Segundo Simposio de Investigación Histórica
"La Masonería Chilena en América"
Santiago, 30 de abril de 2007
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HISTORIA GENERAL DE AMÉRICA. Ponencia inaugural Sebastián Jans
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Introducción Como
en todas partes del mundo, en nuestro continente existen muchas formas
de interpretar la historia. Y cuando hablo de interpretación, no
debemos entender las previsibles miradas de quienes, desde un ángulo
ideológico o desde sus convicciones políticas, han dado una mirada
explicativa de los hechos pasados, sino que pensemos en las distintas
disciplinas indagativas del conocimiento, que dan cuenta de la
parcialidad del intelecto humano, con que se ha tratado de interpretar
los eventos del transcurrir de Desde el cantar de gesta que insufla el nacimiento de los Estado-Naciones y el rol de los caudillos de la emancipación hasta nuestros días, distintas concepciones sobre la historia se han desarrollado para interpretar los eventos que determinan el transcurrir de los americanos en la historia mundial. Desde el romanticismo inicial, pasando por la pretensión empírica de dar una expresión coherente al dato documental, hasta las distintas disciplinas contemporáneas que vienen a aportar antecedentes a la interpretación de la evolución social, política, económica y cultural del continente, se ha hecho un enorme esfuerzo para armar los relatos que nos den una visión de este continente, generalmente desde la visión sesgada del registro nacional. Comparativamente,
la proporción del registro nacional, viene a ser tremendamente superior
a lo que, desde el punto de vista, del registro continental o
sub-continental se ha logrado poner en común. Tal vez, los mayores
esfuerzos de reconstrucción historiográfica han venido desde Europa,
donde la referencia de Pierre Chaunu y de otros franceses parece ser
determinante. Por cierto, en ello tiene mucho que ver el interés por
una concepción latinoamericana que seduce fuertemente a esas
indagaciones, sobre todo después de En un sentido alternativo, con una perspectiva marcadamente “americana”, bajo el acento de un cierto panamericanismo discreto, los historiadores norteamericanos han hecho un esfuerzo, que aún deja mucho por hacer. El valor de esa historiografía está en que aporta con una tendencia de optimismo, confiada en el hombre, aunque con un desproporcionado sentido del progreso y un excesivo pragmatismo, que quita fuerza a lo conceptual. Para algunos historiadores ello podría ser una ventaja. Si vemos, sin embargo, en los hechos, en el continente vemos que claramente hay dos procesos históricos que son distintos, no solo por los factores que inciden en el tipo de colonización y en el posterior desarrollo cultural, sino también frente a los distintos concursos que se dan en relación con el contexto internacional. En innegable que los eventos que conducen al fortalecimiento de Estados Unidos como una ascendente potencia mundial, son distintos a los que ocurren con las desperdigadas naciones de la llamada América Latina. El
largo proceso histórico-cultural que dio origen a nuestra América
Latina, distinta de Derivado de esa fragmentación, la historia de América Latina, como una mirada integrada e integradora, ha estado relegada durante mucho tiempo a un lugar secundario – cuando no inexistente - en los programas de los sistemas educativos nacionales, y solo ha recibido una atención creciente en los últimos años, producto de los procesos de integración regional y de ciertas iniciativas oficiales, que han estimulado la profundización de los conocimientos sobre nuestra historia común. En consecuencia, han surgido así nuevas cuestiones relativas a la enseñanza de la historia común y a su importancia como objeto de estudio. Empero, la tarea de enfocar en las aulas la diversidad latinoamericana ha sido sin duda compleja. La historiografía masónica y ¿Dónde
se produce el elemento determinante en la precipitación de ese estado
