LAICISMO Y MASONERÍA.

LO SABIDO, QUE POR SABIDO SE CALLA

Y POR CALLADO SE OLVIDA.

Sebastián Jans

Conferencia en el Colegio Concepción Pedro de Valdivia

organizado por el Centro Cultural "Seamos Más" y el patronicio de logias de la Región del Bio-Bio.

23 de agosto de 2008

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Uno de los aspectos que me ha llamado la atención entre no pocos miembros de nuestra Orden, tiene que ver con una actitud que se expresa sintomáticamente    legítima desde luego, pero refutable en tanto expresión de ideas -, en cuanto a considerar que la cuestión del laicismo es una línea de argumentación que el tiempo ha superado, y que solo reviviría viejas querellas que no debieran ser parte de los temas masónicos del tiempo que vivimos.

Consideran que hay fuentes de la génesis masónica que se encuentran firmemente enraizadas en las tradiciones cristianas y que hay una inter-relación en sus motivaciones entre masones y cristianos, que superan las diferencias que, en ciertas coyunturas, pueden haber sido fuente de desavenencias.

Están, por otro lado, aquellos que sustentan sus argumentos en que, en ninguna parte de nuestra Declaración de Principios o de nuestros rituales, se expresa el carácter laicista de nuestra Orden.

Hay también algunos miembros de nuestra Orden, que han desarrollado una línea de argumentación quietista, y tal vez, sea esta la opción más sorprendente de todas. En las categorías del conocimiento occidental, el quietismo surge en el seno de la Iglesia Católica en el siglo XVII, cuando el español Miguel de Molinos propone el quies mentis, la quietud del espíritu frente a las cosas de este mundo, y que su discípula Sor María Roseta ejemplificaba con la afirmación: “Mi deseo es no desear nada... mi voluntad es no querer nada. Pero no deseo ni siquiera el querer no querer, porque me parece que esto es ya un deseo”.

 ¿Cuál es la línea de argumentación de nuestros quietistas masones de los albores del siglo XXI? En tanto masones, dicen, somos tolerantes, y la tolerancia implica la aceptación de las demás posiciones del espíritu, y cualquier acto que ataque posiciones eclesiales constituye un acto de intolerancia. Ante el riesgo de ser intolerantes, al hacer discrepancia activa frente a ciertas prácticas de sectores religiosos, lo más aconsejable sería no entrar en disputa alguna, ni siquiera en el plano de las ideas, y lo mejor es no actuar en sentido alguno.  Así tenemos la maravillosa conjunción entre el quies mentis católico del siglo XVII y la abstención intelectual y conductual de los masones, en aras de una visión inmovilista de la tolerancia.

 Desde luego, frente a esta quietud de espíritu masónico, proponemos la actividad del espíritu masónico. Nuestra conminación al trabajo bajo el arquetipo de Obrero de Paz, nos plantea que los temas de la espiritualidad masónica no son cuestiones que tengan que ver con la observancia etérea, abstracta, celestial, del mundo y la realidad. Los masones no asumimos la posición del loto, y no nos quedamos flotando en el agua quieta, como un monje oriental, esperando que pase el tiempo y que el sol y la lluvia hagan su tarea en la naturaleza.

Así, cuando asumimos la tolerancia, no la asumimos como el dejar hacer, ya que ello permite todo, sino que la asumimos con una acción práctica del espíritu, y en tanto razón práctica, debemos entenderla, primero, como una razón, es decir, un concepto válidamente aceptado por todos y consensuado en la acción social, y segundo, práctica, es decir, que es tangibilizable en los actos de quienes hacen el consenso social.   

Para quienes hemos asumido la tolerancia como algo vivo en la práctica social, no se trata solo de aceptar la libre expresión de las ideas, la convivencia con distintas visiones, la aceptación de la diversidad, la pluralidad en sus más variadas expresiones de conciencia; no se trata de ponernos solo en la aceptación de quien no es como yo, ni piensa como yo, no tiene los valores míos ni las improntas que son las mías.

¿De que se trata entonces? Se trata de algo más, de aquello que hace posible la condición de la tolerancia en los grupos humanos: la construcción de reglas que permitan la vida en sociedad sobre la base de la tolerancia. Y las reglas establecen la racionalidad que hace posible una tolerancia cierta, tangible, medible, cuantificable y calificable. Y vuelvo a insistir en la concepción moderna de la racionalidad, en el sentido que ella es lo consensuadamente aceptado por todos y cada uno de los componentes del ser social.

