Carlos Andújar
 

Vamos a tocar cinco temas que nos parecen importantes. Pensamos que la discusión sobre la política cultural es fun-damental, dado que nunca en períodos anteriores se ha hecho. La política cultural dominicana se ha definido desde una posición vertical y muy marcada por un discurso ideológico de más de ciento cincuenta años de predominio en el país. Esta discusión solamente rompe si se cambia todo ese esquema, como bien decían Rubén Silié y otros, acerca de lo que es la cultura dominicana. En el fondo se trata de un problema ideológico y conceptual de qué somos y, también, de la necesidad de plantearlo desde el Estado para que éste asuma su rol; porque las ONGs, las universidades, todos conti-nuaremos haciendo lo que hemos estado haciendo. Siempre nos encontramos con esta misma discusión, el Estado no nos ha representado, nosotros no hemos encontrado dónde anidar, el problema no somos nosotros, el problema es el Estado, cómo el Estado asume su función y dentro de esa función cuál entiende que es su rol.

Ahora bien, la política cultural es importante porque ella construye el discurso oficial y construye conciencia nacional; entonces, si se construye la conciencia nacional distorsionada, no solamente esto afecta la identidad nacional sino los valores y la autoestima; es un reto que va mucho más allá de lo que puede ser la manera en que nosotros nos vemos, nos reunimos y discutimos. Es que tenemos un fantasma permanente, un conflicto permanente con lo que es el discurso oficial. Y esa es una discusión trascendental, pues no basta con la voluntad política si no se tiene claro hacia donde se va —Balaguer tenía voluntad política para aplicar lo que él entendía que había que hacer— entonces no se trata de un problema de voluntad política, sino de claridad conceptual de lo que es la cultura, lo que es el pueblo dominicano, y qué reivindicar de eso.

 Porque tenemos fantasmas, el tema haitiano es un fantasma, el tema negro es un fantasma. Qué es entonces lo que se va a valorizar de esa política oficial cuando no se tienen recursos para exponer y presentar situaciones a la sociedad dominicana. Esto trasciende el mero manejo burocrático administrativo, se involucra también un plano teórico y es aquí donde puede aportar este tipo de encuentros, porque es importante tener muy claro estos aspectos; y el Estado es también importante porque interviene con recursos y con poder de hecho en la cultura que afecta la construcción de la identidad y, como decía anteriormente, de la autoestima. Comentaba Marcio Veloz Maggiolo, como se había interrumpido el Parque Arqueológico de las Ruinas de San Francisco, que estuvo trabajando Luna Calderón. Es importante determinar los motivos de esa interrupción y quién lo interrumpió. Ahí había un negro, un negro engrillado, y hubo intervención porque afectaba intereses. La obra fue suspendida por el Estado, ya que quien ejecuta y traza políticas y aplica recursos es el Estado, eso se llama política cultural, lo demás son trabajos culturales, pero no política cultural. Política cultural tiene que ver con la ejecución, con recursos, con el Estado y con el poder del Estado.

 La definición de política de Estado está estrechamente relacionada con una discusión profunda sobre la cultura dominicana y sobre la ruptura con los fantasmas que de una u otra manera han acompañado mucho a nuestra sociedad. Entendemos que el concepto de cultura democrática, o democratización de la cultura, no es solamente una cuestión de participación, sino que el concepto implica la aceptación de la totalidad de la sociedad dominicana. Nosotros somos una diversidad, que incluye dominico-haitianos, dominicanos, árabes, italianos, canadienses, etc., pero juntos, somos una totalidad. Presentar a la sociedad dominicana, entonces, es presentarla en esa totalidad, no sesgar lo que somos. Sola-mente asumiendo la totalidad, ese universo multiétnico —a pesar de que a Rubén Silié no le gusta la palabra étnico— y multiracial, es que puede replantearse la democracia de la cultura.

Este tipo de encuentro es importante en la medida en que aclara el camino, y he planteado el elemento de la autoestima convencido de su importancia. Cuando a la gente —desde la televisión, las instancias de poder o las instancias de la sociedad política— se le prohiben o desdeñan elementos de su tradición cultural esto impacta negativamente en su auto-estima. Las manifestaciones no desaparecen aunque la gente esté convencida de lo indebido de las prácticas, como es el caso de los altares del vudú dominicano que nunca están en la habitación principal de la vivienda, sino en el fondo. Enten-demos que el concepto de democracia cultural es aceptarnos como somos: la unidad y la diversidad; y de ahí la importancia de este tipo de seminario.
 

 Natacha Sánchez

 Tal como decía Luis Brea —ambos trabajamos en la propuesta de creación de una comisión de transición a la creación de la Secretaría de Cultura— esta comisión fue propuesta por el hecho de ser imposible la creación de esa secretaría a corto plazo. Esto se debe a que su creación está sujeta a ser apro-bada por una ley del Congreso, y actualmente el Congreso está próximo a aprobar una ley para la creación de una Secretaría de Educación y Cultura. En esta ley se contempla la creación de un Instituto de Cultura y no de una secretaría, de manera que para crear la Secretaría de Cultura habría que esperar a que esta ley se apruebe para luego interponer otra ante el Congreso, que seguramente se tome unos cinco o seis años —como sucedió con la anterior— en ser aprobada o donde se contemple que ese Instituto de Cultura pase a convertirse en una Secretaría de Cultura, y, mientras tanto, permaneceríamos sin una institución rectora como a sido el caso hasta la fecha.

La propuesta de la creación de la secretaría se ha hecho porque el sector cultural en el país está muy disperso y falto de coherencia: hay instituciones con dualidad de funciones y con frecuencia sucede que no existe la institución apropiada a través de la cual canalizar algunos proyectos. Se propuso una comisión y no un individuo basado en el hecho de que, como se ha dicho anteriormente, el problema de la Secretaría de Cultura no es la secretaría sino el secretario; es por lo que se ha propuesto una comisión colegiada y amplia, con repre-sentación en cada una de las áreas del sector cultura. Es muy importante esto para canalizar todas las iniciativas provi-nientes de sectores privados, públicos y hasta internacionales en el área cultural, que es lo que necesita el país.

Como ha sido anteriormente comentado, el Estado no puede imponer la cultura; a lo sumo puede orientar, dar apoyo a la investigación, estimular y canalizar los recursos brindados por personas interesadas en apoyar este sector. Estamos ins-critos dentro del contexto de la cultura occidental, tenemos, por lo tanto, que definir una identidad que tome en cuenta este contexto y la diversidad existente dentro del mismo. Por eso creemos que este proyecto de la UNESCO es un programa muy positivo para el desarrollo de los pueblos, porque la cul-tura tiene que surgir del mismo pueblo. Es importante que su implementación no se vea impedida por falta de una secretaría de cultura y que el Estado defina cuál será su rol y cómo habrá de canalizar las iniciativas privadas y de organismos inter-nacionales, como esta de UNESCO.
 

