Marie
Bashkirtseff |
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Correspondencia
Marie Bashkirtseff - Guy de Maupassant
Corría marzo de 1884 y Marie
Bashkirtseff venía de obtener, el año anterior, una medalla en
el Salón de Paris, consagratoria de su labor artística y se aprestaba
a gozar de un gran suceso por “El meeting” el cuadro que le valiera
una breve pero fulgurante celebridad en Francia y en otros países europeos.
Tenía ella 25 años y una tuberculosis terminal. Conciente de que
ya no le restaba tiempo para acceder a la gloria por medio de la pintura, piensa
que tal vez sus escritos puedan proporcionarle la inmortalidad que tanto ansía.
Tenía en su poder una montaña de manuscritos, 19.000 páginas
de un Diario íntimo escrito todos y cada uno de sus días desde
los catorce años, a los que ella considera con suficiente valor literario
como para encarar su publicación. Pero debería ser previamente
editado y resumido y Marie no confía en su familia. Decide, por consiguiente,
entregárselo a alguien, a alguien superior. Un año antes, Alejandro
Dumas (h) la había rechazado, despectivamente. En este momento fija su
atención en Guy de Maupassant y es entonces cuando le escribe, con el
propósito de ganar su amistad.
1ª carta de Marie Bashkirtseff
A GUY DE MAUPASSANT
Marzo de 1884
Muy Sr. mío:
Lo leo casi con felicidad. Usted adora las verdades de la naturaleza
y nos descubre una poesía realmente notable conmoviéndonos, al
mismo tiempo, con detalles de sentimiento tan profundamente humanos que nosotros
creemos reconocer, y lo amamos a usted con un amor egoísta. ¿Es
una frase hecha? Sea indulgente, el trasfondo es sincero. Es evidente que querría
decirle cosas exquisitas y sorprendentes, pero me es difícil, por lo
pronto. Eso es lo que más lamento, teniendo en cuenta que es usted lo
bastante notable para que alguien sueñe muy novelescamente con convertirse
en confidente de su bella alma, si es que su alma es bella, a pesar de todo.
¡Si su alma no es bella y si no se inclina por esas cosas, lo lamento,
por usted en primer lugar, luego lo califico de fabricante de literatura...
y paso! Fíjese que durante un año he estado a punto de escribirle
pero... varias veces creí que sería algo ridículo y que
hacerlo no valdría la pena. Cuando, repentinamente, hace dos días,
leo en Le Gaulois que alguien lo honró con una epístola graciosa
y usted solicitaba la dirección de esta buena persona para responderle.
Es entonces que me atacaron inmediatamente los celos, sus méritos literarios
de nuevo me deslumbraron y heme aquí.
Ahora, escúcheme bien, yo permaneceré siempre en el anonimato
(para bien de ambos) y ni siquiera deseo verlo de lejos, su rostro podría
desagradarme, ¿quién sabe? Sé solamente que usted es joven
y que no se ha casado, dos puntos esenciales incluso allá entre las nubes.
Sin embargo, debo advertirle que soy encantadora. Este suave pensamiento lo
animará a responderme. Me parece que si yo fuese hombre no querría
alguna relación, ni siquiera epistolar, con una vieja inglesa mal vestida...
aunque ella tuviese algún tipo de sapiencia.
Miss Hastings.
R. G. D. Bureau de la Magdeleine
1ª carta de Guy de Maupassant
A MARIE BASHKIRTSEFF
Cannes, 1, rue du Redan.
Marzo de 1884.
Muy Sra. mía:
Mi carta indudablemente, no será la que usted espera.
Quiero antes que nada agradecerle sus buenas consideraciones para conmigo así
como sus agradables cumplidos. Luego vamos a hablar como gente razonable.
¿Pide ser mi confidente? ¿A título de qué? Usted
es una desconocida. ¿Por qué yo le habría de confiar a
usted, a quien no conozco y cuyo espíritu, inquietudes y otras cuestiones
pueden no concordar con mi temperamento intelectual, aquello que le puedo expresar
a viva voz, en la intimidad, a aquellas mujeres que son mis amigas? ¿No
sería eso algo así como un acto atolondrado propio de amistades
pasajeras?
¿Qué es lo que el misterio puede añadir al encanto de las
relaciones epistolares?
¿Toda la dulzura de los sentimientos entre hombre y mujer (y me refiero
a afectos castos) no proviene acaso del placer de verse y de hablar observándose
o de encontrar en su pensamiento, cuando uno le escribe a la amiga, los rasgos
de su rostro flotando entre sus ojos y ese papel?
¿Cómo escribir incluso cosas íntimas, la profundidad de
uno mismo, a un ser de quien se ignora la forma física, el color del
cabello, la sonrisa y la mirada?
¿Qué interés tendría yo de decirle "yo hice
esto, hice eso", sabiendo que eso no evocará para Ud. más
que la imagen de cosas poco interesantes, puesto que Ud. no me habrá
de conocer.?
Hizo alusión a una carta que recibí últimamente, era de
un hombre que me pedía un consejo. Eso es todo.
Respondo cartas de desconocidas. Recibí después de dos años
alrededor de cincuenta a sesenta. ¿Cómo elegir entre estas mujeres
el confidente de mi alma, como usted dice?
Cuando ellas quieren mostrarse y hacerse conocer, como en el mundo simple de
los burgueses, algunas relaciones de amistad y confianza pueden establecerse;
si no ¿por qué descuidar a las amigas encantadoras a quienes se
conoce, por una amiga que puede ser encantadora, pero desconocida, es decir,
que puede ser desagradable a nuestros ojos, o a nuestro pensamiento? Pero todo
esto no es muy galante, ¿no? Sin embargo, si me lanzara a sus pies, ¿podría
Ud. creerme fiel a mis sentimientos morales?
Perdone, señora, estos razonamientos de hombre más práctico
que poético, y créame vuestro agradecido y devoto
Guy de Maupassant
Perdón por las borraduras de mi carta, no puedo redactar sin hacerlas y no he tenido tiempo de rescribirla.
2ª carta de Marie Bashkirtseff
A GUY DE MAUPASSANT
Marzo de 1884
Su carta, señor, no me sorprende aunque no esperaba de
usted nada de eso que usted parece imaginar.
Pues para empezar yo no le pedía ser su confidente, eso hubiese sido
un poco demasiado simple y, si tiene tiempo de releer mi carta, verá
que usted, de primera impresión, no ha podido entender el tono irónico
e irreverente que he empleado al respecto.
