Carlos A. Aguilera

José Aníbal Campos

La Construcción de la Palabra Patria:

Un Diálogo*




J.A.C.: La palabra “patria” despierta en mí, como en tantas otras personas seguramente, algunos sentimientos encontrados. Pienso que la patria es ese sitio al que siempre se retorna y del que constantemente deseamos salir; es sensación de alivio y constituye a la vez un lastre; es refugio y cárcel; objeto de un culto a veces desmedido desde la distancia y de un rencor no menos desmedido en la proximidad; el propio vocablo es materia prima de grandes poetas y pisoteada figura retórica de políticos y tiranos. Decía el poeta alemán Matthias Claudius que no sólo existe un Heimweh (voz alemana que designa la añoranza por el lugar de origen), sino también un Hinausweh (una suerte de añoranza al revés, un ansia de salir, de marchar a otra parte). Ambas maneras de añorar se complementan y anulan apenas comienzan a ser satisfechas. Basta con que salgamos y dejemos detrás la patria, y ya comienza a crecer en nosotros el deseo de reencontrarla. Lo mismo suele suceder a la inversa y así ad infinitum. Existe también otra arista de lo mismo: la patria que siempre llevamos a cuestas a cualquier sitio. Ahí está el bello poema de Konstantinos Kavafis titulado “La ciudad”, que expresa de modo inigualable esa paradoja. Dice el poema en su primera estrofa: “Iré a otra ciudad –dijiste- iré a otro mar. / Otra ciudad mejor que ésta hallaré.” Para de inmediato, en la estrofa siguiente, borrar con unos pocos versos todo espejismo: “Nuevos lugares no hallarás, no hallarás nuevos mares, / La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas calles / [...] Siempre llegarás a esta ciudad.” La patria pudiera ser un espejo en que nos miramos ansiosos por reconocernos y del que recibimos casi siempre una imagen distorsionada, como una cámara de espejos que nos ofrece un nuevo rostro a cada paso.

C.A.A.: Sí, es cierto, sólo que me gustaría enfatizar que esa posición civil que has venido enunciando tiene aún un lado político más terrible, déspota –por decirlo de alguna manera. Y es cuando el “ciudadano”, en casi todas las sociedades hay que colocar la palabra ciudadano entre comillas, introduce su noción de patria: que es siempre algo más que la lengua materna, más que algunos recuerdos, más que un paisajito de provincia... en el dentrofuera de la ley que las diferentes ficciones de estado se ven obligadas a desarrollar para sobrevivir. Por ejemplo, nadie ha hablado tanto de patria, nadie ha secuestrado tanto su lugar como los diferentes fascismos y totalitarismos del siglo XX. Sencillamente, han hecho creer que lo hacen todo (y ya sabemos que “eltodo” es sencillamente “elterror” en un régimen totalitario) en nombre de la patria o bajo su metafísica, y de esta manera no sólo elaboran su política: siempre represiva y contra lo civil mismo, sino que castran o recortan toda posición “delirante” de patria que se pueda hacer o rehacer en los bordes: literarios, lingüísticos, cotidianos... al convertir todo posible enunciado privado en ideológico. Creo que la-Cuba-de-ahora-mismo es un caso muy elocuente de cómo el despotismo de estado cercena toda posibilidad de creación en esos bordes donde una persona aparentemente vive.

 