  Marcio Veloz Maggiolo

Quisiéramos hacer una pequeña historia, porque la me-moria inmortal como la gloria cambia de forma pero nunca muere. En el 1978 tuvimos una gran relación con la UNESCO y se intentó crear un instituto nacional de cultura. Fue en ese momento cuando la Subsecretaría de Cultura adquirió las características que todavía hoy la definen: se creó la unidad de afiches y propaganda cultural en la Secretaría de Estado, la unidad de teatro, de guiñol y teatro de títeres, la de cine, que luego fue Cinemateca Nacional, la de clubes y asociaciones culturales, se creó además una unidad de programación radial con miras también a la televisión y una unidad de folclor y tradiciones. Estas seis unidades funcionaron bajo esa Subsecretaría de Estado con la idea de que fueran los grupos de animación inicial de una Secretaría de Estado de Cultura o de un Instituto Nacional de Cultura. Eso fue en el 1978, y desgraciadamente al llegar Pedro Porrelo a la Secretaría de Educación, logró que todo se eliminara. A él le interesaba la electricidad, nada de cultura, de modo que el proyecto no prosperó, pero es parte de la historia.

 Es interesante lo que se ha planteado aquí con relación a todas las infraestructuras dispersas; bajo Educación está la Dirección de Cultura, está Bellas Artes, y debajo está el Coro Nacional, Sinfónica Nacional, Escuela de Artes Escénicas, Ballet Clásico, Ballet Folclórico, Escuela Nacional de Música, etc., y bajo la Secretaría Administrativa de la Presidencia, en un bloque número dos, hay otras instituciones, como por ejemplo, el Museo del Hombre Dominicano, Biblioteca Nacional, Biblioteca República Dominicana, Museo de Historia Natural, Museo de Arte Moderno, Teatro Nacional, Plaza de la Cultura de Santiago con varias instituciones, Museo de las Casas Reales, los laboratorios, los centros de restauración, la Comisión de Arqueología Submarina, la Comisión de Monumentos, que son varias, hay en Puerto Plata, hay aquí, los museos coloniales, las casas coloniales que están bajo un patronato de la Ciudad Colonial, y la Oficina de Patrimonio Cultural entre otras. En un bloque tres están los organismos del Estado, varios, que no están dentro del área de la Secretaría Administrativa de la Presidencia, como son el Archivo General de la Nación, etc. En un bloque cuatro están todas las instituciones paraestatales que reciben fondos del Estado pero que no responden a una organización del Estado, academias como el Ateneo, la Academia de Ciencias, la Academia de Historia, la Academia de la Lengua, etc. Y por último, un bloque cinco, que no es del Estado, es donde están los sec-tores privados, que incluye clubes, ONGs, asociaciones, sindicatos, sociedades, universidades, centros religiosos y sociales.

Esta descripción es la realidad de lo existente en ese gran panorama de la cultura dominicana, el problema es abocarse a un estudio que permita caminar otra vez hacia esas ideas detrás de las instituciones. La infraestructura existe, pero es cada vez más ineficiente; se ha hablado de los patronatos, pero hay peores que los patronatos, los patronatos no son todos inoperantes, algunos funcionan, otros tienen un poder por encima de los directores. Las instituciones culturales del Estado están llenas de empleados, por ejemplo, instituciones ostensiblemente dedicadas a la investigación, tienen en su empleomanía un 2% de investigadores y no han publicado hasta ahora sino boletines; es decir, una enorme concentración de supuesta actividad cultural que debía estar produciendo para la cultura y divulgando, y no divulga.

 Es importante volver a las unidades de animación, creemos que bajo esa subsecretaría podrían recrearse estas unidades, podemos dar algunos datos sobre el experimento que hubo en esa época; por ejemplo, la unidad de afiches y propaganda cultural organizó viajes al interior durante un mes con un grupo de pintores, incluyendo a Almánzar y a Silvano, con todos los materiales para que niños de escuelas primarias y secundarias trabajaran y enviaran a Educación su producción. Entrenó este grupo de pintores a esos estudiantes en el uso de gauche, de la acuarela, de los lápices de colores, del óleo incluso y llegaron cerca de diez mil trabajos a Educación de los cuales se mandaron los mejores a varios concursos y ocho niños ganaron concursos internacionales. Ese año fuimos a Cuba una delegación de ciento treinta y siete artistas, escritores y pintores, y fue la delegación más exitosa que jamás haya salido de este país. Este programa murió. De modo que el problema es asunto de poner en ejecución. El teatro de giñol y de títeres presentó obras para niños escolares en todos los barrios de la ciudad, la unidad de cine hizo una muy buena labor, y la unidad de clubes culturales mantuvo una relación intensa con todos los clubes, a los que se enviaron con-ferencistas; es decir, que hay manera de hacer las cosas de forma muy barata, y que son un inicio de contacto que se ha perdido. Hemos dado esta información simplemente para hacer constar lo poco que hace falta para comenzar el camino, mas tengo entendido que la parte de la ley de educación que plantea un instituto de cultura fue eliminada en la Cámara de Diputados del Congreso, no sabemos si la habrán vuelto a restituir.
 

 Dagoberto Tejeda

 Hoy han estado, de una u otra manera, tomándose algunos conceptos fundamentales en un lenguaje de modo que a veces parece que se dice lo mismo pero que significan cosas dife-rentes. Cuando se habla de globalización no se trata sólo de una apertura, sino de todo lo que implica un proceso que trata de homogeneizar dentro de la lógica del capital la eliminación de todo lo que significa lo particular. Y la reacción, justamente, ha sido una respuesta de afianzamiento de la identidad nacional. Hoy día, cuando hablamos de globalización, no es apenas ese proceso de una lógica que trata de homogeneizar, sino mucho más que eso; tenemos aquí un bombardeo de muchos más canales de televisión por cable de lo que puede tener cualquier estado norteamericano en este momento. Eso podemos relacionarlo con lo que significan las características de la sociedad dominicana en este momento en términos de una élite que ha estado de espaldas a la realidad, de frente hacia el exterior, que tiene su casa en Miami, sus cuentas en dólares, y que al mismo tiempo sus hijos estudian en colegios donde sólo se habla inglés, donde el mes pasado la exaltación de una festividad como la de Halloween disminuyó lo que significa la expresión del carnaval nacional.

En este proceso de los últimos años, creo que la persona más coherente, más lúcida que ha tenido la sociedad domi-nicana es sin duda Joaquín Balaguer. Cuando se dice que no hay una política cultural o que hay una política cultural obsoleta, pienso que todos estamos equivocados; Balaguer ha sido coherente con una política cultural, completamente repensada, con imaginación, porque es una política cultural en coherencia con una élite donde la cultura es un privilegio, y exactamente de espaldas hacia lo que es la identidad nacional y a lo que es el pueblo como tal. Cuando hablamos de instituciones, la diversidad de instituciones para abrirle espa-cios a una élite como recreación en términos de un poder, en término de los patronatos, que son patronos realmente, es coherente, no se trata de anarquía, no es una cosa que se hizo sin pensar, es coherente con una élite dentro de una visión de desarrollo de espaldas hacia lo que es la identidad nacional.

