Segundo Simposio de Investigación Histórica 

"La Masonería Chilena en América"

Santiago, 30 de abril de 2007

 

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LA HISTORIOGRAFÍA MASÓNICA COMO APORTE A LA

HISTORIA GENERAL DE AMÉRICA.

Ponencia inaugural

Sebastián Jans

 

 

Introducción

Como en todas partes del mundo, en nuestro continente existen muchas formas de interpretar la historia. Y cuando hablo de interpretación, no debemos entender las previsibles miradas de quienes, desde un ángulo ideológico o desde sus convicciones políticas, han dado una mirada explicativa de los hechos pasados, sino que pensemos en las distintas disciplinas indagativas del conocimiento, que dan cuenta de la parcialidad del intelecto humano, con que se ha tratado de interpretar los eventos del transcurrir de la Humanidad.

Desde el cantar de gesta que insufla el nacimiento de los Estado-Naciones y el rol de los caudillos de la emancipación hasta nuestros días, distintas concepciones sobre la historia se han desarrollado para interpretar los eventos que determinan el transcurrir de los americanos en la historia mundial. Desde el romanticismo inicial, pasando por la pretensión empírica de dar una expresión coherente al dato documental, hasta las distintas disciplinas contemporáneas que vienen a aportar antecedentes a la interpretación de la evolución social, política, económica y cultural del continente, se ha hecho un enorme esfuerzo para armar los relatos que nos den una visión de este continente, generalmente desde la visión sesgada del registro nacional.

Comparativamente, la proporción del registro nacional, viene a ser tremendamente superior a lo que, desde el punto de vista, del registro continental o sub-continental se ha logrado poner en común. Tal vez, los mayores esfuerzos de reconstrucción historiográfica han venido desde Europa, donde la referencia de Pierre Chaunu y de otros franceses parece ser determinante. Por cierto, en ello tiene mucho que ver el interés por una concepción latinoamericana que seduce fuertemente a esas indagaciones, sobre todo después de la II Guerra Mundial.

En un sentido alternativo, con una perspectiva marcadamente “americana”, bajo el acento de un cierto panamericanismo discreto, los historiadores norteamericanos han hecho un esfuerzo, que aún deja mucho por hacer. El valor de esa historiografía está en que aporta con una tendencia de optimismo, confiada en el hombre, aunque con un desproporcionado sentido del progreso y un excesivo pragmatismo, que quita fuerza a lo conceptual. Para algunos historiadores ello podría ser una ventaja.

Si vemos, sin embargo, en los hechos, en el continente vemos  que claramente hay dos procesos históricos que son distintos, no solo por los factores que inciden en el tipo de colonización y en el posterior desarrollo cultural, sino también frente a los distintos concursos que se dan en relación con el contexto internacional. En innegable que los eventos que conducen al fortalecimiento de Estados Unidos como una ascendente potencia mundial, son distintos a los que ocurren con las desperdigadas naciones de la llamada América Latina.

El largo proceso histórico-cultural que dio origen a nuestra América Latina, distinta de la América anglosajona, no tuvo como resultado un subcontinente homogéneo y unificado. Las características que se imponen son la fragmentación geográfica, las disparidades regionales y los diferentes ritmos en el cambio histórico de sus sociedades. Ello se hace evidente en la concepción historiográfica.

Derivado de esa fragmentación, la historia de América Latina, como una mirada integrada e integradora, ha estado relegada durante mucho tiempo a un lugar secundario – cuando no inexistente - en los programas de los sistemas educativos nacionales, y solo ha recibido una atención creciente en los últimos años, producto de los procesos de integración regional y de ciertas iniciativas oficiales, que han estimulado la profundización de los conocimientos sobre nuestra historia común. En consecuencia, han surgido así nuevas cuestiones relativas a la enseñanza de la historia común y a su importancia como objeto de estudio. Empero, la tarea de enfocar en las aulas la diversidad latinoamericana ha sido sin duda compleja.

La historiografía masónica y la Historia General de América.

