Es triste ver que en Colombia quienes vamos en contravía de un sistema que respeta el derecho a la vida sólo si no afecta sus intereses particulares, no permiten que la opinión cumpla su papel de bien, que supone el enriquecimiento de toda la sociedad. Por el contrario, su censura ha conllevado a un empobrecimiento de la comunidad, ha representado un robo a la raza humana, tanto a la generación actual como a la futura.

El 13 de febrero del año en curso, se dirigió al defensor del lector del periódico El Tiempo, el señor Miguel Arce solicitando que se nos mermara la dosis del cruento espectáculo de los toros, con el argumento válido de que somos la mayoría de los colombianos a quienes nos disgusta ver torturar y asesinar a estos animales. Pero el mal llamado Defensor del Tiempo argumentó que la cantidad de información es poca para los que llenan las graderías. Caso que vislumbra que la posición de los defensores de animales no se toma en cuenta a pesar de que un porcentaje mayor de la población sea la que esté en contra. Proporción que es notoria entre la cantidad de espectadores que caben en una Plaza en relación con la población total de la localidad en la cual se encuentre. La difusión exagerada de este espectáculo tiene de fondo un claro interés económico más que informativo. Pero falta oposición decidida de la población contra este borbandeo desmedido.

El poder moderno de los medios de comunicación consiste en influenciar a otros a través de la persuasión para lograr que hagan lo que se quiere. Usan estructuras discursivas de dominación y desigualdad connotando las diferencias sociales y económicas entre los que asisten a la Plaza de Tortura y los que no lo hacen, argumentando siempre el factor dinero y de cultura.

Se nos ha enseñado a leer. Pero resulta curioso que no se nos enseñe a leer la radio, y mucho menos la televisión como primer medio de comunicación social moderno, que es también el primer producto industrial, y es posible que los medios no alteren su costumbre de espectáculo y emoción que ha traspasado en muchas oportunidades el límite del amarillismo, sin importar los valores y principios. Razón clara por la cual los grupos antitaurinos reciben en su mayoría una negativa para colaborar en la difusión de actividades encaminadas a generar conciencia en la población. Es claro que no permitirán que su mina de ganancias se acabe, a pesar de que esta proviene del martirio de un animal.

No podemos olvidar que la independencia y la credibilidad del periodista son indispensables para el desarrollo de su ejercicio profesional. En los medios también hemos encontrado comunicadores que apoyan nuestra causa, pero son vetados por los propietarios de los espacios, negándoles el espacio para que den a conocer sus informes objetivos en defensa de los toros. La realización del valor de la libertad queda defraudado, si en defensa y en su disfrute, olvidamos la ética que supone el ejercicio de la profesión periodística. La norma exige que la información que recibe una persona cumpla dos condiciones: que sea veraz e imparcial. Se trata de dos términos que hacen referencia al derecho del público de contar con cierta honestidad periodística y equilibrio informativo para hacer posible la libre formación de la opinión. Función que se ha perdido porque de lo contrario no se explica la supervivencia de las corridas de toros gracias a la falsa difusión que se hace de ella en los medios de comunicación. Si se diera a conocer lo cruel de la tauromaquia a través de la explicación detallada del suplicio al que se somete al toro, cuántos volverían a las corridas? Ninguno que tenga una fibra de sensibilidad.