 El que hoy se haya creado un espacio —aunque hemos repetido lo mismo— y lo encontramos en muchos sitios, es sumamente importante, porque durante todos los años de gobierno balaguerista no hubo un espacio, por lo menos de preocupación, para que pudiéramos discutir esto públicamente y buscaramos alternativas. Esta reflexión, desde este punto de vista, es sumamente importante ya que en este momento, con la redefinición de un nuevo gobierno, hay dos posibilidades: o se sigue la misma respuesta que teníamos anteriormente, o hay una búsqueda para transformarla y modificarla.

Cuando hablamos de esa élite, estamos hablando de una élite europeizada, racista, con una dimensión donde el adorno implica el desarrollo cultural, la Plaza de la Cultura es justamente eso, toda una dimensión de adorno, de espaldas; difícilmente Víctor Víctor con sus tenis, o yo, teníamos posibilidad de entrar al Teatro Nacional. Cuando hoy hablamos de una democratización de la cultura, hablamos de qué es y qué tenemos que tener realmente presente para un programa de identidad nacional y de cultura popular. Lo primero es que tiene que haber una descentralización a nivel cultural; cuando hablamos de centralización estamos hablando en la visión de lo que es la dimensión nacional; por ejemplo, las escuelas de teatro, de pintura, bellas artes, todas están en la capital, todas están en el centro de lo que es la burocracia y la élite.

 Entonces, necesariamente, tiene que haber un proceso global, con una dimensión de lo que significa realmente el espectro nacional; pero no hay posibilidades de que se convierta en una respuesta nacional al margen de una parti-cipación popular, por lo tanto la participación popular implica necesariamente una toma de conciencia no sólo de inventariar los grupos que hay —porque quien trabaja y está involucrado en este proceso sabe cuáles grupos hay, dónde están, qué están haciendo— porque al margen de lo que es esa cultura de élite ha habido todo un proceso de creación cultural y de difusión cultural, con los mecanismos y los medios; porque estamos como jugando a la inocencia, porque la cultura no es sólo esa producción cultural ingenua, sino que al mismo tiempo ha sido un proceso de lucha, de resistencia.

Es dentro de esa dimensión de lo cotidiano y de lo episódico que la cultura implica una respuesta a lo que es la existencialidad de la gente. Por eso tenemos esos grupos culturales, esos grupos originales, con su calendario, con sus festividades, y cuando hablamos de esa cultura popular dominicana entramos en lo que Carlos Andújar planteaba; si hiciéramos una encuesta, sobre qué es la cultura dominicana, nos vamos a encontrar con que seguramente en el enunciado estamos de acuerdo, pero en la definición todavía tenemos problemas, porque por cultura dominicana nos estamos refiriendo a una homogeneidad, todavía repetimos la presencia de los elementos de la cultura africana, de la española, de la indígena, pero eso es una abstracción que no se corresponde a lo que es nuestra propia realidad. Por eso cuando hablamos de cultura dominicana tenemos que definir muy claramente que la cultura dominicana no es una expresión homogénea, es un proceso de transformación.

 Pero en la medida en que nos pongamos a trabajar con lo que es la expresión popular nos daremos cuenta de la diver-sidad en términos de símbolos, imágenes, códigos, que per-miten una integración y una identidad. Entonces, tenemos que tener claro lo que es una cultura mulata, que es una remi-niscencia o una referencia, y lo que es la cultura taína. Cuando hablamos de la cultura mulata estamos hablando de la pre-sencia del negro y lo español, donde el negro es el elemento determinante, en los gestos, las palabras, la expresión, la gesticulación; nuestras maneras, nuestra comida, nuestra propia expresión; nuestros ritmos, son, merengue, salsa, etc., también son todos afro. Entonces, esa abstracción de lo que es la cultura como cultura no nos acerca mucho, todavía estamos presos de las definiciones de unos intelectuales en las universidades, universidades donde no se estudian raíces fundamentales, la enseñanza sobre Africa y el proceso de mulataje es inexistente. El país gastó millones para celebrar el V Centenario, pero en estos días se conmemoran doscientos años de la rebelión más importante de cimarronaje a nivel nacional.

Tenemos —en vez de esperar y frustrarnos— que usar la imaginación y la decisión y seguir trabajando con o sin el apoyo del Estado. A veces ocurren cosas como estas: tenemos una colección de más de trescientas mascaras, más trajes y además una colección de trajes por barrios de Santo Domingo desde el 1940, por lo que fuimos donde el Director de Patrimonio Cultural a proponer un museo de carnaval —con la máscara como memoria social, porque ningún país tiene el contenido de lo que significa la máscara de carnaval como identidad. Le explicamos de la colección y le dejamos saber que habíamos conseguido financiamiento para mantener el museo, le solicitamos el local pero no había fondos para eso porque no tenía el menor interés en ello.

Entonces, cuando Víctor Víctor habla del chivo y hoy Manuel Jiménez tiene una dimensión internacional, y no hay duda de que ellos son dos de los mejores compositores de este país, hay que saber que ninguno se hizo compositor encerrado en una biblioteca leyendo; recorrieron el país y aprendieron de la gente del pueblo. Que fue la metodología que nosotros utilizamos, un grupo de revalorización cultural que recogía los instrumentos, los ritmos, y aprendíamos la lírica, la lógica, los símbolos. Las imágenes y la lírica de ellos, vienen justamente de esa vivencia con el pueblo, y quien les enseñó fue la gente del pueblo, no los intelectuales de las universidades.

 Entonces, si queremos hacer un programa de identidad nacional tenemos que tomar lo siguiente en cuenta: que ese programa de identidad tiene que ser, primero, el inventario de quiénes hacen cultura —y esto se hace en una semana, basta con reunir a la gente que trabaja en ese área—, y segundo, el apoyo a aquellos que lo necesiten.

El año pasado la Universidad Autónoma de Santo Do-mingo tenía interés en organizar un encuentro de grupos originales. Llevamos cincuenta y ocho grupos originales de todo el país e hicimos una presentación de seis de la tarde a dos de la mañana. Al igual que existen estos grupos, había en el país la tradición de tres encuentros de grupos folclóricos regionales: en Sainagua, con los clubes y grupos locales se hicieron unas diez, doce versiones, que tuvieron que aban-donarse por falta de apoyo: no había para pagarle el transporte a la gente; en Salcedo, el encuentro de cultura campesina se celebró por dieciséis años, el año pasado no se celebró por falta de quince mil pesos, también para transporte; en La Isabela se celebraba un encuentro de grupos originales, pero todos estos encuentros tenían un carácter personal, no ins-titucional, no tuvieron apoyo.