La Masonería emerge en nuestro continente casi simultáneamente con el surgimiento de los Estados-Nación, y estos emergen del proceso de Independencia, el cual viene a ser simultáneo en la primera década del siglo XIX. Simultáneo, desde el sur del Río Grande hasta el Cabo de Hornos. No debemos hacer muchas indagaciones para constatar que el cambio espiritual que se vive en México, es el mismo que anima los cambios espirituales de Argentina, Chile o Colombia.

¿Dónde se produce el elemento determinante en la precipitación de ese estado espiritual? Algunos lo ven en la Gran Reunión Americana mirandina, lo cual no puede ser obviado; tal vez, no poco tiene que ver con Cádiz, el centro de la proyección colonial ultramarina española, que emerge al siglo XIX bajo la influencia de las nuevas ideas que estaban cambiando los fundamentos de Europa. En ambos casos, subyace la presencia de una masonería en desordenada expansión, una eclosión que careció de un cuidadoso apego a las normas de regularidad que hoy nos hacen ser tan puntillosos.

Mucho se ha discutido sobre el carácter masónico de las logias que actúan en los procesos independentistas americanos, y muchos investigadores positivistas, han buscado un fundamento empírico para demostrarlo o negarlo. La carencia del dato testimonial o documental, ha llevado a la frustración o a la conclusión prematura. Tal vez, ello se deba a que no ha existido un profundo proceso de estudio y análisis en torno a las tendencias espirituales que dominan la historia americana de fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX.

Por cierto, los grandes esfuerzos historiográficos no han centrado su preocupación en lo que íntimamente pudieron pensar los hombres que precipitaron los eventos y los procesos, en cuales eran los aspectos que fundaban su sociabilidad. Cierto, hay ya muchos que han penetrado el desarrollo de las ideas, pero, haciendo una exploración sobre la base de las referencias que determinan su lógica ideológica.

Por ejemplo, mucho se ha escrito sobre la evolución de las ideas, desde una óptica marxista, para justificar la emergencia del concepto de la lucha de clases y las propuestas del cambio social. Particularmente, me inscribo entre quienes historiográficamente han abordado esa perspectiva del desarrollo de las ideas en Chile. En el mismo sentido, muchos han  escrito sobre el desarrollo del ideario religioso y su vasto efecto cultural.

Pero, no han surgido investigadores de proyección hacia la comunidad general de historiadores, que hayan reivindicado el aporte espiritual a la conformación de las ideas, que la francmasonería realizó de un modo determinante. Por ejemplo, los más reputados historiadores norteamericanos no vinculan los procesos espirituales de la Independencia de EE.UU. con el aporte masónico. Los historiadores latinoamericanos de más prestigio tampoco han hecho un esfuerzo en ese sentido, y quienes han realizado algunos alcances significativos solo han tratado el tema de un modo muy secundario.

Desde una mirada estadística, es fácil homologar los acontecimientos económicos, sociales, religiosos, políticos, morales, etc. que viven en Centro-América, en el borde Atántico sudamericano o en el borde oceánico-andino del Pacífico sudamericano. Pero, la estadística no puede mensurar las cuestiones de conciencia, aunque trate de expresarlo sobre la suma total de los estados de ánimo de un pueblo o de una nación.

Pero, también debemos dar cuenta de una constatación certera: en la historiografía americana, no hay un aporte de la Francmasonería a la interpretación de los hechos históricos que marcan el transcurrir del continente.  No hay historiadores de trascendencia que marquen el acento en la investigación de los procesos históricos, que reclamen con derecho ser reconocidos por la comunidad de historiadores, aportando una mirada propiamente masónica frente a los múltiples eventos que han hecho el tránsito americano en la historia mundial, y donde los masones han tenido un rol determinante en la influencia espiritual que los han precipitado.

Cuando han emergido notables recuperadores de la presencia masónica, en la historia americana, lo han hecho en un plano estrictamente interno, más como una cuestión de consumo íntimamente masónico, que como un esfuerzo de contribución a la historiografía nacional o continental.

Ese es una de las causas determinantes para que la historiografía americana haya sido renuente a reconocer el significativo rol de la F :.M:. en el desarrollo histórico del continente. Si los historiadores católicos no hubiesen indagado la profundidad del impacto misional de la Iglesia en la historia americana, poco se valoraría su influencia cultural. Si los historiadores marxistas no hubiesen rescatado la epopeya obrera y campesina del Nuevo Mundo, poco se sabría en Chile, por ejemplo, de Recabarren.

