Religión del siglo XX
Igualitarismo... Enemigo de Dios y de los hombres


   Más de 27 millones de personas se encuentran reducidas a esclavittud, muchos de ellos son niños y mujeres. Las causas suelen ser económicas o de persecusión religiosa. En Sudán los cristianos son secuestrados y sometidos a toda clase de vejaciones y malos tratos. Gimen y esperan ser comprados por sus hermanos de fe para salvarse de la muerte. El comercio de esclavos alcanza en la actualidad niveles alarmantes. La verdad de la esclavitud en América y la mantenida mundo musulmán.
 

   Cuando una idea es repetida permanentemente, termina por quedarse en la mente de las personas. Y si acaso fuese repetida para muchos, la repetición será reforzada como "opinión pública". Agreguemos a esto la posibilidad de que esa idea halague nuestros vicios y bajas pasiones: entonces tendremos un "dogma" laico, una ideología que impregna todo y contra la cual resulta casi suicida oponerse. Esto es lo que ocurre con el igualitarismo.

   A través de un proceso irrefrenable, el igualitarismo ha avanzado entre nosotros hasta tomar un lugar preponderante en nuestros gustos y preferencia. Somos, por así decirlo, tendencialmente igualitarios. Es más, no resultará exagerado sostener que hasta se nos ha vuelto una "virtud" y hasta una "meta" a conseguir.

   Ni los mismos hijos de la Santa Iglesia se han salvado. Como si desconociesen su santa doctrina y la misma Verdad revelada en las Sagradas Escrituras y la Tradición, la traicionan y deforman hasta ofender al Cielo con su abominación.

   Lo cierto es que muy distinto es el sentir y pensar de la Esposa de Cristo.

   Igualitarismo: una ofensa contra Dios

   Dios es creador de todas las cosas. Con sabiduría infinita y amor perfecto dispuso todo el universo. Coronó la Creación con el hombre y se dio por compañía a los santos ángeles. Dispuso de todo con tal armonía que cada obra canta Su gloria. Dios es, por tanto, autor de las desigualdades del universo, que contribuyen al Orden y Belleza del Universo.

   En Su plan gloriosísimo, dispuso que cada criatura refleje una perfección distinta, de modo tal que toda la Creación le reflejase como un purísimo espejo de perfecciones. Este reflejo particular es la vocación o llamado que Dios nos hace para reflejarlo. Bajo esta luz primordial construimos nuestra perfección y santidad.

   ¡Cuán pobre habría sido la creación sin la diversidad maravillosa de animales, de aves y peces, de plantas, piedras y minerales! ¡Que deshonrosa obra habríamos visto sin las gamas infinitas de diferencias de color, sonido, consistencia y fin en encontramos en todas las cosas! Y si esto es verdad para los seres brutos, en el hombre se vive en esplendor material. Todos fuimos creados distintos y muy diferentes unos de otros, interna y externamente. Nada entre los hombres es igual: ni el color de piel, ni la estatura, ni la complexión, ni el timbre de voz, ni la fortaleza.. en nada. Menos aún en un campo tan rico como es la psicología. Somos distintos en nuestras formas de pensar, de sentir y de vivir. Tenemos virtudes y habilidades en forma y fuerza muy diferente a nuestros propios parientes. Lo mismo, y en mayor grado podemos decir que resulta de la unión de cuerpo y alma. Tan distintos y sin embargo todos somos personas. Así como en la música o las letras las variaciones y desigualdades armónicas crean belleza, así en las realidades humanas las desigualdades armónicas crean belleza. Todo funciona en perfecto orden.

   Sin embargo vemos, como fruto del pecado original - de nuestras malas inclinaciones y de nuestros vicios- , injusticias y desproporciones que llegan hasta pecados terribles.

   Pero los mandamientos nos dan la libertad y un marco tan suave y perfecto que tan sólo con respetarlos (ni siquiera cumpliéndolos con perfección evangélica) damos forma justa y bella a la sociedad, a nuestras vidas y alcanzamos la salvación.