Usted me revela por otra parte el sexo de su otro corresponsal, le agradezco
que me tranquilice, pero mis celos son absolutamente espirituales, eso me importaba
muy poco.
Responderme confidencias sería un acto atolondrado, atento a que no me
conoce, ¿no es así?... ¿Sería entonces abusar de
su sensibilidad, señor, que se aprenda de usted, así sin mayor
trámite, la muerte del rey Henri IV?
Responder confidencias, puesto que usted vio que yo se las pedía a vuelta
de correo, sería para usted burlarse espiritualmente de mi pero si yo
hubiera estado en su lugar lo habría hecho, ya que soy a veces muy alegre
y a menudo bastante triste como para soñar efusivamente por carta con
un filósofo desconocido o para compartir las impresiones que usted apunta
sobre el Carnaval. ¡Toda bien hecha y profundamente sentida esa crónica,
dos columnas que se releen tres veces, pero en cambio, qué cantinela
la de la vieja madre que se venga de los prusianos! (Eso debe datar de la época
de la lectura de mi carta.)
En lo que se refiere al encanto que puede añadir el misterio, todo depende
de los gustos... Que no le divierta a Ud., bien, pero a mí eso me divierte
locamente, lo confieso con toda sinceridad así como le confieso la alegría
infantil que me ha provocado su carta, tal cual.
Por otro lado, si eso no le divierte, será que ninguna de sus corresponsales
pudo conmover su interés, eso es todo, y si yo tampoco supe tocar la
nota justa, soy lo suficientemente razonable como para apreciarlo.
¿Nada más que 60? Lo habría creído más asediado.
¿Les respondió a todas?
Mi temperamento intelectual puede no convenirle a usted.... Sería bien
difícil... en fin, creo que lo entiendo (es, por lo demás, el
efecto que los novelistas producen sobre las mujercitas un poco estúpidas).
Por lo tanto debe usted tener razón.
Como le escribo con la mayor simplicidad (debido al sentimiento que le he mencionado
anteriormente), probablemente tenga el aire de una joven sentimental o incluso
de una buscadora de aventuras... Eso sería humillante.
No se disculpe entonces de su falta de poesía, galantería, etc.
Definitivamente mi carta no era interesante.
¿Entonces, muy a mi pesar, terminaremos aquí? ...a menos que pueda
algún día probarle que no merecía ser la número
61.
En cuanto a sus razonamientos, son buenos pero parten de fundamentos equivocados.
¡Le perdono todo, incluso las borraduras y la vieja y los prusianos! ¡¡¡Sea
feliz!!!
Con todo, si bastase con una vaga descripción personal para atraer sobre
mí las bellezas de su vieja alma sin olfato, se podría decir por
ejemplo: cabello rubio, estatura normal. Nacida entre 1812 y 1863. Y en cuanto
a lo moral... No, parecería que estuviese presumiendo y usted pensaría
que soy de Marsella.
P.S.: Perdóneme las manchas y las borraduras, etc. pero
ya me he copiado tres veces.
2ª carta de Guy de Maupassant
A MARIE BASHKIRTSEFF
Cannes, 1, rue du Redan.
Marzo de 1884.
¡Pues sí, señora, una segunda carta! Eso
me asombra. Persigo quizá una vaga intención de arrojarle impertinencias.
Lo cual me está permitido puesto que no la conozco; pero no, ¡le
escribo porque me aburro abominablemente!
Me acusa de haber hecho una cantinela con la vieja y los Prusianos, pero todo
lo mío es cantinela. Yo no hago más que eso; sólo entiendo
de eso. Todas las ideas, todas las frases, todos las discusiones, todas las
creencias son cantinelas.
¿No es una, y una fuerte y pueril cantinela escribirle a una desconocida?
En resumen, en el fondo no soy más que un tonto. Usted me conoce más
o menos. Sabe lo que hace y a quien se dirige; le han dicho esto o eso sobre
mi, de bueno o de malo: poco importa. Aunque no se hubiese encontrado con ninguna
de mis relaciones, que son amplias, usted ha leído artículos en
los diarios sobre mi y cuenta con mi retrato físico y mi descripción
moral; finalmente se divierte, muy segura de lo que hace. Pero ¿y yo?
Puede ser usted, ciertamente, una mujer joven y encantadora a quien yo, un día,
me sentiría feliz besándole las manos.
Pero ¿no puede ser también una vieja portera de esas que se alimentan
con novelas de Eugène Sue?
¿Será usted una joven dama de compañía, intelectual
y madura y seca como una escoba?
¿De hecho, es delgada? No demasiado, ¿no es cierto? Lamentaría
tener una corresponsal escuálida. De todo desconfío con las desconocidas.
Me han atrapado en trampas ridículas. Un internado de jóvenes
muchachas mantuvo conmigo correspondencia por la pluma de una maestra suplente.
Se pasaban mis respuestas de mano en mano durante las clases. El truco era divertido
y me hizo reír cuando la he sabido por medio de la propia maestra.
¿Es usted mundana? ¿una sentimental? ¿o simplemente una
soñadora? o acaso simplemente una mujer que se aburre y que se distrae.
Yo, mire usted, no soy para nada el hombre que usted busca.
No tengo un gramo de poesía. Todo lo tomo con indiferencia y paso dos
tercios de mi tiempo aburriéndome profundamente. ¡Ocupo al tercer
tercio escribiendo líneas que vendo lo más caro posible, dolorido
de verme obligado a ejercer este oficio abominable que me valió el honor
de ser distinguido, moralmente, por usted!
He aquí confidencias. ¿Qué me dice ahora, señora?
Debe encontrarme muy mal educado, perdóneme. Me parece, cuando le escribo,
que camino por un negro túnel temiendo encontrar pozos delante de mis
pies. Y doy golpes de caña al azar investigando el terreno.
¿Cuál es su perfume?
¿Es usted golosa?
¿Cómo es su oreja?
¿El color de sus ojos?
¿Sabe de música?
No le pregunto si es casada. Si lo es, me responderá que no. Si no lo
es, me responderá que sí.
Besa sus manos, señora,
Guy de Maupassant
3ª carta de Marie Bashkirtseff
A GUY DE MAUPASSANT
Marzo de 1884
¡Se aburre abominablemente! ¡Ah! ¡¡cruel!!