 Tenemos más de cinco mil vistas fijas de todo el país, logradas con sacrificio personal. Ha sido la única manera de preservar este patrimonio nacional. Cuando José Antonio Rodríguez tiene un recital en el Teatro Nacional, viene donde nosotros y nos solicita prestados los casetes que tenemos de los diversos grupos. Eso debe ser patrimonio colectivo de la nación. Debe entonces establecerse un mecanismo de pre-servación: estamos hablando de un centro de recuperación de imagen y de sonido. Tenemos que sentarnos con la gente a conversar y grabarla, para que no se pierda toda la historia oral. Por ejemplo, en la oficina de carnaval, invitamos a un sancocho y a beber romo a una cantidad de viejos que tienen treinta, cuarenta, cincuenta y sesenta años haciendo el carnaval de este país, y nos sentamos a beber y ponemos una grabadora y les preguntamos, por ejemplo, cómo se disfrazaban antes, cómo salían, cuáles eran los personajes, cuáles son las máscaras. Todos esos casetes los tenemos.

A propósito de recuperación de la memoria social, de los símbolos, caminamos y chocamos con la realidad de cada día y los símbolos no nos dicen nada, porque no hay posibilidad ni siquiera de difundirlos, ni a nivel de folleto, ni a través de la emisora estatal. Por ejemplo, caminamos hacia el suroeste y encontramos todos esos colores de las casitas, o unos rombos en puertas y ventanas, y no sabemos qué significan. En la visión africana el rombo implica el nacimiento de la vida y la muerte, con un desdoblamiento a que la muerte es otra manera de nacer y los colores son como collares, no collares corrientes, sino deidades, implican protección, seguridad. Estamos hablando de un desconocimiento no del mundo que se nos presenta en términos formales, sino del mundo mágico, es la magia que nos quieren robar, como decía Marcio Veloz Maggiolo. Y ese mundo de símbolos es un mundo en el cual es posible un nivel de comunicación, y así encontramos esos rombos en Naco y en Piantini, y al preguntarle al arquitecto ¿y ese rombo qué hace ahí?, usted nunca ha visto cosa semejante ni en una revista norteamericana ni en una europea, tampoco lo estudió en la UASD, ese rombo qué significa, responde, ah yo no sé, el dueño me lo pidió y yo se lo puse. Pero para el dueño sí tiene un significado.

 Tenemos que redescubrir ese mundo mágico; por ejemplo, cuando decimos que el son no es sólo un baile, no es sólo un ritmo, sino un estilo de vida, es porque al visitar un sitio que se llama el Monumento del Son, encontramos que hay un tipo de comportamiento, de relación, de vestimenta, que hay un lenguaje, una identidad, un proceso de integración; entonces, no basta con leer sobre el fenómeno, es el proceso que implica en la cotidianidad, aquí es que hacemos una reflexión fun-damental: entre lo cotidiano y lo episódico. Aquí vamos a tener, por ejemplo, que en lo cotidiano hay una cantidad de grupos musicales, con un proceso creador a nivel de baile, pero lo episódico a veces nos deslumbra y no lo ligamos a lo cotidiano. Le explicabamos a Rafael Villalona que hay un teatro popular donde la gente es el mecanismo creador, asume los papeles, escribe todos sus guiones. Hay un teatro folclórico teatralizado en Elías Piña —y es evidente que todavía tenemos dimensiones rituales que nada más vemos una más-cara y nos deslumbra fuera de su contexto— cuyas máscaras, el Sábado Santo, son llevadas al monte y quemadas y sus cenizas regadas en los sembrados. Se trata más que de una simple máscara desde el punto de vista artístico, estamos hablando de un ritual de la fertilidad, estamos hablando de un significado a nivel de la cotidianidad. Entonces, finalmente, nosotros tenemos, a nivel episódico, por ejemplo, fiestas patronales, pero cuando hablamos de fiestas patronales esta-mos hablando no sólo de la comercialización que se hace y que se ha hecho, sino mucho más profundo, nosotros tenemos todo lo que es un calendario ritual. En Haina para las fiestas patronales sale una procesión donde hay tres grupos diferentes de música, las mujeres salen vestidas de reina y de princesa y los hombres también, y caminan a pie ocho o nueve kiló-metros, para terminar en una festividad con una comida colectiva donde comienzan cien pero terminan mil.

 Toda esta tradición la desconocemos, es totalmente igno-rada por nosotros, uno de los aspectos menos comprendidos es toda la parte mágico-religiosa. República Dominicana es uno de los países con mayor riqueza mágico-religiosa, sin embargo, eso no lo enseñan en la universidad, lo que enseñan a los estudiantes es a despreciarla; a los estudiantes en las universidades les enseñamos a avergonzarse de su propia cultura y de su propia identidad.

Los carnavales son en este momento, en este país, la fiesta de la cultura popular más importante, y nosotros no tenemos el carnaval, lo que tenemos son los carnavales del carnaval; en este país hay carnaval en febrero, en Semana Santa, en agosto y, en algunos lugares, para fiestas patronales. ¿Y quién finan-cia eso?, ¿quién organiza eso?, los propios carnavaleros; sin apoyo de la Secretaría de Turismo, ni de la Secretaría de Educación. No reaccionamos cuando vemos todos los cuadros haitianos que han invadido los lugares de cultura popular; el gobierno no apoya, como decía Jorge Cela, ni estimula las artes plásticas. Los artistas de este país se han convertido en una élite, para la élite y por la élite, un cuadro hoy día es una inversión económica, es un lujo, un símbolo de refinaniento y educación.

Propondría redefinir lo que es un proceso, en este mo-mento, de cultura popular, de identidad ante la globalización, de la siguiente manera: primero, es fundamental y completa-mente necesaria la participación del Estado. Decíamos hace unos momentos que jugamos a la inocencia, el Estado es un instrumento, lo que ocurre es que el Estado ha sido un ins-trumento de las élites y de las clases dominantes, si los mismos recursos se pusieran al servicio popular, las consecuencias serían completamente diferentes. Este gobierno tiene dos ca-minos, optar por una identificación con los sectores populares o seguir identificándose con las élites del país. Pero el gobier-no no tiene posibilidades de hacer transformaciones realmente, su área, su espacio, está en la cultura, es su área privilegiada, donde, incluso, va a tener una base de apoyo popular; si es inteligente, ni siquiera trata de manipular, porque no le puede tener miedo al pueblo.

 A veces, pensamos, la experiencia nos dice que con Radio Guarachita le basta al pueblo, porque al pueblo eso es lo que le gusta; pero cada vez que se le presentan espectáculos de calidad, el pueblo tiene la capacidad —subestimada por nosotros— de valorarlos justamente. El pueblo tiene ansias de cultura, porque hemos robado la cultura del pueblo, hemos hecho un comercio de la cultura y los símbolos del pueblo.

