...Y ME HIZO EL SIGNO.
Cuento.
Sebastián Jans ©
Cuando abrió los ojos sintió el cuerpo entumecido, como si una telaraña de hielo se hubiera apoderado de sus músculos y venas, quitándole todo el calor y todo atisbo de energía. Sintió todavía el olor a pólvora en el aire, en sus ropas, en la arena árida del desierto, impregnando hasta las rocas. Movió levemente los dedos, y comprobó que aún empuñaba su sable de oficial. Trató de reconocer el lugar en que se encontraba, moviendo levemente la cabeza, pero, no asoció en que parte se hallaba derrumbada su humanidad. Se afirmó en los codos, irguiéndose levemente, pero, acusó el dolor desgarrador de la bala incrustada en el hombro. (Comenzaba a caer el ocaso, y en el horizonte un rojo intenso se apoderaba del poniente, mientras, a lo lejos, a una distancia infinita, imprecisa, escuché los tiros de otras escaramuzas). Pestañeó para aclarar sus ojos turbios por las lágrimas que le producían las laceraciones de la herida. No pudo ubicar su caballo, lo que le aumentó la sensación de vulnerabilidad que dominaba su conciencia. Perder la cabalgadura era la peor tragedia que podía ocurrirle a un oficial de granaderos a caballo, sentencia que había sido repetida hasta el cansancio durante el periodo de instrucción. - "Pueden perder la virtud en manos de un cholo de dos metros de alto, pero, nunca perder el caballo" - había dicho el sargento instructor un centenar de veces. Recordando esas palabras casi obsesivamente calculó que debió haber estado inconsciente por lo menos un par de horas. (Había caído en una pequeña depresión de unos cuatro metros de diámetro, producto de una bala que me descerrajó uno de los malditos cholos, que se habían parapetado en ese accidente del terreno ante nuestra arrolladora embestida. Huían como conejos cuando nos vieron a la carga, y buscaron refugio en lo que el terreno mezquinamente les ofreció. Algunos, por machos o desesperanzados, aguantaron a pie firme, y otros, tomaron posición de tiro tras alguna roca o en el relieve del terreno. Eran unos pocos rezagados que, en la retirada del grueso de sus tropas, habían sido dejados en la retaguardia, para proteger lo poco que habían logrado reagrupar después de la reciente batalla. ¡Pobre carne de cañón, destinada a morir como fieras atrapadas en la primera escaramuza que se produjera con quienes les perseguíamos!). Las órdenes del coronel habían sido perentorias, luego de la victoria en la batalla: había que impedir el reagrupamiento de las fuerzas enemigas. Para ello envió cuatro patrullas de cincuenta granaderos a caballo, en dirección norte y oriente, a fin de extinguir en los vencidos toda posibilidad combativa y toda esperanza de recuperación. (Reaccionaban como fieras heridas, con una capacidad letal mayor, ante el hostigamiento de que eran objeto, porque es distinto cuando se lucha en el marco de una estrategia prevista, a cuando se debe luchar por la última posibilidad de sobrevivencia). Armas en ristre, atacaron a dos grupos de peruanos desbandados, a galope de carga, hasta que el teniente Sanfuentes sintió que una bala lo derribó violentamente, en una pequeña depresión de una explanada ardiente, donde un pequeño grupo trató de ofrecer digna resistencia y vender caras sus vidas. Cayó dando un alarido que nadie escuchó en el fragor del combate, y se precipitó a tierra, perdiendo el sentido. Su grupo de jinetes no pareció percatarse, pues, apenas dieron muerte al piquete de enemigos de esa posición, se precipitaron a galope tendido sobre un grupo mayor que se veía en el horizonte, en medio de una polvareda fantasmal, siempre encabezados por el arrojado capitán Lagos. (Nadie se dio cuenta de mi situación, estimulados por el fragor del combate. La braza de metal ardiente entró en mi hombro y me hizo perder la estabilidad sobre el caballo, derribándome. Cuando desperté había pasado mucho tiempo. Estaba rodeado de cadáveres de soldados peruanos, desangrados, los unos con un rictus de horror y desesperación en el rostro, los otros con las mandíbulas apretadas de decisión heroica. Todos eran jóvenes, mucho mas jóvenes que yo, un conjunto de proyectos de vida, de esperanzas, que habían sido cortados a sablazos y balas inmisericordes). Trató de ponerse de pie afirmándose con el brazo contrario, pero, debió volver a su posición anterior, producto de su debilidad; aspiró profundamente y concentró mentalmente sus fuerzas para hacer un nuevo intento. Dio un impulso con todo su cuerpo, y se irguió temblorosamente, con dificultad, casi