábamos mojados hasta los huesos nos desnudamos y pusimos a secar nuestra ropa en los fogones.

Después de comer nos acostamos en nuestro rancho al lado del cual había una cruz que señalaba el lugar en donde estaba sepultado un peón que murió allí de fiebre.

 

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Nos levantamos y fuimos a acabar de secar la ropa en los fogones encendidos para hacer el desayuno. Luego seguimos por una colina, de no más fácil acceso y llegamos a su cima denominada alto de Santa Bárbara. Bajamos por el lado opuesto y descendimos a una cañada por donde corre el río San Antonio. Almorzamos y convidados por la claridad del río resolvimos bañarnos. Como eran apenas las diez, resolvimos aguardar las doce. Entretanto tomé la escopeta y fui a ver si había por allí algunos animales. Iba por la orilla del río y al saltar de una piedra a otra me resbalé y con escopeta y todo me caí en el río. Al momento disparé la escopeta para secarla y después me desnudé y puse a secar la ropa. A las 12 nos bañamos y seguimos nuestro camino en el cual encontramos el río Moro, muy abundante en pescado. Luego subimos una colina a cuya cima llegamos a las 3 de la tarde. No quisimos seguir porque nos hubiéramos encontrado con una mula muerta en los ranchos a donde hubiéramos llegado.

En aquel alto llamado de río Moro puse mi ropa a que se acabara de secar. Allí la tierra es bastante caliente y los peones nos aconsejaron que quemáramos pólvora para ahuyentar las culebras que por allí había. Por la noche comimos y nos acostamos.

 

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Salimos a las 6 de allí y por un camino muy quebrado llegamos a la cima de la cordillera llamada el alto del Rodeo. De este lugar se divisa el Magdalena corriendo en medio de hermosos valles cuya regularidad sólo es interrumpida por colinas de poca elevación. Al ver aquel río el viajero se anima y toma aliento, pues conoce que no tiene que estar mucho tiempo caminando por sendas pantanosas, escalando montañas escarpadas y sin ver el cielo, pues el follaje espeso de los árboles se lo impide.

El camino seguía por la cima de la cordillera, allí ya es casi plana durante algún tiempo. Entre los árboles notables que allí hay se encuentra el sande, el cual tiene un jugo semejante a la leche de vaca y de sabor agradable.

A un lado del camino, en una espesura estaban una porción de micos cuyos chillidos nos advirtieron de su presencia. Fuimos 2 de los viajeros a buscarlos y corriendo por una falda, en donde a cada paso caíamos, los alcanzamos. Como esos animales no se están un momento quietos, hubo que tirarles a la suerte y nuestra correría fue infructuosa; un peón, más afortunado que nosotros, mató una enorme mica que se comió con sus compañeros por la noche.

Caminamos hasta llegar a un lugar denominado Rancholargo, en donde resolvimos pasar la noche bajo unos ranchos que allí había. Éstos estaban situados en una especie de manguita cercada de altos árboles que le daban un aspecto hermoso. La manguita se llenó de ranchos, pues allí también iban a dormir algunos peones que volvían de Honda. El rancho que nos tocó estaba situado en una falda en cuya parte más alta estaba la entrada. Allí nos acostamos bastante mal pues el rancho era corto y las cabezas nos quedaban fuera de él. Añádase a esto que allí hay muchas culebras y se verá que no estábamos de lo mejor. Estábamos dormidos a media noche, cuando uno de nosotros se levantó llamándonos; todos despertamos sobresaltados y resultó que era un fuerte aguacero que caía y que nos había mojado todas las almohadas; además el agua pasando por la falda había llegado hasta las cobijas. Acabamos de pasar una mala noche así mojados, y como la ropa la habíamos puesto en donde no se mojara, no tuvimos que secarla al día siguiente por la mañana.

 

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Salimos de Rancholargo a las 6 y por un camino regular llegamos al río de la Miel. En este lugar está bastante grande y se pasa en una balsa. En su orilla almorzamos, y mientras pasaban los peones, otros de los viajeros y yo nos bañamos agradablemente.

Habíamos salido de Antioquia y entrábamos en el Tolima. El límite de estos estados  es el río de la Miel.