Esto es para no permitir que me ilusione sobre el motivo por cual me ha hecho
el honor de... de eso que, llegado en un momento propicio, me encantó.
Es cierto que me divierto, pero no que lo conozca tanto como dice; le juro que
ignoro su color y su estatura y que, como hombre privado, no lo entreveo sino
a través de los escritos con que me gratifica, aún los que vienen
con malicia y afectación.
En fin, por ser un pesado naturalista no es tan tonto y mi respuesta sería
un mundo si yo me ponderase por amor propio. No es necesario dejarle creer que
todo mi espíritu es lo que pasó por allí.
Vamos en primer lugar a liquidar lo de las cantinelas, si usted quiere, esto
será un poco extenso porque que me han colmado, ¿sabe? Tiene usted
razón... en líneas generales.
Pero el arte consiste precisamente en hacernos tragar cantinelas encantándonos
eternamente como lo hace la naturaleza con su eterno sol y su vieja tierra,
y sus hombres construidos muy sobre el mismo patrón y animados alrededor
de los mismos sentimientos... Pero..., ahí están los músicos
que sólo tienen algunos sonidos y los pintores que sólo tienen
algunos colores... Por otro lado, usted lo sabe mejor que yo y quiere hacerme
hablar... y ¿cómo no?, es un honor...
Cantinela, ¡sea! La madre y los prusianos en literatura y Juana de Arco
(¹) en la pintura.
Esté realmente seguro de que un pícaro (¿le parece bien
este término?) no encontrará una faceta más novedosa y
conmovedora...
Pero está claro que como crónica semanal, es sin embargo bastante
buena y lo que le digo... ¡lo que quiero decirle es sobre esas otras cantinelas
acerca de su tan doloroso oficio! Me toma por una burguesa que lo considera
a usted un poeta y pretende aclarármelo. George Sand ya se ha jactado
de escribir por dinero y el laborioso Flaubert ha llorado sus penurias extremas.
Vaya, el mal que se da se siente. Balzac nunca se ha lamentado de eso y era
siempre entusiasta de lo que iba a hacer. En cuanto a Montesquieu, me atrevo
a decírselo, su gusto para el estudio fue tan vivo que, si ha sido la
fuente de su gloria, lo fue también el de su felicidad, como diría
la maestra de su fantástico internado.
Por lo que se refiere a vender caro, está muy bien, ya que sin oro nunca
hubo gloria realmente brillante, así como lo dice el judío Baahron,
contemporáneo de Job (fragmentos conservados por el estudioso Spitzbube,
de Berlín). Por lo demás, todo gana estando bien encuadrado, la
belleza, el genio e incluso la fe. ¿Dios no vino en
persona a explicar a su siervo Moisés los ornamentos de su arca, recomendando
que los querubines que debían flanquearlo fueran de oro y de un trabajo
exquisito?
Entonces, ¡cómo!, ¡se aburre y todo lo toma con indiferencia
y no tiene ni un poco de poesía!... ¡Si usted cree con eso asustarme!
Lo veo desde aquí, debe tener un vientre bastante grande, un chaleco
demasiado corto en tela indefinida y suelto el último botón (²).
Pues bien, me interesa usted a pesar de todo.
Únicamente no puedo comprender cómo puede aburrirse; ¡yo
estoy a veces triste, o desalentada o furiosa, pero aburrida... nunca!
¿No es el hombre a quien busco? ¡Qué desgracia! (he aquí
la portera) Sería usted muy amable mostrándome como debería
ser.
Yo no busco a nadie, señor, y considero que los hombres sólo deben
ser accesorios para las mujeres fuertes (la vieja muchacha seca).
Finalmente voy a responder a sus preguntas y con una gran sinceridad ya que
no me gusta jugar con la ingenuidad de un hombre de genio que se adormece después
de cenar, fumando su cigarro.
¿Delgada? ¡Oh, no!, pero gruesa tampoco. ¿Mundana, sentimental,
novelesca? ¿Pero cómo lo entiende usted? Me parece que hay lugar
para todo eso en un mismo individuo, todo depende del momento, la ocasión,
las circunstancias. Soy oportunista y sobre todo víctima de los contagios
morales: así se puede llegar a carecer de poesía, igual que usted.
¿Mi perfume? El de la virtud. Vulgar nunca. Golosa sí, o más
bien difícil.
La oreja es pequeña, poco regular, pero bonita, los ojos grises. Sí,
sé de música pero no soy pianista como lo debe ser su maestra
suplente. ¿Si no fuese casaba podría acaso leer sus abominables
libros?
¿Satisfecho con mi docilidad? En caso afirmativo, desabróchese
otro botón y
piense en mí mientras desciende el crepúsculo. Si no... tanto
peor, me parece que le he dado mucho a cambio de sus falsas confidencias.
¿Me atrevería a preguntarle cuáles son sus músicos
y sus pintores?
¿Y si yo fuese hombre?
(¹) Se refiere a un, por entonces, famoso cuadro de su amigo Jules Bastien-Lepage).
(²) A esta carta se adjunta un bosquejo que representa a un hombre obeso
adormecido en un sillón bajo una palmera al borde del mar, una mesa,
una cerveza, un puro.
3ª carta de Guy de Maupassant
A MARIE BASHKIRTSEFF
Cannes, 3 de abril de 1884.
Señora, acabo de pasar quince días en París
y, como había dejado en Cannes indicaciones un tanto cabalísticas
para hacerme llegar mi correspondencia, no pude responderle antes.
Y luego, sabe, señora, ¡me ha asustado terriblemente! ¡Me
cita golpe a golpe, sin previo aviso, G. Sand, Flaubert, Balzac, Montesquieu,
el judío Baahron, Job y el científico Spitzbube, de Berlín,
y Moisés!
¡Oh! ahora lo conozco, bonita máscara, es un profesor de sexto
del colegio Louis-le-Grand, creí entreverlo aunque dudaba un poco, su
papel tenía una ola de olor a tabaco en polvo.
Entonces, voy a dejar de ser galante (¿lo fui?) y voy a tratarle en Universitario,
es decir, en enemigo. ¡Ah, viejo astuto, viejo pasante, viejo roedor de
latín!, ¿quiso hacerse pasar por una bonita mujer? ¡E iba
a enviarme sus ensayos, un manuscrito acerca del Arte y de la Naturaleza, para
que yo lo presente ante alguna revista y se lo comente en algún artículo!