sin aire en los pulmones, pero, logró ponerse de pie. De la herida manaba solo un hilillo de sangre. Rompió su pañuelo y la taponó, advirtiendo que el punto de penetración aún estaba insensible, pues, el dolor solo lo sintió adentro, en el lugar en que estaba alojado el proyectil. ("Felizmente es el hombro izquierdo, y me puedo defender con mi sable", pensé, y me incliné para recogerlo, ya que había tenido que soltarlo en el esfuerzo por incorporarme. Tenerlo me hacía sentir mas seguro, sobre todo al estar rodeado de cuerpos de enemigos que, aunque cadáveres, constituían un condicionamiento difícil de obviar). Estaba en medio de la hondonada y dio algunos pasos para salir de allí. Sin embargo, se detuvo. Le asaltó el temor de que, al emerger hacia la planicie, fuese visible para otros soldados enemigos rezagados que podrían abrir fuego en su contra. Soltó el sable, que en ese caso de muy poco le serviría, y cogió uno de los fusiles de los soldados muertos. Lo revisó para ver si tenía balas. Observó de nuevo los cadáveres. Los contó. Uno, dos, tres, cuatro, seis... ocho. Ocho muchachos. La forma como habían caído, y como les llegó el rigor mortis, les daba un aspecto absurdo, grotesco, como si fuesen marionetas abandonadas. Avanzó hacia el borde de la hondonada, agazapado, en la medida de sus fuerzas, evitando hacerse visible para quien estuviera fuera de ella. (Comprobé que en la reseca explanada no había alma alguna; a la distancia se observaban mas cadáveres tumbados. Busqué mi caballo, pero no había rastros de su presencia. Pensé en que debió seguir junto a los demás jinetes de mi patrulla, y estos seguramente volverían mas tarde en mi búsqueda, al percatarse de mi ausencia, reandando el camino realizado). Nada sacaría con aventurarse por la extensa explanada. Cuando más arriesgaría ser visto por el enemigo, que reconocería de inmediato su condición de chileno y su calidad de herido. Optó por sentarse en el borde de la depresión de terreno, junto a una roca que le permitiera apoyar la espalda. (Logré acomodarme después de varios minutos, que demoré en sentarme y ubicar bien mi cuerpo y el fusil que retenía entre mis manos, con la decisión de defenderme en cualquier momento, ante la eventual presencia enemiga. A lo lejos escuché un sonido de trompeta llamando a la carga tras los promontorios más cercanos, distantes cuatro o cinco kilómetros de mi posición. "¡ Loco!", Pensé, con una sonrisa, recordando el entusiasmo de mi capitán, que adquiría especial arrojo en aquellas situaciones, aún cuando la carga implicara un grave riesgo para su integridad personal). En la posición en que se acomodó, el dolor de la herida se atenuó un poco y empezó a invadirlo un suave sopor. El rojo del cielo poniente estaba más intenso y en menos de una hora comenzaría a oscurecer. "Ojalá regresen pronto", pensó, calculando que su patrulla debería regresar al lugar de la concentración de tropas antes de la noche, a fin de no exponerse mas allá del cumplimiento de las órdenes. A lo lejos se escucharon nuevamente tiroteos, producto de escaramuzas aisladas. (De pronto, escuché un quejido desgarrador. Era un soldado peruano, un oficial como yo, que estaba a diez metros de mi posición, y que también parecía estar recuperando sus sentidos. Me aferré al fusil y apunté sobre su cuerpo con gran dificultad). Lo observó por un largo rato, pero, el herido apenas se movió. Solo se quejaba lastimeramente. El teniente, sin embargo, lo mantenía bajo vigilante observación, así como respecto de todo el entorno, tratando de vencer su agotamiento y el sopor que amenazaba doblegarle. ( - "Agua" - gimió de pronto el cholo, suplicante. - "Agua, quiero agua" -, musitaba hacia algún oído misericordioso, mientras yo trataba de ignorarlo. - "Por favor, agua, un poco de agua". Busqué con los ojos, y advertí que uno de los cadáveres cercanos, tenía amarrada una cantimplora al cinto. "¡Si no fuera un maldito cholo!", pensé dominado por mis sentimientos de enemigo. Sin embargo, de inmediato me sobrevino el recuerdo de mi maestro, y sus palabras, cuando le expresé que me alistaría para partir a la campaña de Tarapacá, en medio del entusiasmo de mi generación por participar en la guerra. - "Vas a la guerra, muchacho - dijo mi maestro, - pero, no debes olvidar que tu fervor patrio no debe menoscabar tu condición humana. Lo verdaderamente trascendente en tu vida, es que sepas actuar con amor hacia los demás seres humanos". - "¡ En la guerra, maestro!" - había exclamado yo, con verdadero