El camino seguía de allí por una cuesta bastante escarpada, al llegar a su cima no era tan malo pues iba por el filo de la montaña. Allí estábamos en terrenos bastante templados y comenzábamos a bajar hacia el valle del Magdalena. Encontramos un enorme árbol cuyo fruto es muy parecido al coco con corteza, pero no sirve sinó para hacer tazas pues no se come.

Por la tarde llegamos al miserable caserío de Victoria y allí, viendo casas, un cielo despejado y gente, no pudimos menos  de cantar victoria, pues habíamos ya terminado la montaña. Buscamos una posada y después de comer un poco mejor que en la montaña nos acostamos.

 

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Pensábamos salir de allí a las 7, pues en el camino habíamos encontrado al alcalde, quien se había comprometido a proporcionarnos bestias para ir a Honda; pero el hombre ese quedó mal y tuvimos que salir a buscarlas. No pudimos conseguir sinó dos pésimos rocines, de los cuales el uno lo tomó uno de los compañeros, que el día anterior se había se había dado una caída y no podía caminar y el otro le tocó a uno que no fui yo. Tuvimos pues que salir 3 a pié, pero el camino era regular y había bastantes haciendas en donde se cultivaban el tabaco y el cacao.

Ya estaba olvidando decir algo sobre Victoria. Este lugar contiene unas 12 o 14 casas, esparcidas en un terreno de unas 2 cuadras. Sus habitantes son perezosos y se contentan con tener que comer, lo que el terreno les da en abundancia. Los bosques que la rodean se componen de árboles corpulentos y la feracidad de la tierra añadida al calor que allí hace desarrollan una vegetación equatorial (sic).

Parece que los habitantes no gozan con mucha frecuencia de la carne a juzgar por esto. El hombre en cuya casa nos alojamos mataba cerdos de cuando en cuando pero no con mucha frecuencia. Da la casualidad de ser el día siguiente al de nuestra llegada, el designado para sacrificar un cerdo. Nosotros asistimos al degüello, quema y apertura. Esta última se verificó en la sala. Un momento después de comenzada fueron llegando los notables de Victoria y se sentaron con el mayor silencio en los bancos que allí había. Parece que se habían dado cita para solemnizar aquella fiesta. Terminado todo, unos se fueron y otros se acercaron al dueño para encargarle que les guardase cierta cantidad de cerdo. Nosotros no fuimos de los últimos y compramos más bien tasajo; pero es tal la miseria de aquel caserío causada por la pereza de sus habitantes, que para encontrar con que comer la carne tuvimos que recorrer todas las casas. Al fin en una muy retirada encontramos unos 8 o 9 plátanos, pero eso sí, eran colosales.

Ahora volvamos a tomar el camino. Seguimos por medio de esas haciendas y luego entramos en un terreno muy plano, pero despoblado, pues estaba ya bastante lejos de Victoria. Había algunos vallecitos, cubiertos solamente de yerba alta y palmeras, que deben ser magníficos para el tabaco. Entre ellos hay uno que me recordó al de Medellín, pues tiene la misma forma aunque desierto y más pequeño. De Honda a Victoria hay por lo menos 8 leguas; como contábamos con las bestias del Alcalde, habíamos hecho madrugar a los peones y les habíamos dicho que aquel día llegaríamos a Honda; pero como no conseguimos bestias y salimos tarde, se nos adelantaron todos los peones y con ellos el de las camas. Sin embargo creíamos alcanzar a éste que era un hombre débil y de poco aliento y por eso no teníamos cuidado.

En la mitad del camino nos cayó una terrible lluvia que nos empapó completamente; un poco después encontramos el río Guarinó de bastante agua. Las bestias pasaron nadando y nosotros por un curioso puente de guaduas sostenido sobre unos árboles. Continuamos por un hermoso llano a cuyo  lado había una inmensa roca tallada perpendicularmente y semejante a las ruinas de un castillo.