Entonces, si este gobierno quiere trascender en este mo-mento tiene su oportunidad histórica: una identificación con los sectores populares para brindarles apoyo, para que real-mente haya una definición de la cultura popular. No hay que esperar a establecer la Secretaría de Cultura —institución que sí nos parece muy oportuna— basta con la imaginación. En este momento ni siquiera tiene que esperar Leonel Fernández la aprobación del Congreso, basta con que se haga. En nuestra opinión la Coordinadora Provisional Cultural podría tener dos instancias —no somos partidarios del Instituto—: una instan-cia normativa donde se planifique, durante los días que sea necesario, todas las actividades del año; y otra donde cada grupo, en su propio lugar, desarrolle sus propios procesos culturales.

La experiencia de veinte años nos dice que el local más adecuado en cada pueblo para desarrollar cualquier actividad cultural es el Ayuntamiento, que no tiene uso y donde están presentes todas las fuerzas políticas —no es necesario gastar millones en casas de cultura. Se puede crear una coordinadora cultural, pero ésta tiene que tener una visión cultural. Esto significa que no es suficiente con la animación y la producción, es imprescindible que vayan acompañadas de un proceso de formación. Se necesita además de la difusión, del consumo, de la distribución de la cultura; se trata de que los instrumentos del Estado estén al servicio de los grupos populares.

 Carlos Andújar hablaba de fantasmas, y pensamos que los fantasmas son justamente toda esa mitología, porque le tienen miedo a un pueblo creador, porque el pueblo creador es un pueblo cuestionador, la cultura no es sólo una producción, no es sólo un adorno, la cultura es un proceso de realización humana, es una dimensión para la comprensión de la realidad, y es una dimensión para la transformación de la realidad. La cultura tiene que ser entendida a partir de lo que es lo cotidiano y lo episódico, es una respuesta de la gente y es una racionalidad de una transmisión de imágenes y de símbolos. Estamos en un momento histórico, un momento que puede ser aprovechado, y ello sólo es posible a través de un proceso de racionalización del Estado, y de crecimiento y de apoyo a los sectores populares.
 

 Carlos Andújar

La intervención nuestra la hemos titulado “Algunas consideraciones en torno a la cultura dominicana y la política cultural”, y es un comentario a la intervención de Rubén Silié.

Comentaremos el documento siguiendo la estructura del mismo, de modo que trataremos cada uno de los siete seg-mentos que lo componen exponiendo nuestras consideraciones sobre algunos puntos que no quedaron claros o con los que estamos en desacuerdo.

El sentido histórico de la cultura dominicana. Es el marco histórico y por lo tanto importante. Es necesario aclarar que la cultura dominicana, más que el esfuerzo de sus grupos sociales, es el resultado de sus grupos étnicos constitutivos. Los grupos sociales no son lo que definen la cultura, la cultura es de los grupos étnicos, grupo social es un concepto sociológico.

 Desde el punto de vista histórico, el aspecto más delicado en la construcción de nuestra conciencia nacional radica en la manera como se representa la formación del Estado domi-nicano, partiendo del hecho de que nuestra sociedad se libera de otro pueblo americano, Haití. Este hecho ha gravitado de manera fundamental en toda nuestra relación con el pueblo haitiano, privilegiando una marcada acentuación en las dife-rencias, sobre todo raciales y culturales. Del lado haitiano también existe el mismo discurso histórico, levantado por una parte importante de sus intelectuales tradicionales. De entrada, la realidad histórica nos presenta este reto, cómo romper con ese fantasma, con esa ficción, cómo articular una propuesta cultural que enfrente esa realidad, aunque de paso deba enfrentar el falso nacionalismo que detrás del discurso patriota se enarbola. Es decir, que de entrada hay un desafío a lo que es el concepto de nación, y cómo definir la nación en relación a su contexto espacial, porque esto de hecho tiene que ver con la definición de una política cultural.

Mas la política cultural tampoco debe ser hacia adentro, tiene que tener una propuesta de articulación con su entorno inmediato que es el Caribe, y especialmente con Haití. No podemos comenzar a definirnos con Aruba y Martinica si no hemos definido el problema haitiano, y por eso le llamo fan-tasma. Toda política cultural debe comenzar replanteándose ese fantasma con la convicción de que somos pueblos dis-tintos, a pesar de lo cual compartimos no sólo la isla, sino muchas otras experiencias y amarguras históricas, sociales y políticas. Por tanto, en el marco histórico se hace necesario contribuir a la liberalización de nuestra conciencia histórica en lo que respecta a su pasado, y proponer niveles de intercambio que superen las inconexiones, el prejuicio y los tabús.

 Otro tema que toca el documento de Rubén Silié es la innovación y la tradición. Obviamente se impone una discusión en torno al papel de los estudiosos de la cultura acerca de lo que es el proceso de cambio cultural. El reto sería aceptar los procesos irreversibles de los cambios culturales como parte de la naturaleza diacrónica de la cultura, o, por el contrario, creer que nuestro papel es impedir que estos procesos de cambio se produzcan, contraviniendo la realidad. Toda política cultural debe tener en consideración los procesos de universalización de la cultura, las migraciones y los cambios propios a las sociedades que afectan las formas tradicionales; de lo con-trario, la oferta cultural puede ser excluyente o basarse en argumentos teóricos desfasados.

 Sin omitir el esfuerzo por la identificación con nuestra cultura, debemos evitar el localismo y la reducción de la cultura a lo nacional exclusivamente. La lucha por la preservación de los valores culturales y la identidad cultural do-minicana no puede quedarse en el pasado romántico de los bellos tiempos pasados, todos son tiempos buenos para los grupos que protagonizan los cambios culturales y los hechos de la cultura en un momento determinado; es decir, ningún momento es mejor que otro; por eso, como comentaba Marcio Veloz Maggiolo, los procesos históricos simplemente son. Por eso decíamos que la cultura es diacrónica, es cambiante permanentemente, la cultura no es estática, en consecuencia ni la identidad lo es, ni los procesos que con ella vienen. Por esto entramos en contradicción con la observación de quien decía que el uso de la computadora podía afectar los problemas de identidad; no, la tecnología es parte de la cultura, y si modifica los patrones tradicionales, es irreversible; los pueblos lo han hecho históricamente, cuando se emplea la rueda, la rueda sustituye a una tecnología anterior, y el vehículo sustituye a otra, y el teléfono, etc.; es un proceso irreversible, y eso es creación, eso es cultura también, porque la tecnología es cultura, aunque afecte lo que nosotros entendemos son los esque-mas y patrones culturales, y es que los patrones culturales no son estáticos, por lo tanto cualquier factor, la migración, por ejemplo, altera ese esquema, ese patrón cultural. Además, una perspectiva cultural que así no actúe marginaría a las nuevas generaciones que se sentirían no representadas, y volveríamos a confrontarnos con una propuesta cultural oficial e institucional, desligada del resto de la sociedad o de una parte importante de ella.