escepticismo. - "Especialmente en la guerra, muchacho. Si no es en la guerra, ¿cuando? ¿Cuándo es más fácil hacerlo?. ¿En la calma de la paz?"). Las súplicas del agónico enemigo se fueron haciendo más lastimeras y profundas. Habían pasado varios minutos desde que recobró la conciencia, y el teniente Sanfuentes seguía siendo presa de sus contradicciones. ¿Por qué no desarrajarle un tiro y despacharlo a la otra vida de una vez por todas? Pensaba en las arengas de los oficiales superiores, cuando acusaban al enemigo de ser violadores de mujeres, asesinos a mansalva, rufianes sin honor. "Confío en tu juicio", le había dicho su maestro. "No olvides que la guerra se sostiene en el odio. El jefe militar tiene que mantener el odio vivo sobre el enemigo, para que el soldado mate. Se requiere mucha sabiduría para no caer en esa lógica". (Después de largos minutos de conflictos en la íntima profundidad de mi espíritu, decidí hacer algo por aquel infeliz. Me sobrepuse a mi debilidad, me incorporé sobre mis pies y caminé vacilante hacia el cadáver que tenía la cantimplora, apuntando con el fusil, listo para abrir fuego. Llegué a mi objetivo tambaleante, pero, confiado en mis fuerzas. Poco convencido de su condición de cadáver, puse el cañón del fusil en la barbilla de eventual muerto, mientras con la mano del brazo herido trataba de soltar la correa de la cantimplora, sintiendo que el dolor provocado por la bala aumentaba notoriamente, mientras el sudor perlaba mi frente). Comprobando que así no lograría su objetivo, dejó el fusil en el suelo, y se ayudó con la otra mano, con el temor latente de que el soldado realmente no estuviera muerto y reaccionara en su contra. Sin embargo, el rigor del cuerpo le demostró que sus aprehensiones eran absurdas. Cogió la cantimplora con la mano izquierda, y recuperó el fusil, aproximándose al herido con precaución. (Cuando llegaba a mi objetivo me di cuenta que estaba ofreciendo demasiadas facilidades para que cualquier soldado enemigo pudiera abrir fuego sobre mí a la distancia, siendo yo un blanco seguro. Sin embargo, ya no había remedio. Me aproximé con cautela. Se percató de mi presencia cuando yo estaba a no más de un metro de distancia, y su rostro se contrajo con el miedo. Movió las manos penosamente a su alrededor, buscando algo para defenderse). El teniente solo atinó a darle un grito perentorio. - "¡Alto! ¡No te muevas o te mato". El peruano quedó inmóvil. Entonces le vio la herida. Tenía la guerrera empapada de sangre en la zona abdominal, y la inequívoca perforación de una lanzada. Uno de los coraceros de la patrulla chilena le había abierto el vientre con la punta acerada de su lanza. Estaba destinado a morir en cualquier momento, a consecuencia de la gran perdida de sangre. (Dejé el fusil con lentitud en el suelo, mientras me ponía en cuclillas a su lado, al tiempo que le mostraba la cantimplora para que entendiera el objeto de mis movimientos. Su expresión de pavor desapareció y me miró perplejo. Tomé la cantimplora con la diestra y la destapé con gran esfuerzo, debido a la poca movilidad que lograba tener con la siniestra). El peruano advirtió que el chileno también estaba herido, y su asombro se hizo más evidente, pese a la poca lucidez que le permitía su gravedad. El teniente acercó la cantimplora a la boca del herido y le hizo llegar un hilillo de agua. Tragó con dificultad varios sorbos, hasta saciar completamente su sed. Luego, cerró los ojos y pareció dormirse. ("Pobre imbécil", pensé. "Podría destaparte la cabeza de un tiro". Pero, su indefensión era tan patética que un sentimiento ignorado de piedad hacia el tan odiado enemigo, me embargó el espíritu hasta dominar toda mi conciencia). Se sentó junto al moribundo y observó nuevamente el horizonte. El rojo del poniente comenzaba a extinguirse y el ocaso se hacía dueño del desierto en forma progresiva. Las primeras sombras de la noche empezaban a dominar las laderas de los cerros que circundaban la explanada. (Me di cuenta que llegaría la noche y que el peruano sería víctima del frío nocturno de la pampa. Pronto regresaría mi patrulla, yo sería rescatado, y el moribundo quedaría allí, expuesto a la intemperie. Resolví prever aquella situación en alguna medida, y comencé a juntar arena a su alrededor, formando un pequeño muro de contención en torno a su cuerpo). Cuando terminó esa faena, se deslizó hasta el cadáver más próximo, y lo despojó de su guerrera, para cobijar al herido un poco más. Este comenzó a quejarse en forma desgarradora. Cuando el teniente