Por la tarde llegamos a un punto llamado Sacamentiras; allí resolvimos pasar la noche. Nuestros huéspedes eran una vieja y un hombre, de mala catadura ambos. Nos dieron de comer un sancocho de plátanos mezclados con carne antiquísima y de muy mal sabor; pero no había otra cosa. Después de la comida pusimos a secar nuestra ropa e hicimos el inventario de lo que había . Los bayetones eran 4 muy mojados todos; las ruanas era lo único que había algo seco para cobijarnos. Yo era el más desnudo, pues para andar más libremente había dado a un peón mi bayetón y mi ruana. Los huéspedes nos prestaron dos cueros y allí arreglamos las camas. 3 se acomodaron en un cuero y se cobijaron con 2 ruanas y un bayetón medio seco y los otros 2 nos acostamos en el otro cuero. Mi cama se conformaba de unos pantalones mojados por tendido y una chaquetica por almohada; la cobija era una ruana que me habían prestado. La sala en que estábamos tenía dos puertas al campo y éstas estaban sin hojas, de manera que casi estábamos en campo raso. Cuando me acosté di un salto pues una de las muchas arrugas del cuero me habían maltratado el espinazo; en fin, nos dormimos arrullados por el ruido de los zancudos y acariciados por sus terribles hociquitos que nos chupaban la sangre.

Era medianoche y estaba dormido, cuando oí mucho ruido; entonces desperté, vi una luz encendida y a los del otro cuero levantados; noté que las terribles arrugas del cuero habían desaparecido como por encanto. Al momento eché de ver un charco de agua en medio del cual casi nadábamos; entonces comprendí lo que era. El piso de la sala estaba al mismo nivel del campo; había llovido mucho y el agua había ido a visitarnos y a remojar nuestros cueros. Al ver que no había un punto seco en la sala nos subimos a un mal zarzo donde no cabíamos sinó sentados y allí acabamos de pasar aquella trágica noche.

 

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Salimos de allí y fuimos a una casa inmediata a desayunarnos, pues el fogón de la otra estaba arruinado con el agua. Después del desayuno seguimos por camino llano y por medio de terrenos muy fértiles, especialmente en palmeras, de las cuales hay muchas clases. Al salir de un bosquecito se nos presentó el Magdalena, ancho de mas de unas 70 varas y corriendo mansamente. Después de subir una pequeña elevación vimos a Honda y la Bodega, cerca de la cual había un hermoso vapor. Como éste estaba en el otro lado no pudimos verlo de cerca.

Al llegar a la Bodega se nos presentó un espectáculo desagradable; una multitud de canoas y varios champanes ocupaban las orillas y la playa; en esas canoas y aun sobre la arena dormían bogas borrachos; en otros lugares había grupos de jugadores, maldiciendo su suerte unos, y otros regocijándose. Varios cañones estaban medio enterrados en la arena. Yo me puse a visitar los champanes y al acercarme a uno de ellos vi un hombre tendido allí y que parecía dormir; acercándome más vi que estaba muerto y que tenía la cabeza cubierta por un montón de arena sin duda para ocultar alguna llaga de que había muerto. A su vista me alejé y seguí a los compañeros que ya iban para Honda. Entramos en esta ciudad situada en la orilla del Magdalena y atravesada por el Gualí, sobre el cual hay un antiquísimo puente que casi se cae. Honda sería una ciudad hermosa antes del terremoto que la arruinó. Está cubierta de muros y de paredes que formaban parte de varios conventos e iglesias y sobre los cuales los árboles han echado sus raíces . La población es de aspecto desagradable; caras pálidas, cuerpos secos en los cuales se nota la pereza y el abuso del licor; sin embargo hay muchas personas activas, en general forasteros que alegran aquella ciudad.

Almorzamos en el hotel Gualí, cuyo servicio es bueno, pero cuyo piso bajo se asemeja a una taberna; está lleno de jugadores y de borrachos que duermen.

Después de almorzar fuimos al embarcadero en donde había bastante movimiento; allí encontramos a nuestros peones que habían llegado el día anterior. En cuanto al peón de las camas, se me había olvidado decir que lo encontramos algo más allá de Sacamentiras.

En el embarcadero encontramos a un paisano que seguía para Antioquia, llevando algunas cargas. Nuestros peones se arreglaron con él para llevarlas y así hicieron el viaje doble. El día anterior habían estado en fiestas en Honda y nuestros peones se habían manejado bien, pues sólo uno se emborrachó, pero en regla. Arreglamos nuestras cuentas con ellos y luego pasamos el río y fuimos al lugar llamado Pesquerías a hospedarnos en una casa.