   Negar las desigualdades es ofender a Dios mismo que es Autor de ellas, es rebelarse contra Su Orden y Justicia.

   Hasta aquí hemos dicho, por tanto, de las desigualdades naturales que son extensibles desde las personas a las ciudades, pueblos, países, culturas y civilizaciones. Cada una de ellas son justas, armónicas y necesarias. Pero quedan otras desigualdades tan lícitas como las anteriores y que son fruto de las primeras, y son las accidentales. Se trata de las diferencias en fortuna, cultura, linaje, honra, derechos... Aunque contraste con la mentalidad igualitaria contemporánea, todas son justas, bellas y armónicas.

   Y observamos un fenómeno curioso en el lector: el sofisma de contrastar con los excesos viciosos que antes denunciamos. No por consecuencias de vicios podemos descartar la licitud de las diferencias de fortuna, por ejemplo. El sistema anti-armónico moderno permite y estimula desproporciones aberrantes que no son, obsérvese bien, desigualdades sino desproporciones. Son aberraciones pecaminosas tan aberrantes como el igualitarismo extremo. Negar un exceso no supone necesariamente sostener lo contrario. No condenamos, por tanto, la virtuosa lucha que se desarrolle para reestablecer el orden violentado por el mal e injusticia. Defendemos el punto de equilibrio y virtud, como vendría a ser, en el caso de las diferencias de carismas entre pueblos, el reconocer particularidades propias de hombres negros, blancos o amarillos. Maravillarnos por sus diferencias no significa, evidentemente, promover el racismo.

   El proceso igualitario

   Ciertos principios, como el de justa desigualdad, nunca fueron cuestionados por el hombre hasta las eclosiones viciosas que marcaron la ruptura cultural con la doctrina cristiana.

    En primer término asistimos a la vorágine acaudillada por el heresiarca Lutero. A su voz rebelde se unieron príncipes codiciosos y rebeldes de toda clase. Con el grito blasfemo de "Cristo sí, la Iglesia no", pretendía acabar con toda jerarquía metafísica, con toda estructura eclesiástica. Cada hombre es tan depositario de la Revelación como otro, por más contradicciones que puedan surgir en el seno de una misma familia. El enemigo era el Papado y toda la jerarquía de una Iglesia de constitución monárquica y aristocrática conforme el fundamento de Cristo. Sus partidarios más radicales llevaron la doctrina de Lutero a sus últimas expresiones. Así surgieron movimientos revolucionarios de corte socialista avanzados o de anarquía imperiosa. La nueva mentalidad propició el surgimiento del nacimiento del capitalismo. La doctrina de la predestinación hacía que quien triunfaba en la vida estaba predestinado a la salvación, en cambio quien fracasaba lo estaba para su perdición. Con esto la avaricia y sed de acumulación de riquezas ociosas, así como el despotismo de los gobernantes fueron creciendo y dando vida a nuevas formas sociales, muchas veces tanto o más viciosas que los apetitos que las impulsaban.

   Con posterioridad, el germen fue generosamente regado por las ideologías liberales e iluministas del siglo de las luces hasta dar su flor negra en la Revolución Francesa. Ésta levanta una nueva bandera igualitaria: "Ni rey ni señor". Toda enojosa desigualdad en la esfera eclesiástica es trasladada al plano de la vida civil y conducen una revolución que en lugar de alimentar al pueblo "hambriento" toma una cárcel deshabitada y redacta una constitución. Las modas, que habían acompañado al protestantismo en su forma particular de plasmar las ideas imperantes. La revolución francesa acaba con la distinción y embellecimiento progresivo de las personas y los ambientes. La revolución industrial y sus excesos preparan el camino a la revolución comunista que proclamará "ni patrón ni dueño". Los excesos del liberalismo económico justifican socialmente este andar siniestro. La igualdad eclesiástica y social demandaba la igualdad en el terreno económico. Ingresados en el siglo XX, los hombres ven arrasada sus dirigencias. La primera guerra mundial elimina el surgimiento de una juventud idealista y cargada de generosidad (muchas veces mal conducida). Son los años de la Belle Epoque y de su sepultura en las trincheras por lo que era llamada "la última de las guerras posibles". Con ellos era sepultada toda la mentalidad y cultura de la Vieja Era.

