
Te llamo. En sueños digo tu nombre
y tu figura se me pinta en las pupilas
y tu olor se me prende en la piel.
¿Qué mágico poder tienes sobre mí?
¿Cómo puedes ser el dueño de mi todo?
Y como si una vez no me bastara
para sufrir esa sensación de dependencia,
vuelvo a llamarte cuando despierto.
Es ahí que aparecen: ese brillo en mis ojos
y el perfume a jazmines y el sol en mi pelo...
y una lágrima (sólo una me permito)
al recordar que ya no te tengo.
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