En el caso de América Latina, también debe reconocerse que esas dos miradas han influido a la reescritura de la historia continental, de un modo significativo, no siendo en ningún sentido proclives a dar una eminencia espiritual a la Masonería en distintos procesos históricos, esencialmente porque ambas miradas no son complacientes con la Francmasonería por cuestiones de orden ideológico.

Es cierto que la posible historiografía sobre la influencia masónica en América, no se deba a una intensión conspirativa de ignorarla, sino que también, muchas veces, se ha visto comprometida por la efectividad del secreto masónico. Un secreto que tiene distintas intensidades en América anglófona o en la lusitana, a la que se expresa en la América española. Debemos tener presente que, en las postrimerías de la Colonia y los inicios de la República , el secretismo se hizo mucho más necesario en América Latina, producto de la fuerte presencia clerical católica, en que la Inquisición no estuvo ausente para imponer sus tribunales de conciencia, que tanto daño provocaran al progreso espiritual de los territorios en que tuvo jurisdicción, donde muchos farmasones fueron condenados a la cárcel, en cumplimiento de las bulas papales antimasónicas.

Pero, tampoco debemos ignorar que esta situación continuó manifestándose aún en el desarrollo de las repúblicas latinoamericanas, donde el secreto siguió siendo un componente activo, como una forma de proteger la actividad de los masones que se involucraron en eventos políticos, donde los traumas de las confrontaciones hacían necesario el ocultamiento de la condición masónica.

Sin embargo, más que una ausencia de suficientes registros históricos sobre la masonería, en los procesos históricos del continente, lo que más desazón produce es la falta de una interpretación de tales hechos, a partir de la mirada masónica. Por lo menos, comparable a lo que han hecho los historiadores confesionales Es cierto que hay casos significativos de masones que son reconocidos como historiadores en sus países, pero, ellos no han dado una mirada masónica a los eventos, sino que se han suscrito a las corrientes historiográficas predominantes.

La historiografía latinoamericana y su evolución.

El francés Francois Chevalier, en su maciza obra de síntesis sobre América Latina [1], afirma que las dificultades para tener una mirada integral de este sub-continente radica en derribar las barreras de las historias nacionales. La existencia de más de veinte repúblicas latinoamericanas, comparables desde muchos aspectos, que responden a una misma lengua y a un mismo origen, hace de este virtual continente un laboratorio único en el mundo, desde el cual ensayar una mirada unificadora.

El historiador francés Pierre Chaunu [2] hacía, hace ya algunas décadas, una afirmación interesante sobre la historiografía latinoamericana, señalando que un tercio de ella estaba dedicada al tema de la independencia de América Latina (1790-1826). Muchas de esas obras, por no decir casi todas, fueron escritas a partir de los subjetivos testimonios de autores contemporáneos o protagonistas de esos sucesos, con el propósito de reconstruir, de manera apologética, la vida de los próceres y las acciones militares. El enfoque de esas historias idealistas, presentan a la independencia como fruto exclusivo de los héroes, una mirada muy cercana a la de Carlyle, sin considerar las distintas variables que inciden en los procesos históricos, donde los personajes son solo su producto.

La primera generación de historiadores de la América Latina republicana, entre los cuales cabe destacar las figuras de Mitre (Argentina), Restrepo (Colombia), Barros Arana (Chile), Lucas Alamán (México), De la Riva Agüero (Perú), Rafael Baralt (Venezuela), etc., se caracterizó por estimular el patriotismo mediante la idealización de los personajes históricos y el engrandecimiento de los hechos. Esta historiografía está vinculada estrechamente al surgimiento de nuestros Estados nacionales, siendo guiada por el sentimentalismo y una suerte de simbolismo que no responde a los parámetros de lo que hoy se considera una investigación rigurosa.

En ella queda absolutamente ausente la población, la que se convierte en una masa uniforme (coral), que sólo sirve para dar legitimidad a los caudillos. Esa concepción histórica sirvió, por sobre todo, para fundamentar y preservar la independencia nacional, para apoyar la afirmación de los Estados nacientes, y para introducir una idea de unidad e identidad, en medio de una emergencia cargada de dudas. Responde fundamentalmente, entonces, a una necesidad política de dar coherencia y sentido colectivo a las nuevas repúblicas.

