...de la
Asociación de Excursionismo y Montañismo del Instituto Politécnico Nacional.
¡Preséntese en el área!.
Muy
temprano, sonó la alarma del teléfono; alarma que solamente es programada para
esas ocasiones en las que no hay espacio para los “zzzz...otros quince
minutos”. Esa mañana tenía un compromiso a muchos kilómetros de distancia.
Me preguntaba ¡¿cómo?!, ¡¿ya es tiempo de
levantarme?!, ¡pero si apenas hace unas horas terminé de preparar la mochila!. Ahí
había metido mis tenis para escalar, esos “de charol” para eventos especiales,
también dentro ya estaba mi arnés, una bolsa de magnesia con un escudo cosido
del Instituto Politécnico Nacional que había recortado de una vieja playera, un
dosificador de magnesia ingeniosamente diseñado y donado por mi gran amiga la
Dra. Ivonne Sandoval, una pelota de esponja, un rollo de cinta adhesiva y mi
mosquetón “pata de perro”. Acompañaba al “kit de competencia” mi ración de
marcha, algunos carbohidratos en gel, mucha agua, algo de ropa, una bolsa para
dormir y mis utensilios de aseo, entre otras cosas.
La emoción que sentí compensó la insatisfacción de no
haber descansado lo comúnmente necesario. Así que, con el deseo de probar si mi
entrenamiento daría buenos resultados, me preparé para reunirme con el “Equipo
Técnico”: Ivonne, Gladiss, Fermín, Omar, René y Fernando, siempre amigos,
siempre dispuestos a ser cómplices en esta aventura. Antes de salir de mi casa
recibí la bendición de mi Madre y su deseo de que encontrara lo que buscaba:
ganar la etapa de la Copa México de Escalada. Esta escena se repitió de octubre
de 2002 a mayo de 2003: 8 meses, 7 etapas, 7 competencias.
Durante los primeros meses, algunos amigos no
entendían mi insistencia por competir si la escalada en su origen no había sido
concebida para eso. Otros no le encontraban placer a los viajes en “El Capulín”
por carretera los sábados de madrugada, regresando el domingo al Distrito
Federal para tomar fuerza y seguir mi vida de “lunes a viernes”.
Los meses pasaron y mi entusiasmo por la Copa no disminuyó.
Mi objetivo, lejos de ganar grandes premios o ser el triunfador de la Copa,
estaba fijo en formar parte de la Selección Nacional que representaría a México
en el Campeonato Panamericano de Escalada 2003 a efectuarse en mayo en la
Ciudad de México.
Cada etapa fue similar: esperar la convocatoria de la
Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A.C. y solicitar el
preregistro.
Cada competencia también fue similar: pagar
inscripción, inaugurar el evento y pasar a una zona de aislamiento en donde la
mezcla extraña de rivalidad y compañerismo siempre estaba presente. Ahí dentro
unos calentaban con esmero de pies a cabeza, otros aprovechaban el tiempo para
“ver por dentro” o preferían jugar a lo que se les ocurría con lo que
encontraban, escuchaban música o platicaban de sus logros deportivos...era un
mosaico de actitudes y personas que venían desde muchas partes del País con el
mismo objetivo que me llevó a mí a ese lugar.
Se debía definir el orden de salida en que cada
competidor haría su intento, para lo cual se realizaba un sorteo en el que
nadie demostraba interés por sacar el número uno, era como la rifa del tigre;
¡la angustia que yo sentía por llegar a ser el primero solo se comparaba con la
que sentía por llegar a ser el último!.
Una vez establecido el orden de salida solamente
quedaba esperar. Cuando se acercaba mi turno, la ansiedad se incrementaba. Me
animaba secretamente pues en algún lugar leí que el cuerpo nunca llegará a
donde la mente no ha estado antes. Me visualizaba pasando la cuerda por
cada protección hasta la última en orden progresivo, sereno y paciente como me
lo dijo Efrén Bonilla. El temor de caer al suelo antes de proteger la primera
anilla, no era determinado por el remoto golpe que recibiría, sino por que se
reducirían los puntos que podría acumular y que me darían mi pase a la etapa
final de la competencia.
Recordaba las palabras de Andrés López “el límite
somos nosotros mismos...” mientras me vendaba los dedos para prevenir
alguna lesión. De pronto por el sonido local se escuchaba ”...siguiente
competidor: Jorge Castro Flores, de la Asociación de Excursionismo y Montañismo
del Instituto Politécnico Nacional. Preséntese en el área!”. La piel se me
enchinaba al escuchar los aplausos, las porras y los “¡échale!” de amigos y de
gente que no me conocía pero que valoraba mi esfuerzo.
Caminaba hacia la zona de
competencia y de cara al muro, al pie de la ruta con la cuerda sujetada en mi
arnés y mis tenis ajustados, imaginaba los posibles movimientos que tendría que
hacer para pasar la cuerda por los seguros y sujetarme de presas que desde
abajo parecían fácilmente alcanzables.
Decir ”voy” y escuchar “vas”
era un compromiso: el asegurador no me dejaría llegar hasta el suelo si cayera
en mi intento, y yo debía subir tomando agarres, pisando apoyos y
enmosquetonando la cuerda; parecía una secuencia que fácilmente podía ser
repetida hasta el final de la ruta.
El tiempo transcurría y la
ascensión se complicaba pues la posición del agarre o la distancia a la que
éste estaba, me impedía continuar. En ocasiones pude superar el crux de la
ruta, pero cuando no fue así, podía sentir como poco a poco mis manos perdían
fuerza, o como lentamente contra mi voluntad mi cuerpo se inclinaba hacía donde
inevitablemente perdía el balance, o bien, como la suela de mis tenis se
resbalaban del apoyo. Era cuando repentinamente de los espectadores salía un
angustiante “¡ahhhh!”...sin duda era el preámbulo del “vuelo”.
En algunas etapas me fue
bien y en otras no tanto. En cada Ciudad en donde se realizaron las
competencias conocí lugares interesantes. También aprendí de mis errores y de
otros competidores; algo que intentaría aplicar en la siguiente oportunidad,
desde la forma de calentar hasta algún movimiento en la pared o alguna maña
para descansar en la ruta...¡gracias a esos instructores involuntarios!.
Comprobé que pueden existir
escaladores mejores que uno o, uno ser el mejor escalador deportivo, sólo hay
una forma de saberlo y ésta es, saliendo de nuestra área de confort con la
convicción de que podemos competir y ganarnos con nuestro esfuerzo un lugar en
la tabla de rankeo. Así, nuestra alma ya no será de aquellas que no conocen ni
la victoria ni la derrota.
Desafortunadamente, al final de la Copa no alcancé mi
objetivo pero la satisfacción que obtuve es el haberme ganado un lugar dentro
de los mejores 10 competidores. Ese lugar también es de todas las personas que
de alguna forma me apoyaron.
Seguramente
en la próxima competencia de escalada habrá algún amigo contendiendo por esta
Asociación, al escuchar en el sonido local su nombre seguido de “...Asociación
de Excursionismo y Montañismo del Instituto Politécnico Nacional. ¡Preséntese
en el área!” se le enchinará la piel como a mí y motivado hará su mejor
esfuerzo por encadenar la ruta...indudablemente también sentirá los colores
guinda y blanco en su ser.
“En el esfuerzo radica el mérito”
Jorge Castro Flores