Viernes, 23 de Junio del 2000
   

Don Bernardo O´Higgins Riquelme, el máximo héroe de Chile en la lucha por la independencia nacional, y que los texto de estudios lo consideran "el Padre de la Patria", fue conocido como "El Huacho Riquelme".

DÍA DEL PADRE EN UN PAÍS DE HUACHOS (HUÉRFANOS)

Llamado el Huacho Riquelme, nuestro máximo héroe es reflejo de una sociedad en la que la ausencia del padre explica muchos de nuestros peores defectos y lacras sociales.

Algún mérito cabe reconocerle a la celebración del Día del Padre, la cual se va tornando tradicional a mediados de junio. Sirve para realzar la importancia del papá en la formación de la personalidad de “los niños y las niñas”, para usar la terminología estúpidamente redundante que han impuesto las feministas, en vez de limitarse a decir niños, en el entendido de que este último concepto engloba a especímenes masculinos, femeninos y de otros sexos, que los hay.

Artículo extraído de un diario Chileno.

Biografía
Don Bernardo O´Higgins Riquelme, el máximo héroe de Chile.

La celebración cobra mayor mérito en un país de huachos como el nuestro, en donde hasta el Padre de la Patria pasó por el trance de criarse lejos del progenitor, hecho que explica muchos de sus actos y actitudes.

Los retrasados de noticias y de otras cosas no cesan de repetir que la madre es más importante que el padre en la formación de los hijos, ignorando así todos los avances de la sicología del último cuarto de siglo. Pero, lo que es peor, con esa mentalidad obsoleta, que por desgracia se encarna y perpetúa en leyes y costumbres, abonan entre nosotros la delincuencia y la drogadicción, aparte del espíritu cerril o de ovejas, que constituye la antítesis del afán crítico y de la creatividad en la que debemos formar a las nuevas generaciones.

Necesitamos papás

Chile es un país lleno de madres abnegadas, castradoras y gimoteantes, calculadoras y manipuladoras, y de padres ausentes porque perciben que la sociedad los menosprecia y los relega al simple oficio de proveedores de los hijos y de las madres de éstos.

Las cárceles están llenas de individuos con amitas de lo más cariñosas, pero que carecieron de la fortaleza suficiente para inculcarles valores y que se hicieron las lesas cuando sus hijos comenzaron a delinquir. Entre los jóvenes que se han precipitado a la drogadicción casi no hay nadie que carezca de madre, pero en su abrumadora mayoría son en la práctica huérfanos de padre. Otro tanto sucede con la inmensa falange de las víctimas de la violencia intrafamiliar, mujeres en general de baja autoestima y que partieron buscando un protector que después se volvió contra ellas, pues nunca conocieron la confianza y el calor que suministra un padre tierno y afectuoso.

Más que fortalecer su tasa de ahorro e inversión, más que mejorar la enseñanza que se imparte en escuelas y liceos, más que expandir el acceso a la internet o multiplicar el número de carabineros, Chile necesita “fabricar” miles, cientos de miles de verdaderos “padres”. Individuos cariñosos, pero firmes, que incentiven a sus hijos a abrirse al mundo, a jugar, a confiar, a soñar, a caminar con los propios pies. Un niño que ha tenido la suerte de contar con un buen padre será asertivo sin caer en la agresividad patibularia. Si tenemos tantas mujeres frígidas es porque carecieron de un padre que las acogiera y les reforzara su ego femenino, y la primera ternura masculina con que tropezaron en su adolescencia fue la de un macho botado a conquistador.

¿Quiénes son los irresponsables?

Con el corto vuelo que es propio de las gallinas, alusión que en este caso apunta a lo intelectual, algunas voceras feministas acusan a los varones por adoptar una actitud prescindente en materia de paternidad. Dejarían botados a los hijos de puro irresponsables que son, o a causa de un egoísmo execrable.

Examinemos un artículo representativo de esta postura y que aparece reproducido en una reciente edición de la revista Fempress. Alude al caso de Costa Rica, pero en sustancia es lo mismo que este sector plantea respecto de Chile: “Si el 30% de los niños que nacen en el país tienen a la madre como único progenitor reconocido y por lo tanto como única proveedora para su subsistencia; si entre los niños reconocidos por el padre, en casos de divorcio o separación, éste se niega en tan grandes proporciones a satisfacer la demanda de pensión alimentaria; si los patrones colaboran con sus empleados irresponsables consignando menores montos salariales para que paguen menos; si los policías se hacen los distraídos a la hora de cumplir con una orden de apremio corporal; si tantísima dificultad desanima a las mujeres a cobrar la parte que en la manutención del hijo al padre le corresponde, esto no tiene más que una sola manera de interpretarse: en una proporción muy significativa, la niñez costarricense subsiste por la sola voluntad y esfuerzo de las madres; es decir, de la parte más pobre y desprotegida de la población. Se trata del egoísmo masculino y de la cultura que lo propicia”.

Pregunta crucial: ¿De qué manera se perpetúa de generación en generación esta supuesta irresponsabilidad masiva de los varones? ¿No son acaso, según este lacrimógeno discurso (en el que hay unos que son malos muy malos, y otras que son buenas muy buenas), las mujeres las que crían y educan a los varones, desde la más tierna infancia? ¿Cómo es que son tan sistemáticamente incapaces de criarlos menos egoístas, más responsables?

Tanto en Costa Rica como en Chile, la abrumadora mayoría de las mujeres posee amplio control sobre su fecundidad. ¿Por qué, si los hombres son tan malos e irresponsables, continúan embarazándose y fabricando huachos? ¿No es la actitud de ellas más irresponsable que la de los varones a los que execran?

Terrorismo con los hijos

La prescindencia que muchos varones observan respecto de sus hijos es en numerosos casos fruto de una decisión dolorosamente racional. Obedece que tras la separación conyugal, fenómeno cada día más frecuente en la sociedad, un elevado porcentaje de mujeres utilizan sin asco a los hijos cual botín de guerra en contra de sus ex maridos, aprovechando la persistencia de leyes absurdas y obsoletas. No es de extrañar que tantos hombres opten por desentenderse de la situación, como una forma de cortar un vínculo de dependencia del que sólo pueden obtener sufrimiento.

En Chile esa situación persiste, pese a que connotados políticos hacen gárgaras con la supuesta erradicación de toda forma de discriminación entre hombres y mujeres. Estas últimas saben que tienen que ser putas con patente al día y extender boleta por cada servicio para que el padre de los hijos visualice alguna posibilidad de quedar a cargo de los hijos tras la separación. Miles de mujeres ganan sueldos superiores a los de sus ex maridos, pero no se sabe de ninguna que entregue su aporte mensual en el reducido número de casos en que los niños fueron confiados por los tribunales al cuidado del varón. La tutela compartida, única forma humana de encarar un problema tan doloroso y de cautelar efectivamente el interés de los niños, sigue sonando en nuestros oídos como una fórmula marciana.

Quizá cuántos “días del padre” tendrán que transcurrir para que los varones acumulen el valor suficiente para rechazar el discurso de las feministas beligerantes y opten por dignificar el papel de los progenitores, otorgándole el mismo rango e importancia que el de la madre, lo que debe traducirse en cambios de fondo en la legislación, pero sobre todo en la práctica social.

Un país sin padres es un país de huachos. Y éstos no son buenos ciudadanos.



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