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Headquarters of Information and Judicial Police (Civil Guard)
El Ejército y
las Fuerzas de Seguridad del Estado nutren el 64 % de las filas del CESID.
El resto de agentes es de procedencia civil y se elige, principalmente, en
los círculos universitarios.
Son los espías un tipo de gente que no se fía
de nadie, que trabajan en la sombra, que están en todas las partes del mundo
donde se cuecen decisiones importantes, que colocan micro videocámaras,
micrófonos, sensores... hasta en la cama, que siguen sus propias leyes y no
siempre los reglamentos legales.
La descripción anterior
constituye uno de los numerosos comentarios que pueden encontrarse en
Internet en referencia a una de las profesiones que más mitos ha creado y,
en apariencia, todavía sigue forjando. Una leyenda que es, además,
inasequible al desaliento. Lo demuestra el propio CESID. Pese a los deslices
y escándalos que han sacudido su labor en los últimos años, miles de
personas – sobretodo, universitarios – acuden a la página web de esta
agencia dependiente del Ministerio de Defensa para interesarse por los
requisitos de ingreso en el servicio de espionaje español.
Si la definición aparecida en
Internet, y que encabeza este reportaje, fuera completamente cierta, habría
que convenir que la inteligencia vive en la actualidad sus momentos más
bajos. A la vista de los escándalos de los últimos años – desde las escuchas
a personajes públicos, entre ellos el propio rey Juan Carlos, hasta el
recién pinchazo de la sede de HB en Vitoria -, no parece tampoco
probable que la reseña informática sea el argumento más oportuno para
decidirse a pasar a la clandestinidad oficial. Pero sirve de
confirmación de que el espionaje continúa revestido de esa aureola
aventurera y romántica que ha destilado la filmografía norteamericana desde
que James Bond llevaba pañales. Como todo lo que rodea a una organización
secreta, la incógnita estriba en saber donde está el límite de la realidad.
La versión libre del
profesional que pueden encontrar los internautas contrasta vivamente con
la imagen desmitificadora que revelan algunos estamentos militares y del
propio Centro Superior de Información de la Defensa (CESID): «El
funcionamiento es como el de una empresa, pero con la reserva y las
peculiaridades propias de manejar datos confidenciales». «En este mundo hay
que quedarse con el trasfondo, no sólo con los detalles más novelísticos. Es
un trabajo duro, pero también aburrido y rutinario», comenta un alto
cargo, ya retirado, de la agencia.
En verdad, la reserva aparece en La Casa
como el polvo en la choza de un vagabundo. Por todos los rincones. Un
ejemplo: oficialmente, su plantilla asciende a 1.259 personas, pero se
sospecha que la cifra real podría superar el doble, entre agentes en
nómina y colaboradores. «Hay una falta de control que impide
homologarnos a países de nuestro entorno. Como mínimo, y siguiendo esos
modelos, habría que crear dos agencias, una militar y otra de información
interior y exterior, que fueran coordinadas por un comité y dieran cuenta a
la cámara de representantes», reclama Willy Meyer, portavoz de Izquierda
Unida en el Congreso.
El procesador 007
Frente a esta opinión, algunos expertos en seguridad destacan que lo mejor
en un servicio de estas características es, precisamente, lo contrario:
«darse a conocer lo menos posible y a los menos posibles». Y eso queda
en evidencia cuando se intenta conocer el sistema de trabajo de La Casa.
Cualquier planteamiento en
este sentido acaba inevitablemente enredado en el ramaje del secreto oficial
y obliga a enfrentarse a dos versiones extremas: la de aquellos mandos y
agentes que aseguran desenvolverse en un medio al estilo 007 más genuino, y
la de quienes sostienen que su labor se asemeja fundamentalmente a un gran
procesador de datos. «Su trabajo consiste en obtener información,
tratarla, analizarla y pasársela al Gobierno», resumen fuentes próximas
al servicio. «Por eso, la red está presente en todas partes, desde
instituciones hasta empresas».
El CESID dispone de cuatro fórmulas
diferentes y una única filosofía para reclutar a sus empleados. Todos los
candidatos deben estar limpios, o, lo que es igual, mantener una conducta
irreprochable y poseer un historial social, familiar y económico inmaculado.
La idea es, por lo tanto, que los aspirantes «ofrezcan garantías y no
sean curiosos ni vulnerables».
La fórmula de contratación más habitual
comienza por la convocatoria de plazas restringidas en el Ejército, la
Guardia Civil y la Policía Nacional. Ellos nutren el 64 % del servicio de
inteligencia y son los auténticos profesionales. «La mayoría de quienes
practican investigaciones pertenecen a estos cuerpos».
