Entrevista Juan Alberto Perote

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Headquarters of Information and Judicial Police (Civil Guard)

Sobre los servicios secretos no se suele hablar, la bibliografía es muy limitada. Y los libros que existen son muy defensores de ciertas personas. Ud. rompe casi con una norma fundamental de los servicios de información, que es contarlos desde dentro ¿Por qué lo hace?

Juan Alberto Perote: En nuestra cultura quizás nos sorprenda esto. Pero si usted va a internet, saca de los servicios occidentales, de la CIA, de la NASA, más información de la que un ciudadano puede imaginar. Porque ellos tienen una medida lógica de lo que es el secreto y la información que puede llegar al ciudadano. Yo creo que aquí eso lo tenemos totalmente desvirtuado. No conocer lo que es un servicio de inteligencia es ignorancia. Es una institución del Estado y para el Estado, al servicio del ciudadano. Soy consciente de que hay informaciones que no deben trascender, porque ponen en peligro la seguridad nacional. Pero esos conceptos están muy definidos, se refiere a los planes estratégicos, a la defensa de fronteras, despliegues de flotas, etc. Yo hablo porque creo que se ha hablado mal de los servicios secretos, y como yo soy un protagonista de ellos durante una época muy importante, la época de la transición, y he vivido desde dentro, puedo contar, lo hago con total tranquilidad de conciencia, vicisitudes internas nuestras. Y casi lo hago de una forma novelesca. Ahí se relatan algunos hechos históricos. No estoy conforme con que la historia se cuente dentro de cien años, yo quiero conocer la historia contemporánea.

Precisamente leyendo muchos de esos documentos de internet que ha citado, da la impresión de que los servicios secretos forman un Estado dentro del Estado, es decir, una mafia.

J. A. P.: Precisamente, muchas personas, y algunas de rango político, me achacan que yo no he respetado ese concepto seudo mafioso. Por estar en el servicio de inteligencia tienes obligación de callarte y no decir nada, incluso lo que pueden ser crímenes de Estado, o latrocinios de Estado. Yo con eso no estoy conforme. Eso no tiene ninguna lógica ni jurídica ni moral.

El CESID, ¿puede ser calificado como una rama de segundo orden de la CIA?

J. A. P.: En un principio, así fue. El origen está en los años 60, cuando nosotros, sin pertenecer a la OTAN, sí estamos integrados en Occidente, y mantenemos un compromiso sin estar, a esas medias aguas en que hemos estado mucho tiempo. Y cuando te tutelan estás en manos del que te coloniza. Ese aspecto lo cuento de forma un poco jocosa, y como el origen, que así es.

¿Los dirigentes de los servicios, a partir de ese momento, se forman en los EE.UU.?

J. A. P.: Los dirigentes no tienen una formación específica al amparo de ellos. Pero sí los primeros agentes, del año 64, de algunos cursos que imparten agentes del Mosad, que en aquel momento son nuestros interlocutores más directos en la cuestión operativa. Pero no cabe duda de que las delegaciones oficiales instaladas de la CIA en Madrid ejercían una influencia muy grande.

¿Qué quiere decir exactamente cuando afirma en su libro que el 23-F fue posible porque el Estado no controlaba al CESID?

J. A. P.: En el año 81, la debacle de UCD se traslada a todas las instituciones, una de ellas el CESID. El CESID, por no tener, no tenía ni jefe. Había un interino, un coronel, acababa de nacer y ya había habido nombramientos y dimisiones en meses. El CESID en ese momento está descontrolado. Un servicio de inteligencia cambia la historia de un país.

¿Qué opina de las versiones que sobre lo que realmente ocurrió el 23-F ofrecen otros militares en sus libros?

J. A. P.: Pardo Zancada mantiene la teoría de que ellos van al Congreso y realizan el asalto dentro de una planificación que ponen en la más alta jerarquía. Ellos nunca se rebelan contra el rey. Ellos están convencidos de que están a las órdenes del rey. Y cuando en el juicio militar esgrimen ese argumento en su defensa, no se les cree. Yo, personalmente le dije, que creo que en el seno de las fuerzas armadas, y de la gran mayoría de españoles, nunca pensaron que decían la mentira. Y la tesis de Martínez Inglés, de los tres golpes en paralelo, ya fue esgrimida por la clase política, es así, eso está ya en los anales.

También afirma que, en cambio, el GAL solo fue posible porque el CESID estaba controlado por el Ejecutivo.

J. A. P.: Ese es otro problema de los servicios de inteligencia, que si es manejado por el Ejecutivo también es un peligro para el ciudadano. La democracia no la podemos entregar en manos de nadie. Aunque las personas hayan adquirido el poder democráticamente, no podemos luego entregarle a esas personas, en este caso a ese gobierno, el control de la democracia. Cuando digo el control de la democracia es porque pienso que un servicio de inteligencia puede hacerla tambalear. El ejecutivo, en los últimos años 80, controla el CESID de una manera exhaustiva, durante la era Manglano. La permanencia durante muchos años de un gobierno va a penetrar en las instituciones hasta tal punto que se adueña de ellas. El fenómeno de la guerra ilegal que se desarrolla en los primeros años 80, como consecuencia de un problema interno del Estado (hay una involución y hay un terrorismo, que se retroalimentan), y la administración socialista decide atajar esa espiral con este procedimiento. Y el servicio de inteligencia en ese momento lo denuncia, y me aprecio de haberlo hecho, pero luego llegan las personas que lo pueden evitar y no lo hacen. Ahí hay una complicación del Ejecutivo en ese tipo de guerra, en esa responsabilidad.

En el documento de conclusiones sobre la guerra sucia que elabora el CESID, a quién se refieren cuando dicen "la persona que dirige la lucha antiterrorista en su conjunto"?