 

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Desde el día anterior habíamos adquirido bestias, pagándolas carísimas, pues los fletes estaban muy subidos. Esas bestias no debían llegar hasta las 11 y por eso pasamos la mañana de balde. A las 12 partimos; en la repartición me había tocado un caballito de no muy buena figura, pero algo fuerte. A otro le tocó una mula corcoviadora, que algo nos divirtió en el camino. Este era malísimo, lleno de profundos barrizales y en algunos lugares muy estrecho. Lo único que allí llamaba la atención era la inmensa multitud de lagartos que había en el camino y que se cruzaban en él. Hay una infinidad de clases; también hay en las  cercanías de las casas hermosas palmeras cargadas de cocos.

Por la tarde llegamos a una casa de buena apariencia llamada la Casa blanca; allí comimos y dormimos.

 

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Salimos a las 7 de la Casa blanca y bastante tarde fuimos a almorzar a un lugar llamado el Salto, de donde se ve el pueblo de Méndez al otro lado del Magdalena. En el Salto almorzamos en una casa de una buena vieja. Cuando preguntamos que había para almorzar nos nombraron varias cosas y entre ellas masamorra. ¡Masamorra! exclamé yo para mi capote. ¡Que dicha! Pedí pues una buena totumada y me senté en un banco. Yo soy buen antioqueño y muy aficionado a los alimentos de Antioquia, así fue que me alegré al saber que había masamorra. Metí la cuchara hasta el fondo en busca del arroz de maíz pero ¡ay, que desengaño! en vez de arroz saqué un gran trozo de col que me revolvió el estómago y sin probar la mezcla aquella, fui a comer otra cosa.

Dejamos atrás el equipaje y seguimos adelante; llegamos a Guaduas que atravesamos sin detenernos y continuamos hasta una cañada llamada Tiballes en donde nos  detuvimos a tomar algo en una casa y a esperar el equipaje. La casa estaba llena de chinos (de muchachos bogotanos, N. del A.) bogotanos que sacaban cargas de Honda. Es admirable el placer con que toman la chicha y la cantidad en que la toman; casi es su único alimento.

Cuando llegó el equipaje seguimos hasta el alto del Trigo en donde un hombre muy amable nos dio una buena y abundante comida y donde pasamos la noche

 

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A las 7 salimos del alto del Trigo; mi caballo se había perdido en un rastrojo y por eso el peón me dio un macho de carga malísimo para que siguiera. Ya 3 de los compañeros iban adelante cuando salimos los otros 2. Apenas habíamos caminado alguna cuadra cuando mi macho dio un traspiés y cayó, yo no he podido explicarme como salí ileso de semejante caída, pues quedé debajo del macho como me lo atestiguaba la tierra que había en mi ruana, y el macho dio una vuelta, pues la silla quedó también llena de tierra. Cuando el macho se paró me encontré con un pie en el estribo y la espuela enredada en la cincha; si el macho no ha sido tan pacífico allí dejo mis restos. Luego que mi compañero me desenredó, volví a montarme y seguimos muy despacio, pues yo respetaba las débiles y flacas piernas de mi macho. Al llegar a Villeta encontramos a los otros compañeros y juntos entramos a aquel lugar. No conocimos de él sinó las calles por donde fuimos a la plaza. En una casa de ésta almorzamos ; allí había un clérigo que iba para Roma, según nos dijo. Este clérigo (que después he visto en Bogotá, pues no fue por fin a Europa) es la vanidad personificada, unida a una gran dosis de charlatanería. Nos dijo que iba a arreglar con el Arzobispo o con el Papa la cuestión religiosa, que él era un hombre de mucho influjo, que había sido miembro del senado, etc.

Salimos de Villeta y por el camino más malo que puede verse seguimos para Bogotá. Este camino no era sinó un continuo lodazal en donde las bestias se enterraban hasta el pecho. En muchos lugares teníamos que apearnos durante una o 2 cuadras y echar las bestias adelante. Al fin salimos del lodazal para entrar en un camino pedregoso, pero mejor ; a un lado de éste se encuentra la colina de Aserradero, que parece una sola roca.

