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Los escritores, el arte y su crítica

Michel Tournier

Mientras que el cine sumerge a su espectador en una hipnosis imbécil, el dibujo y la pintura provocan una movilización de su atención y suscitan en él preguntas y respuestas en serie, hasta tal punto que la misma palabra “espectador” parece singularmente débil para designarle. ¿Pero cómo llamar al hombre que contempla un dibujo o una pintura? Hay ahí una extraña laguna en nuestro vocabulario.

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El escritor [aseguraría], obligado al trabajo de chupatintas que se acomoda bien a las habitaciones cerradas, queda maravillado ante los espacios luminosos y el desorden coloreado y oloroso del taller de un pintor o escultor.

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Los pintores, dibujantes y escultores deben reconocerlo: tienen pies de plomo y no pueden prescindir de la palabra alada (verba volant) de la escritura voluble para asegurarse un lugar en las mentes.



Luis Cardoza y Aragón

El proceso de la creación es un proceso de crítica consciente e inconsciente. El de la crítica, de creación consciente e inconsciente. Ambas quimeras, nacidas de la perentoria necesidad absoluta de lo inútil, son infinitas, maravillosas y nulas.
    El arte es incierto; su crítica, dudosa: vasos comunicantes. La perennidad de ambos, frágil y tornadiza: me vencieron tales axiomas. Les pertenezco. Vivo dominado por su posible imposible.




José-Miguel Ullán

Quiero suponer, para subrayar de antemano el parecer natural de lo obvio, que estas aproximaciones a la obra de Antoni Tàpies --“mezcla y separación de los caracteres del movimiento y de la calma”-- podrán seguir siendo hoy tomadas, pese a su repentina reunión en el presente libro, por aquello que fueron en su día tan a las claras: no crítica de arte, sino palabras de acompañamiento; no capítulos ordenados de un estudio de estética, sino textos libres, sueltos y accidentales.



Paul Valéry

Así como a veces un lector medio distraído garabatea los márgenes de un libro y produce, al antojo de la ausencia y de la punta, pequeños seres o vagos ramajes frente a masas legibles, así haré yo, siguiendo el capricho del espíritu, en torno a estos estudios de Edgar Degas.
    Acompañaré esas imágenes con algo de texto de forma que pueda leerse o no, o no de un tirón, y mantenga con los dibujos los lazos más holgados y las relaciones menos estrechas.


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Hasta el objeto más familiar a nuestros ojos se vuelve otro cuando se aplica uno a dibujarlo: se da cuenta entonces de que lo ignoraba, de que nunca lo había visto de verdad. Hasta entonces el ojo sólo había servido de intermediario. Nos hacía hablar, pensar; guiaba nuestros pasos, nuestros movimientos cualesquiera; despertaba a veces nuestros sentimientos. Incluso nos entusiasmaba, pero siempre por efectos, consecuencias o resonancias de su visión, que la substituían y así la abolían en el mismo acto de disfrutarla.
     Pero dibujar a partir de un objeto confiere al ojo un cierto mando que nuestra voluntad alimenta. De modo que aquí es preciso querer para ver, y esta vista deliberada tiene el dibujo como fin y como medio a la vez.


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El artista avanza, retrocede, se inclina, entorna los ojos, se comporta con todo su cuerpo como un accesorio de su ojo, se convierte entero en órgano de visión, enfoque, regulación y puesta a punto.


Augusto Monterroso

No me gusta trabajar, pero cuando lo hago me agrada hacerlo como los pintores. Se paran ante su tela, la miran, la miden, calculan; luego hacen unos trazos con lápiz, se asustan (creo yo) y se van a la calle o leen (son grandes lectores) y vuelven, y desde la puerta ven aquello, a lo que se acercan, ahora con unos pinceles y una mesita en la que han puesto muchos colores, o pocos, según: rojo, azul, verde, añil, blanco, violeta; piensan, titubean, miran su tela, se acercan a ella y ponen un color aquí y otro allá; se detienen, se hacen a un lado y miran, vacilan, piensan, y leen o se van a la calle otro rato.

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(Eduardo Torres)

“¿Debe el artista pertenecer a su tiempo o viceversa?”

Siempre es difícil hablar del arte. Pero tarde o temprano el escritor, el diletante o el simple artista se ven obligados a hacerlo, ya sea por una causa conocida o por cualquier otro motivo.




Juan García Ponce

Una divagación tiene la ventaja --o la desventaja-- de no tener que llegar a ningún lado (...) En el terreno verbal una divagación es como una visita a un museo: uno entra por una sala, sale por otra, se detiene ante un cuadro, lo mira. En ese momento pasa una muchacha, se vuelve a verla en vez de mirar el cuadro. Regresa a la pintura. Pasa un muchacho. Uno se vuelve a verlo y se siente culpable porque miró a un muchacho en vez de a una muchacha. Vuelve a la pintura. Tiene confundidas y unidas la imagen del cuadro, una muchacha y un muchacho. Finalmente sale del museo porque tiene hambre y desea tomar algo. Sin embargo, se queda con el recuerdo del cuadro. La pintura está viva, presente ante nosotros a través de ese mero transitar por ella.





2
El arte en la narrativa
 

Hanns-Josef Ortheil: Bajo la luz de la laguna
(fragmento)


William Turner






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James McKean: Quattrocento
(fragmento)





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