espiritual? Algunos lo ven en Mucho se ha discutido sobre el carácter masónico de las logias que actúan en los procesos independentistas americanos, y muchos investigadores positivistas, han buscado un fundamento empírico para demostrarlo o negarlo. La carencia del dato testimonial o documental, ha llevado a la frustración o a la conclusión prematura. Tal vez, ello se deba a que no ha existido un profundo proceso de estudio y análisis en torno a las tendencias espirituales que dominan la historia americana de fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Por cierto, los grandes esfuerzos historiográficos no han centrado su preocupación en lo que íntimamente pudieron pensar los hombres que precipitaron los eventos y los procesos, en cuales eran los aspectos que fundaban su sociabilidad. Cierto, hay ya muchos que han penetrado el desarrollo de las ideas, pero, haciendo una exploración sobre la base de las referencias que determinan su lógica ideológica. Por ejemplo, mucho se ha escrito sobre la evolución de las ideas, desde una óptica marxista, para justificar la emergencia del concepto de la lucha de clases y las propuestas del cambio social. Particularmente, me inscribo entre quienes historiográficamente han abordado esa perspectiva del desarrollo de las ideas en Chile. En el mismo sentido, muchos han escrito sobre el desarrollo del ideario religioso y su vasto efecto cultural. Pero,
no han surgido investigadores de proyección hacia la comunidad general
de historiadores, que hayan reivindicado el aporte espiritual a la
conformación de las ideas, que la francmasonería realizó de un modo
determinante. Por ejemplo, los más reputados historiadores
norteamericanos no vinculan los procesos espirituales de Desde una mirada estadística, es fácil homologar los acontecimientos económicos, sociales, religiosos, políticos, morales, etc. que viven en Centro-América, en el borde Atántico sudamericano o en el borde oceánico-andino del Pacífico sudamericano. Pero, la estadística no puede mensurar las cuestiones de conciencia, aunque trate de expresarlo sobre la suma total de los estados de ánimo de un pueblo o de una nación. Pero,
también debemos dar cuenta de una constatación certera: en la
historiografía americana, no hay un aporte de Cuando han emergido notables recuperadores de la presencia masónica, en la historia americana, lo han hecho en un plano estrictamente interno, más como una cuestión de consumo íntimamente masónico, que como un esfuerzo de contribución a la historiografía nacional o continental. Ese
es una de las causas determinantes para que la historiografía americana
haya sido renuente a reconocer el significativo rol de En
el caso de América Latina, también debe reconocerse que esas dos
miradas han influido a la reescritura de la historia continental, de un
modo significativo, no siendo en ningún sentido proclives a dar una
eminencia espiritual a Es
cierto que la posible historiografía sobre la influencia masónica en
América, no se deba a una intensión conspirativa de ignorarla, sino
que también, muchas veces, se ha visto comprometida por la efectividad
del secreto masónico. Un secreto que tiene distintas intensidades en América
anglófona o en la lusitana, a la que se expresa en Pero, tampoco debemos ignorar que esta situación continuó manifestándose aún en el desarrollo de las repúblicas latinoamericanas, donde el secreto siguió siendo un componente activo, como una forma de proteger la actividad de los masones que se involucraron en eventos políticos, donde los traumas de las confrontaciones hacían necesario el ocultamiento de la condición masónica. Sin embargo, más que una ausencia de suficientes registros históricos sobre la masonería, en los procesos históricos del continente, lo que más desazón produce es la falta de una interpretación de tales hechos, a partir de la mirada masónica. Por lo menos, comparable a lo que han hecho los historiadores confesionales Es cierto que hay casos significativos de masones que son reconocidos como historiadores en sus países, pero, ellos no han dado una mirada masónica a los eventos, sino que se han suscrito a las corrientes historiográficas predominantes. La historiografía latinoamericana y su evolución. El francés Francois Chevalier, en su maciza obra de síntesis sobre América Latina [1], afirma que las dificultades para tener una mirada integral de este sub-continente radica en derribar las barreras de las historias nacionales. La existencia de más de veinte repúblicas latinoamericanas, comparables desde muchos aspectos, que responden a una misma lengua y a un mismo