Revolcadero

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Desde que a los nueve años conocí el puerto de Veracruz, siempre me ha gustado el mar. En mi primer matrimonio solía ir con mi mujer un mínimo de dos veces al año a alguno de dos destinos de playa: Zihuatanejo o Acapulco, ambos en la costa del estado mexicano de Guerrero. Lo que voy a relatar ocurrió en uno de esos viajes. Sería el año de 1982, mas o menos.

 La playa del Revolcadero está en la desembocadura de un río. A pesar de su aspecto tranquilo es considerada una playa relativamente peligrosa. Si uno se para mirando al mar, a la izquierda se ven unos riscos adornados por unos cuantos árboles, en la desembocadura del río, en tanto que a al izquierda se ve una playa muy larga, llena de palapas. Un buen día me metí a jugar con las olas, a saltarlas. Serían las once de la mañana cuando empecé. A Juani, que así se llama mi primera esposa no le gustaba meterse al mar, así que se quedó en la playa. Yo feliz, saltando una ola, esperando la otra y así, cuando de pronto advertí que ya andaba muy lejos. Desde donde estaba ya no veía la playa y apenas miraba la parte más alta de la desembocadura.

Creyendo que sería sencillo, decidí regresar a la playa por donde había salido, pero cual sería mi sorpresa al encontrar la resistencia de una fuerte resaca que hacía nulos mis esfuerzos por regresar. Yo avanzaba y la corriente me regresaba, una y otra vez, una y otra vez. Esa misma corriente que no advertí y me había hecho divertida la salida ahora me dificultaba el regreso. Me encontraba completamente solo, a lo lejos veía un pequeño velero y nada mas. De modo que descarté la idea de desgañitarme gritando, eso solamente me cansaría. Nunca he sido un hombre atlético.

Soy mas bien delgado, de huesos angostos, algo resistente al esfuerzo. Quizá por eso me acostumbré a economizar energía en las tareas físicas que emprendo, desde nadar hasta bailar. Así que ahí estaba yo, enmedio del mar, pensando como salir de esa. Decidí no perder la calma, me di cuenta de que eso era lo más importante. Perder la calma era terminar ahogado.

Pronto comprendí que el regreso a la playa no podría ser en dirección perpendicular, así que empecé a nadar en diagonal, combinando unas brazadas con un rato de flotación. Había una corriente que me ayudaba, que iba en la misma dirección que yo, casi paralela a la playa. De modo que en cada ejercicio le ganaba unos pocos metros a la resaca, acortando la distancia a la playa. Así logré llegar.

Cuando salí, exhausto, lo hice a varios cientos de metros de donde había dejado a Juani. Era la una y media de la tarde, yo había perdido la noción del tiempo. Entre tanto, alarmada, ella ya había buscado unos lancheros para que fueran a tratar de encontrarme. Luego supe varias cosas que hicieron que la piel se me enchinara. Si la corriente me hubiera ayudado en sentido opuesto, en dirección a la desembocadura del río, me hubiera lanzado hacia la costa, donde el agua se arremolina en unas cuevas, en una especie de tubería mortal. He pensado muchas veces en esta experiencia donde por ignorancia e imprudencia me enfrenté a la posibilidad de perder la vida. Fue fundamental no perder el control, esa fue parte de la lección, sin importar la gravedad de la situación, no perder el control. Pero también los imponderables jugaron un importante papel.

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