¡Vaya fortuna no haberlo prevenido de mi paso por París! Habría
visto llegar en casa, una mañana, a un viejo raído que, dejando
en el piso su sombrero, sacaría de su bolsillo un rollo de papel atado
con una cuerda. Y me habría dicho "señor, yo soy la dama
que....."
Y bien, señor profesor, voy sin embargo a responder a algunas de sus
preguntas. Comienzo por agradecerle los benévolos detalles que me da
sobre su aspecto físico y sobre sus gustos, le agradezco también
el retrato que hizo de mi. Se asemeja bastante, a fe mía. Le indico sin
embargo algunos errores.
1º Menos vientre.
2º Nunca fumo.
3º No bebo cerveza, ni vino, ni alcoholes. Nada más que agua.
Mi posición predilecta no es esa de beatitud delante de una cerveza.
Yo estoy con más frecuencia en cuclillas al estilo oriental sobre un
sofá. ¿Me pregunta cuál es mi pintor entre los modernos?
Millet.
¿Mi músico? ¡Aborrezco la música!
Prefiero, realmente una mujer hermosa. Ante todas las artes yo antepongo una
buena cena, una verdadera cena . Una sofisticada cena tiene para mí casi
en el mismo rango que una mujer hermosa.
He aquí mi profesión de fe, señor viejo profesor.
Considero que cuando se tiene una buena pasión, una pasión capital,
es necesario darle todo el lugar, sacrificar todo lo demás, y es lo que
hago.
Tenía dos pasiones. Era necesario sacrificar una y sacrifiqué
un tanto el aspecto gastronómico. Me volví sobrio como un camello,
pero me es difícil ya saber qué comer.
¿Quiere otro un detalle?. Tengo pasión por los ejercicios violentos.
Sostuve grandes apuestas como remero, como nadador y como corredor.
Ahora que le hice todas estas confidencias, señor pasante, hable usted,
de su mujer, puesto que es casado, de sus niños. ¿Tienen una hija?
En caso afirmativo, piense en mi se lo ruego.
Ruego al divino Homero que pida para usted a Dios todas las felicidades de la
tierra.
Guy de Maupassant
Regreso a París en unos días, calle Dulong Nº 83
4ª carta de Marie Bashkirtseff
A GUY DE MAUPASSANT
Abril de 1884
¡Desgraciado Zolista! ¡Pero si es encantador! Si
el Cielo fuese justo, usted compartirá mi opinión. Me parece que
no solamente existen diversiones sino también deleites delicados, cosas
realmente interesantes, aunque sólo si se es absolutamente sincero. Porque,
en definitiva, quién es el amigo, hombre o mujer, con quien uno no tenga
alguna reserva o alguna consideración que debe guardarse? ¡Mientras
que con los seres abstractos...!
¡No ser de ningún país, de ningún mundo, ser verdadero!
y se llegaría a la grandiosidad de expresiones a lo Shakespeare...
Pero basta de burlas como tales. Puesto que lo sabe todo, no le ocultaré
ya nada. Sí, señor, tengo el honor de ser un pasante como usted
dice, y voy a probárselo con ocho páginas de amonestaciones...
Pero soy demasiado astuto como para llevarle manuscritos con cordeles a la vista,
le haré disfrutar de mis doctrinas en pequeñas dosis.
He aprovechado, señor, la inactividad de semana santa para releer sus
obras completas... Tiene usted fuerza, es innegable, nunca lo había leído
en bloque y de un tirón, la impresión es pues casi fresca y esta
impresión... es que usted puede poner a todos mis alumnos de secundaria
de cabeza y perturbar a todos los conventos de la cristiandad.
En cuanto a mí, que no tengo demasiados pudores, estoy confundido, sí,
señor, confundido por esta tensión de su espíritu hacia
ese sentimiento que el señor Alejandro Dumas hijo denomina Amor. Esto
deviene en una monomanía y es deplorable ya que usted está ricamente
dotado y sus relatos campesinos suenan muy bien.
Sé muy bien que usted ha hecho una vida y que este libro es la impresión
de un gran sentimiento de aversión, tristeza, desaliento. Este sentimiento
que hace perdonar otra cosa, aparece de vez en cuando en sus escritos y hace
creer que usted es un ser superior que sufre la vida. Es eso lo que me ha partido
el corazón. Pero este quejido no es, pienso, sino un reflejo de Flaubert.
En resumen, somos valientes tontos y usted un buen farsante (¿lo ve usted?,
es la ventaja de no conocerse) con su soledad y sus seres de largos cabellos...
El Amor es la palabra de la que se cuelga todo el mundo. ¡Oh la la! ¿Gil
Blas donde estás tú? Fue luego de hojear uno de sus artículos
en ese Diario, que leí “Attaque de moulin”. Me pareció
entrar en un espléndido bosque perfumado con pájaros trinando.
"Nunca una paz más amplia, había descendido sobre lugar más
feliz de naturaleza." Esta frase magistral recuerda las famosas, en alguna
medida, del último acto de l’Africaine.
Pero usted detesta la música, ¿es posible?
Se lo juzgaría de música docta. En fin... afortunadamente su libro
no se escribe aún, el libro donde habrá una mujer, sí,
señor, una mujer y no ejercicios violentos. Pues llegando primero en
una carrera, no será nunca mejor que un caballo y, por más noble
que sea ese animal, es un animal, joven.
Permítale a un viejo latinista recomendarle el pasaje donde Salluste
dice: Omnis homines qui sese student præstari, etc., etc. Y le hablaré
de usted a mi hija Anastasia, quién sabe, usted espere que quizá...
¡La mesa, las mujeres! pero, joven amigo, tenga cuidado, esto se vuelve
jolgorio y mi calidad de pasante debería prohibirme seguir sobre este
terreno escabroso.
¿Nada de música, Nada de tabaco? ¡Diablos!
Millet es bueno, pero usted dice Millet como un burgués dice Rafael.
Le aconsejo observar a un pequeño moderno que se llama a Bastien-Lepage.
Visite la calle de Sèze.
¿Qué edad tiene usted exactamente?
¿Dice en serio que pretende preferir las mujeres hermosas a todas las
artes? Se burla de mi.
Perdone la inconsistencia de este fragmento, y no me deje mucho tiempo sin carta.
Al respecto, inmenso comedor de mujeres, le deseo... y me digo con santo terror
su fiel servidor.
Savantin, Joseph
4ª carta de Guy de Maupassant
A MARIE BASHKIRTSEFF
Calle Dulong Nº 83
Abril de 1884.