Autenticidad sin etnocentrismo. El Caribe tiene rasgos comunes de constitución histórica y cultural, y a pesar de que lo étnico resulta complejo de emplear en dicho escenario, no es menos cierto que en el discurso acerca de la identidad cultural de estos pueblos caribeños existen campos vedados, como por ejemplo los aportes negros. Lo étnico es una realidad difusa en toda la región caribeña; no obstante ello, permite clasificar y delimitar los aportes o los distintos grupos que han contribuido a nuestras realidades culturales.

Por otra parte, no nos parece tan democrática la parti-cipación en nuestra cultura de mulatos, negros y blancos, tal como afirma Rubén Silié en una parte de su documento. Si esto se admitiera como una realidad se estaría omitiendo cierta discriminación que aún permea nuestra sociedad. En consecuencia, toda política cultural asumida a partir de esa irrealidad igualitaria, sesgaría los conflictos y complejidades que presenta el hecho cultural en una sociedad profundamente mezclada pero al mismo tiempo intolerante en términos culturales. Sólo la aceptación de que somos una sociedad mul-tiétnica y multicultural nos permitiría vivir la identidad como el resultado de la unidad en la diversidad.

 Canales de política cultural. En relación a esto pensamos también en las demás instituciones de la sociedad y el Estado que pueden desempeñar una excelente función, como los museos y las universidades, con el objetivo de bloquear y democratizar el discurso oficial e institucional del Estado acerca de la cultura. Pensamos que todo esto tiene que ver con un discurso oficial. Es decir, cada quien tiene su discurso, ahora bien, el discurso que se impone es el oficial, y ante ese discurso que tiene que ver con la definición de la política cultural es que tenemos que dar una respuesta sobre cómo articularlo para romper entonces con un criterio de la cultura que no se corresponde con un criterio democrático de la misma.

Una forma de articular a toda la población con la cultura, y que se pueda entender el hecho cultural como una totalidad de la producción humana, es poniendo en contacto a la población con el hacedor de la cultura, el protagonista del hecho cultural. Esto tiene por objetivo romper el criterio de que lo cultural pertenece a la esfera de la producción inte-lectual y a la instrucción; es importante separar muy bien lo que es cultura de lo que es instrucción, porque ambas se han manejado indistintamente.

La cultura es una totalidad que abarca a la educación, y la absorbe; no la educación a la cultura, sino la cultura a la educación, que es una manifestación, una expresión de la conducta humana. Sólo en función de un reconocimiento que la sociedad global hace de su modo de vida y formas de percepción del mundo se revalora lo que la gente hace y se eleva su autoestima y confianza en un proyecto nacional; porque desde el momento en que la sociedad ha ido recha-zando la forma tradicional de la cultura, ha propiciado la desvalorización, el temor a asumir lo que se es.

 Democracia y cultura. El concepto de cultura autoritaria utilizado en el documento —que utilizan mucho los soció-logos y la sociedad civil— es una categoría más propia a la sociología política que a la antropología, aunque creemos que se basa en una cultura de dominación, donde han predominado valores impositivos.

Cultura y cotidianidad. Desde el Estado debe promoverse el rescate de nuestra memoria social a través de la creación de museos, casas de la cultura y centros culturales, en esto esta-mos de acuerdo con Celsa Albert, en que en cada municipio, se recuperen las historias locales, las formas de la cultura material e intelectual y la historia de esas ciudades, mani-festando interés por lo que la gente hace, por lo que sintetiza la historia y cultura de un municipio o una región.

Cultura y relaciones exteriores. A pesar de que el gobierno actual ha valorado como prioritario lo comercial en la defini-ción de nuestro cuerpo diplomático, no hay mejor forma de vender, promover y representar al país en el exterior que a través de la cultura. Tal vez no sea correcto que el Estado venda al país a través de productos que posiblemente sean menos competitivos en el mercado, pero también debemos vender una imagen de lo que somos, y la cultura promociona en el exterior. La política internacional debe replantearse para que incluya el aspecto cultural y al mismo tiempo se debe articular esta política a las políticas culturales del Estado. Sin embargo, al momento de impulsar esta política internacional, debemos valorar el hecho de que la presentación de la cultura nacional debe ir acompañada de una concepción democrática y clara de nuestro perfil cultural.

 La sociedad dominicana presenta múltiples herencias que representan el sentir y la razón de ser de muchos grupos del país, aunque no sean una manifestación de todo el pueblo; el concepto de cultura nacional no implica que un hecho cultural sea de gran difusión y asumido por la mayoría, es nacional por ser una representación de un sector importante aunque sea minoritario. La cultura es la totalidad, y el concepto de cultura nacional se da simplemente porque está en el territorio, no porque esté a partir de la definición del Estado. El Estado es un concepto jurídico, la cultura trasciende lo jurídico, la cul-tura es un estamento histórico, cultural, y por lo demás social.
 

 Rubén Silié

El documento de Carlos Andujar tiene una perspectiva antropológica, la nuestra es una perspectiva eminentemente socio-histórica, y en algunas cosas se complementan. Hay conceptos respecto de los cuales definitivamente no será posible ponernos de acuerdo como, por ejemplo, aquello de que los grupos sociales no forman cultura, sino los grupos étnicos. Esta es una discusión más amplia, porque incluye una di-mensión política, y aquí discutimos la desoficialización de una práctica cultural lo cual obedece a unos intereses sociales, políticos e ideológicos; en consecuencia, no hay una iden-tificación eminentemente étnica, aunque podríamos encontrar rasgos de etnicidad en ésta o en cualquier otra política ofi-cialista.

 En República Dominicana, a diferencia de otros países del Caribe, la cultura nacional no está sostenida sobre la base de las diferencias étnicas de los grupos que la integran, en términos de color y de raza, porque no tenemos una cultura negra, una cultura blanca y una cultura mulata. Si tomamos el caso de Trinidad, quizá el país más típico en ese sentido, sabemos que las diferencias étnicas se manifiestan en el plano político, los partidos políticos se corresponden a esas diferencias y éstas se manifiestan en todos los planos de la sociedad y la sociedad global convive con esas diferencias. El caso de República Dominicana no es exactamente así, esas identidades locales que estos compañeros han descubierto en sus trabajos antropológicos, musicológicos, etc., son identi-dades reales, pero no podemos decir que las salve de Yamasá es la cultura nacional, no, es un fenómeno local, lo que sucede es que, como plantea Dagoberto Tejeda, nos han enseñado a avergonzarnos de esas salve, pero eso no significa que la sociedad dominicana, que otros grupos de dominicanos, fuera de Yamasá, no se identifican con esa tradición, con esos bailes y con esas expresiones; es a esto a lo que me estoy refiriendo.