Predomina un marcado romanticismo heroico, que ha llevado al academicismo a no calificarla realmente como historia, por carecer de método científico. Se caracteriza por su desconocimiento de los procesos culturales, económicos y sociales, por su negación a la etapa colonial y por una concepción de lo nacional acorde al surgimiento de los Estados Nacionales. Sin embargo, predomina fuertemente el espíritu de gesta, cercana a los cantares medioevales que exaltan literariamente la acción del héroe, por sobre las condiciones espirituales y materiales que determinan los hechos gregarios que hacen posible el evento histórico. Esta concepción de la historia no debemos creer que ha desaparecido, sino que ha mantenido en las corrientes posteriores y aún perdura en nuestra enseñanza histórica.

Entre los años 1870 y 1910, más o menos, en medio de una historiografía de claros objetivos nacionalistas, entra a predominar la influencia cultural francesa, entonces dominada por las lecciones y las derivaciones del positivismo de Augusto Comte y de sus discípulos. A finales del siglo XIX, la visión positivista pasa a ser aplicada a todos los campos del saber sobre lo social, sirviendo de modelo para las elites políticas y culturales del mundo, y de modo particularmente acentuado también para las elites latinoamericanas.

Así, la visión positivista de matriz francesa va a impulsar en América Latina, una historia metódica, basada en una rigurosa compilación y ordenación documentales, apegada a la descripción rigurosa de los hechos y a la construcción de interpretaciones positivas de los mismos. Interpretaciones que se pretenden “verdaderas y exactas”, en la medida en que intentan contar los hechos “tal y como han acontecido”, basándose en fuentes y en documentos supuestamente irrefutables, cuyo sentido general es el de intentar trasladar al campo de los estudios históricos al entonces dominante modelo de las ciencias naturales.

De este modo, el periodo de 1870-1910 puede considerarse, para la historiografía latinoamericana, como un período marcado claramente por ese proceso. Es el período en donde comienza a difundirse la conciencia clara de la importancia de los documentos escritos y de los textos diversos, como punto de apoyo de la reconstrucción historiográfica.

Esta historiografía de corte academicista mantuvo aquella imagen gloriosa de los primeros autores, siendo exponentes de esa corriente un importante grupo de historiadores entre los cuales, solo a modo de ejemplo, podemos nombrar a José Toribio Medina (Chile), Justo Sierra (México), Juan Zorrilla de San Martín (Uruguay), Vicente Lecuna (Venezuela),  entre otros.

A mediados del siglo XX, aparece con fuerza la visión marxista, a la que no se le puede negar la renovación impulsada en la investigación histórica latinoamericana, la que desarrolló visiones de la independencia y de los eventos posteriores, que hasta entonces no habían llamado la atención de los historiadores. Conceptos tales como la estructura social, las determinantes económicas, el problema indígena, la esclavitud, el papel de las masas y las multitudes, el surgimiento de la burguesía, la conformación social, la presencia de la clase terrateniente, etc. comienzan a ser factores a considerar en la reconstrucción historiográfica del pasado latinoamericano.

El principal logro de esta primera generación de historiadores marxistas fue el distanciamiento del habitual culto al héroe, para indagar sobre los modos de producción y los grupos sociales en el proceso emancipador y otras cuestiones ignoradas por las versiones tradicionales. Su propósito era probar que los personajes históricos sólo expresaban los intereses de las clases sociales en pugna, y como los intereses económicos determinaban los hechos históricos. A esta corriente pertenecen, entre otros, Caio Padro (Brasil), Julio César Jobet y Luis Vitale (Chile), Ramos Pedrueza y José Mancisidor (México), Leonardo Paso y Alvaro Yunque (Argentina) y Carlos Irazábal (Venezuela). El logro más relevante de esta corriente fue fracturar el predominio de lo político en la historiografía anterior.

Actualmente esas tres grandes miradas – la del cantar romanticista, la empirico-positivista y la marxista – conviven, y en algunas ocasiones, se mezclan y confrontan en nuestras concepciones historiográficas masónicas.