origen, hace de este virtual continente un laboratorio único en el mundo, desde el cual ensayar una mirada unificadora. El historiador francés Pierre Chaunu [2] hacía, hace ya algunas décadas, una afirmación interesante sobre la historiografía latinoamericana, señalando que un tercio de ella estaba dedicada al tema de la independencia de América Latina (1790-1826). Muchas de esas obras, por no decir casi todas, fueron escritas a partir de los subjetivos testimonios de autores contemporáneos o protagonistas de esos sucesos, con el propósito de reconstruir, de manera apologética, la vida de los próceres y las acciones militares. El enfoque de esas historias idealistas, presentan a la independencia como fruto exclusivo de los héroes, una mirada muy cercana a la de Carlyle, sin considerar las distintas variables que inciden en los procesos históricos, donde los personajes son solo su producto. La
primera generación de historiadores de En ella queda absolutamente ausente la población, la que se convierte en una masa uniforme (coral), que sólo sirve para dar legitimidad a los caudillos. Esa concepción histórica sirvió, por sobre todo, para fundamentar y preservar la independencia nacional, para apoyar la afirmación de los Estados nacientes, y para introducir una idea de unidad e identidad, en medio de una emergencia cargada de dudas. Responde fundamentalmente, entonces, a una necesidad política de dar coherencia y sentido colectivo a las nuevas repúblicas. Predomina un marcado romanticismo heroico, que ha llevado al academicismo a no calificarla realmente como historia, por carecer de método científico. Se caracteriza por su desconocimiento de los procesos culturales, económicos y sociales, por su negación a la etapa colonial y por una concepción de lo nacional acorde al surgimiento de los Estados Nacionales. Sin embargo, predomina fuertemente el espíritu de gesta, cercana a los cantares medioevales que exaltan literariamente la acción del héroe, por sobre las condiciones espirituales y materiales que determinan los hechos gregarios que hacen posible el evento histórico. Esta concepción de la historia no debemos creer que ha desaparecido, sino que ha mantenido en las corrientes posteriores y aún perdura en nuestra enseñanza histórica. Entre los años 1870 y 1910, más o menos, en medio de una historiografía de claros objetivos nacionalistas, entra a predominar la influencia cultural francesa, entonces dominada por las lecciones y las derivaciones del positivismo de Augusto Comte y de sus discípulos. A finales del siglo XIX, la visión positivista pasa a ser aplicada a todos los campos del saber sobre lo social, sirviendo de modelo para las elites políticas y culturales del mundo, y de modo particularmente acentuado también para las elites latinoamericanas. Así, la visión positivista de matriz francesa va a impulsar en América Latina, una historia metódica, basada en una rigurosa compilación y ordenación documentales, apegada a la descripción rigurosa de los hechos y a la construcción de interpretaciones positivas de los mismos. Interpretaciones que se pretenden “verdaderas y exactas”, en la medida en que intentan contar los hechos “tal y como han acontecido”, basándose en fuentes y en documentos supuestamente irrefutables, cuyo sentido general es el de intentar trasladar al campo de los estudios históricos al entonces dominante modelo de las ciencias naturales. De este modo, el periodo de 1870-1910 puede considerarse, para la historiografía latinoamericana, como un período marcado claramente por ese proceso. Es el período en donde comienza a difundirse la conciencia clara de la importancia de los documentos escritos y de los textos diversos, como punto de apoyo de la reconstrucción historiográfica. Esta historiografía de corte academicista mantuvo aquella imagen gloriosa de los primeros autores, siendo exponentes de esa corriente un importante grupo de historiadores entre los cuales, solo a modo de ejemplo, podemos nombrar a José Toribio Medina (Chile), Justo Sierra (México), Juan Zorrilla de San Martín (Uruguay), Vicente Lecuna (Venezuela), entre otros. A mediados del siglo XX, aparece con fuerza la visión marxista, a la que no se le puede negar la renovación impulsada en la investigación histórica latinoamericana, la que desarrolló visiones