UNA CARTA EN UN LIBRO.
Cuento.
Sebastián Jans ©
Cuando Víctor recibió las pesadas cajas de cartón, a punto de desbaratarse por el desorden de su contenido, pensó que, con aquella repentina recepción ordenada por el Venerable Maestro, lo único que estaba seguro era que tendría por lo menos un par de fines de semana de trabajo, clasificando y levantando un catastro minucioso de todos los libros, con el consiguiente malestar de su esposa e hijo, ya que tendría que adecuar los horarios de su tiempo libre para ese propósito. - Querido Hermano Víctor, mañana jueves, a las 6 de la tarde - le había dicho el Venerable Maestro. - Irá el hijo mayor del querido hermano Moisés a entregarnos los libros de la biblioteca, que nuestro difunto hermano legó en favor de la logia, y te solicito que hagas un catastro y clasificación para entregarlos al Bibliotecario. El anciano maestro Moisés, había expresado su deseo de que su biblioteca personal, que había atesorado a través de su infatigable lectura de tan prolongada vida, pasara a manos del Taller que le había cobijado, voluntad que dejó claramente establecida en una carta sellada para su hijo mayor, ya que su esposa había fallecido el año anterior. Al producirse su deceso, el hijo mayor encontró la carta a su nombre, en el velador de la habitación de la clínica, donde el anciano agonizó durante semanas, producto de un cáncer que avanzó aceleradamente por sus huesos, derramándose a través del torrente sanguíneo, por todo su desgastado organismo. Al abrir el sobre, el hijo leyó con detención, conociendo su voluntad respecto de varios aspectos domésticos y administrativos, familiares y sociales, y también en lo relativo a sus bienes personales. - Seguramente - pensó el secretario de la logia, al recibir las cajas repletas de libros - embaló los libros con demasiado apuro, a fin de no perder tiempo en cosas que debe haber considerado meras obligaciones filiales. De inmediato se reprochó el ser demasiado ligero en su juicio, y la memoria del anciano fallecido contribuyó a su arrepentimiento, porque era éste, cuando fue su Vigilante, quien constantemente le había repetido a sus aprendices: - " Piensen dos veces las cosas, y si es preciso tres o cuatro veces, antes de creer que tienen una opinión formada, y si tienen dudas, abténganse de creerlo". Como no tenía un estudio en su casa, ubicó las cajas en la pieza de servicio, alrededor de un mesón que había entre la lavadora y el estante de herramientas. Para trabajar en el mesón tenía un taburete, lo cual le daba las comodidades necesarias para trabajar sin ser molestado por los problemas cotidianos de orden doméstico, propios de un fin de semana común. Después de instalar las cajas, trajo un cuaderno y un lápiz, instaló una lámpara en forma improvisada, y de la cocina sacó un paquete de galletas saladas y una lata de gaseosa. Se detuvo a observar lo que pudiera faltarle. - Ah, los cigarrillos - se dijo y fue a buscarlos a una de sus chaquetas. Ya con lo necesario para no distraerse en interrupciones, abrió la primera caja, marcada con el número "1". Comenzó a sacar los libros, y inició una primera clasificación, haciendo montones separados con una primera referencia temática. Estaba seguro de que aquella primera clasificación era muy primaria, ya que la gran variedad de libros, en su perfil temático, lo obligaría a ampliar la gama para hacer un buen inventario. - Aquí "Temas Masónicos". Acá "Temas Históricos". En este otro "Temas Sociológicos". Por este lado "Temas Religiosos", y acá "Temas Científicos". El Hermano Moisés había sido un hombre de una cultura muy amplia, lo cual estaba perfectamente reflejado en el contenido de aquellas cajas, que daban cuenta de su incansable búsqueda. - " Un hombre sin la angustia de conocer, no merece llamarse hombre " - era otra de sus frases habituales. Víctor esbozó una sonrisa tibia, cuando tuvo que iniciar nuevos montones: - "Temas Culinarios"... "Cancionero de Tangos". Por cierto, el difunto siempre tuvo pasión por la cocina - preparaba una maravilla de paella y un sabroso pollo con puré de manzanas -, y era un muy entonado cantor de tangos, con un registro