La tendencias de hoy, producto de la atomización del conocimiento, bajo el exceso empírico, que nutre al academicismo excluyente y al despotismo de las profesionalizaciones, hace que el abordaje histórico esté depositado en distintas disciplinas, que van haciendo cada vez más complejo compatibilizar las herramientas para la reconstrucción de los eventos pasados y para aventurarse con certeza en la interpretación de ellos. Sin embargo, no debemos perder de vista que se trata solo de una cuestión de paradigmas o de especializaciones en el ámbito profesional.

Los esfuerzos de estadística, cuantificación y mensurabilidad, de las distintas fragmentaciones del saber, de los presupuestos ideológicos, de las deformaciones academicistas, de las atalayas intelectuales de ciertos círculos de especialización, no pueden ni podrán dar cuenta de la necesidad de comprender la historia en sus alcances y efectos. La alusión al pasado no tiene por que tener solo una mirada del especialista, inserto en su nicho académico, y parafraseando, podemos decir que la interpretación histórica es algo demasiado serio como para dejársela a los historiadores profesionales.

Por ello, es muy importante que los espacios de discusión histórica se abran a los legos y a quienes pueden aportar desde la simple especulación. Más aún cuando lo que se aborda tiene que ver con categorías que se escapan al documento o a la estadística, y que afincan en las condiciones espirituales que hacen cambiar profundamente las constantes de las sociedades y de los diversos grupos humanos.

¿Cómo ver mejor el pasado, aludiéndolo antes que eludiéndolo? Creo que la discusión sobre la categorización de las sociabilidades, como objetivo del  conocimiento histórico, es un dato obligado para explicar determinados procesos, aún cuando allí también hay un debate que tiene un par de siglos, que se viene dando en los ambientes académicos sin estar debidamente resuelto. En lo personal, creo que los medios asociativos son determinantes para crear las condiciones espirituales que hacen posible el hecho histórico, y que ello explica de una manera significativa los cambios que se producen en la América colonial, para avanzar hacia la emancipación y para ponerla en sintonía con los grandes movimientos insuflados por las conmociones europeas de ese tiempo. Allí, desde la mirada masónica, tenemos muchos de decir.

El dato historiográfico chileno.

Si analizamos la evolución de la historiografía chilena, ninguna corriente de pensamiento ha adquirido tanta influencia como la que ha tenido la mirada conservadora, que mantiene su vigencia y sus ideas, mediante una serie de reediciones y a través de la difusión de sus ideas en medios de comunicación masivos, como es el caso de Gonzalo Vial, un historiador de gruesos trazos católicos, autoritarios y con cierto tinte absolutista.

Según Sofía Correa y Mariana Aylwin [3], “la historia de Chile que conocemos, es la historia que nos han mostrado (…) Alberto Edwards, Francisco Antonio Encina y Jaime Eyzaguirre, entre otros. La visión de nuestro pasado histórico que ellos han transmitido ha tenido una gran influencia en el pensamiento nacional; son los historiadores contemporáneos chilenos más representativos”.

El profundo impacto de Eyzaguirre en la formación de los historiadores del siglo XX y en la elaboración historiográfica que de ello se desprende, no debe ignorar que el interés de Eyzaguirre se centra fundamentalmente en una explicación teológica de la historia. Según Ricardo Krebs [4] para “él no había ninguna duda de que Dios, el creador del mundo y del hombre, era el verdadero autor y director de la historia. El hispanismo que caracteriza su obra no será sino una manifestación más de esta concepción teológica, donde lo hispano viene a ser la representación de los principios cristianos en nuestro continente.

Resulta particularmente contradictorio, entonces, que en este autor se afirme nuestro siempre referencial Benjamín Oviedo, para sostener algunas de sus fundamentaciones y negar la condición masónica de las Logias Lautarinas.

De los discípulos de Eyzaguirre, uno de los que más influencia política y mediática ha tenido en las últimas décadas es Gonzalo Vial, historiador que ha conseguido un reconocimiento a costa de su visión profundamente conservadora y religiosa, convirtiéndose en uno de los principales apologistas de la concepción excluyente de nuestra historiografía nacional de aquello que no tenga el barniz confesional. Su desempeño como historiador, sin embargo, es cuestionable en la comunidad de historiadores.