El resto del personal es de procedencia civil
y llega a La Casa por recomendación de algún departamento de la
Administración, la intervención de un cazatalentos o, directamente,
tras el estudio del currículo que el solicitante ha enviado vía Internet o
postal al centro de la Defensa, situado en las afueras de Madrid. Aunque
esta opción hace perder la fe en ese mundo misterioso, es la más
multitudinaria.
El año pasado, la página web de la
agencia recibió unas 50.000 consultas y, de ellas, 30.000 fueron solicitudes
de ingreso. La mayoría las firmaban universitarios jóvenes, que acreditaban
un expediente académico brillante y el conocimiento de, al menos, dos
idiomas. Ninguna acabó, al menos inicialmente, en la papelera.
Los mandos seleccionan los
historiales más llamativos y los depositan en <<un banco de datos. Cuando
necesitan a alguien con unas condiciones determinadas, acuden a ese
archivo>>. Los mejores perfiles los ofrecen los ingenieros y licenciados
en ramas como Derecho, Económicas o Ciencias de la Información. Se da la
circunstancia de que. Hace veinte años, la presencia de estos titulados era
casi impensable, toda vez que el personal civil apenas alcanzaba el 0,5 % en
el espionaje español.
Del riesgo al reposo
En opinión de un antiguo mando, que obviamente reclama el anonimato, este
cambio viene a confirmar que la red conjuga un 10% del personaje creado por
Ian Fleming con un 90% de las cualidades con las que Graham Greene dotó a
esos sujetos callados y discretos, capaces de reunir una información
numerosa y de penetrar solapadamente en círculos diplomáticos, pero que
jamás empuñarán un arma o participarán en una persecución. Los primeros se
reúnen en torno al grupo operativo, responsable de las vigilancias y
contravigilancias, las acciones de calle y las operaciones <<más
siniestras>>, según el propio calificativo que utilizó en unos cursos
Emilio Alonso Manglano, director de la agencia entre 1981 y 1995.
Los segundos ejercen misiones más reposadas
y, en bastantes casos, funcionariales. Ahí figuran los analistas, los
colaboradores y las antenas que recopilan datos en instituciones,
empresas o países extranjeros. También hay una escala intermedia, que abarca
desde criptógrafos hasta carpinteros. Según los escasos testimonios del
Ministerio de Defensa relativos al CESID, unos y otros tienen el deber de
<<prevenir y neutralizar cualquier peligro, amenaza o agresión>> que
exista contra la seguridad nacional y el orden constitucional; dos conceptos
que representan un amplio cajón de sastre donde se incluyen desde la
protección dela industria española hasta la lucha contra el terrorismo.
Las órdenes del ministerio se traducen en la
práctica en la elaboración de más de 10.000 informes anuales, que suelen
acabar en manos del Gobierno o de las Fuerzas de Seguridad del Estado.
«Los espías no pueden realizar detenciones ni judicializar nada. Así, cuando
tienen un asunto para investigar, lo hacen a través de las fuerzas de
seguridad».
Precisamente por ese cometido, los agentes
abominan de la imagen que han transmitido a la sociedad escándalos tan
sonrojantes como la venta de documentos confidenciales o las escuchas.
«Si lo analizas fríamente, no lo entiendes. Probablemente, en el caso de la
sede de HB haya habido un exceso de confianza, de pensar que nadie iba a
descubrir el montaje. Quiero creer que, efectivamente, caerán cabezas»,
señala un miembro de la agencia de inteligencia, que reniega de esa herencia
chapucera, propia de Anacleto, legada por expertos que se van dejando cables
y material de escuchas o cuelgan incorrectamente el receptor, facilitando
que el interlocutor oiga a su espía o la grabación de sus propias
conversaciones.
«El CESID sólo surge por su vinculación a
errores, pero nunca cuando su intervención permite desarticular un comando
etarra. Gracias a su labor, también se salvan muchas vidas»,
afirman las mismas fuentes.
El Gobierno niega que las
descubiertas, singularmente frecuentes en los últimos ocho años,
respondan a una hipotética inexperiencia de sus espías. «El proceso de
aprendizaje es largo y duro. Los seleccionados son sometidos a cursos, tanto
dentro como fuera del centro, porque los agentes de inteligencia son cada
vez más técnicos>>, informa un antiguo cargo, que compara la etapa de
formaci6n con «una carrera de fondo».
Los cambios en el terreno
internacional exigen esa especialización. Por ejemplo, el CESID está
considerado entre los servicios secretos de todo el mundo como un experto en
Latinoamérica. «España tiene mucho 'curro' ahí». En cambio, los
agentes franceses e ingleses son los mejores entendidos de Europa en
espionaje industrial.