Mi querido Joseph, la moral de su carta es ésta, ¿no
es así? Porque nosotros no nos conocemos absolutamente, no nos sentimos
incómodos como en un frente a frente y podemos hablar francamente como
dos compadres.
O, hasta voy a darle un ejemplo de completa entrega. En el punto donde estamos,
podemos bien tutearnos ¿no es cierto? Entonces yo te tuteo y, y si no
te gusta, mala suerte. Escríbele a Victor Hugo que te llamará:
"querido poeta".
Sabes que para un maestro a quien se le confían jóvenes inocentes,
me dices cosas no demasiado rígidas. ¿Que tú no tienes
demasiados pudores? ¿Ni en tus lecturas, ni en tus escritos, ni en tus
palabras, ni en tus acciones, eh? Tuve mis dudas.
¡Y tú crees que algo me divierte! ¿Y que me burlo del público?
Mi pobre José, no hay bajo el sol hombre quien se atonte más que
yo. Nada me parece valer la pena de un esfuerzo o la fatiga de un movimiento.
Yo me anulo sin descanso, sin descanso y sin esperanza, porque no deseo nada,
no espero nada; en cuanto a llorar las cosas que no puedo cambiar, no esperes
que llegue a eso. Por ello, puesto que somos honestos uno frente al otro, te
aviso que hete aquí mi última carta porque comienzo a hartarme.
¿Por qué razón debería yo seguir escribiéndote?
Esto no me divierte, de esto no puedo obtenerme nada agradable en el futuro.
¿Entonces?
No tengo deseos de conocerte. Estoy seguro de que no eres agradable, y luego
encuentro que ya te envié bastantes manuscritos como este. Sabe tú
que esto vale de 10 a 20 por lo bajo, según el contenido. Tú tendrías
como mínimo dos de veinte al menos. ¡Vaya suerte la tuya!
Y luego, creo además que voy a dejar París, yo me aburro definitivamente
más aquí que a otra parte. Voy a ir a Étretat, para cambiar,
aprovechando ese momento en que he de encontrarme solo.
Me gusta desmesuradamente estar solo. De esta forma, al menos, yo me anulo sin
discurrir.
Tu me pides mi edad exactamente. Habiendo nacido el 5 de agosto de 1850, no
tengo aún 34 años. ¿Estás contento? No vas a pedirme
mi fotografía ahora. Te aviso que no te la enviaré.
Sí, me gustan las mujeres hermosas, pero hay días en que estoy
terriblemente disgustado.
Adiós, mi viejo Joseph, nuestro conocimiento habrá sido bien inconcluso,
bien breve. ¿Qué quieres? Es mejor que sigamos sin conocernos
las caras...
Dame tu mano, que la estrecho cordialmente enviándote un último
recuerdo.
Guy de Maupassant
Puedes ahora dar información seria sobre mi persona
a quienes te la solicitarán. Gracias al misterio, me entregué.
¡Adiós, Joseph!
5ª carta de Marie Bashkirtseff
A GUY DE MAUPASSANT
Abril de 1884
Su carta huele demasiado bien. Sin embargo, no había
necesidad de tanto perfume para hacerme sentir asfixiada. ¿Así
pues, usted no ha encontrado más que eso para responderle a una mujer
culpable, a lo sumo, de imprudencia? Muy lindo.
Seguramente Joseph tiene todas las culpas, y es también por eso que se
siente tan vejado. Pero fíjese que él tenía la cabeza llena
de todas las... ligerezas de sus libros como un estribillo del que no se puede
uno desprender.
Con todo, le echo la culpa severamente, ya que es necesario estar seguro de
la cortesía de su adversario antes de arriesgar bromas como los suyas.
Pero en fin, usted hubiera podido, me parece, humillarlo con más espíritu.
Ahora le diré una cosa increíble y sobre todo que usted no creerá
nunca y que ahora que ya es tarde no tiene más que un valor histórico.
Y bien, es que yo también estaba hartándome. A su quinta carta
yo ya estaba perdiendo interés... ¿Será saciedad?
Por lo demás, sólo tengo algo que se me resbala. ¿Debería
entonces continuar? No sé.
¿Por qué le he escrito?... Uno se despierta una hermosa mañana
y se encuentra que es un extraño, rodeado de imbéciles. Uno se
lamenta como si fuese una perla en la porqueriza.
¿Y si le escribiese a un hombre famoso, a un hombre digno de comprenderme?
Sería encantador, novelesco y quién sabe si al cabo de unas cuantas
cartas quizás él fuese un amigo, conquistado en circunstancias
poco ordinarias. Entonces uno se pregunta ¿a quién? Y se lo elige
a usted.
Correspondencia como ésta sólo es posible en dos situaciones.
La primera es una admiración incondicional hacia el desconocido. De la
admiración incondicional nace una corriente de empatía que le
hace a uno decir cosas que, infaliblemente, afectan e interesan al hombre célebre.
Ningunos de estas situaciones existen. ¡Lo elegí a usted con la
esperanza de admirarle sin condiciones al cabo del tiempo! Ya que, como lo pensaba,
usted es relativamente muy joven.
Yo le he escrito entonces con los pies sobre la tierra pero terminé diciéndole
algunas inconveniencias, incluso descortesias, admitiendo que usted se haya
dignado tenerlas en cuenta. En el punto donde estamos, como usted dice, puedo
entonces reconocer que su infame carta me ha hecho pasar un muy mal día.
Me siento herida como si la ofensa fuese real. Es absurdo.
Adiós, con todo gusto.
Si los tiene aún, devuélvame mis manuscritos; en cuanto a los
suyos ya los vendí en América, a un precio exhorbitante.
5ª carta de Guy de Maupassant
A MARIE BASHKIRTSEFF
La Guillette, Étretat.
Abril de 1884.
¿Entonces, señora, la he lastimado profundamente?
No lo oculte. Eso me encanta. Y le pido perdón muy humildemente.
Yo me preguntaba; ¿quién es?... ella me escribió en primer
lugar una carta sentimental, una carta de soñadora, de exaltada. Es una
actitud común en las niñas, ¿será una niña?
Muchas de mis desconocidas lo son.
Entonces, señora, le respondí en tono escéptico. Usted
ha sido más rápida que yo y su penúltima carta contenía
cosas extrañas. Yo no sabía, por otra parte, cuál podría
ser su naturaleza. Me decía siempre: ¿es una mujer enmascarada
que se divierte, o simplemente una bribona?
