Los teóricos
de la conspiración (TC) han florecido tras los ataques terroristas contra
el World Trade Center y el Pentágono. A diferencia de lo que ocurría
en el pasado, cuando los TC podían encontrarse mayoritariamente en grupos
marginales en las orillas del poder político, en el caso actual se les
ve con prominencia en las más altas filas del gobierno, en los medios
masivos de comunicación, contando con el más amplio público
mundial, y entre los académicos más respetables. Las teorías
de conspiración surgidas en Estados Unidos y en la Unión Europea
se extienden por todo el mundo, son repetidas por líderes, figuras religiosas
y los medios de comunicación en Asia, Africa y América Latina.
La "conspiración",
según sus principales exponentes en Estados Unidos, está formada
por un cónclave secreto de conspiradores islámicos agrupados en
torno del líder fundamentalista Osama Bin Laden. El y sus seguidores
han organizado la red terrorista global Al Qaeda, que conspira para derrocar
a gobiernos occidentales y establecer regímenes islámicos en todas
partes, lo que comenzó con los ataques contra el World Trade Center y
el Pentágono.
Los TC basan
sus acusaciones contra la conspiración fundamentalista islámica
pese a la ausencia de toda evidencia concreta. Incluso, la identificación
de los presuntos terroristas ha sido abierta a cuestionamiento; eso sin mencionar
sus creencias políticas, su afiliación organizacional y sus redes
internacionales.
Como ocurre
en la mayoría de las teorías de conspiración, la evidencia
es la primera víctima de las nociones preconcebidas. La base de las acusaciones
de Washington contra los fundamentalistas islámicos en general, y contra
Bin Laden y los talibán afganos en particular, por los ataques terroristas,
está basada en generalidades extrapoladas de incidentes previos en otros
contextos, así como en nociones preconcebidas sobre las capacidades,
las políticas y las actividades de los fundamentalistas islámicos.
Los teóricos
de la conspiración deducen estas conclusiones de la siguiente manera:
Bin Laden en particular, y los fundamentalistas islámicos en general,
han estado involucrados, o bien, han apoyado incidentes terroristas en el pasado.
Ambas entidades son enemigas declaradas de Estados Unidos y de Occidente, y
han emitido edictos llamando a combatir "la guerra santa" contra Washington.
Bin Laden y sus simpatizantes islámicos operan redes clandestinas internacionales
(Al Qaeda). Por lo tanto, y de acuerdo con los TC, estas características
generales han llevado a la conclusión específica de que la red
internacional de Bin Laden es responsable de los ataques terroristas de Nueva
York y Washington.
Esta lógica deductiva es impecable, pero carece de evidencia empírica
básica. Ninguno de los sospechosos identificados comparte las características
esenciales de los colaboradores cercanos de Bin Laden o del talibán,
o de algún grupo fundamentalista islámico.
Los principales
sospechosos no seguían ninguno de los preceptos básicos de los
códigos islámicos -por no mencionar las prácticas austeras
de Bin Laden y los talibán. Ziad Jarrahi, uno de los sospechosos clave,
según señaló la British Broadcasting Corporation (BBC)
el pasado 22 de septiembre, "gustaba de beber ocasionalmente, gustaba de
divertirse, era sociable, y jamás expresó ningún sentimiento
antiestadunidense". La familia Ziad posee un video que muestra al sospechoso
en la boda de su primo, en enero pasado, bailando, bebiendo y pulcramente rasurado.
Reportes anteriores señalan que otros tres de los sospechosos gustaban
de beber ingentemente en un bar de Florida.
Según
la BBC, "la totalidad de los 19 sospechosos del secuestro de los aviones
identificados por la FBI provenían de ambientes similares de Medio Oriente.
Eran miembros de la reducida clase media que está en posibilidad de pagar
una mejor educación en países como Alemania y Estados Unidos".
Ziad pidió 2 mil dólares a su familia, en calidad de préstamo,
unos días antes de los ataques, para pagar su viaje. Aparentemente, el
apoyo familiar fue más relevante que el de cualquier red internacional
financiera de Bin Laden.
Estos hechos
se contraponen completamente con los TC en cada punto básico. En primer
lugar, los sospechosos no eran musulmanes practicantes, ya no digamos fundamentalistas.