Y esto implica mayorías y minorías. Esto implica una concepción democrática y republicana, en su sentido clásico y moderno. Las reglas tienen validez cuando son producto de la valoración de quienes son circunstancialmente mayoría o circunstancialmente minoría. Una verdadera concepción ética de la democracia y de la convivencia social, debe basarse en la convicción más profunda de que cualquier sistema humanista, es decir, cualquier forma de estructuración social pensado en el ser humano, no está para garantizar los derechos de las mayorías, sino para garantizar los derechos de la minorías cuando se ponen en práctica las decisiones de las mayorías.

La tolerancia entonces, cuando se habla especialmente del derecho a ejercer los derechos de conciencia, cuando es practicada en forma activa, no desde óptica del dejar hacer, permite, en primer lugar, que se garantice en reglas específicas la libertad de conciencia, y en segundo lugar, que quienes están llamados a aplicar esas reglas prescindan de sus convicciones de conciencia, para asumir aquellas que la racionalidad de las reglas han determinado como inherentes al propósito de las reglas. Es decir, si las reglas que hemos instituido tienen un propósito aceptado por todos, ese propósito es superior a mis particulares disquisiciones de conciencia. Parte de mi libertad, parte de mis convicciones ceden ante la necesidad de respetar las convicciones de los demás.

Y cuando asumimos nuestras posiciones hoy, en tanto conciencia laicista, lo hacemos, como lo han hecho siempre los laicistas y los masones que reconocen su condición de Obreros de Paz, es decir, de constructores de la paz humana, sobre la base de la práctica tangible de la libertad, la igualdad y la fraternidad; cuando asumimos que somos artífices de una ética de convivencia humana basada en las posibilidades y potencialidades del hombre, no podemos mantenernos al margen de la labor de colaborar en el proceso de desarrollo de la sociedad de la cual somos parte. No podemos dar la espalda a la realidad de la que somos parte, y partir a refugiarnos en algún estado de excepción del espíritu, incontaminado por la práctica humana, o refugiarnos como los monjes en algún monasterio, lejos del ruido mundanal.

Cuando hace algún tiempo caminamos privados del más preciado de nuestros sentidos, se nos dijo que los hombres sin doctrinas arraigadas son como las embarcaciones con que juegan los cientos arremolinados. La alegoría no puede ser precisa respecto del rol del masón frente a los desafíos que le competen en tanto y cuanto tal.

Como masones podemos asumir muchas tareas a favor del hombre y de la Humanidad. Sin embargo, ninguna es más trascendente que su labor axiológica, sobre el sustento de los principios que comienza a aquilatar desde la noche misma de su iniciación. Y en el aprendizaje del masón, hay dos valores que son parte sustancial de nuestra doctrina, y por lo tanto, de nuestra calidad de masones. Uno de ellos es la tolerancia, reiterada con vivo encarecimiento, porque, al propagarla en el mundo profano, la Orden ha evitado muchos horrores. El otro es la caridad, la virtud que mas apreciamos tratándose de nuestros semejantes.

Si trabajamos con esos valores, que también son formas de conducta, veremos que inevitablemente llegaremos al laicismo como manifestación concreta de lo que implica ser un iniciado en nuestras prácticas y doctrinas. Esa consecuencia es la que hace innecesaria una definición textual en nuestra declaración de principios sobre el carácter laicista del ser masónico. Nuestros rituales nos hablan de que debemos hacer tangibles tales principios, nos llaman a demostrar en actos concretos nuestra fidelidad con los valores que hemos recibido en nuestra Iniciación.

Y enfrentados a la labor de proclamar la tolerancia, con vivo interés, nos percatamos que hay una labor significativa que hacer en extramuros. Porque la tolerancia que deseamos practicada en forma activa, está siendo coartada por tendencias claramente identificables, por acciones ciertamente evidentes, que deben ser enfrentadas en el ámbito de los debates éticos y en el ámbito efectivo de la práctica social. Es el momento entonces para que trabajen los Obreros de Paz.