¿Sabe cuál es el modo más indicado para reconocer a las
mujeres experimentadas en un baile de máscaras de la Ópera? Se
las cosquillea. Las muchachas están acostumbradas a eso y dicen simplemente
“basta”. Las otras se enojan. Yo la he pellizcado a usted de una
manera muy incorrecta, lo reconozco; y usted se ha enojado. Ahora le pido perdón,
sobre todo teniendo en cuenta que una frase de su carta me ha apenado sobremanera.
Usted dice que mi respuesta infame (no es “infame” lo que me afectó)
le hizo a usted pasar un mal día.
Busque, señora, las razones sutiles que han podido afligirme tanto con
la idea de hacerle pasar un mal día a una mujer a quien no conozco.
Ahora, créame, señora, que no soy ni tan brutal, ni tan escéptico,
ni tan incorrecto como lo he parecido, para con usted.
Pero tengo, a pesar mío, una gran desconfianza de lo misterioso, de lo
desconocido y de las desconocidas.
Cómo quiere que le diga una cosa sincera a la persona X... que me escribe
anónimamente, que puede ser un enemigo (los tengo) o un simple farsante.
Me encubro con la gente encubierta. Es estrategia. Acabo de ver sin embargo
una pequeña porción de su naturaleza, por esta estratagema.
Otra vez perdón.
Beso la mano desconocida que me escribe.
Sus cartas, señora, están a su disposición pero no las
he de depositar sino en vuestras propias manos. ¡Ah! haría por
eso el viaje a París.
6ª carta de Marie Bashkirtseff
A GUY DE MAUPASSANT
Abril de 1884
Al continuar escribiéndole me rebajo como nunca ante
su espíritu. Pero eso me da igual porque, de todas maneras, no lo hago
sino para vengarme. ¡Oh! nada más es para hablarle del efecto que
ha producido en mí la estratagema, como usted dice, que ha utilizado
para reconocer algo de mi naturaleza.
Realmente tenía temor de enviar a buscar el correo, imaginándome
cosas fantásticas. Este hombre debía ponerle punto final a esta
correspondencia por... yo aguardaba su modestia. Y al abrir el sobre estaba
preparada para todo, como para que nada me sorprenda. Y lo he sido, a pesar
de todo, pero agradablemente.
Ante los suaves acentos de un noble arrepentimiento
¿Debo entonces, señor, dejar de detestarlo?
A menos que sea otra estratagema: halagada de ser tomada por una mujer de mundo
me hará adoptar poses, para después provocar un documento humano
que yo estoy bien gustosa de exponer, de esta manera.
¿Entonces, no es más que por eso que yo me he enfadado? Tal vez
no haya una prueba concluyente, querido señor.
En fin, ¡adiós! ¡quiero perdonarlo si usted quiere, porque
estoy enferma y como esto no termina de llegar, me siento ahora enternecida
por mi, por todo el mundo, ¡por usted!, que ha encontrado el modo de provocarme
un desagrado tan profundo. Lo repudio tanto menos que usted pensará lo
que quiera.
¿Cómo probarle que no soy ni una farsante ni un enemigo?
¿Y para qué?
Imposible tampoco jurarle que nosotros estamos hechos para comprendernos. Usted
no me merece. Lo lamento. Nada me sería más agradable que reconocer
en usted todas las superioridades. A usted o a quien sea.
Para tener a quién hablar. Su último artículo estaba interesante
y hasta quería, con respecto a la joven muchacha, enviarles una pregunta.
Pero...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Con todo, una pequeña tontería muy delicada de su carta me hizo
soñar. Le ha afligido hacerme doler. Es estúpido o encantador,
más bien encantador. Puede usted burlarse de mi, que yo lo hago. Sí,
usted mostró allí una pizca de romanticismo a lo Stendhal simplemente,
pero quédese tranquilo, usted no se morirá todavía, no
esta vez.
Buenas noches.
Comprendo sus desconfianzas. Es poco probable que una mujer hecha y derecha,
joven y bonita, se divierta escribiéndole ¿era eso? Pero, señor,
¿cómo?... Vamos, ya me olvidaba que lo nuestro estaba terminado.
6ª carta de Guy de Maupassant
A MARIE BASHKIRTSEFF
Calle Dulong Nº 83
Fin de abril de 1884
Muy señora mía:
Acabo de pasar diez días en el mar y, por esta razón, no le he
respondido antes. He regresado a París por algunas semanas, antes de
alejarme otra vez, por el verano.
¡Decididamente, señora, usted no está contenta y me declara,
para demostrarme su irritación con todas las letras, que yo estoy en
algún lugar muy por debajo de usted!
¡Oh! Muy señora mía: si me conociera sabría que no
tengo la más mínima pretensión en cuanto a lo que se refiere
a valores morales o artísticos. En el fondo, me río tanto de unos
como de los otros.
Todo a mi alrededor, todo en la vida me es igual, hombres, mujeres y acontecimientos.
He aquí mi verdadera profesión de fe; y añado algo que
usted no creerá: no me valoro más mi que a los demás. Todo
se reparte en desinterés, farsa y miseria.
Usted dice que se rebaja como jamás ante mi opinión escribiéndome
aún. Pero ¿por qué? Usted ha tenido el muy raro espíritu
de confesarme que se sentía lastimada por mi carta, de reconocerlo de
una manera irritada, simple, honesta y encantadora, tanto que a mi me ha afectado
y conmovido.
Le he presentado mis excusas, planteándole mis razones.
Usted me ha respondido aún muy gentilmente, sin desánimo, mostrando
al mismo tiempo un poco de benevolencia con una mezcla aún de cólera.
¿Qué más natural?
¡Oh! sé que voy a inspirarle ahora una gran desconfianza. Tanto
peor, entonces, usted no querrá que nos encontremos. Pero se sabe más
cosas sobre alguien escuchándolo hablar cinco minutos que escribiéndole
durante diez años.
¿Puede ser que usted no conozca a nadie de mis conocidos?; si cuando
paso por París estoy todas las noches por todas partes. Usted sólo
tendría que decirme: vaya tal día a tal casa, iría. Si
yo le parecía demasiado desagradable, usted no se daría a conocer.
Pero no se haga ninguna ilusión sobre mi persona.
No soy ni bello ni elegante ni singular. Eso, por otra parte, debe darle a usted
lo mismo.