J.A.C.: No creo que sea el ciudadano quien coloca la noción de patria en ese “dentrofuera” de la ley al que aludes. Son más bien los gobiernos, determinadas construcciones ideológicas los encargados de hacerlo e imponerlo a los individuos. Un ejemplo ilustrativo es el del judío alemán Viktor Klemperer. La lectura de sus diarios durante los años del nacionalsocialismo fue para mí, y para mi largamente incubado malestar ante el concepto de “patria”, una experiencia reveladora. Me refiero a un individuo de origen judío, un homme de lettres, que se sentía absolutamente alemán, y que de ningún modo pudo identificarse con las caricaturas de lo alemán enarboladas y repetidas hasta la saciedad por el nazismo. Por el contrario, en sus diarios, este judío –que, dicho sea de paso, sólo cobra conciencia de serlo cuando es discriminado por ello— intenta todo el tiempo preservar su “alemanidad” genuina en medio de un entorno político que distorsiona del todo esa noción con fines evidentemente criminales. Esto confirma lo que dices acerca de la manipulación extrema a que ha sido sometido el concepto “patria” por los totalitarismos del siglo XX. Sin embargo, considero un error rechazar –o incluso negar—de manera radical el concepto o hasta la existencia misma de una “patria”, sólo por que éste ha sido y es manipulado por ciertos regímenes. Si como individuo rechazo el concepto porque el régimen bajo el que vivo lo manipula y distorsiona, entonces sí estoy participando involuntariamente de ese acto totalitario de poner fuera de la ley lo que no encaja en una noción ideologizada de “patria”. Es hasta cierto punto un acto de complicidad, aunque sea involuntario. Es decir, puede que un individuo, que sabe que no encaja en una noción de patria distorsionada por un régimen, se excluya a sí mismo aun más de ese constructo y llegue incluso a negarlo. Es el argumento perfecto para ese régimen, pues de hecho ha llevado a ese individuo adonde deseaba llevarlo. Más que la negación del concepto de “patria”, ante la reducción que hacen de él los regímenes totalitarios, me parece que lo importante es ampliar ese concepto, dilatar esa noción. Ese podría ser un acto subversivo de primer orden. Es tal vez hora ya de pensar en términos de esa “transterritorialidad” de la que ha hablado el ensayista cubano Iván de la Nuez o de un “patriotismo suave”, como lo ha planteado con ironía exquisita el también cubano Rafael Rojas.

C.A.A.: No, el problema es que estoy convencido de que la noción “ciudadano” en los regímenes totalitarios (y por eso los diarios de Klemperer son doblemente curiosos, ya que no sólo luchó contra la maquinita depredadora de la Realpolitik sino contra la distorsión de la lengua en nombre del capital civil) no existe. Existen personas, es decir entidades biológicas más o menos normales: ese comer, defecar y dormir propio incluso de los Konzentrationslager (como ha mostrado otro judío: Primo Levi) y  personas que viven fuera o dentro de la ley; en realidad en un sistema totalitario todos viven fuera, ya que éste borra por completo todo tipo de derecho jurídico y tacha los límites donde comúnmente se debiera desarrollar la vida normal de eso que ingenuamente aún llamamos “ciudadano”. Por demás, lo más terrible, como ya decía, no es cuando el poder castra tu voz: de alguna manera esto es connatural a la noción misma de poder, sino cuando determinadas personas ponen a disposición del poder (llámese Estado, Institución o Führer) su voz o experiencia-de-patria más que para sobrevivir para ser representados por él, es decir: para hablar la voz que sólo el estado habla. Y esto me parece doblemente cómico, no sólo porque estas personas en un estado totalitario siempre van a tener que “sobrevivir”, sino porque algunos ni siquiera se dan cuenta de esto.

Por otra parte, no estoy muy seguro de la reevaluación de la palabra patria. Sinceramente creo que en nombre de ella hay demasiados muertos, demasiados malentendidos, como si recalentando un ladrillo fuera a hacerse menos duro. Una transterritorialidad efectiva sería quizá la que deconstruyera los conceptos usuales donde se ha achantado la palabra patria y los sometiera no sólo a una clínica despiadada y cínica, sino a un desmontaje definitivo, tal y como hizo Rudolf Schwarzkogler en los años 60 con su pene. ¿No te parece que resulta demasiado evidente ya que el concepto patria encubre desde hace mucho tiempo diferentes ficciones estatales y ontológicas que niegan radicalmente todo tipo de diferencia?

 

J.A.C.: Ciertamente, encubre todas esas cosas y muchas más. Pero no creo que uno pueda extirparse los orígenes de un tajo como hizo Schwarzkogler con su pene –un acto, por demás, rayano con la demencia y que, por cierto, le provocó la muerte. Retomando tu alusión a este artista, pienso que su acto demuestra, desde mi punto de vista, que determinadas posturas demasiado radicales conducen inevitablemente a la muerte propia o, en todo caso, terminan triunfando y asumiendo el poder, lo que casi siempre termina con la muerte de otros. Decía Cioran que toda revolución comienza con un conflicto con la policía y termina por apoyarse en ella. Y ése es justamente para mí el punto: siento mayor aprensión ante el concepto de “revolución” que ante el de “patria”, sobre todo porque en el contexto específico de la Cuba actual estos dos conceptos han sido cínica e interesadamente relacionados. Cada día que pasa simpatizo más con ciertas actitudes goethianas, que como ha dicho alguien, detestaba la “r” de la palabra revolución, pero no rechazaba el resto del vocablo. Tal vez por eso me adscribo al concepto de Rojas de un “patriotismo suave”, el cual aboga, a mi entender, por una mirada a la patria que no participe de la exaltación aberrante que hacen del concepto determinados regímenes, ni de la negación absoluta del mismo. Preferiría decir con el poeta cubano-judío-norteamericano José Kozer: “Una abeja es mi autobiografía”. Me siento más a gusto siendo, como él, el resultado de sucesivas libaciones, algunas forzosas y otras, escogidas soberanamente. Por otra parte, es cierto que hay quienes prestan su “voz o experiencia de patria” para sentirse “representados” por un poder, lo que a la larga no pretende otra cosa que sentirse parte de ese poder. Pero hemos visto que hay complicidades mucho menos evidentes. En realidad, temo que de posturas tan radicales e imposibles –y por lo tanto utópicas—pueda surgir en el futuro la dictadura de quienes aborrecen el concepto, y que un hombre tenga que avergonzarse por sentir --o siquiera pensar—que echa de menos su lugar de origen.            

