VISIÓN MASÓNICA DE LA FIGURA DE JESÚS.

  Sebastián Jans

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En algún momento de la vida de masón, su búsqueda arquetípica se encuentra inevitablemente con la fulguris imago de Jesús, motivandolo a la búsqueda de un contenido profundo de carácter iniciático, que surgiera hace dos mil años de las comunidades judaicas de la diáspora, para penetrar en los esoterismos griegos, y que diversas escuelas han tratado a través de los tiempos posteriores de retomar en su sentido mistérico esencial, a pesar de su uso religioso y de las construcciones dogmáticas a partir de un credo.

Un contenido que surgió, al decir de Adeodato García[1], de un Cristo espiritual que tomó forma corpórea para satisfacer la idea metafísica de que el espíritu redentor no puede actuar sino encarnado en un cuerpo material.

¿Que es lo que pretende la Masonería al abordar el concepto arquetípico presente en el simbolismo de Jesús?

Para responder esta pregunta, es necesario adentrarse en las tradiciones esotéricas que se relacionan íntimamente con la concepción arquetípica jesuítica, vinculada a un conjunto de misterios que se asocian en la gnosis griega, entendiéndola esta como un albergue de diversos conocimientos simbólicos que se relacionan y se depuran hacia una idea de búsqueda transmutacional de la espiritualidad humana.

Distantes de cualquier pretensión de entrar a la discusión sobre la naturaleza histórica, sobre su condición divina, humana o dual, o sobre su aproximación social o política, en que más de algunos han incursionado,  para quienes somos masones, Jesús como lo es Hiram, constituye un símbolo a develar, un misterio prototípico sublime, un arcano mayor.

En esa perspectiva de la indagación simbólica, hay dos aspectos inseparables y absolutamente concurrentes, que se hacen evidentes en la concepción arquetípica jesuítica: el relato tradicional sobre la vida, pasión y muerte de Jesús y la cruz como su expresión mistérica insuperable.

Para Chevalier y Gheerbrant[2], “varios autores han visto en Cristo la síntesis de los símbolos fundamentales del universo: el cielo y la tierra, por sus dos naturalezas, divina y humana”, que “goza de este privilegio único de identificar el mediador y los términos de unir”, por lo que puede decirse que es “el rey de los símbolos”, y “el más totalizante de ellos”, según afirma Champeaux[3]. “La cruz - plantea Guénon - es sobre todo símbolo de la totalización eespacial[4], un símbolo de unidad, del ying y el yang, que también está expresado en la Tetraktis pitagórica. Champeaux  señala que la cruz tiene una función de síntesis y medida, donde se entremezclan tiempo y espacio, una expresión de comunicación. Es, en consecuencia, uno de los cuatro símbolos fundamentales junto con el centro (expresado en el punto), el círculo y el cuadrado, y el que los relaciona indisolublemente. A partir de la acción de la cruz desde el centro del círculo o del cuadrado se deriva el triángulo.

La pasión redentiva de Jesús se produce en la cruz, porque allí está la conjunción de sus dos naturalezas. ¿Acaso en el hombre imperfecto no están las dos naturalezas? Su suplicio pasa por la convergencia de sus dos naturalezas, en su rol de mediador. ¿Acaso no está en nuestra naturaleza la capacidad de mediar entre nuestra conciencia material y nuestra conciencia espiritual? El arquetipo jesuítico representa la idea de redención por excelencia, es decir, allí se hace efectivo un acto de liberación, el momento en que se terminan los pesares y las consecuencias de un tiempo aflictivo, ya que toda redención no puede sino hacerse en la materialidad, en el espíritu asociado a la corporalidad. Entonces la manifestación de un simbolismo redentivo en Jesús, tiene que ver con el citeriorismo, con la condición secular del hombre que vive su tiempo.

La yuxtaposición de ese mensaje con la propuesta simbólica de la Masonería, no puede ser más analogable, aún cuando se exprese con acepciones que puedan parecernos diferentes. La masonería pretende liberar espiritualmente al individuo, emancipándolo de las condiciones que le impone la materialidad. Su proceso de liberación se inicia desde el momento en que simbólicamente se le despoja de los metales, antes de golpear desordenadamente las puertas del Templo. Su marcha hacia el Oriente la da arrastrando el peso de su materialidad.

Por cierto, todas las escuelas espirituales de la Humanidad, han centrado su diagnóstico del error humano, de sus padecimientos y de sus angustias, en su materialidad. Su propia condición material le determina al ser humano en sus impulsos, deseos y determinaciones. Elevar al hombre espiritualmente implica, sobreponer los valores, sus abstracciones más sublimes, a un nivel determinante en sus actos. Así ocurre con las grandes corrientes espirituales del hombre de nuestro tiempo más allá de sus perfiles específicos, y ocurre con la Masonería, a la cual adscribimos porque nos presenta el camino más coherente con nuestras convicciones.

 La Masonería, que no trabaja sobre la base de la fe en torno a un credo – es decir, con una idea redencionista en torno a la observancia de un códice de creencias -, nos propone un camino de perfectibilidad, de superación gradual de nuestros defectos de herencia, a través del estudio reflexivo de ideales arquetípicos.

¿Qué recoge la Masonería al presentarnos la condición arquetípica de Jesús? No nos habla del Cristo, ni recoge la fusión conceptual de un Jesucristo. Lo que acoge derechamente es el relato jesuítico, no el relato cristológico, porque la Masonería pone la cuestión de la redención en el citeriorismo, no en la pretensión ulterior de expiación mediante la gracia providencial. Por lo demás, si nos involucramos en la exploración del relato cristológico, solo traeríamos confusión y estériles discusiones, pues bien sabemos de las controversias sobre la divinidad de Cristo, que llevaron a la formulación de distintos cánones y profesiones de fe, buscando superar los antiguos planteamientos arrianistas, monofisistas, nestorianistas, docetistas, adopcionistas, nicenos, gnosticismo, cátaros, etc. donde las naturalezas de Cristo estaban en oposición una con la otra, lo cual nos conduce hasta las corrientes contemporáneas del cristianismo, que también ponen en evidencia que hay distintas concepciones del Cristo.

Lejos de las discusiones que se manifiestan en la cristología, desde sus orígenes hace 2.000 años, que han buscado interpretar el simbolismo de Jesús a partir del relato que le da presencia en la cultura humana, y en que unos han apostado por la preeminencia de su naturaleza divina,  otros en su naturaleza humana, en tanto también están aquellos que han buscado validar las dos condiciones, lo importante para la Francmasonería es lo que está contenido simbólicamente en el relato jesuítico. Siguiendo el ejemplo de Jesús, la Masonería funda en el Amor todo el edificio social y material de la Humanidad.



[1] “Jesús. ¿Entidad histórica, legendaria, espiritualista o mitológica”. Adeodato García Valenzuela. Edit. Unión Fraternal. Chile, 1935.

[2] “Diccionario de los símbolos”. Jean Chevalier, Alain Gheerbrant. Edit. Herder. Barcelona, España. 1993.

[3] “Introducción al mundo de los símbolos”.  Guillermo de Champeaux. Encuentro, España. 1984

[4] “Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada”. René Guénon. Eudeba, Argentina, 1989.