Una nueva dimensión
La mitad de estos profesionales europeos se quedó sin objetivos tras la
caída del muro de Berlín y debió dirigirse hacia una nueva diana, mientras
los españoles continuaban, en cambio, apostando por el estudio social y
económico de los países sudamericanos. «No obstante, la nueva dimensión
mundial implica entrar en el tejido industrial», pronostica el asesor de
seguridad de una multinacional.
En este caso, el siguiente
problema que se plantea es cómo hacerlo. La instrucción de un colaborador
puede durar muchos meses hasta que resulta operativo, de manera que «es
más frecuente tocar a alguien de dentro. Introducir a una persona en una
organización es complejo. Pueden pasar años sin que nunca llegue a estar a
la altura deseada. Por eso, es mejor captar a alguien del interior o, si
quieres saber algo de una compañía de telecomunicaciones, infiltrar a un
técnico del ramo. Es más difícil que meta la pata». De paso, los
profesionales consideran que se anula el riesgo de que el colaborador
obtenga un «conocimiento amplio de 'La Casa'».
Especialistas próximos al CESID afirman que,
para estas operaciones, el servicio de espionaje recurre a sus archivos o
busca en círculos académicos o profesionales al candidato adecuado a la
misión. «Hay agentes dedicados a eso. Por las buenas no te van a abordar
en la calle y decirte: 'hola, somos del CESID, ¿quieres colaborar con
nosotros?' Lo usual es estudiar si el individuo es el adecuado, luego
ganarte su confianza y empezar a hablarle de un trabajo acorde a su
experiencia, hasta que está 'maduro' y le haces la propuesta».
Según estas mismas fuentes, lo
normal es ofrecer a los seleccionados un «estímulo positivo» para conseguir
su participación. Casi siempre es dinero. «Siendo sinceros, la diferencia
entre decir sí o no puede ser una peseta». «A veces, también se puede
recurrir al refuerzo negativo; es decir, si nos ayudas, nosotros te
ayudamos. Pero es más extraño» Un militar veterano reniega de estos
métodos y sostiene que la verdadera eficacia reside en el «diálogo
pactado».
«Infiltrarse es muy jodido, por que, si eres
una persona consciente, al final te das cuenta de que todo el mundo tiene
algo de verdad en sus manos, y resulta muy difícil mantener la
infiltración». «Por eso – agrega
este responsable -, muchas conversaciones que ha habido con grupos, y no
sólo violentos o radicales, se han hecho sabiendo que hablaban con
determinado mando del Ejército. No es inteligente mentirle a quien
necesitas».
Sin amigos ni identidad
El aprendizaje más severo afecta, sin embargo, a la division operativa. Una
de sus lecciones consiste en el montaje de cortafuegos rápidos;
planes para levantar de inmediato un operativo y marcharse sin dejar rastro.
«Cualquier servicio de escucha tiene una acción de este tipo preparada.
Por eso, da la impresión de que quienes vigilaban a HB estaban muy
relajados», dice Willy Meyer.
El recorrido del aspirante a espía culmina en
el preciso instante en que su identidad es borrada. Los agentes cotizan la
cuota de desempleo en una lista clasificada y el Gobierno se encarga de
sacarles dela Seguridad Social y transferirles al Régimen del Instituto
Social de las Fuerzas Armadas. También les facilita la atención de un
policlínico con el fin de solucionar los trastornos emocionales que ocasiona
vivir en un engaño permanente. «Pasa lo mismo que con los policías en el
País Vasco. Muchas veces debes decir que trabajas en otra cosa y
disimular>>.
A cambio, el
profesional adquiere un salado considerable, la sensación de <<servir a
la sociedad>> y un exigente compromiso de lealtad con La Casa,
que le prohíbe mostrar una conducta social que genere «vulnerabilidad al
centro» y le obliga a encontrarse disponible para «prestar servicio
por el tiempo que sea preciso y en cualquier lugar, tanto en territorio
nacional como en el extranjero», subrayan fuentes de Defensa.
Cuando llega el retiro, si hay suerte, al
espía le queda un empleo en una empresa de seguridad o como asesor en una
multinacional o una institución. Y los recuerdos. De hecho, los agentes no
suelen acabar en la realidad con una copa de champán entre las manos y una
mujer a su lado.
«¿Sabe qué es lo peor?»,
comenta un veterano de la
agencia. «La cantidad de gente a la que
has mentido. Todas esas personas de las que te has aprovechado en nombre de
la patria y con las que parece que has creado una relación importante de
amistad hasta el día en que tu misión acaba y desapareces. Después te das
cuenta que esas personas, a las que usaste y que nunca más volvieron a saber
de ti, eran verdaderos amigos>>.
El
Norte de Castilla – En portada - Suplemento, 26 abril 1998 |