C.A.A.: Bueno, lo de Schwarzkogler no fue exactamente de un tajo, sino a pedacitos, lo que hace aún más radical e “irónico” su acto... Pero me pregunto, ¿la muerte no ha sido simbólicamente el acto supremo de la construcción de  patria, su capital ontopolítico? ¿A partir de cierta abstracción no podríamos pensar la muerte como el grado cero donde únicamente la patria se va a reconocer: Jekyll y Mr. Hyde...? También, hay un pequeño lado que me gustaría poner sobre el tapete y tiene que ver con uno de los territorios donde la palabra patria se ubica y apenas se menciona: el kitsch, lo operático. Cada vez que escucho la palabra patria no puedo dejar de ver gestos caricaturescos y chatos detrás de ella, algo así como el desmayo de una vieja sorda sobre un sofá en el teatro bufo cubano. La patria como lo desfasado, lo ridículo, lo que no crea. ¿Hacia donde señala la palabra patria cada vez que aparece? Hacia ningún lugar: quizá por eso es la palabra preferida de todas las dictaduras; hacia lo que siempre dice menos del más que propone, y quizá por eso también es la palabra kitsch por excelencia, sólo se muestra dentro de cierta inflación, dentro de cierta “ontología” de cabaret: sólo ahí puede ser creída. Ha sido el recurso último de los que tienen nada que decir. ¿Esto no explica que su gran aliado histórico haya sido el nacionalismo, el relato “moderno” que más cerca o relacionado con el crimen ha estado?

Con el concepto evolución sucede de manera parecida, tal vez por eso lo único que le falta es la “r”. Ha generado posiciones anticiviles, sangre y matadero, de lo que las sucesivas guerras del siglo XX y XXI son un ejemplo. Decía Karl Kraus: Todos los campos a donde único conducen es al campo de concentración, y lo escribió en un libro profético: La noche de Walpurgis, mucho antes de que en Europa esto último configurara la realidad.

 

J.A.C.: “Radical e irónico” es una manera de decirlo.... Lo que hace Schwarzkogler, en verdad, es prolongar y hacer más doloroso aun un excéntrico acto de autoflagelación. Un acto, por demás, inútil. Al menos a mí se me escapa el sentido del mismo. Pero en fin, no creo que el caso de Schwarzkogler nos sirva mucho más como metáfora de nuestras respectivas posiciones ante el concepto de patria. En primer lugar, porque sigo convencido de que nadie puede “arrancarse del cuerpo” la patria, el lugar de origen, como tú has sugerido con tu alusión a ese artista. Todo intento en ese sentido está condenado de antemano al fracaso. Además, ¿por qué despojarme a mí mismo de un elemento más que me enriquece y que llevo por nacimiento si de lo que se trata es de ampliar horizontes, es decir, crearme tantas patrias adoptivas como lugares haya donde también me sienta a gusto?

