Ixtlacíhuatl Zuno
por boca de ganso imperial
por boca de pequeño vago
por boca de perseguido por la justicia.
Hablo por boca de animalejo abandonado
por boca de hambre
por boca partida por un puñetazo
por boca de lector de Dostoyevski a los 13 años.
Hablo por boca perversa
por boca pura
por boca de bebedor prematuro
por boca de humillado precoz
por boca de aspirante al psiquiátrico
por boca de santo varón
cuando te digo "te amo".
Como desde cien años de lluvia,
de una respiración embravecida
proveniente de un fondo de vértigo nocturno,
de un cántaro colocado jadeando en la tierra,
el viento ha desatado su tempestad violenta
sobre el velo anhelante de la ilusión efímera,
sobre los fatigados menesteres,
y tú y yo, en la colina más alta,
en el rincón de nuestros dos silencios,
abrazados al tiempo del amor, desvelándonos.
Deja que el viento muerda sobre el viento.
Yo te cerraré los ojos.
rendido a la nostalgia de los lagos del cielo.
¿Cómo voy a olvidar que soy oculta melodía
y tu adusta penumbra voz de los misterios?
He interrogado los aires que besan la sombra,
he oído en el silencio tristes fuentes perdidas,
y todo eleva mis sueños a músicas celestes.
Voy con las primaveras que te visitan de noche,
que dan vida a las flores en tus sombras azules,
y me revelan el vago sufrir de tus secretos.
Tu sopor de luciérnagas es lenta astronomía
que gira en mi susurro de follaje en el viento
y alas da a los suspiros de las almas que escondes.
¿Murió aquí el cazador, al pie de las orquídeas,
el cazador nostálgico por tu magia embriagado?
Oh, bosque: tú que sabes vivir de soledades,
¿a dónde va en la noche el hondo suspirar?
El agua sonora de espuma sencilla,
el agua no puede formarse la orilla.
Y porque descanse en muelle lugar,
no es agua ni arena la orilla del mar.
Las cosas discretas, amables, sencillas;
las cosas se juntan como las orillas.
Lo mismo los labios, si quieren besar.
No es agua ni arena la orilla del mar.
Yo sólo me miro por cosa de muerto;
solo, desolado, como en un desierto.
A mí venga el lloro, pues debo penar.
No es agua ni arena la orilla del mar.
como, en la orilla, el caracol al mar.
Oigo mi corazón latir sangrando
y siempre y nunca será igual.
Sé por qué late así, pero no puedo decir por qué será.
Si empezara a decirlo con fantasmas
de palabras y engaños al azar,
llegaría, temblando de sorpresa,
a inventar la verdad:
¡Cuando fingí quererte, no sabía que te quería ya!
que no cesa de señalar con su brazo la dirección del viento.
Los bancos conservan el sueño congelado de los vagabundos
y las vidrieras de los restaurantes aprisionan la calle,
y la venden entre sus frutas, botellas y mariscos.
Un pájaro nuevo silba en las poleas
y en los andamios que cuelgan su columpio de los hombros de los edificios.
Los chicos suman panes y luceros en sus pizarras de luto
y los automóviles corren sin saber
que una piedra espera en una curva la señal del destino.
Ametralladora de palabras,
la máquina de escribir dispara contra el centinela invisible de la campanilla.
Los yunques fragmentan un sueño sonoro de herraduras
y las máquinas de coser aceleran su taquicardia de solteronas
entre el oleaje giratorio de las telas.
La tarde conduce un fardo de Sol en un tranvía.
Obreros desocupados ven el cielo como una cesta de manzanas.
Regimientos de frío dispersan los grupos de vagabundos y mendigos.
El vendedor de pescado, los voceadores de periódicos
y el hombre que muele el cielo en su organillo
se dan la mano a la hora de la cena
en las cloacas y bajo la axila de los puentes
donde juegan al jardin los desperdicios
y sacan la lengua las latas de conserva.
Sus sombras crecen más allá de los tejados puntiagudos
y van cubriendo la ciudad, los caminos y los campos próximos
hasta ahogar en su pecho el relieve del mundo.
-¡Amigo! -gritó la muerte,
pero no le respondí,
pero no le respondí;
miré no más a la Muerte,
pero no le respondí.
Llevaba yo un lirio blanco, cuando con la Muerte di.
Me pidió el lirio la muerte,
pero no le respondí,
pero no le respondí;
miré no más a la Muerte,
pero no le respondí.