Bebían, bailaban y salían con personas del sexo opuesto, en un
comportamiento muy similar al de individuos de la clase media secular de todo
el mundo. En segundo lugar, se trata de profesionistas educados de clase media,
a diferencia de los terroristas seguidores de Bin Laden y otros grupos islámicos
apoyados por los talibán, que son pobres, semialfabetizados; verdaderos
creyentes criados en ciudades marginales o pueblos, adoctrinados por maestros
religiosos.
En tercer
lugar, los sospechosos forman una especie de círculo con personas que
tienen experiencias educativas en la misma área geográfica: siete
de los sospechosos estudiaron en Hamburgo, mayoritariamente en campos técnicos.
No fueron reclutados en campos de refugiados ni adoctrinados en escuelas religiosas
por maestros fundamentalistas. Visto a profundidad, el perfil de los sospechosos
clave no se aplica a ninguna de las aseveraciones especulativas hechas por los
teóricos de la conspiración para justificar su guerra contra el
"fundamentalismo islámico", Bin Laden, Al Qaeda, o el régimen
talibán de Afganistán.
La evidencia
sobre los terroristas sugiere que los atacantes, probablemente, eran un pequeño
grupo, independiente y cohesionado entre sus miembros, de individuos seculares
y educados, que probablemente se conocían a nivel personal desde un tiempo
considerable. La membresía probablemente se limitaba a conocidos de largo
tiempo, con muy pocos o ningún nexo con grupos terroristas existentes
-fundamentalistas o de otro tipo. Estas características explican la razón
de las fallas en los sistemas de inteligencia, pues éstos sólo
monitorean e infiltran a grupos fundamentalistas conocidos. Si bien algunos
de los terroristas pueden ser religiosos, es mucho más factible que los
móviles de sus acciones hayan sido creencias ideológicas seculares.
Los blancos elegidos sugieren una decisión basada en un análisis
político-económico de centros del poder económico y militar.
Es sumamente
improbable que los talibán o Bin Laden, desde cuevas en Afganistán,
hayan planeado, dirigido y ejecutado estas acciones, dada la precisión
en detalles y coordinación que fueron necesarios para perpetrarlos. Es
altamente improbable, asimismo, que Irak, Siria o Irán hayan llevado
a cabo este tipo de acción, empleando a los sospechosos, siendo que estos
países están perfectamente dentro del alcance de los servicios
secretos de Estados Unidos, la Unión Europea y del Mossad.
Si la teoría
de la conspiración carece tan patentemente de sustancia, y la teoría
alternativa de un grupo pequeño, localizado y autónomo es más
plausible, ¿por qué Washington prepara la guerra contra Afganistán
y otras naciones de las regiones del Golfo y Medio Oriente?
Una hipótesis
plausible es que Estados Unidos, antes de los ataques terroristas, estaba planeando
derrocar al régimen talibán, y ahora usa el ataque para justificar
esta política. Un alto funcionario paquistaní confirmó
ya que en agosto de 2001, un importante oficial estadunidense le afirmó
que Washington planeaba deshacerse del talibán a principios de octubre
de 2001. La razón: el talibán es un campo de entrenamiento para
militantes islámicos opuestos al poder y la presencia estadunidense en
el mundo musulmán.
Una segunda
hipótesis es que la movilización y la reglamentación necesarias
para una guerra permiten a Washington y a algunos países europeos el
envío de tropas terrestres para el combate activo, destruyendo así
la oposición civil a guerras terrestres (el síndrome de Vietnam).
El admitir
que el incidente fue obra de un pequeño grupo autónomo de profesionistas
seculares, sin apoyo de una red internacional o de un refugio nacional, socavaría
la movilización bélica y las políticas de intimidación
y fuerza empleadas para reafirmar el poder mundial de Estados Unidos.
La teoría
de la conspiración puede servir para justificar violentos ataques contra
Irak, Siria y, posiblemente, Irán y Libia, o cualquier país que
se oponga a la construcción del imperio estadunidense. La doctrina Bush
de "quien no está con nosotros está contra nosotros"
refuerza el terrorismo de Estado de Israel sobre los territorios ocupados y
justifica la represión de grupos antiglobalización en el Norte,
así como movimientos masivos contra el neoliberalismo en el Sur.
La teoría de la conspiración dicotomiza al mundo entre el imperio de Estados Unidos y el terrorismo. También nubla el conflicto real entre un imperio plagado de crisis y los crecientes movimientos sociales de oposición.