En el país se utiliza el racismo como mecanismo de dominación, no solamente frente a los haitianos sino frente a nosotros mismos, es por lo tanto importantísimo tener con-ciencia de esa realidad; mas hay que diferenciar entre racismo y lo que hemos venido planteando porque al momento de enfocar como un grupo étnico a cada localidad tendremos entre manos una gran dispersión. Anteriormente hemos argumentado que en República Dominicana es muy difícil plantear la creación de un movimiento negro porque el movimiento negro en los países donde las diferencias étnicas tienen realidad histórica, funcionan, pero en el país no podríamos crear un movimiento negro. Lo que tenemos que hacer es rescatar lo negro para la cultura nacional.

 Respecto a lo planteado por Carlos Andujar sobre los buenos y los malos momentos, creemos que ese aferramiento a los valores y rasgos fundacionales de la nación, que han sido manipulados, como comentaban MarcioVeloz Maggiolo y Dagoberto Tejeda, es de lo que nosotros tenemos que tratar de liberarnos. Evidentemente, que se trata de una definición eminentemente excluyente, donde muchísimos sectores, mu-chísimas identidades no se encuentran representados, por eso es que cuando los estudiantes llegan a la escuela, los textos que reciben no los incluyen, porque sus manifestaciones culturales no pasan por los organismos que le dan la oficialidad a sus prácticas culturales en el plano religioso, o en cualquier otro plano; en consecuencia, es evidente que los estudiantes se auto rechazan, porque no figuran en la historia, son, cultu-ralmente, inexistentes. Lo que existe es la cultura impuesta, la cultura oficial; tenemos que luchar por cambiar la historia oficial.

En cuanto a la participación democrática, no creemos que negros, mulatos y blancos participen en igualdad: el negro soporta la carga de prejuicios, definitivamente; es, entonces, dentro de ese mismo contexto, que no importa que el blanco sea pobre, clase media o rico; lo cual manifiesta otra problemática y es la razón por la cual prefiero un enfoque de grupos, sectores sociales, clases sociales, porque permite jugar más fácilmente con el problema.

Lo expuesto sobre cultura autoritaria está referido emi-nentemente a lo político; planteamos que uno de los aspectos que no deben quedarse fuera de un programa de cultura es, precisamente, unas líneas para educar y cambiar la cultura política dominicana. Debemos incorporar la cuestión cultural a ese nivel para que los rasgos de la cultura política también comiencen a ser cambiados y no dependa solamente de la reforma política; sería muy importante que hubiera esa vertiente dentro del programa de cultura. No creemos que sea el territorio que defina lo nacional sino las realizaciones de los grupos humanos. Los dominicanos en Nueva York no son nacionales pero opinamos que sí lo son. Entonces hay que empezar a jugar un poco con eso de la nación, la ciudadanía, el territorio.

Finalmente, no tenemos que vender al país ni vender la cultura, tenemos que manifestarnos con autenticidad, aquí y fuera de aquí, para que en el proceso de elevar nuestra autoestima, tengamos el coraje de presentar nuestra pro-ducción más auténtica en cualquier escenario del mundo.

 
Carlos Dore

Diferimos de la opinión de Rubén Silié de que en República Dominicana, a diferencia del resto de los países del Caribe, no hay grupos étnicos. Lo étnico no refiere exclusivamente a las razas, al color de la piel, es esa una interpretación reduc-cionista, ya que la etnia refiere a procedencia de los elementos culturales.

 A propósito de como la cultura no es un fenómeno estático sino en proceso de cambio permanente, los procesos migra-torios hacia República Dominicana han dado lugar a lo que se puede calificar de grupos étnicos. Los haitianos y los domi-nicanos somos negros ambos, pero la migración haitiana —que empezó a principios de siglo y ya tiene en el país varias generaciones de dominicanos de ascendencia haitiana— tiene características culturales, no raciales, que constituye a sus miembros en un grupo étnico como tal. Nos referiremos, en primer lugar, a un rasgo que es indudablemente de carácter cultural: la lengua. La mayoría de esa población es bilingüe, a diferencia del resto de la población nacional. Si, además, aceptamos que detrás de cada idioma hay una cultura, tenemos que concluir que este grupo, en mayor o menor grado, manifiesta comportamientos de tipo cultural diferentes al del resto de la población. Este es el grupo en el cual se expresa con mayor claridad este fenómeno, por ser la migración más cercana y sostenida. Hay otros grupos, como el de los coco-los, cuyo proceso de integración es prácticamente total, y aun así, mantiene rasgos culturales que lo constituye en un grupo étnico. Y si nos vamos a los bateyes del este, donde hay una presencia importante de cocolos, nos encontramos con que la generalidad de las personas habla español, inglés y creole, y eso no es común de lo que podemos llamar cultura domi-nicana. Cuando José del Castillo trata de establecer la dife-rencia en la actitud dominicana hacia cocolos y haitianos, lo que está es estableciendo dos comportamientos culturales diferentes que conviven en los bateyes y en algunos barrios. En la Avenida Independencia hay un barrio llamado Ocho y Medio, poblado fundamentalmente por dominicanos de origen haitiano provinientes de Barahona, cuyas características son las de un batey. Entonces sí hay grupos étnicos, los árabes, que se constituyen en la clase media de los migrantes labo-rales, al igual que los americanos negros de Samaná, son un grupo étnico, también los chinos.

Es importante enfatizar lo que decía Carlos Andújar en su respuesta a Rubén Silié: en República Dominicana no todos los grupos étnicos participan de la misma manera de la cultura nacional. A la hora de definir una política cultural se debe tomar en cuenta la existencia de grupos excluidos de la sociedad dominicana, no solamente por razones de tipo social, sino por razones de tipo étnico.

 Quisiéramos abordar un tema tocado ya por otros, el de los dominicanos que se encuentran en el extranjero. Dominicanos muy especiales, han sido estudiados en Estados Unidos como enclave étnico; es decir, como sector de la población que vive en Estados Unidos y es diferente al resto de la población del país. Estos dominicanos viven en el extranjero pero su com-portamiento es en gran medida el de cualesquiera otros dominicanos. Actualmente se estudia este grupo no solamente como grupo étnico, que en sí es importante, sino como comu-nidad transnacional. Una de las características de una co-munidad transnacional es una especie de comportamiento bicultural. Este tema se complica por el manejo en Estados Unidos de una etnia especial para los latinos, o panetnia, que engloba a personas procedentes de diferentes lugares de América Latina y del Caribe. Es decir, que los dominicanos en Estados Unidos viven la tensión que provoca el ser socializado con valores dominicanos mientras viven en la sociedad nor-teamericana cuyos valores culturales los influyen poderosamente. A esto hay que añadir el fenómeno de que el convivir con otros latinos con quienes tienen comunidad, aunque éstos no sean dominicanos, da lugar a que comiencen a calificarse de hispanos. Todo esto debe de tenerse en cuenta a la hora en que nos aproximemos a esas poblaciones nacionales que no viven en el país.
 

