
Me asomaba al balcón. A ese balcón donde un pedazo de plaza parecía
caer rendido a mis pies. Y me asombraba de que los árboles gritaran
sus colores, azotaran mis ojos incrédulos con sus flores y, llenas
de pájaros sus ramas, trajeran hasta mí la música de esa primavera
por despertar. Los bancos esperaban la noche porque venían cada
vez más enamorados a habitarlos. Y el cielo mismo se levantaba como
un cerco vital y avasallante que yo alcanzaba a percibir con el
dolido espanto de quedar lejos, muy lejos.
Esa tarde de octubre imposible de eludir pues me emborrachaba de
muchos modos, yo soñaba en florecer con una obstinada canción de
rosa nueva dentro. ¡Yo que era sólo un haz de leña seca!
Me miraba las manos ¡qué tontamente vacías! Escuchaba. Debajo
de mi piel, una mujer dormía su letargo de siglos. Desventurada era
esa hora, la del desasosiego estéril. Mi boca tenía el regusto
de una miel agridulce.
Cerré el ventanal, corrí a la plaza y me dejé caer sobre un
banco como si me acabaran de hachar. El llanto quiso mojarme los
ojos. Descubría que había durado sin vivir. Cuando estaba por
dejarme llevar a ese río de muerte, apareciste.
No había sentido tus pasos, y ahora escuchaba tu voz, veía tus
gestos pausados. Empujé los fantasmas. Me inventé una sonrisa
para que no vieras tamaña pena en mi rostro. Pero estaba aturdida.
Porque a tu "Hola, ¿qué tal?" no respondí con frases hechas; sino
con monosílabos y con silencios enormes, que me desnudaban entera,
que entregaban a un desconocido mi verdad y mi infierno.
Y te conté mi historia. No te asombró. Era una de tantas diminutas
historias que pueblan el universo. No recuerdo qué me dijiste;
eso sí, recuerdo que de tu mano llegué a la paz, a la aceptación
de que mi angustia debía comenzar a ser pasado.
Caminamos. La noche se había derrumbado bellísima sobre la ciudad.
Mi corazón latía al ritmo de tus pasos, y mis pasos no querían
llegar al destino fatal de la despedida.
"Hasta mañana". No me equivocaba. Me lo decías a mí. Era como si te
hubiera contemplado de pie sobre un acantilado, sonriente y decidido
a la vez, arrojando al mar una botella con un esperanzado mensaje
dentro, con una suerte de estrella encarcelada que yo necesitaba
liberar para que me entibiara el alma.
Me dejé llevar por esa placidez que comenzó a nacer ahí mismo. Y fue
hasta mañana. Y soñé también tardes y noches y amaneceres, esperando
de tu voz esa palabra tan simple y omnipotente a la vez como que era
capaz de enseñarme a querer vivir después de haber amado dolidamente
la muerte...
¡Hola! Así me rescataste. Quisiera saber por qué o para quién. Si
solamente para mí o también para los dos.
Como la leyenda del ave que revive me identifiqué sobre las cenizas,
me liberé de la ciénaga. Porque tuve brazos y piel y ternuras desbordadas
que me ungían para la consagración suprema, cada vez que me encontraba
en tu abrazo, jubilosa de tus labios, total en tu dulzura.
Ahora, cuando la niebla me acecha, cuando la tempestad cava abismos
en un mar que no es azul, cuando astilla mi barca, cuando vuelvo a ser para
siempre un puñado de ceniza inútil para el vuelo; ahora, desespero por escuchar
en medio de este silencio que comienza a sepultarme a fuerza de pura tristeza,
el eco amado de tu palabra tan querida.
Me guardo una esperanza. Tal vez algún duende la haya aprendido para
repetírmela porque se enteró (espiando en mi sangre) que al decirla
me alcanzaste, como un sol, mi única dicha.