terminó esa faena, las sombras de la noche habían avanzado bastante. (Sentí el tropel de mi patrulla que venía de regreso, en dirección a la concentración de tropas que se había producido al final de la batalla, en torno al puesto de mando del general. Tuve temor que pasaran de largo dejándome abandonado, por no verme, debido a la poca luz del ocaso, así que tomé el fusil y lancé un tiro al aire. El tropel se detuvo a una distancia imprecisa). -" ¡Quién vive!" - rugió la voz del capitán Lagos, que el teniente reconoció de inmediato. - "¡El teniente Sanfuentes!" - respondió. Los caballos reanudaron su marcha en dirección al herido, haciéndose visibles en la medida que se aproximaban. - "Lo buscábamos, mi teniente" -, le dijo el sargento Millán. - "¡Que pendejada! No nos dimos cuenta en que momento cayó del caballo. Fue culpa del entusiasmo". El teniente sonrió, al constatar que éste arrastraba su cabalgadura de las riendas. Uno de los soldados llevaba por las bridas otros cuatro caballos, pero, éstos con sus jinetes muertos, amarrados sobre las monturas. (El capitán observó al peruano quejándose, y me miró sin comprender. - "¿Y ése?" preguntó. - " ¿Ese es el cholo que lo hirió?". - "No lo sé, mi capitán" -, contesté con imprecisión, agregando a modo de relleno: - "Es un oficial". - "¿Y por qué no lo ha despachado?" -, preguntó sin miramientos. - "Está moribundo, mi capitán" - expresé nuevamente con tono vago, pero, ajusté la potencia de mi voz para decirle: - "Solicito permiso para llevarlo al campamento, mi capitán". Mi superior me miró como si estuviera observando a un demente. Luego de un largo silencio, en que la patrulla nos observaba sin pestañear, el capitán preguntó secamente: - "¿Por qué?". - "Para que lo atienda un médico" -, repliqué. Mi siguió taladrando con la mirada. Se apeó del caballo y se acercó al enemigo herido. Con la punta de su sable levantó la guerrera con la que yo le había cubierto, y observó la herida). - "¡Enfermero!" gritó, llamando al cabo Rojas, que descendió de su caballo como movido por un resorte. El teniente suspiró con escepticismo, ya que el aludido solo tenía la calidad de enfermero que le había dado el regimiento, con el único antecedente de que, en su pueblo de origen, se dedicaba a componer huesos dislocados. El cabo levantó de nuevo la guerrera, observó la herida y movió la cabeza negativamente. (Satisfecho con el diagnóstico, el capitán Lagos me dijo: "Ya lo ve. No hay nada que hacer. ¡En marcha!". "Pido permiso para seguirlo de inmediato, mi capitán", insistí a riesgo de chocar con su férreo y explosivo carácter. Nuevamente me taladró con sus ojos endurecidos, pero, movió la cabeza afirmativamente, ordenando al cabo Rojas que me esperara, e hizo un gesto al sargento Millán para que me entregara las riendas de mi caballo. Luego, dio la orden de marcha). De su montura, el teniente Sanfuentes sacó la manta y de las alforjas una porción de charqui. Cubrió al herido y le acomodó la cantimplora. El peruano se movió, volviendo poco a poco en sí. En su mano derecha le puso el charqui para que comiera. Luego, de dejarlo en una posición favorable para comer o beber agua, le hizo el saludo militar con la mano, a modo de despedida. - "Descanse", le dijo. "Trataré de enviarle ayuda en cuanto amanezca". (Entonces el peruano dejó caer el charqui de su mano, extendiéndola dificultosamente, y me hizo el signo. Asombrado de reconocerlo como miembro de mi fraternidad, hice lo mismo. Sonrió y yo también sonreí, mientras mis ojos se enturbiaban con lágrimas que no pude evitar). Entonces el moribundo ladeó la cabeza, y dejó escapar un profundo suspiro, un último hálito de vitalidad, y quedó inerte. Todo había ocurrido en unos pocos segundos, que el teniente Sanfuentes hubiera querido prolongar, para darle un abrazo, para estrecharle como lo hubiera hecho de haberse encontrado ambos a las puertas del templo de su fraternidad. Sin embargo, nada de eso sería ya posible, y el oficial no pudo evitar que la congoja le estrangulara la garganta. (Me puse nuevamente al orden, junto a su cuerpo yacente, y quedé un largo rato en esa posición, observado por el cabo Rojas, a varios metros de distancia, que no entendía lo que estaba ocurriendo. Lloré durante varios minutos con una pena infinita, pensando en lo absurdo de la contienda. Lo observé por última vez, y monté sobre mi caballo. Ya prácticamente era la noche total, y la luna comenzaba a alumbrar débilmente la explanada). * * *
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