muy parecido al de Oscar Larroca. - "Poesía". ¡ Claro! ¡ Cómo no recordarlo con su recitar fluido, pleno de lirismo y sentido histriónico, cuando evocaba de memoria poemas enteros de Manuel Magallanes Moure, Amado Nervo o romances españoles de vieja data! - "Libros en Francés"... ¿ O le llamo "Temas Francófilos?" - pensó casi en voz alta, reprochándose nuevamente por su repetido desborde de ironía. Efectivamente, aquellos textos daban cuenta de la otra pasión de Moisés, quien había sido un eterno admirador de la cultura francófona, la que le había llevado incluso a aprender a leer en ese idioma, sin haberlo jamás hablado. - "¡ Libros de Mecánica!" - exclamó Víctor, inaugurando un nuevo montón. Así, cuando logró sacar todos los libros de las cajas, tenía mas de treinta montones temáticos. Entonces miró el reloj, y pudo comprobar que se le había ido toda la mañana en esa labor. Detuvo su que hacer para almorzar junto a su familia, y luego, regresó al proceso de clasificación. Como seguramente había mucho interés por tener sus libros masónicos en la biblioteca de la logia, partió por ese voluminoso montón, y resolvió reclasificarlos de la manera más simple: libros en español, libros en inglés, libros en francés y diccionarios masónicos. Moisés había viajado a otros países, oportunidades en que siempre tomó contacto con logias locales, además de mantener corresponsalías para efectos de intercambio de libros, con hermanos de otros Orientes. Habían libros de Lavagnini, Eugen Lennhoff, Wirth, E.T.B. Clavel, Jones, Pinto Lagarrigue, de esoterismo, simbolismo, de Madame Blavasky, etc. Comenzó a registrarlos, anotando en forma correlativa el título del libro, el autor, edición y año de publicación, dejando dos páginas del cuaderno para cada subgrupo temático. El registro de aquella primera partida, le demandó toda la tarde. Había libros de exigente encuadernación y fino papel; otros, de edición rústica. Muchos estaban ya a punto de desbaratarse, producto del tiempo transcurrido desde que fueron impresos, y sus bordes se desgranaban como pastel de milhojas. Cada uno mostraba en sus textos, párrafos completos subrayados o notas al margen, lo que daba cuenta de la lectura meticulosa de su fallecido propietario. Al caer la noche, luego de concluir con el registro del primer montón, Víctor suspendió su trabajo por un largo rato. Aprovechó de ir a hacer algunas compras con su mujer al supermercado, y arrendó una película en vídeo para sus hijos, comió con ellos y regresó a su labor. - "Temas históricos" - dijo en voz alta, y comenzó a separar los libros, definiendo algunos subtemas. - "Historia de la Antigüedad", "Historia Medioeval", "Historia Americana", "Historia Europea", "Historia Oriental", "Historia de Chile", "Ensayos históricos"... Reinició la meticulosa anotación en el cuaderno, título por título, tarea que se hizo mas prolongada esta vez, ya que la cantidad de ejemplares era mucho mayor. Libros de Carlyle, clásicos tales como Plutarco y Josefo, Luis Alberto Sánchez, Encina, etc. Había transcurrido gran parte del registro de aquella parte de los libros, cuando tomó un libro en francés: Le Mystére de Jesús de P.L.Couchoud. El título no lo sacó del ensimismamiento de su labor. Pero, al dejarlo en el montón de los ya registrados, afloró el borde de un sobre de carta. Abrió el libro y lo tomó entre sus dedos: era un sobre amarillento, en cuya parte exterior no había nada escrito, pero, tampoco estaba sellado. Observó hacia el interior y vio que había una o dos hojas dobladas. Dispuesto a no distraerse en su trabajo, dejó el sobre encima de unos libros, y siguió efectuando el lento proceso de registro de títulos. Terminó cerca de la medianoche, poco después que su mujer le había traído la tercera taza de café con galletitas. Encendió un cigarrillo y empezó a fumarlo lentamente, miró a su alrededor, comprobando lo avanzado y lo que quedaba por hacer, y calculó que el resto le demandaría por lo menos tres días de trabajo más. Entonces fue cuando sus ojos se encontraron nuevamente con el sobre. Lo tomó y lo abrió decididamente, extrayendo un par de hojas tan amarillentas como el sobre. Era una carta aparentemente olvidada. Su fecha databa de casi treinta años, y el encabezado decía:
"Querido Hermano Enmanuel" Estaba dirigida a uno de los más antiguos miembros de la logia, cuya asistencia a los trabajos era ya poco habitual, producto de sus enfermedades seniles, y el cual había compartido con Moisés gran parte de su vida masónica. Víctor dudó sobre si seguir la lectura, considerando que, al parecer, se trataba de una misiva personal. Dobló el papel para no seguir leyendo y reflexionó sobre si estaba procediendo en forma éticamente aceptable. Posiblemente era el borrador de una carta, que pudo ser enviada o solo fue un esbozo que nunca se envió. Por cierto, los factores de oportunidad y la temporalidad, debían ser evaluados, porque lo que se escribe frente a cuestiones que tocan la contingencia, tiene distinta valoración en su privacidad, a aquello que es considerado superado por el tiempo y las circunstancias. La posibilidad de que fuera un simple olvido de Moisés la desechó rápidamente, considerando el estilo metódico del maestro fallecido, que jamás descuidaba detalles de formas. No. Debió haberla dejado ex profeso. Recordó el libro en que la había encontrado y lo buscó entre los montones, hasta dar con él. Leyó nuevamente su portada: Le Mystére de Jesús de P.L.Couchoud. - El misterio de Jesús... - murmuró, hojeándolo sin entender ninguna de sus frases en francés, salvo palabras aisladas de similar escritura al español. Guardó la carta dentro del libro, fue al teléfono, buscó en la agenda, y marcó el número de Enmanuel. Buscando algún indicio, sobre la razón por la cual la carta estaba precisamente allí, le consultó sobre el libro de Couchoud. - Le Mystére de Jesús ... Si, recuerdo ese libro... Moisés trabajó mucho con él, pero, hace mucho tiempo... - divagó el anciano. - Muchos, muchos años... Fue un tema que lo apasionó cuando recién había llegado a la maestría... tal vez... Es un libro que trata de desarrollar una interpretación de los relatos bíblicos y las creencias religiosas cristianas a partir de San Pablo. Si mal no recuerdo, establece ciertas coincidencias entre los misterios cristianos y los de las religiones iniciales de la India. Después de algunas precisiones, Víctor agradeció al anciano por la ayuda prestada, reabrió el libro y lo hojeó nuevamente con mayor intriga. Abrió por segunda vez la carta y comenzó a leer el primer párrafo: " Una de las cosas más difíciles del hombre, es reconocer sus errores, especialmente cuando cree que la razón que esgrimió con tanto ímpetu, solo se diferencia de la verdad por un simple mal matiz de apreciación de quien sostiene el otro punto de vista." No pudo evitar cierto temblor de duda, aún con la incertidumbre sobre como enfrentar ese hallazgo. Pensó que, tal vez, debería informar al Venerable Maestro, previo a continuar la lectura. Sin embargo, recordó que la logia le daba la autoridad del caso, para conocer y guardar los secretos: su cargo era de secretario, el guardador de los secretos, y aquellos libros eran ya bienes de la logia. " Creo que es mi obligación escribir esta carta que, espero, te llegue cuando ya no me encuentre en la vida que conocemos, y donde tú y todo nuestro Taller podrán evaluar con mas tranquilidad los hechos que motivan esta misiva, y la escribo ahora, porque quiero que conozcas mis pensamientos y sentimientos de este momento, y no los del futuro, porque ahora es cuando está aún fresca la polémica que hemos sostenido y el futuro tiende a apagar los fuegos mas intensos, porque el futuro se encarga de la extinción del presente y de la construcción del pasado, y, dentro de algún tiempo, el episodio que ambos, y nuestra logia, hemos vivido, ya no será mas que un anecdótico recuerdo. Es cierto que ya me he excusado contigo, pero, la excusa, aunque sea muy sincera, no es mas que un formulismo, una manifestación de buenas maneras, que esconde siempre, tras su velo formal, los sentimientos y las explicaciones reales, que se guardan en lo mas profundo de la conciencia, y eso es lo que quiero que aflore en estas líneas. Si te hubiera enviado esta nota antes de este momento, me hubiera parecido