de la independencia y de los eventos posteriores, que hasta entonces no habían llamado la atención de los historiadores. Conceptos tales como la estructura social, las determinantes económicas, el problema indígena, la esclavitud, el papel de las masas y las multitudes, el surgimiento de la burguesía, la conformación social, la presencia de la clase terrateniente, etc. comienzan a ser factores a considerar en la reconstrucción historiográfica del pasado latinoamericano. El principal logro de esta primera generación de historiadores marxistas fue el distanciamiento del habitual culto al héroe, para indagar sobre los modos de producción y los grupos sociales en el proceso emancipador y otras cuestiones ignoradas por las versiones tradicionales. Su propósito era probar que los personajes históricos sólo expresaban los intereses de las clases sociales en pugna, y como los intereses económicos determinaban los hechos históricos. A esta corriente pertenecen, entre otros, Caio Padro (Brasil), Julio César Jobet y Luis Vitale (Chile), Ramos Pedrueza y José Mancisidor (México), Leonardo Paso y Alvaro Yunque (Argentina) y Carlos Irazábal (Venezuela). El logro más relevante de esta corriente fue fracturar el predominio de lo político en la historiografía anterior. Actualmente esas tres grandes miradas – la del cantar romanticista, la empirico-positivista y la marxista – conviven, y en algunas ocasiones, se mezclan y confrontan en nuestras concepciones historiográficas masónicas. La tendencias de hoy, producto de la atomización del conocimiento, bajo el exceso empírico, que nutre al academicismo excluyente y al despotismo de las profesionalizaciones, hace que el abordaje histórico esté depositado en distintas disciplinas, que van haciendo cada vez más complejo compatibilizar las herramientas para la reconstrucción de los eventos pasados y para aventurarse con certeza en la interpretación de ellos. Sin embargo, no debemos perder de vista que se trata solo de una cuestión de paradigmas o de especializaciones en el ámbito profesional. Los esfuerzos de estadística, cuantificación y mensurabilidad, de las distintas fragmentaciones del saber, de los presupuestos ideológicos, de las deformaciones academicistas, de las atalayas intelectuales de ciertos círculos de especialización, no pueden ni podrán dar cuenta de la necesidad de comprender la historia en sus alcances y efectos. La alusión al pasado no tiene por que tener solo una mirada del especialista, inserto en su nicho académico, y parafraseando, podemos decir que la interpretación histórica es algo demasiado serio como para dejársela a los historiadores profesionales. Por ello, es muy importante que los espacios de discusión histórica se abran a los legos y a quienes pueden aportar desde la simple especulación. Más aún cuando lo que se aborda tiene que ver con categorías que se escapan al documento o a la estadística, y que afincan en las condiciones espirituales que hacen cambiar profundamente las constantes de las sociedades y de los diversos grupos humanos. ¿Cómo
ver mejor el pasado, aludiéndolo antes que eludiéndolo? Creo que la
discusión sobre la categorización de las sociabilidades, como objetivo
del conocimiento histórico,
es un dato obligado para explicar determinados procesos, aún cuando allí
también hay un debate que tiene un par de siglos, que se viene dando en
los ambientes académicos sin estar debidamente resuelto. En lo
personal, creo que los medios asociativos son determinantes para crear
las condiciones espirituales que hacen posible el hecho histórico, y
que ello explica de una manera significativa los cambios que se producen
en El dato historiográfico chileno. Si analizamos la evolución de la historiografía chilena, ninguna corriente de pensamiento ha adquirido tanta influencia como la que ha tenido la mirada conservadora, que mantiene su vigencia y sus ideas, mediante una serie de reediciones y a través de la difusión de sus ideas en medios de comunicación masivos, como es el caso de Gonzalo Vial, un historiador de gruesos trazos católicos, autoritarios y con cierto tinte absolutista. Según Sofía Correa y Mariana Aylwin [3], “la historia de Chile que conocemos, es la historia que nos han mostrado (…) Alberto Edwards, Francisco Antonio Encina y Jaime Eyzaguirre, entre otros. La