Todo el contexto de su obra historiográfica está determinada por esa concepción, que  considera que, mientras Chile fue gobernado sin contrapeso por una minoría oligárquica de raíz colonial, hubo éxito histórico, consenso, cosmovisión común, convivencia nacional sólida. A su juicio, desde que esa oligarquía perdió el control del país, entramos en una decadencia lamentable. Siguiendo el concepto de Edwards Vives, y de todos los historiadores conservadores, Vial las formas democráticas o las influencias liberales, en las distintas etapas históricas, como una fase de continua decadencia.

No está demás tener presente, sin embargo, que han existido otras visiones historiográficas, que se han justificado en la construcción de algunos de los mitos nacionales, que han producido más de algún efecto en las apreciaciones del ser nacional, tales como aquellas que han afirmado los conceptos de “raza chilena”, “raza militar”, exaltado el carácter araucano, etc. que han insuflado una concepción nacionalista y muchas veces guerrerista.

En el ámbito académico, desde los años 1950, se ha venido produciendo, sin embargo, nuevas miradas que han buscado poner fin a esas visiones tan drásticas y excluyentes. Lo cuestionable es que generalmente ellas responden a concepciones excesivamente particularizadas, y la particularización se produce a través de una tendencia a la barricada historiográfica, propia del academicismo.

En ese escenario, el aporte de una mirada masónica a la historia nacional, y a la valoración de su concurso espiritual, es un espacio abierto que nadie podrá ocupar sino los historiadores masónicos. Si ese aporte logra ocurrir en el ámbito abierto de la discusión historiográfica, sin duda, una revisión importante – y los llamo a sostener con fuerza la raíz etimológica de la revisión – habría que hacer sobre los factores espirituales, sobre las expresiones éticas y los trasfondos conceptuales, que hicieron posible muchos de los procesos históricos de nuestro país y su ligazón profunda con lo que pasa también en las sociedades de América Latina.

Objetivos del Simposio. El aporte a una historiografía general.

Uno de los grandes desafíos de la Francmasonería , en los tiempos que vivimos, es llegar a interpretar del modo más fidedigno los procesos humanos que marcan el rumbo de las evoluciones sociales y culturales, especialmente, aquellas que tienen que ver con nuestro tiempo. Solo de esa manera ella podrá ser un agente espiritual que impulse los grandes procesos de conciencia personales y colectivos, en todos los ámbitos en que la acción de los masones pueda ser capaz de poner la preeminencia del hombre.

El año pasado convocamos a un grupo de indagadores e investigadores, algunos de ellos con pie firme en el ámbito académico, para indagar historiográficamente sobre eventos que señalan la presencia de la Masonería Chilena en América Latina. Hoy  estamos iniciando una jornada que da la oportunidad de conocer algunas indagaciones sobre la proyección de los masones chilenos en América.

Se puede decir con propiedad, que es una mirada aún intimista. La hacemos entre masones, para masones y con masones. Pero, el desafío que pretendemos, va aún más allá. La proyección, es que, de este espacio de debate, salgan los argumentos, las ideas, las visiones, que permitan proyectar la mirada masónica hacia el ancho espacio del debate historiográfico americano. La esperanza es que ayudemos a generar un grupo de historiadores capaces de poner en la discusión historiográfica extramural, aquellos elementos que señalen a la Masonería en el justo lugar que le corresponde en la explicación histórica de nuestro continente, donde ha hecho un aporte espiritual que debe ser adecuadamente revindicado. 

El trascender el espacio íntimo de nuestra cultura masónica, para proyectarnos en los saberes que son parte de nuestra realidad nacional y continental, está en el horizonte tangible del simposio del año pasado y en el que hoy iniciamos. Ello, sobre la base de una convergencia de perspectivas que señalan el rol del masón de nuestro tiempo, en la sociedad que le toca vivir. No hacemos historiografía con las exigencias academicistas que algunos quisieran imponer, para gusto de ciertos círculos del quehacer intelectual. Nuestra visión es más abierta a la complejidad y a la búsqueda de las constantes éticas, que permitan recomponer el relato social en el hombre postmoderno, un relato que sea congruente con la llamada a las conciencias que la Masonería por esencia representa.

