HAGO LO QUE NO QUIERO HACER
Por: Gustavo M.F.
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Dime si te
resultan familiares las frases siguientes:
- Sé
perfectamente que está mal, sin embargo lo hice, no se porque no pude
contenerme.
- Yo no
quería hacerlo, pero fue más fuerte que yo y lo hice, y ahora me siento muy
mal.
- He orado y
le he pedido a Dios perdón y que me ayude a no hacer esto de nuevo, y sin
embargo caigo una y otra vez, no se que hacer.
- Me duele
mucho esto que hago, me siento muy mal delante de Dios, pero siento que no
puedo evitarlo, creo que estoy perdido, quisiera morirme.
Todas estas
frases, han sido parte de mi vida en algún momento de mi existencia y sé que
hoy día muchos hermanos sufren de forma similar. Y para mi sorpresa el
mismísimo apóstol Pablo se sintió alguna vez de la misma manera pues escribió:
“Lo que hago, no lo entiendo, pues no hago lo
que quiero, sino lo que detesto, eso hago.” (Romanos 7.14)
Todos los creyentes en Cristo que de forma
genuina amamos a Dios sufrimos en nuestra conciencia y en nuestro corazón
cuando sabemos que hemos hecho algo que no le agrada a Dios que además
entorpece nuestra comunión con Él, y por lo tanto debemos entender las causas
que nos motivan a cometer tales acciones. Pablo mismo explicó la causa cuando
dijo:
“De manera que ya no soy yo quien hace aquello,
sino el pecado que está en mí.”
(Romanos 7.17)
El problema
esencial contra el cual buena parte de la comunidad cristiana se enfrenta, es
la presencia del pecado en su corazón, pues no han comprendido
verdaderamente el alcance del sacrificio expiatorio de Jesucristo, quien como
cordero de Dios, quitó absolutamente todos los pecados de la humanidad (Juan
1.29), es decir que Cristo nos liberó no solo de los pecados del pasado sino
inclusive de los pecados futuros y por supuesto que también nos ha liberado de
los pecados actuales.
Si el Cristiano permite que el pecado permanezca en su corazón,
entonces será este pecado el que tome el dominio y le haga cometer pecado
delante de Dios.
La
reincidencia en el pecado obedece a la terrible confusión de la cual muchos
hemos sido presa, pues a veces entendemos al remordimiento como si se tratara
del arrepentimiento, el Señor Jesús fue claro cuando dijo “No he venido a llamar a justos, sino a
pecadores al arrepentimiento.” (Lucas 5.32)
El remordimiento es la sensación de
tristeza, preocupación, angustia o dolor a causa de algo que hicimos mal noten
lo que pasó en el siguiente pasaje ”Cuando el
centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios diciendo:
—Verdaderamente este hombre era justo. Toda la multitud de los que estaban
presentes en este espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían
golpeándose el pecho.” (Lucas 23.47-48)Aquí la gente no se arrepintió
verdaderamente de haber crucificado al Señor, sino que sencillamente se
sintieron mal después de haber apreciado el espectáculo que les significó Su
crucifixión y ante la declaración del centurión quien dijo “en verdad este
hombre era justo”.
El
arrepentimiento al que hemos sido llamados, precede al remordimiento y además
exige, volvernos atrás y dejar de hacer el mal que estábamos haciendo.
Pablo en su angustia exclamó: “¡Miserable
de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7.24) Así
que para vencer al pecado que mora en cada uno, primeramente debemos reconocer y
aceptar que Jesucristo nos ha limpiado de todo pecado, y si no lo sientes así
entonces debes pedirle perdón a Dios, y aceptar y recibir a Jesucristo como tu
único y suficiente Salvador. En seguida debemos recurrir a la confesión y
arrepentimiento de eso que hicimos mal en apego a 1 de Juan 2.1 “Hijitos míos,
estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado,
abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.” Asimismo debemos
rendir nuestra debilidad al Señor, y pedirle que sea Él quien tome la victoria
sobre el pecado en nosotros.
“Ahora, pues, ninguna condenación
hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne,
sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en
Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.” (Romanos 8.1-2)
“Así que, hermanos, deudores somos,
no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís
conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de
la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu
de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el
espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido
el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba,
Padre!” (Romanos 8.12-15)
Es importante ejercitar la vida en
El Espíritu, orando en todo tiempo (Lucas 21.36), escudriñando la Escritura
(Juan 5.38), no dejando de congregarnos (Hebreos 10.25), predicando el
Evangelio de la Salvación.
Nunca olvides que “Todo lo puedo
en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4.13)
Dios te bendiga
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