visión de nuestro pasado histórico que ellos han transmitido ha tenido una gran influencia en el pensamiento nacional; son los historiadores contemporáneos chilenos más representativos”. El profundo impacto de Eyzaguirre en la formación de los historiadores del siglo XX y en la elaboración historiográfica que de ello se desprende, no debe ignorar que el interés de Eyzaguirre se centra fundamentalmente en una explicación teológica de la historia. Según Ricardo Krebs [4] para “él no había ninguna duda de que Dios, el creador del mundo y del hombre, era el verdadero autor y director de la historia”. El hispanismo que caracteriza su obra no será sino una manifestación más de esta concepción teológica, donde lo hispano viene a ser la representación de los principios cristianos en nuestro continente. Resulta particularmente contradictorio, entonces, que en este autor se afirme nuestro siempre referencial Benjamín Oviedo, para sostener algunas de sus fundamentaciones y negar la condición masónica de las Logias Lautarinas. De los discípulos de Eyzaguirre, uno de los que más influencia política y mediática ha tenido en las últimas décadas es Gonzalo Vial, historiador que ha conseguido un reconocimiento a costa de su visión profundamente conservadora y religiosa, convirtiéndose en uno de los principales apologistas de la concepción excluyente de nuestra historiografía nacional de aquello que no tenga el barniz confesional. Su desempeño como historiador, sin embargo, es cuestionable en la comunidad de historiadores. Todo el contexto de su obra historiográfica está determinada por esa concepción, que considera que, mientras Chile fue gobernado sin contrapeso por una minoría oligárquica de raíz colonial, hubo éxito histórico, consenso, cosmovisión común, convivencia nacional sólida. A su juicio, desde que esa oligarquía perdió el control del país, entramos en una decadencia lamentable. Siguiendo el concepto de Edwards Vives, y de todos los historiadores conservadores, Vial las formas democráticas o las influencias liberales, en las distintas etapas históricas, como una fase de continua decadencia. No está demás tener presente, sin embargo, que han existido otras visiones historiográficas, que se han justificado en la construcción de algunos de los mitos nacionales, que han producido más de algún efecto en las apreciaciones del ser nacional, tales como aquellas que han afirmado los conceptos de “raza chilena”, “raza militar”, exaltado el carácter araucano, etc. que han insuflado una concepción nacionalista y muchas veces guerrerista. En el ámbito académico, desde los años 1950, se ha venido produciendo, sin embargo, nuevas miradas que han buscado poner fin a esas visiones tan drásticas y excluyentes. Lo cuestionable es que generalmente ellas responden a concepciones excesivamente particularizadas, y la particularización se produce a través de una tendencia a la barricada historiográfica, propia del academicismo. En ese escenario, el aporte de una mirada masónica a la historia nacional, y a la valoración de su concurso espiritual, es un espacio abierto que nadie podrá ocupar sino los historiadores masónicos. Si ese aporte logra ocurrir en el ámbito abierto de la discusión historiográfica, sin duda, una revisión importante – y los llamo a sostener con fuerza la raíz etimológica de la revisión – habría que hacer sobre los factores espirituales, sobre las expresiones éticas y los trasfondos conceptuales, que hicieron posible muchos de los procesos históricos de nuestro país y su ligazón profunda con lo que pasa también en las sociedades de América Latina. Objetivos del Simposio. El aporte a una historiografía general. Uno
de los grandes desafíos de El año
pasado convocamos a un grupo de indagadores e investigadores, algunos de
ellos con pie firme en el ámbito académico, para indagar historiográficamente
sobre eventos que señalan la presencia de Se
puede decir con propiedad, que es una mirada aún intimista. La hacemos
entre masones, para masones y con masones. Pero, el desafío que
pretendemos, va aún más allá. La proyección, es que, de este espacio
de debate, salgan los argumentos, las ideas, las visiones, que permitan
proyectar la mirada masónica hacia el ancho espacio del debate
historiográfico americano. La esperanza es que ayudemos a generar un