Y al enfrentar la cotidianidad vemos que hay cuestiones que deben ser abordadas a partir de nuestras comunes racionalidades, aquellas que surgen de convicciones que hemos trabajado iniciáticamente en nuestras Cámaras y Tenidas, y que son nuestros consensos, nuestros comunes denominadores. Entonces, deviene el debate axiológico con quienes mantienen actitudes que consideramos no responden a concepciones basadas en la tolerancia, esa tolerancia activa de que hablábamos, es decir, una tolerancia que define reglas que debemos todos respetar. Por supuesto, nuestra primera intervención es y debe ser en el plano de las ideas, en el plano de los conceptos, en el plano del discurrir, del aporte reflexivo y del discurso. Pero, inmediatamente, viene nuestra segunda intervención, la cual no puede ser sino en el plano de la práctica, de la conducta, de cómo nos comportamos en el medio social.

Lo que hoy día hemos estado trabajando en Concepción, tiene que ver con esa intervención primera en el plano de las ideas. En la mañana hemos estado con los jóvenes, y ahora en la tarde lo hacemos en este medio fraternal.

Pero, ello es solo una parte de los esfuerzos que muchos masones están haciendo, desde el Gobierno Superior de la Orden, personificado en nuestro Gran Maestro,  Juan José Oyarzún, sus altos dignatarios y sus grandes oficiales, hasta muchos anónimos masones de logias a veces muy distantes del protagonismo que permiten las grandes ciudades. Pero, lamentablemente, aún faltan muchos masones que se integren activamente al esfuerzo de laicizar nuestra sociedad.

Pero, no quiero seguir hablando en un plano de abstracciones, sino que quiero ponerlos frente a la contingencia del día a día, y como las apreciaciones superficiales determinan conductas quietistas, cuando no conducen a la desorientación o, lo que es peor, a la ambigüedad.

En primer lugar, veremos lo que tiene que ver con las ideas, con los valores que son parte de nuestra identidad institucional, y que consensuamos con nuestra irrestricta adhesión a los principios masónicos, a sus prácticas y doctrinas iniciáticas.

En abril del año en curso, el Tribunal Constitucional, entidad institucional destinada a resolver las discrepancias constitucionales en las normativas legales que rigen nuestra República, emitió un polémico veredicto, en la cual, una mayoría cuestionable resolvió según sus intereses y opciones de conciencia, por sobre aquellos que establecen el sentido común y el bien común democráticos, que nos dice que cuando una autoridad aplica una decisión de mayoría debe velar por los derechos de las minorías.

¿Dónde ha estado centrado el tema sobre la larga y prolongada discusión sobre el uso de la Píldora Anticonceptiva de Emergencia o píldora del día después?  Sin duda, en el ámbito valórico, en el ámbito de las creencias de las personas, es más, en el ámbito de las legítimas y sentidas creencias de las personas. Y en ese ámbito, hay respetables creencias fundadas en distintas concepciones de la vida y del rol del hombre en la realidad humana y en la naturaleza.

El tema central es: ¿Cuándo comienza la vida humana? Hay masones que legítimamente piensan que la vida comienza en el nacimiento del niño, otros que creen que cuando – como lo reconocen los organismos internacionales de salud – en el momento en que el óvulo fecundado se asienta en el útero, y los hay también, aquellos que creen que la vida se produce en la fecundación del óvulo por un espermatozoide, como lo sostienen las autoridades eclesiásticas católicas. Bien por sus creencias, y el derecho a sostenerlas.

Comentario al margen: como no creo en esta última afirmación, eso de que la vida comienza en la fecundación, no puedo dejar de pensar en lo que tal vez pueda ser una herejía para más de alguien aquí presente, ante lo cual pido disculpas por el agravio, y que dice relación con lo siguiente: si la vida comienza en la fecundación del óvulo, deberíamos pensar que Dios es abortista, porque de cada ocho óvulos fecundados, solo dos logran anidarse. ¿Suponemos que Dios no está en ese momento preocupado de la vida o se preocupa solo a partir del momento en que se produce el anidamiento y comienzan a ocurrir cosas en el cuerpo de la mujer que ha quedado embarazada?

Abrimos un debate en la red sobre los que pensaban los masones respecto del dictamen del TC, y muchos se enfrascaron en el debate sobre si la píldora era abortiva o no era abortiva. ¡Pero, si lo que estaba en debate no era algo en torno a las convicciones de cada cual sobre el comienzo de la vida! El dictamen del TC lo que estableció con su decisión de mayoría es que había una concepción de la vida mejor que otra, que había una concepción valórica que debía imponerse sobre los demás. El TC determinó sobre la base de una mayoría que actuó en conciencia con sus valores, pero no en consonancia con la racionalidad, con valores comunes de país, no con el bien común, no con el consenso que funda una norma de convivencia donde todos y cada uno tienen derecho a actuar según sus valores.