Ay, Muerte,
si otra vez volviera a verte,
iba a platicar contigo como un amigo;
mi lirio, sobre tu pecho,
como un amigo;
mi beso, sobre tu mano,
como un amigo;
yo, detenido y sonriente,
como un amigo.
Mas olvidaste una hazaña: nos libraste de España, pero no de lo español.
Somos España hasta cuando ella no queremos ser...
Ya ves, buen Simón, tu espada, en tí mismo está clavada,
al clavarla en ella ayer.
Pero tú estás todavía en esa piel que medita
del negro que, a fuerza humana, siempre a su noche se quita,
hoy con risa de mañana.
Oigo aún también tu voz en la carita de un cobre
que en el burriquito andino va con el indio y el trino
que hace al aire menos pobre.
Mas el mapa nos lo muerden con un diente no común,
por ese diente, ya ves, van a tener que volver
Cristo, Don Quijote y tú.
Pero tú, baja pronto, que la casa ya espera con su luz boba
-barrendero de América-
tu escoba.
Una hoja cae, algo pasa volando.
Cuanto miren los ojos creado sea,
y el alma del oyente quede temblando.
Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
el adjetivo, cuando no da vida, mata.
Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga como recuerdo en los museos,
mas no por eso tenemos menos fuerza:
el vigor verdadero reside en la cabeza.
Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas!,
hacedla florecer en el poema.
Sólo para nosotros viven todas las cosas bajo el sol.
El poeta es un pequeño Dios.
Tómame ahora que aún es sombría
esta taciturna cabellera mía.
Ahora, que tengo la carne olorosa
y los ojos limpios y la piel de rosa.
Ahora, que calza mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera.
Ahora, que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida aprisa.
Después... ¡ah, yo sé
que ya nada de eso más tarde tendré!
Que entonces será inútil tu deseo
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.
¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!
Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.
Hoy, y no mañana. Oh, amante, ¿no ves
que la enredadera crecerá ciprés?
Tálame.
Mi acacia implora a tus manos el golpe de gracia.
Florí para tí.
Córtame.
Mi lirio al nacer dudaba ser flor o ser cirio.
Fluí para tí.
Bébeme.
El cristal envidia lo claro de mi manantial.
Alas di para ti.
Cázame.
Falena, rodeo tu llama de impaciencia llena.
Por tí sufriré.
¡Bendito sea el daño que tu amor me dé!
¡Bendita sea el hacha, bendita la red, y loadas sean tijeras y sed!
Sangre del costado
manaré, mi amado.
¿Qué broche más bello, qué joya más grata,
que por tí una llaga color escarlata?
En vez de abalorios para mis cabellos,
siete espinas largas hundiré entre ellos.
Y en vez de sarcillos pondré en mis orejas,
como dos rubíes, dos ascuas bermejas.
Me verás reír
viéndome sufrir.
Y tú llorarás, y entonces...
¡más mío que nunca serás!
Emerges de la tumba, bebes whisky on the rock,
chillas y aleteas,
vuelas por el país con los Boinas Verdes,
fundas el miedo, registras las ciudades,
allanas domicilios, saqueas librerías,
clausuras universidades, censuras la prensa,
abates la ternura, lees El Pato Donald,
persigues, encarcelas, interrogas y suspiras,
seduces a tus víctimas con mil voltios en los ojos,
les das el beso de la muerte
y antes del alba regresas al castillo,
te duchas y te afeitas,
desayunas con Frankestein, hojeas los periódicos,
bostezas
y retornas a los reinos profundos
de las tinieblas.
¿Cómo no amarte, cielo dolorido?
¡Que lo explique tu amiga,
la noche silenciosa!
¿Cómo no amarte, cielo dolorido,
si en tu mano derecha está la rosa
y en tu izquierda la espiga?
Rosa o espiga, cielo dolorido,
sobre tu mano floreció el olvido.
Y espiga o rosa, corazón de viento,
sobre tu mano está el amor sediento.
No escuchar en los últimos instantes,
ya, con el cielo y el mar a solas,
más voces ni plegarias sollozantes
que el majestuoso tumbo de las olas.
Morir cuando la luz, triste retira
sus áureas redes de la onda verde,
y ser como ese sol que lento expira:
algo muy luminoso que se pierde.
Morir, y joven: antes que destruya
el tiempo aleve la gentil corona;
cuando la vida dice aún: soy tuya,
¡aunque sepamos bien que nos traiciona!