grupo de historiadores capaces de poner en la discusión historiográfica
extramural, aquellos elementos que señalen a El
trascender el espacio íntimo de nuestra cultura masónica, para
proyectarnos en los saberes que son parte de nuestra realidad nacional y
continental, está en el horizonte tangible del simposio del año pasado
y en el que hoy iniciamos. Ello, sobre la base de una convergencia de
perspectivas que señalan el rol del masón de nuestro tiempo, en la
sociedad que le toca vivir. No hacemos historiografía con las
exigencias academicistas que algunos quisieran imponer, para gusto de
ciertos círculos del quehacer intelectual. Nuestra visión es más
abierta a la complejidad y a la búsqueda de las constantes éticas, que
permitan recomponer el relato social en el hombre postmoderno, un relato
que sea congruente con la llamada a las conciencias que Así,
los elementos para concebir nuestra comprensión integradora de la
historia, que aventuramos en este Simposio y en del año pasado, tiene
que ver con ciertas constantes que nos incitan a una reflexión, en
torno a una cuestión emblemática de carácter trascendente para
quienes somos parte de Hablamos de una historia dialéctica que no se quede encasillada solo en el pasado sino que le de sentido al presente; una historia que no sea mesiánica, pero, que no por ello deje de tener el compromiso de servirle a la sociedad para pensar el cambio, para entenderlo y éticamente encausarlo; una historia comprometida, pero sin odios y pasiones que la desdibujen; en fin una historiografía que sirva mas al colectivo social que a los intereses de los academicismos. Hablamos de rescatar el sentido colectivo, aunque no queremos que ello implique imponer una mirada direccional de la historia, que caiga más en la profecía antes que en la cognición necesaria para ser y hacer en el mundo de hoy. En nuestro horizonte posible, en fin, está el deseo de aportar a la historia general de nuestro país y de nuestro continente, más allá de los registros y datos que validen las afirmaciones históricas: nuestros énfasis debieran estar en la interpretación de los procesos éticos y de conciencia, que hacen posible que las sociedades cambien, porque sus hombres han cambiado. Y en esa perspectiva la sana especulación es intelectualmente legítima, válida, porque una historiografia que no especula, no aporta al discurrir ni al conocimiento, y termina en un texto fósil. Este simposio hará aportes al dato documental, a la referencia específica, empírica y académica. Es problema de los especialistas si la consideran o no. Pero, también hará aseveraciones especulativas, que son de un enorme valor, porque abren debates, abren discusiones, que siempre tendrán algún efecto en la comunidad académica. Algunos antecedentes podrán repetirse, algunos serán re-interpretados. Lo importante es que estamos trabajando en un ámbito que está determinado por la recurrencia, y donde siempre hay mucho que hacer con materiales que muchas veces parecen sernos conocidos, pero, que curiosamente siempre tienen un poco o mucho de enigma. Agradecimientos. Presidiendo este simposio que damos por inaugurado, dada mi transitoria condición de jefe de obra de este Taller de Investigación, corresponde expresar agradecimientos importantes: A los investigadores que han concurrido a este llamado. A todos los que han venido conocer de esas investigaciones y que están y estarán presente durante este día de trabajo masónico en torno a nuestra historia, donde hay muchos Hermanos que vienen de las regiones. Agradecemos
al ex Venerable Maestro de Agradecemos la renovación del compromiso con este proyecto, que han materializado los Venerables Maestros de las Logias Auspiciadoras: “Hiram” # 65, “Redención” # 72, “Educador Pedro Aguirre Cerda” # 153. Y
por supuesto, nuestros agradecimientos al apoyo de nuestro Gran Maestro,
expresado en el patrocinio otorgado por Bienvenidos todos, con el más estrecho abrazo fraternal, y que disfruten esta jornada. REFERENCIAS [1]
“América Latina. De [2]
“L'Amérique
et les Amériques”. Pierre Chaunu. A-Collin, Francia, 1964. [3]
“Chile en el siglo XX”.
Mariana Aylwin, Carlos Bascuñán, Sofía Correa, Cristián Gazmuri,
Sol Serrano y Matías Tagle. Editorial Emisión, Chile, 1985. [4]
Idem.
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