¿Cuál debería ser doctrinariamente la específica posición del masón frente a un evento como este? Primero, discurrir de la manera más informada posible. Segundo, establecer su personal opinión, y hacerla cívicamente evidente. Y tercero, bregar porque la opinión contraria pueda ser libremente ejercida. Si yo tengo una convicción valórica sobre un tema cualquiera que involucra a toda mi sociedad, debo tener el derecho a actuar según esas convicciones personales. Pero, mis convicciones valóricas no pueden ser una regla para quienes no mantienen aquellas que no son las mías, y aún más, cuando difieren fundamentalmente de lo que yo sostengo. Esa doctrina debemos promoverla porque la hemos recibido desde el momento en que se nos llamó a practicar la tolerancia.

Entonces, frente a este evento particular, quiero manifestar mi desazón frente al quietismo y la ambigüedad que a veces advierto entre no pocos masones, cuando se trata de temas de nuestra sociedad que tienen que ver con lo más esencial de nuestra condición de iniciados y Obreros de Paz. Obreros, ejecutores, artífices y constructores de Humanidad. Solo como demostración y sin más comentario: en abril se produjeron diversas manifestaciones contra el fallo del TC sobre la PAE. Muchos trivializaron las protestas de las mujeres. Otros compartieron derechamente sus demandas de libertad de conciencia. Pero, les relato mi experiencia como masón santiaguino: la noche en que se hizo la protesta principal marchando por la Alameda hasta frente el Palacio de Gobierno, ninguna logia interrumpió sus Tenidas para dar libertad a sus miembros para asistir a esa jornada por las libertades individuales; ninguna logia previó mandar una delegación; y los masones que concurrieron, los más, fueron a mirar de pasadita, saludaron a algunos y se fueron sin comprometerse con quienes estaban tratando de asegurar la presencia masónica en un momento vital para la libertad de conciencia en nuestro país.

Cuando hablamos de laicismo como práctica social, en un medio como el que vive nuestro país, no está exento de enormes dificultades. Chile, durante más de un siglo, fue construyendo una cultura laica de modo progresivo. De alguna manera, fue uno de los países latinoamericanos que cimentó con cierto vigor la necesidad de abrirse a la diversidad, como lo vimos en la parte evocativa, cuando hemos hablado de lo sabido.

¿Por qué se produjo en algún momento el debilitamiento de la cultura laica en nuestro país? Como en todos los procesos históricos, hay varias causas que convergen. No voy a profundizar en ellas, pero creo que es necesario al menos enunciar alguna.

En algún momento, los argumentos laicistas se callaron, y fueron olvidados. Quienes representaron el movimiento laicista dejaron de asumir las tendencias predominantes de su tiempo, se anquilosaron. Por allá por los años 1960, la relación de los representantes laicistas con la terratenencia facilitará el rol de la Iglesia en el campesinado. El Concilio Vaticano II tuvo la virtud de contemporizar a la Iglesia, dándole fuerza al progresismo social. La Masonería fue quedando como una institución socialmente conservadora. En muchos aspectos la vinculación con tendencias autoritarias, hizo que su influencia decayera en la credibilidad social. El laicismo en sus expresiones políticas fue perdiendo apoyo electoral y se impusieron relatos que ponían acento en la ruptura antes que en el diálogo y el respeto a la diversidad.

Analizar el periodo que va desde 1960 a 1990, da para una jornada específica, y no hay tiempo para profundizarlo en esta ocasión.

Lo cierto es que llegamos a los albores del siglo XXI, y la reflexión laicista se repone con particular importancia, en la medida que las tareas políticas de la transición a la democracia se fueron cumpliendo. Lo sorprendente es que la F:.M:., aquella institución destinada a ser la líder espiritual y ética de la reivindicación laicista, no estaba debidamente remozada en sus conceptos para enfrentar los desafíos de una sociedad en cambios constantes. Cuando se analiza las planchas y los planteamientos masónicos de los últimos 20 0 30 años atrás, la reivindicación laicista tiene el sabor, olor y color de la visión decimonónica. Ello porque de una u otra forma, nos habíamos olvidado de que éramos la avanzada del librepensamiento y de las libertades de conciencia en nuestra sociedad.

Aunque habíamos sido los precursores de los derechos humanos de segunda y tercera generación, nuestro relato y nuestra representación cultural seguían descansando en los derechos humanos de primera generación, y anclados en la percepción del anticlericalismo.

