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Los escritores, el arte y su crítica
Michel Tournier
Mientras que el cine sumerge a su
espectador en una hipnosis imbécil, el dibujo y la pintura
provocan una movilización de su atención y suscitan en
él preguntas y respuestas en serie, hasta tal punto que la misma
palabra “espectador” parece singularmente débil para designarle.
¿Pero cómo llamar al hombre que contempla un dibujo o una
pintura? Hay ahí una extraña laguna en nuestro
vocabulario.
* * *
El escritor [aseguraría], obligado
al trabajo de chupatintas que se acomoda bien a las habitaciones
cerradas, queda maravillado ante los espacios luminosos y el desorden
coloreado y oloroso del taller de un pintor o escultor.
* * *
Los pintores, dibujantes y escultores deben
reconocerlo: tienen pies de plomo y no pueden prescindir de la palabra
alada (verba volant) de la escritura voluble para asegurarse un lugar en
las mentes.
Luis
Cardoza y Aragón
El proceso de la creación es un
proceso de crítica consciente e inconsciente. El de la
crítica, de creación consciente e inconsciente. Ambas
quimeras, nacidas de la perentoria necesidad absoluta de lo
inútil, son infinitas, maravillosas y nulas.
El arte es incierto; su crítica, dudosa:
vasos comunicantes. La perennidad de ambos, frágil y tornadiza:
me vencieron tales axiomas. Les pertenezco. Vivo dominado por su posible
imposible.
José-Miguel
Ullán
Quiero suponer, para subrayar de antemano
el parecer natural de lo obvio, que estas aproximaciones a la obra de
Antoni Tàpies --“mezcla y separación de los caracteres del
movimiento y de la calma”-- podrán seguir siendo hoy tomadas,
pese a su repentina reunión en el presente libro, por aquello que
fueron en su día tan a las claras: no crítica de arte,
sino palabras de acompañamiento; no capítulos ordenados de
un estudio de estética, sino textos libres, sueltos y
accidentales.
Paul
Valéry
Así como a veces un lector medio
distraído garabatea los márgenes de un libro y produce, al
antojo de la ausencia y de la punta, pequeños seres o vagos
ramajes frente a masas legibles, así haré yo, siguiendo el
capricho del espíritu, en torno a estos estudios de Edgar Degas.
Acompañaré esas imágenes con
algo de texto de forma que pueda leerse o no, o no de un tirón, y
mantenga con los dibujos los lazos más holgados y las relaciones
menos estrechas.
* * *
Hasta el objeto más familiar a
nuestros ojos se vuelve otro cuando se aplica uno a dibujarlo: se da
cuenta entonces de que lo ignoraba, de que nunca lo había visto
de verdad. Hasta entonces el ojo sólo había servido de
intermediario. Nos hacía hablar, pensar; guiaba nuestros pasos,
nuestros movimientos cualesquiera; despertaba a veces nuestros
sentimientos. Incluso nos entusiasmaba, pero siempre por efectos,
consecuencias o resonancias de su visión, que la
substituían y así la abolían en el mismo acto de
disfrutarla.
Pero dibujar a partir de un objeto confiere al ojo
un cierto mando que nuestra voluntad alimenta. De modo que aquí
es preciso querer para ver, y esta vista deliberada tiene el dibujo como
fin y como medio a la vez.
* * *
El artista avanza, retrocede, se inclina,
entorna los ojos, se comporta con todo su cuerpo como un accesorio de su
ojo, se convierte entero en órgano de visión, enfoque,
regulación y puesta a punto.
Augusto
Monterroso
No me gusta trabajar, pero cuando lo hago
me agrada hacerlo como los pintores. Se paran ante su tela, la miran, la
miden, calculan; luego hacen unos trazos con lápiz, se asustan
(creo yo) y se van a la calle o leen (son grandes lectores) y vuelven, y
desde la puerta ven aquello, a lo que se acercan, ahora con unos
pinceles y una mesita en la que han puesto muchos colores, o pocos,
según: rojo, azul, verde, añil, blanco, violeta; piensan,
titubean, miran su tela, se acercan a ella y ponen un color aquí
y otro allá; se detienen, se hacen a un lado y miran, vacilan,
piensan, y leen o se van a la calle otro rato.
* * *
(Eduardo
Torres)
“¿Debe el
artista pertenecer a su tiempo o viceversa?”
Siempre es difícil hablar del arte. Pero tarde o temprano el
escritor, el diletante o el simple artista se ven obligados a hacerlo,
ya sea por una causa conocida o por cualquier otro motivo.
Juan García
Ponce
Una divagación tiene la ventaja --o
la desventaja-- de no tener que llegar a ningún lado (...) En el
terreno verbal una divagación es como una visita a un museo: uno
entra por una sala, sale por otra, se detiene ante un cuadro, lo mira.
En ese momento pasa una muchacha, se vuelve a verla en vez de mirar el
cuadro. Regresa a la pintura. Pasa un muchacho. Uno se vuelve a verlo y
se siente culpable porque miró a un muchacho en vez de a una
muchacha. Vuelve a la pintura. Tiene confundidas y unidas la imagen del
cuadro, una muchacha y un muchacho. Finalmente sale del museo porque
tiene hambre y desea tomar algo. Sin embargo, se queda con el recuerdo
del cuadro. La pintura está viva, presente ante nosotros a
través de ese mero transitar por ella.
2
El
arte en la narrativa
Hanns-Josef Ortheil: Bajo la luz de la laguna
(fragmento)
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