   El igualitarismo comienza a desplegarse y ya falto de resistencias por parte de modelos de refinamiento se descuelga por medio de la ideología predominante tras el triunfo norteamericano en la segunda guerra mundial. La sociedad orgánica cristiana había sido reemplazada por el estado totalitario e igualador nazi-fascista y se presentaba en falsa oposición al Moloch igualitario del estado soviético staliniano. Bajo esta tenaza, que aparentemente no dejaba opciones al ciudadano medio, se amordaza toda expresión diferente y saludable. La "american way of life" impartida por el aparataje hollywoodense, toda llena de luces y excesos, imprime un tono extravagante y bobalicón en las juventudes del momento. Comienza la era del consumo de masas, de producciones industriales, de desprestigio del pensamiento. Agrupaciones grises de personas deambulan vestidos, peinados y adoctrinados de la misma manera. Todos, con pequeñas variaciones permitidas, parecen cortados con las mismas poco originales tijeras.

   La reacción del movimiento hippie que predicaba la igualdad radical en todos los campos de la vida, llega a su eclosión con la revolución anárquica de mayo de 1968 en la Sorbone bajo el lema "prohibido prohibir". La igualdad anárquica propone incluso la igualdad interior entre las facultades del espíritu (pensamiento, voluntad, sensibilidad) y la liberación de toda autoridad y superioridad, ya sea civil, moral o de veracidad.

   El resurgimiento de las herejías modernistas en el seno de la Santa Iglesia propugnan un igualitarismo radical que quiere ver la Verdad en todas las religiones y se rebela contra toda superioridad al interior de la Iglesia. Propone la igualdad externa y conceptual entre los religiosos y sacerdotes respecto a los fieles y la eliminación de la Sagrada Jerarquía para suplantarla por una asamblea filo-protestante. Arrancan todo ornamento de los altares y en una revuelta iconoclasta derriban imágenes, usos y costumbres propias del digno culto a Dios.

   Acompañados de las simpatías de todos cuantos rechazaban la masificación igualadora, levantaron las bases de la revolución cultural que animó y dio vida al movimiento de la Nueva Era que propone la igualdad de las religiones, la unificación del mundo e incluso discute la separación de individuo con las cosas.

   Hoy en día el igualitarismo se igualó al sentir postmoderno y se "segmentó" para dar a cada uno el mismo producto con "adicionales" imaginarios. Se ha tornado como el hombre light, carente de pensamiento propio, individualista, consumista y liberal que no sabe de más referencias que el "yo", "aquí" y "ahora". Su contrapartida aparente está en el ecoterrorismo verde, que iguala al hombre con las plantas y animales. Desde esta trinchera proponen el fin de la civilización y una vida tribalista y primitiva al modo idealizado que sus películas proponen a las masas aparentemente carentes de uso cerebral.

Las nuevas banderas igualitarias

   Como toda lucha ideológica, el igualitarismo requiere de aplastamiento de toda oposición. Para ello se basa en reducir la naturaleza humana a un mero "accidente" o apariencia. En definitiva no de trata más que de una de tantas formas de existencia, no siendo superior aunque quizá sí inferior a otras hasta ahora tan despreciadas como las "inocentes" y "solidarias" amebas.

   Hoy el camino avanza a la disolución de las naciones en una sola república universal, la fusión conceptual en un solo hombre "beige" (suma de los colores de piel blanco, amarillo, colorado y negro) a modo de remediar estos errores del Creador como son las distinciones entre los seres.