pretencioso, prematuro y hasta arrogante. Escribo esta carta, pues, con la idea que, después de mucho tiempo, adquiera el valor de lo sedimentado por el tiempo, de lo tamizado con la paz de la ausencia. Hemos sostenido una intensa polémica, en el campo de las ideas, cierto; dentro de las formalidades logiales, también es cierto, en buenos términos, por supuesto. Pero, con un pretendido conocimiento superior, logré dejar la imagen de un mayor bagaje, de una mayor contundencia, que dejó la sensación de que tu habías sido superado en el debate. Todos sabemos que, en una logia, no hay espacio para vencedores ni vencidos. Sin embargo, en mas de alguna ocasión, la vehemencia o la encubierta arrogancia pueden dejar sensaciones dolorosas. He pensado que el debate que sostuvimos en torno a la existencia histórica de Jesús, es un tema apasionante, de gran relevancia para hombres como nosotros, preocupados y angustiados por desvelar los misterios de la vida. Mas, un buen debate no puede sustentarse en la pertinacia por imponer nuestros argumentos, por dos razones fundamentales: uno, que la posibilidad de revisar nuestras afirmaciones, en la búsqueda de la verdad, se hace más difícil; y dos, que ello tiende a destruir el propósito fraternal que nos congrega en logia. Yo fui pertinaz en ese debate, y busqué argumentos para enfrentarte, para llevarte a un terreno en que no pudieras rebatirme. De alguna manera, quise destruir tu planteamiento sobre la existencia histórica de Jesús, por una lealtad mal entendida con mis orígenes étnicos y culturales. Me sustenté en Couchoud, porque sabía que tu no podrías leer el francés, porque no podrías rebatir aquel libro, que no lo podrías analizar y encontrar sus debilidades. Entre los hermanos quedó la sensación de que tu habías sido débil en los puntos de vista que sostuviste, pero, la verdad es que yo solo fui un intérprete de ideas ajenas, que utilicé solo con la intensión de imponer mis puntos de vista con un apego dogmático a mi pretendida verdad. Como la muerte tiende a investir de lauros a quienes se han marchado hacia los ignotos caminos del Gran Arquitecto, no quiero que existan errores en el recuerdo que de mi se tenga, por lo cual solicito que lleves esta carta a la logia y las leas. Contribuirá, por cierto, a desmistificar las apreciaciones que de mí tengan mis hermanos, y que puedan ornarme de atributos que deben ser revisados, a la luz de esta carta.
Con el mas profundo afecto fraternal.
Moisés ".
Víctor llegó hasta la casa de Enmanuel, después de un recorrido que hizo desde su oficina, sumido en las reflexiones que le nacían respecto de la entrevista que debería sostener. El contenido de la carta le provocaba aprehensiones, ya que no le parecía adecuada la solicitud planteada por el extinto maestro, por el efecto que podía provocar respecto de su memoria, cuyo recuerdo acrecentaba su prestigio día a día, y por ende, el de la logia. Pese a todo, le parecía que tampoco debía ignorarse, porque tocaba una cuestión masónica de fondo. Apenas llamó a la puerta vio venir sonriente al anciano, que salió a recibirlo alegremente, estrechándole con un fraterno abrazo. - ¡Adelante, querido hermano secretario! ¡Que gusto de tenerlo de visita en mi casa! - le dijo y lo condujo hasta la sala de estar, donde le ofreció asiento en un mullido sillón y algo de beber. Luego, se disculpó: - Sé que he estado ausente en los últimos meses, pero, los años son una carga que cuesta mucho llevar, sobre todo cuando hace frío en invierno. Espero que no me traiga una sanción por mis faltas - bromeó. Víctor, que siempre había considerado a los maestros antiguos como autoridades superiores, que estaban mas allá de las formalidades y obligaciones de los cargos, se sintió incómodo con las explicaciones del anciano, ya que no se consideraba merecedor de ellas, pues, su propio cargo solo le confería una autoridad temporal y condicional, no relacionada precisamente con la sabiduría que poseía su anfitrión. Después de hacer algunas consultas sobre las últimas actividades de la logia, Enmanuel lo invitó a entrar en materia: - Estoy a vuestra disposición, querido hermano. Víctor