¿Anda usted por el mundo orleanista, bonapartista o por el republicano?
Conozco los tres.
¿Quiere usted que me muestre en un museo, en una iglesia o en una calle?
En este caso, pondría condiciones para estar seguro de no ir a esperar
a una mujer que finalmente no habría de concurrir. ¿Qué
diría de una noche en el teatro sin revelar usted su identidad?, si usted
prefiere.
Le daría el número de mi palco donde estaría con amigos.
No me revelaría usted el suyo. Y usted podría escribirme el día
siguiente "Adiós, señor", ¿soy o no más
benevolente que los guardias franceses en Fontenoy?
Beso sus manos, señora.
7ª carta de Marie Bashkirtseff
A GUY DE MAUPASSANT
14 de junio de 1884
Al Sr. Guy de Maupassant.
Creo que se equivoca. Y soy demasiado benévola al decírselo ya
que con esto voy a dejar de serle interesante, si es que alguna vez lo he sido.
Ahora lo verá.
Me pongo en su lugar: "una desconocida se dibuja en el horizonte; si la
aventura es fácil, me repugna; si no hay nada para hacer, es inútil
y me aburre ".
No tengo la felicidad de estar en los zapatos de ninguna de las dos, y se lo
advierto ahora muy amablemente puesto que hemos hecho la paz.
Lo que encuentro muy divertido es que simplemente le digo la verdad mientras
usted imagina que yo me estoy burlando.
No encontrará mis huellas por el mundo republicano, entendido como republicano
con tintes escarlatas.
Y bien no, no quiero verlo.
¿Y usted, no quiere entonces que haya un poco de imaginación en
medio de sus mundanidades parisienses? ¿Nada de amistad etérea?
Pero no me niego a verlo y hasta voy a arreglarme para hacerlo, pero sin prevenirlo.
Si usted supiese que alguien lo observa quizá adoptaría un aire
estúpido. Es necesario evitar eso. Vuestra cubierta terrenal me es bien
indiferente; pero... ¿y la mía a usted? Suponga que tenga usted
el mal gusto de no encontrarme maravillosa, ¿cree que estaría
contento, por más puras que sean mis intenciones? Un día, no quiero
hablar de más, hasta pienso sorprenderlo un poco, ese día.
Mientras tanto, si esto lo fatiga, no nos escribamos más. Me reservo
con todo el derecho de escribirle cuando me pasen atrocidades por la cabeza.
Usted se equivoca, es muy natural. Y bien, voy a darle un recurso de portera
para garantizarle que no soy una de ellas. No se ría. Visite una sonámbula
y hágale oler mi carta; ella le dirá mi edad, el color de mi cabello,
lo que me rodea, etc. y usted podrá escribir aquello que le haya revelado...
¡Indiferencia, farsa, miseria!... ¡Ah!, señor, es perfectamente
justo, incluso para mi. Pero para mí, porque quiero cosas enormes que
no tengo... aún. Y para usted, seguramente es por el mismo motivo.
No soy lo bastante simple como para preguntarle cuál es su sueño
secreto, aunque mi enfermedad me devuelve un candor a lo Chérie. ¡Qué
ingenuo ese viejo naturalista japonés en peluca Luis XV!
Entonces ¿piensa usted que después de habernos escrito, nada es
más simple que llegar y decir: soy yo? Les garantizo que eso me inhibiría
mucho... Se dice que usted no aprecia más que a las mujeres firmes de
cabello negro. ¿Es verdad eso?
¿Qué nos veamos? Déjese entonces encantar por mi... literatura;
¡usted lo está logrando!
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Nota: En este último párrafo,
que no ha sido literalmente traducido pero cuyo sentido creímos respetar,
Marie Bashkirtseff parece insinuar que, cediendo a la insistencia de Maupassant,
aceptaría encontrarse con él, aunque su intención previa
sería hacerle conocer los manuscritos de su Diario. (El original reza:
“Nous voir ? Laissez-moi donc vous charmer par ma... littérature
; vous y êtes bien arrivé, vous !”).
En realidad, Marie estaba desencantada y ya había perdido interés
por confiarle su Diario al escritor. El 14 de mayo, ante la insistencia de Maupassant
por fijar un encuentro, ella había escrito en su Diario:
"...¿qué podría decirle? Si fuese Zola, encontraría
las palabras, pero a él no lo admiro bastante, tiene talento pero no
lo suficiente como para que se lo adore." (³)
¿Qué ocurrió después? Todo indica que nunca se encontraron,
tal como lo afirmará el propio Maupassant en una epístola que,
seis años más tarde, le remite a una señorita Bogdanoff
y que publicamos más abajo. Existe, sin embargo, alguna versión
de una reunión en Niza, que no ha sido debidamente comprobada. Y hay
una última carta que Marie Bashkirtseff nunca le envió a Maupassant
y que es la que sigue:
......................................................................................................................
8ª carta de Marie Bashkirtseff
A GUY DE MAUPASSANT
(Nunca enviada)
Con posterioridad al
20 de junio de 1884
Muy Sr. mío:
No querría ser fastidiosa y siento que lo soy. Le escribo
estupideces, humillada de haber recibido este desplante al cabo de seis cartas.
Releí mi última (soy una persona ordenada y guardo mis copias)
y busco aquello en lo que pude desagradarle así tan de repente. ¿Soy
lo suficiente humilde? Es que sus Hermanas Rondoli me han hecho pasar
un buen momento, quedaba pendiente de Este cerdo de Morin. Es el espíritu
y el arte. Y sus acciones han subido terriblemente.
¿Conoce la rama de Salzburgo? ¡Y bien yo me cristalizo en usted!
Yo ocupo su lugar, me enojo cuando escribe cosas mediocres y me alegro de lo
contrario como si fuese yo.
En fin... he sido yo quien lo ha adoptado a usted y no le pido que me escriba;
yo sé que esto es una novela y, entonces, si yo soy Eloísa, quizás
usted no es Abelardo. Es
igual, cuando yo le he escrito, usted ha pensado: he aquí una mujer atraída
por... eso que usted ama más en el mundo y quiere... divertirse de una
manera original.
Usted no puede comprender cuánto me divierto al escribir todo un mundo
a un hombre a quien no conozco. Yo querría tanto resultarle a usted interesante.
¿Le aburro? ¡Ah! nadie lo sabrá, usted me ha insultado y
nadie lo supo. Es esto un pequeño rincón aparte del mundo.