Así, los elementos para concebir nuestra comprensión integradora de la historia, que aventuramos en este Simposio y en del año pasado, tiene que ver con ciertas constantes que nos incitan a una reflexión, en torno a una cuestión emblemática de carácter trascendente para quienes somos parte de la Francmasonería : como Jano, miramos el pasado, porque estamos mirando el futuro.

Hablamos de una historia dialéctica que no se quede encasillada solo en el pasado sino que le de sentido al presente; una historia que no sea mesiánica, pero, que no por ello deje de tener el compromiso de servirle a la sociedad para pensar el cambio, para entenderlo y éticamente encausarlo; una historia comprometida, pero sin odios y pasiones que la desdibujen; en fin una historiografía que sirva mas al colectivo social que a los intereses de los academicismos. Hablamos de rescatar el sentido colectivo, aunque no queremos que ello implique imponer una mirada direccional de la historia, que caiga más en la profecía antes que en la cognición necesaria para ser y hacer en el mundo de hoy.

En nuestro horizonte posible, en fin, está el deseo de aportar a la historia general de nuestro país y de nuestro continente, más allá de los registros y datos que validen las afirmaciones históricas: nuestros énfasis debieran estar en la interpretación de los procesos éticos y de conciencia, que hacen posible que las sociedades cambien, porque sus hombres han cambiado. Y en esa perspectiva la sana especulación es intelectualmente legítima, válida, porque una historiografia que no especula, no aporta al discurrir ni al conocimiento, y termina en un texto fósil.

Este simposio hará aportes al dato documental, a la referencia específica, empírica y académica. Es problema de los especialistas si la consideran o no. Pero, también hará aseveraciones especulativas, que son de un enorme valor, porque abren debates, abren discusiones, que siempre tendrán algún efecto en la comunidad académica. Algunos antecedentes podrán repetirse, algunos serán re-interpretados. Lo importante es que estamos trabajando en un ámbito que está determinado por la recurrencia, y donde siempre hay mucho que hacer con materiales que muchas veces parecen sernos conocidos, pero, que curiosamente siempre tienen un poco o mucho de enigma.

 

Agradecimientos.

Presidiendo este simposio que damos por inaugurado, dada mi transitoria condición de jefe de obra de este Taller de Investigación, corresponde expresar agradecimientos importantes:

A los investigadores que han concurrido a este llamado. A todos los que han venido conocer de esas investigaciones y que están y estarán presente durante este día de trabajo masónico en torno a nuestra historia, donde hay muchos Hermanos que vienen de las regiones.

Agradecemos al ex Venerable Maestro de la Respetable Logia “Atanor”, Marcelo Valenzuela, que nos regalara el diseño emblemático que caracteriza la imagen del simposio, esa América bajo la mirada escrutadora del propósito pentalhino, señalado en su logo o escudo.

Agradecemos la renovación del compromiso con este proyecto, que han materializado los Venerables Maestros de las Logias Auspiciadoras: “Hiram” # 65, “Redención” # 72, “Educador Pedro Aguirre Cerda” # 153.

Y por supuesto, nuestros agradecimientos al apoyo de nuestro Gran Maestro, expresado en el patrocinio otorgado por la Gran Logia , que nos honra y nos estimula. Sabemos que hay muchos miembros del gobierno superior de la Orden , que están muy comprometidos con este esfuerzo, que lo sienten como necesario y valioso. A todos ellos los personalizo en la voluntad de nuestro Venerable Hermano Juan José Oyarzún, para apoyarnos en la perseverancia necesaria que hace posible concretar este tipo de esfuerzos.

Bienvenidos todos, con el más estrecho abrazo fraternal, y que disfruten esta jornada.


REFERENCIAS

[1] “América Latina. De la Independencia a nuestros días”. Francois Chevalier. FCE, México, 1999.

[2] L'Amérique et les Amériques”. Pierre Chaunu. A-Collin, Francia, 1964.

[3] “Chile en el siglo XX”. Mariana Aylwin, Carlos Bascuñán, Sofía Correa, Cristián Gazmuri, Sol Serrano y Matías Tagle. Editorial Emisión, Chile, 1985.

[4] Idem.

 

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