carraspeó, mientras buscaba entre los documentos que llevaba en la mano. Cuando tuvo contacto visual con la misiva, sin tomarla aún, dijo con cierto tono inseguro: - Entre los libros del querido hermano Moisés, que decora el Oriente Eterno, que he tenido la responsabilidad de registrar y catalogar, he encontrado una antigua carta que está dirigida a su nombre. - ¿ A mi nombre? - preguntó Enmanuel con sorpresa. - Efectivamente, querido hermano - afirmó Víctor, precisando a continuación: - Por cierto, la carta estaba abierta y el sobre no indicaba destinatario, por lo que debí abrirla y percatarme de su texto. Extendió la misiva al anciano, que la recibió con curiosidad, abriéndola de inmediato, para conocer el contenido. Víctor lo observó silencioso, casi sin mover un músculo. El viejo maestro se puso los lentes de leer, que llevaba en el bolsillo de la camisa, e inició la lectura. A medida que avanzaba en las líneas del texto, su rostro fue reflejando una emoción paulatina, que terminó por dejarlo visiblemente turbado. Víctor tuvo la intención de excusarse e irse, sin embargo, no lo creyó prudente. Cuando el anciano concluyó su lectura, quedó mirando hacia un punto indefinido del espacio, como si su espíritu estuviera en otro lugar, distante, solitario, ignoto, ubicado en un punto impreciso del pasado. - Moisés siempre cuidó mucho los detalles - murmuró, luego de un largo silencio, esbozando una leve sonrisa. - ¿Sabe, querido hermano? Polemizamos toda nuestra vida masónica. Teníamos una formación muy distintas, ideas distintas, raíces étnicas distintas. Provenía de una familia judía muy confesional, y yo de una familia muy católica. Teníamos muy poco en común. Solo nuestra condición de masones... -. Introdujo la carta en el sobre. Su rostro se había vuelto plácido y la sonrisa que había esbozado previamente, se había sedimentado en las facciones de su rostro. - Por el incidente que hace alusión en la carta, ya se había excusado. En esa misma época. No había nada mas que decir. Sacó el papel doblado y lo reabrió, como si quisiera rectificar algo que no le hubiese quedado claro. - Tal vez escribió la carta antes de hacerlo verbalmente - insinuó Víctor. - No. Esta carta tiene un propósito distinto. Lo dice claramente en su párrafo final: quiere tener una especie de juicio logial por lo que considera un error grave en su vida masónica. Un juicio moral, un juicio de conciencia de cada uno de los hermanos del Taller, con la debida distancia de los hechos. Nuevamente introdujo la carta en el sobre. - ¿Qué piensa hacer, querido hermano? - preguntó Víctor, sintiendo que de alguna manera la consulta podía aparecer como impertinente. - Ud. es el destinatario de la carta. - Así es. Y me alegro que haya dejado en mis manos esta tarea. - Creo que mi deber está cumplido - señaló entonces Víctor, incorporándose para retirarse. - Le agradezco, querido hermano secretario, su especial atención conmigo. - Es mi deber, y por sobre todo un gusto. - Gracias, hermano. Pero, antes de que se retire quiero pedirle un favor. - Si está dentro de mis medios, haré todo lo posible. - Posiblemente sea algo difícil, pero, creo que puedo contar con Ud. Olvide la existencia de esta carta para todos los efectos - indicó el anciano con firmeza. - La memoria de Moisés merece el afecto y el respeto con que se le recuerda. La virtud más grande del hombre es reconocer sus defectos y sus errores, porque sin ello no es posible el perfeccionamiento humano. El hermano Moisés no solo se disculpó cuando correspondía, sino también ha querido dejar testimonio hacia el futuro de lo que consideró su error mas grave. A la distancia, el hecho es anecdótico, pero, una vez mas da una demostración efectiva de masonismo. Creo que esta carta, no ha hecho mas que confirmar su venerada memoria. - Estoy de acuerdo con Ud., hermano, y cuente con mi colaboración - dijo Víctor, y le tendió la mano. Se estrecharon las manos con calor, despidiéndose en la puerta. Víctor salió a la calle, y se alejó con paso lento, envuelto su espíritu en una sensación de satisfacción y contento. * * *
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