   Pero la arremetida no acaba aquí. Las luchas se dan por doquier y sin cuartel. Hoy se discute por el fin de diferencias entre una esposa y una concubina, entre un hijo legítimo y uno ilegítimo, entre las familias y las convivencias. Las autodenominadas leyes de salud reproductiva pretenden lo mismo en cuanto diferencias entre la honradez y la prostitución, los sodomitas y aberraciones morales de diversa especie. El bien y el mal, el vicio y la virtud, la verdad y el error, la justicia y la injusticia no deberían prevalecer más como opuestos. Hoy las tentativas legales quieren igualar al delincuente con la víctima, e incluso otorgarle más derechos que a ésta. Lo mismo obran para igualar al patrón con el empleado, profesores con alumnos, sacerdotes con seglares, padres e hijos. Los desvaríos científicos quieren igualar a los perversos con los sanos, a los locos con los cuerdos. Los pseudoestetas quieren igualar las bromas de mal gusto con el arte más sublime, los ruidos inconexos o las percusiones tribales con el arte musical.

   La globalización, en fin, acaba con las particularidades culturales, las músicas, costumbres, comidas, vestimentas de cara pueblo y cultura para fundir todo en una Mc Cultura igualitaria, plástica y achatadora.

 El panorama que vemos aparecer

   La explosión igualitaria ha logrado convencer por su extensión, insistencia y violencia- a tantos y tantos que hoy mismo es difícil permanecer ajenos a esta destrucción de los principios de claridad y definición. Hoy todo se torna borroso y relativo, restando espacio para la vivencia y defensa de la virtud, de la verdad, de la belleza y del bien.

  Esta rebelión que no dudamos de calificar como satánica en origen y fin, ha nublado nuestra vista y embotado el pensamiento.

   La escalada igualitaria quiere borrar toda distinción en jerarquía (nadie sobre mí, nadie bajo mío) y se categoría (nadie es diferente a mi lado). No existen consideraciones morales, de función, de cultura, de virtud, de honradez, de educación ni de ninguna clase.

   ¿Dónde podría culminar esta embestida anticristiana? Contemplando que marcaron las eclosiones más radicales en cada revolución, podemos esperar un camino en descenso hasta la anticivilización y animalización humana. Seres cada vez más instintivos, inmediatistas y sensuales que rechacen todo uso de la razón, reduciendo el pensamiento a las más primitivas funciones tribales.

   De esta forma Satanás habrá arrancado toda gloria a Dios e impedido la conclusión de Sus planes. Sabemos que esto no es posible, que las puestas del infierno no prevalecerán contra Su Esposa, que Nuestra Señora nos ha prometido que cuando todo pareciese perdido, entonces Su Inmaculado Corazón triunfaría.

   ¿Cuánto más habremos de contemplar? Esto solo la Divina Providencia lo conoce. A Ella, por intermedio del Divino Infante acudimos a confiarle nuestros pensamientos y oraciones pidiendo que Su gracia venga pronto, que venga ya, que perecemos en este naufragio metafísico y moral.

   Para las almas más insensibles o menos precavidas toda proyección parece una exageración, sin embargo la historia ha demostrado, una y otra vez, que aún las peores expectativas fueron superadas por la realidad. Sus burlas fueron silenciadas por el anonadamiento. De ellos no podemos esperar nada más que confiar en la efectiva acción de la gracia y su cooperación con ella. Si una de las más elementales consideraciones de vida espiritual nos dice que en el deseo y el acto está la tendencia. Esta tendencia es la que debemos estudiar permanentemente, porque nos lleva a Dios o a su negación aún en los actos formalmente más piadosos. Examinémonos, pues, permanentemente sobre nuestras tendencias, juicios y preferencias. En este caso haremos particular cuestión sobre el igualitarismo, negación de Dios y de Su gloriosa Creación, llamada a la perfección y santidad.
 

Articulo del Sitio: http://www.cristiandad.org