 Angel Mejía

En primer lugar quisiéramos referirnos a algo que se señaló respecto a las computadoras. Hay una diferencia fundamental entre la ciencia y el arte, mientras la modificación de un instrumento o el descubrimiento de uno nuevo supone un avance, en arte no sucede lo mismo; es por eso que nos siguen gustando obras producidas en la Antigüedad. No hay una correspondencia entre lo que es el desarrollo del arte y el desarrollo de la ciencia.

A raíz de cumplirse quinientos años del descubrimiento de América fue muy discutido este tema. Los españoles llegaron a América e impusieron su cultura, y en el caso de República Dominicana, no solamente que impusieron la propia sino que destruyeron completamente la cultura taína. Los españoles quisieron beneficiar culturalmente a los indios y terminaron destruyendo no solamente su cultura sino también a ellos. Esto tenemos que tener presente cuando planificamos acciones culturales: no se trata de llevar una cultura para cambiarla por otra, ciertamente que hay elementos culturales que en pos del desarrollo en determinado momento conviene modificarlos pero esto no significa que todo lo tecnológico es conveniente en un momento determinado.

 Por otro lado, la Constitución de la República establece claramente que es una obligación del Estado proteger y de-sarrollar la cultura y la ciencia. Es decir que es una obligación del gobierno, como representante del Estado, auspiciar pro-gramas de desarrollo cultural.

Otro punto que se ha tocado es el de la democratización de la cultura, lo cual entendemos está relacionado con las presiones ejercidas por los organismos internacionales a fin de que los gobiernos eliminen de su presupuesto todas aquellas acciones no rentables. Facilitar el acceso de la población a la cultura es, sin embargo, un deber del Estado al igual que un derecho humano que es nuestro deber proteger. El Estado, si pretende desarrollar la cultura, debe de subsidiarla, y no fomentarla como negocio. Si no se subsidia la cultura de igual manera como se subsidia la salud, las comunicaciones viales, etc., estas reuniones no tienen sentido; de manera que hacer conciencia en el gobierno sobre la necesidad de subsidiar la cultura es un elemento que debe salir de esta reunión como propuesta también.
 

 José Bobadilla

 Mucho se ha debatido sobre la creación de una editora nacional, nada más urgente y a su vez oportuno, ¿cómo se haría?, estableciendo su funcionamiento como ente de produc-ción de todo material docente a nivel estatal, y a su vez como divulgador de la cultura en todas sus partes gráficas, las que son por demás variadísimas, por no decir casi infinitas. Nos abocaríamos a las posibilidades materiales del comienzo, tanto en el orden de los equipos básicos, en una asesoría pertinente para la confección gráfica y en una distribución efectiva del material producido. ¿Quién y cómo puede ayudar?, hay múl-tiples alternativas en el área internacional que podrían apro-vecharse, tales como el equipamiento de maquinarias, la tec-nología física es imperativa, pero la misma, su adquisición, obedece a un criterio que se podría obviar perfectamente en el caso de que la editora debidamente constituida como ente comercial use los servicios de las impresoras existentes en el país con sus ventajas y sus desventajas; en términos de la inmediatez usar el coche ajeno, el de alquiler, sería lo sensato mientras se produce para adquirir el propio.

Cuál ha sido la experiencia en otros países, eso es lo que nos gustaría saber, y saberlo ya, una vez visto lo que la UNESCO nos puede ofrecer en este sentido, dijimos que físico, el aspecto fundamental del binomio es el estable-cimiento de la red de distribución nacional y, por qué no internacional, de lo producido, del producto impreso, los planes son, desde todos los puntos de vista, que no quede nada de calidad sin publicar, todas nuestras épocas, todos nuestros temas, puestos en el papel en manos de todo el mundo. De la misma forma, garantizar los mejores textos de estudio, formación e investigación para nuestros estudiantes, desde los preescolares hasta los estudios de posgrado que se hacen o se harán en el país. Ambicioso, es nuestro deber.

Como ningún comienzo puede ser aparatoso si desea durar para cumplir su historia, la inciativa privada y la pública han comenzado la tarea de manera muy exclusiva en una labor de rescate, de salvamento de los textos que ya son clásicos, y otros que buscan ese nivel. Hablo concretamente de la Fundación Corripio, del Banco Central, del Banco de Reserva de la Secretaría de Educación con su Biblioteca Dominicana Básica. Como inicio, este esfuerzo es valiosísimo, pero habla-mos de una editora total, una editora que incluso financie investigaciones en todas las áreas, de común acuerdo con instituciones que demanden no sólo lo existente, sino que se impongan suplir carencias vitales con la inteligencia del país.

 Debe aclararse que en nuestros planes, como asesores cul-turales, hay todo un esquema de estímulos, desde concursos hasta becas para estimular la creatividad, la del solaz y la de la función práctica, sin descuidar ningún aspecto. Qué puede hacer la UNESCO en tal sentido por nosotros, cómo han ido resolviendo el problema los países que ya comenzaron a andar, del mismo modo, así como hemos visto el vital asunto de una editora nacional; no menos podemos decir de un estudio de máxima calidad para la grabación y reproducción de lo grabado, con todas las implicaciones lógicas de publicar el sonido artístico e informativo. Qué decir de un instituto fíl-mico que dé paso al cine, al documental, estas tres cosas son de primer orden, hacer cultura desde el Estado es estimulación y divulgación, por sectores.

La visión es amplísima, sólo en materia del arte, nosotros, por ejemplo, en la Biblioteca Nacional, proyectamos para el verano próximo un foro de la dominicanidad; ese foro, que será un exhaustivo congreso sobre identidad nacional, irá acompañado de múltiples actividades colaterales tales como exposiciones, conciertos, etc., que fortalecerán lo que se diga por personajes ilustres de todo el Caribe. Pero qué sentido tiene embarcarnos en un cónclave semejante si a fin de cuentas todo lo que se diga o se haga no podrá conservarse en un documento, es tan importante como decir que lo dicho quede en un lugar seguro, en una memoria que todos puedan usar para que esa memoria sea siempre un sano punto de partida, ya que el futuro siempre vendrá con sus retos, siempre nos está llegando.

 Ese foro [...] con las grabaciones formales de todos estos conciertos, sin el texto base de las conferencias, sin un video con la actividad de rescate de la danza, nos servirá de muy poco. Nosotros podemos hacer cultura, la hemos estado haciendo, pero la función primaria de toda cultura es su uso, su divulgación, que todos la puedan asumir en la intimidad y en lo colectivo. Los planes en vivo son infinitos, ideas de enorme valor ya han sido expuestas en talleres, conferencias, reuniones; nos pueden asesorar en danza, en música, en teatro, en cine, en literatura; ciertamente tenemos ideas, muchas ideas que sería oportunísimo en sus detalles compartir con la visión de los que ya han logrado trechos, lo que facilitaría nuestro camino hacia la consumación de una exitosa política de Estado en lo cultural.