J. A. P.: Ese documento lo hago yo, que es lo que luego se ha llamado el "acta fundacional". No se pone nombre porque es un documento teórico, pero no cabe la menor duda que el único que puede dirigir eso es quien puede tomar las responsabilidades, y lo dije en el Tribunal Supremo en su momento. ¿Quién puede tomar una decisión de actuar en otro país, como era Francia, de forma agresiva, que es matando ciudadanos y violando sus leyes, que puede crear casi un casus belli? El presidente del gobierno.

El llamado caso Mengele (secuestro de mendigos para experimentar una droga con ellos), ¿sabe quién lo ordenó?

J. A. P.: La operación Mengele, el Ministro de Defensa ha dicho taxativamente que no existe en el Centro. Yo, ahí, ante el juez, di una explicación, diciendo que nosotros habíamos trabajado efectivamente en ambientes de la miseria humana, en la drogadicción y tal, que yo no tenía constancia de que hubiera ningún muerto, y no me he podido salir de ahí. Si un día aparecen pruebas, lo que sí haré es decir si son o no verdad.

¿Qué opinión le merece el actual director del CESID?

J. A. P.: El director, con quien he mantenido una no solo subordinación, sino amistad, para mí es incomprensible que se le nombrara director, habiendo estado de secretario general en la época del 23-F, donde se le pueden exigir unas responsabilidades por omisión, o por acción. Y no tuvo méritos, son responsabilidades negativas.

¿A qué cree que obedece su nombramiento?

J. A. P.: ¿El tenía conocimiento de cómo funcionaba el CESID? Lo tenía en el año 82, pero no cuando se hace cargo en el 95. Creo que es una decisión un poco impuesta, va en consonancia con el nombramiento del Ministro de Defensa, en fin, creo que hay influencias extra profesionales.

Los papeles del CESID se publicaron en los periódicos y el Estado no se vio amenazado en absoluto. Ya ni eran secretos ni afectaban a la seguridad del Estado.

J. A. P.: Así es. Yo siempre he dicho que ahí no había nada que afectara a la seguridad del Estado, no hay nada, porque entre otras cosas esos papeles los escribí yo. Se vio claramente, cuando el gobierno desclasifica los documentos, que ni el Estado se tambalea, ni la seguridad nacional sufre, es más bien todo lo contrario.

En su libro niega cualquier pago a usted por parte de Mario Conde ¿Siguen manteniendo el contacto?

J. A. P.: El que yo niegue los pagos, cuando a uno le acusan de algo, probar el hecho negativo es imposible. En mi caso hay algo que avala esa afirmación mía y quita fuerza a la calumnia: yo he sido la persona más controlada, más investigada que puede haber en España en los últimos años. Y si a mí me hubieran encontrado una sola peseta ilegalmente ganada, le aseguro que era primera plana de todos los periódicos. Con Mario Conde, sigo manteniendo una relación, en absoluto de compromiso, le puedo decir que me entero de su nuevo proyecto político cuando sale en los periódicos, la verdad es que nos ha ido muy mal la relación que establecimos los dos, hemos salido muy apaleados.

Cuando se supo sobre sus contactos con Mario Conde, los medios hablaron de un chantaje al Estado, e incluso de la existencia de una conspiración republicana…

J. A. P.: A mí me repele que para poder hablar de la república se tenga que poner el concepto de conspiración. Si alguien está convencido de la posibilidad republicana, en el Estado en que estamos es admisible y loable, es una opción más. ¿Hubo chantaje? Creo que el único chantaje me lo hicieron a mí. Cuando llaman a mi abogado y va a Moncloa, le dicen: "Tu cliente está en la cárcel, y como no esté calladito se va a pudrir ahí. Pero si se compromete a estar calladito, puede salir". Y me sacan. Luego, cuando en septiembre vuelvo a hacer unas declaraciones ante Garzón, en las que saco a relucir el célebre "Pte.", no los documentos, sino lo que dicen, a partir de ese momento me auto condené, me volvieron a meter en la cárcel y me fueron las cosas muy mal.

Se habló de que tenía más de 3.000 documentos…

J. A. P.: Bueno, las microfichas que yo mando hacer son 23 cartulinas donde hay 1.200 folios fotocopiados. Y de esos 1.200 documentos, que yo devolví, le puedo decir que 1.000 no sirven para nada. Efectivamente, hay otros que sí reflejan una relación mía con el director en el aspecto operativo y funcional. Ahí están y nadie los ha visto ni leído para nada.

¿Un espía nace o se hace?

J. A. P.: El espía, como tal, es un funcionario. Y hace trabajos bastante más simples y rutinarios de lo que la gente cree. Ser espía es ser analista. Estás analizando información que te llega por distintos cauces, y el noventa por ciento de esa información es abierta. Se publica en los periódicos, en libros, en conferencias, en conversaciones, y sí utilizas personas a veces para conocer una información más próxima a la fuente, un político de un país, un órgano de ese país, etc. Ahí el espionaje es un trabajo más. Hay trabajos que sí requieren una especialización operativa, que eran los que yo dirigía. Esta gente tiene que tener un sentido vocacional de ese trabajo, porque te va a exigir una vida distinta. Esa persona vive permanentemente en un estado de tensión informativa, se le van a pedir desplazamientos, discreción en su vida, clandestinidad, cambio de identidades, infiltraciones… pero eso es un núcleo muy pequeño dentro de un servicio de inteligencia.

La universidad, ¿sigue siendo un centro de interés para el CESID?

J. A. P.: Cuando yo estaba, la Universidad era un foro para conseguir personas que vinieran a trabajar al CESID, no era un punto que iba a hacer peligrar el Estado. Es aberrante pensar que pudiera ser un núcleo de inestabilidad.

 

 

 

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