Mire usted lo que hice. Confusa ante mi criada que regresó varias veces
con las manos vacías del correo, me he despachado una carta para poder
enviarla otra vez a ver. Fue infantil. Allí no iban a haber dos. Y eso
es todo....
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Carta de Guy de Maupassant
A una señorita L. BOGDANOFF
(6 años más tarde)
Cannes, Chalet del Isère.
10 de noviembre de 1891
Muy Srta. Mía,
Esta carta es la última que recibirá de mi. Veo
que un mundo nos separa y que usted ignora absolutamente la esencia de un hombre
ocupado únicamente en su oficio y en la ciencia moderna y desdeñoso
absolutamente de todas las frivolidades de la vida.
El interrogatorio de álbum que me envía ha sido para mi una revelación
que me ha dejado estupefacto.
Mantengo mi vida tan en secreto que nadie la conoce. Soy un desengañado,
un solitario y un salvaje. Trabajo, eso es todo, y vivo de una manera errante
para aislarme de todo tanto que, por meses enteros, sólo mi madre sabe
dónde estoy. Nadie sabe mucho acerca de mi. En París soy un enigma,
una criatura ignorada, vinculada solamente con algunos científicos, ya
que adoro la ciencia, y con algunos artistas, a quienes admiro. Y soy amigo
de algunas mujeres, las más inteligentes quizá que se encuentran
por este mundo, pero que conocen mis mismas ideas, saben que vivo en un constante
desprecio de la vida y del mundo, lo cual no las hace observarme con curiosidad,
ni se extrañan por mis inclinaciones.
Yo he roto con todos los literatos a quienes usted espía debido a sus
novelas. Nunca dejo a un periodista entrar en mi casa y prohibí que se
escriba sobre mi. Todos los artículos publicados son falsos. Dejo solamente
hablar acerca de mis libros.
He rehusado dos veces la Legión de honor y, el año pasado, la
Academia, para estar libre de todo lazo y todo reconocimiento, no tener nada
en el mundo más que el trabajo.
He respondido a la señorita Barskishef (sic) en efecto, pero
nunca he querido verla. Me escribió que vendría; yo he partido
para África respondiéndole que tenía
demasiado de esa correspondencia. Murió sin que la haya conocido. Su
madre tiene aún una decena de cartas que ella no me envió. Nunca
he querido conocerlas, a pesar de las solicitudes con que me han perseguido
al respecto.
Vivo casi siempre a bordo de mi yate para no tener comunicación con nadie.
Sólo voy a París para ver cómo viven a los demás
y recoger documentos.
Si le he enviado mi fotografía ha sido porque me han acosado con tantas
cartas solicitándomela, que he terminado por dejarla vender. En cuanto
a mostrarme, no. Voy de nuevo a desaparecer seis meses para librarme de todo
el mundo.
Ve usted que nuestros caracteres no guardan similitudes. Pongo mis homenajes
a vuestros pies, señorita.
......................................................................................................................
Como hemos visto, en esta epístola
dirigida a una ignota señorita, Maupassant niega el encuentro con Marie
Bashkirtseff aunque en un contexto cargado significativamente de inexactitudes.
Excusémosle la desmemoria, como seguramente lo habría hecho Marie.
Aunque quien escribe estas líneas presume que Marie Bashkirtseff y Guy
de Maupassant jamás se llegaron a encontrar, el escritor nicense Raoul
Millé, en una deliciosa novela biográfica “Le roman de Marie
Bashkirtseff” (Albin-Mitchell, París, 2004) da rienda suelta a
la imaginación sosteniendo que entre ambos ha habido mucho más
incluso que un amor platónico.
Lo cierto es que, trunca la comunicación con Maupassant, Marie fija sus
objetivos en Edmond, uno de los hermanos Goncourt. Ha quedado registro de la
epístola que Marie Bashkirtseff le dirige al célebre escritor,
con la intención de ofrecerle sus manuscritos. Publicamos más
abajo esa carta, que Goncourt jamás respondió.
Luego, Marie ya no tuvo más tiempo y el Diario terminó siendo
editado (expurgado y edulcorado), póstumamente, por su madre y por el
poeta y dramaturgo André Theuriet. De todas maneras, con esa versión
rosa que se dio a conocer pocos años después de su muerte, Marie
alcanzó la celebridad. Recién hoy día, más de un
siglo después, se encara la publicación de la obra en forma íntegra,
habiéndose editado unos quince volúmenes con un total de 5.000
páginas (en francés).
Carta de Marie Bashkirtseff
A EDMOND GONCOURT
He leído Chérie como todo el mundo y me ha parecido bastante pobre, dicho sea en confianza. La que tiene la audacia de escribir a usted es una joven educada en un medio rico, elegante, a veces excéntrico. Hace cuatro meses cumplió veinticinco años, y es culta, artista y presuntuosa. A los catorce años comenzó a escribir sus impresiones sin esquivar ninguna. La joven aludida es, por lo demás, tan orgullosa que en sus notas se exhibe tal cual es. Entregarlas a cualquiera sería desnudarse. Pero ella tiene en un grado tan extremo el amor de la verdad en el arte, que le ha parecido conveniente ofrecerle a usted ese diario. Ha dicho usted en alguna parte que los detalles verdaderos lo apasionan. Y bien: esa joven, que todavía no es nadie pero que tiene ya la presunción de comprender los sentimientos de los grandes hombres, piensa en igual forma que usted y, aún a riesgo de parecerle una desequilibrada o una intrigante, le ofrece otra vez sus notas.
J.R.I.
Aclaración: la traducción de esta correspondencia, del francés
al español, fue perpetrada por el autor de esta página Web (Marie
y Maupassant se lo perdonen). Otra versión en español puede encontrarse
en el estupendo sitio
web de José M. Ramos acerca de Guy de Maupassant.
Los originales en francés, en este muy completo site
de Thierry Selva, también sobre Maupassant.
La versión en castellano de la carta a Goncourt fue tomada del libro
“Diario íntimo de una adolescente”, del Dr. Aníbal
Ponce, ediciones El viento en el mundo, Bs. As. 1970.
(³) Datos biográficos así como el párrafo del Diario
que se cita más arriba se deben a la excelente biografía de Colette
Cosnier “Marie Bashkirtseff. Un portrait sans retouches”, Pierre
Horay ed., París, 1986)
José H. Mito
Buenos Aires