Solo en los años transcurridos del siglo XXI, la Orden tomó conciencia de que los temas del laicismo estaban en otra etapa de su reflexión, y percibimos que estaban descansando más en las luchas de las mujeres y las minorías, que en lo que nosotros como masones éramos capaces de concebir reflexivamente.

Entonces comenzamos a darnos cuenta que la sociedad estaba concibiendo en los primeros esbozos ya de derechos de cuarta generación, y que, las grandes epopeyas del laicismo, parecían haberse diluido en sus resultados, y comenzamos a ver lo que estaba ocurriendo, lo que estaba predominando en nuestra sociedad.

  Y constatamos que así como los masones callamos aquello que era sabido en torno al laicismo, y por callado lo habíamos olvidado, así también nuestra sociedad había experimentado el silencio y el olvido. Y si el laicismo había tenido al frente a un confesionalismo poderoso en el siglo XIX, al iniciar el siglo XXI hemos constatado que el confesionalismo, como no había ocurrido desde la Colonia, hoy tiene un poder y un control determinante sobre la sociedad chilena.

Y, antes de seguir, quiero aclarar el concepto. El confesionalismo, no debemos entenderlo como la cualidad de tener una confesión o un credo. Cuando hablamos de confesionalismo no estamos refiriendo a la conducta que caracteriza a quienes, en base a su credo o confesión, establecen un proyecto de sociedad, un proyecto de poder, para imponerlo sobre toda la sociedad. Lo propio ocurrió con el clericalismo del siglo XIX, que fue la pretensión del clero de imponerse sobre la sociedad con un proyecto de control. Hoy el clericalismo no es necesario para quienes pretenden dominar material y espiritualmente a nuestra sociedad.

Entonces, al analizar y profundizar en las estructuras de poder en nuestro país, comprobamos cuan profundo es el control que el confesionalismo tiene sobre nuestra sociedad, como nunca antes en nuestra vida republicana. Controlan el poder económico, los medios de comunicación, la educación, los mandos de las instituciones del Estado, y hasta buena parte del poder político. En definitiva, todos los lugares claves para imponer su concepción de la vida y la sociedad.

¿Cómo dejamos que ello pasara? Porque callamos y al callar olvidamos. Como institución destinada a preservar los valores del laicismo, de promover su ética irrefutable desde el punto de vista de las libertades de conciencia, debíamos cumplir una tarea, y la tarea no se hizo.

Pero, poco a poco se ha ido retomando el rol que nunca debió abandonarse. El Gobierno Superior de la Orden, en el último decenio ha puesto nuevamente la impronta ética que hace del laicismo uno de los aspectos fundamentales de nuestra identidad iniciática. El Gran Maestro, Juan José Oyarzún tiene un compromiso y un liderazgo que reconocemos determinante en el reencuentro con nuestra historia y nuestra tradición laicista.

Pero, lo que hay que hacer en términos de conciencia laicista en nuestra Orden aún es mucho. Aún hay masones – un cantidad significativa – que este tema tiende a desacomodarlos, aún hay muchos que ponen la sospecha política en cuanto se ataca las bases del poder confesional que domina a nuestra sociedad, hay muchos aún que prefieren el estado de excepción del espíritu, un nirvana masónico, desentendiéndose del mandato iniciático que la Masonería nos señala a través de sus rituales: proyectar en la sociedad nuestra cualidad de masones, con sus valores, con sus contenidos, en los actos que necesariamente debemos llevar a cabo con ese sello indeleble. Y entre esos actos está la tarea de llevar a los extramuros nuestro mensaje de Humanidad, de cómo entendemos al hombre y como conjuramos los peligros que amenazan su conciencia y sus libertades fundamentales.

Las tareas surgen del diagnóstico cotidiano: recuperar un proyecto de educación para nuestro país, basado en el laicismo y en la libertad de conciencia; fomentar las libertades y derechos de las personas en la sociedad civil; recuperar el carácter laico del Estado, extendiendo la separación con la Iglesia a todos los niveles institucionales que de él dependen; garantizar que los actores del mercado estén desprovistos de sesgos confesionales; establecer reglas que garanticen la efectividad de los derechos de conciencia y aseguren las libertades para ejercerlos. En esa enumeración extremadamente sintética, está un mundo de complejidades que marcan la pauta de las libertades y derechos que debemos reivindicar, para lo cual todos los masones tienen un rol que cumplir.