Por la tarde llegamos al lugar llamado Gasca en donde comimos. Luego arreglamos las camas. 4 se acostaron en el suelo y 2 en una cama, antes de acostarme puse mi guarniel en un clavo que había en la pared ; pero era solamente mientras conversábamos, dejando pasar la comida, y con intención de ponerlo bajo la almohada ; pero se me olvidó hacerlo y me dormí dejándolo allí.

 

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Cuando me levanté no me acordé del guarniel, y así montamos y nos fuimos dejándolo allí. El camino seguía malísimo y sin nada de particular llegamos a almorzar a los Manzanos. Allí necesité una navaja que llevaba en el guarniel y entonces noté mi olvido; él contenía 12 pesos y no estaba a mucha distancia; así tomé otra bestia y volví a Gasca; mas ya el guarniel había desaparecido y en la casa no había sinó 2 mujeres que se obstinaron en negar que sabían donde estaba; yo me puse a buscarlo en un zarzo que había en la sala en donde había dormido y las mujeres hicieron que buscaban, después se fueron a una pieza vecina, sobre la cual seguía el zarzo y luego volvió una de ellas con el guarniel, vacío ya, diciéndome que lo había encontrado en el zarzo. Ellas le echaban la culpa a un hombre que dormía todas las noches en la pieza donde nosotros habíamos estado; yo vi que ellas eran probablemente las ladronas, pero creí que lo mejor era seguir otra vez para los Manzanos y dejarme de averiguaciones que hubieran sido infructuosas, por otra parte yo tenía deseo de llegar pronto a Bogotá en donde debían estar mis compañeros.

El rocín en que andaba era malísimo; no daba un paso sinó en cambio de 10 espolazos; yo tenía determinado ir aquel día a los Manzanos, y por eso no le tenía muchas consideraciones.

Aquella tarde, cerca de Chimbe, presencié un espectáculo desconocido en Antioquia. Era la fiesta llamada “corrida de gallos” que allí se celebra todos los años, el día de San Pedro. Para eso clavan 2 estacas, y amarran de una la extremidad de una soga; luego pasan ésta por una horqueta que hay entre las estacas, atan un gallo de las patas; un hombre se apodera de la extremidad suelta de la soga y comienza a mecer el gallo en tanto que los corredores saltan y se esfuerzan por coger el gallo, a los gritos de ¡san Pedro! Así se divierten desplumando el gallo y luego despedazándolo. Terminada la corrida van a comer a una casa inmediata al patíbulo del gallo.

Vino la noche y todavía estaba yo muy distante de los Manzanos, por lo que resolví dormir en el punto llamado Agualarga. Allí había varios arrieros y entre ellos un viejo que la echaba de chistoso y que no hacía sinó reírse. Después de una frugal cena me dormí y pasé una buena noche.

 

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Cuando a la mañana siguiente fui a pagar me encontré con que no había quien me cambiara un condor. Viendo eso tuve que darlo al viejo de los chistes para que me prestara con qué pagar a la posadera. El viejo y yo convinimos en encontrarnos en los Manzanos, para allí cambiar el condor.

Llegué a los Manzanos muy temprano y después de almorzar me puse a aguardar al viejo y un caballo que estaban cogiéndome.

Viendo que el viejo no llegaba me fui a su encuentro y lo encontré cerca de la casa en donde habíamos dormido. Allí en una fonda me cambiaron mi moneda y después de pagarle al viejo chistoso, quien todavía se reía, me volví a los Manzanos. Allí me dieron un regular caballo, el cual puse a galope desde que salí. En aquel lugar comienza la sabana de Bogotá, en medio de la cual no se ven sinó algunos cerezos y borracheros. Nada de particular me sucedió en este camino, que es magnífico y muy animado por los gritos de los carreteros. Al acercarme a Bogotá y verlo en una falda comenzó la desilusión; luego cuando no vi ningún árbol aumentó; y llegó a su colmo cuando entré y comencé a ver calles desaseadas y feas, cañas rebosando de despojos, etc., etc.

Esta es la relación sencilla y fiel de nuestro viaje en 1863.¡Quiera Dios que algún día podamos repetirlo en ferrocarril!!

 

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