Creo que hemos estado hablando sin antes precisar un poco más los conceptos. Una cosa es la patria distorsionada que recibimos por cucharadas en la escuela con fines entontecedores y otra la del lugar de origen, que todos tenemos, nos guste o no. La muerte ha sido ciertamente la demostración suprema de amor en la retórica patriotera de la nación estado –exacerbada aun más en regímenes totalitarios. De hecho, pertenecemos a una generación que ha tenido que repetir casi a diario la absurda consigna de “Patria o muerte”. Lo que tal vez comenzó siendo un eslogan con un propósito concreto: mantener en alto el espíritu combativo de las masas frente a amenazas del exterior, ha terminado siendo, tras cuatro décadas, una irreflexiva demostración de adhesión a las políticas de un régimen, aun las más descabelladas. Como todo ritual, ha terminado convirtiéndose en un gesto vacío de sentido. Toda disyuntiva es una coartación de la libertad individual, lo vemos incluso a diario en nuestra vida. Siempre es mucho mejor tener varias opciones que solamente dos. De ahí que ésta, en particular, sea doblemente castrante, pues de hecho sólo ofrece una salida, ya que la opción de la muerte casi queda descartada de antemano. Por eso la consigna tiene otro mensaje subliminal mucho más peligroso, y es el de sugerir que solo existe un camino, el de adherirse a la patria (y ya se sabe que en el caso específico de Cuba, el gobierno ha monopolizado el concepto y lo ha identificado con las ambiguas y cambiantes posturas de un solo hombre, sean éstas beneficiosas o no para la nación). En eso estamos de acuerdo. Algo muy parecido sucedió en la Alemania nazi con el concepto de Vaterland. Pero existe, por otra parte, una patria genuina, un lugar de origen o patria chica, eso que en alemán se llama Heimat y que tiene menos connotaciones ideológicas y sí mucho de asociación individual. Y es ése sobre todo el concepto de patria que me interesa. Negarlo es, a mi juicio, un gesto tan ridículo como el que entraña la consigna a la que me he referido, sobre todo porque es un acto inútil. Prefiero hablar, al referirme al tema “patria”, de un “mundo más inmaterial”, como lo ha definido Egbert Daum; un lugar sin sitio fijo, encontrable allí donde hallemos paz y comprensión mutua, comunión de ideas y de valores, realización personal.

En cuanto a la contraposición evolución-revolución, claro que se trata de conceptos íntimamente relacionados. Las revoluciones siempre han pretendido ser la vanguardia de la evolución. Revolución no es más que el intento por acelerar la evolución. No es objetivo de este diálogo nuestro calcular cuál de las dos ha costado más vidas. Lo que sí está claro es que las revoluciones se arrogan el derecho de hablar por todos –y de matar—en nombre de la patria y del progreso, es decir, de la evolución. 

C.A.A.: Quizá, aunque con respecto a Schwarzkogler tu posición me parece muy conservadora. Si la muerte es elección propia no tengo nada en contra de ella, incluso me parece bien que una persona decida que quiere hacer con su cuerpo, su vida o su patria, entendiéndola como reducto o esquizolocus personal; y si esa opción es la muerte... bueno, entonces no hay mucho más que decir: no hay que agregarle catolicidad al asunto.

Por otra parte me gustaría dejar claro que existen conceptos muertos, que ya no dicen nada, pero de los que es imposible salir: como agujeros negros en los que estamos dando vueltas tiempo tras tiempo, y uno de esos agujeros es precisamente el concepto sobre el que hemos venido conversando. Lo más beneficioso para ese agujero o para los que estamos envueltos en determinada fenomenología de él es someterlo a una crítica dura, radical, donde la ideología tradicional que lo respalda se borre y deje ver (flotar) todo lo que hay debajo: los muñecones de palo que toda capillita tiene. Esta es la única manera de “ver” algo y a la vez de llegar a través de él a zonas de diferencia o sencillamente a otras ficciones; ficciones donde el estudio del concepto mismo no sólo va a salir enriquecido sino todo lo que hay a su alrededor: ese “camino del pensar” del que hablaba Heidegger. De lo contrario estaríamos construyendo o ayudando a construir el escenario del crimen, y contra esto hay que estar avisado. Ya sabemos, es precisamente lo que quieren los espacios totalitarios.

Con respecto a Daum, no sé... Creo que es volver a dejarlo todo en un contexto binario: lo material/inmaterial, lo blanco/negro, lo vivo/muerto, tal y como se ha hecho siempre. Lo interesante, y es lo que he intentado fijar en diferentes momentos, sería una tercera vía, donde el concepto patria se recicle de muchas maneras y tome en cuenta incluso su desaparición. Nunca el animalito humano estará más feliz que cuando para nombrar una serie de pequeñas posesiones no tenga que mencionar para nada este concepto.

 

J.A.C.: Finalmente estamos de acuerdo en que es preciso prevenirse contra el uso inflacionario del concepto “patria”, sobre todo porque el mismo, en la postmodernidad, comienza a tener tantos significados como personas hay. Creo que andamos por dos caminos diferentes en la deconstrucción de ese concepto: la negación absoluta y el ensanchamiento de esa noción, su hibridación o, lo que es igual a decir, su inevitable y futura disolución. Al fin y al cabo, ambas vías se complementan y entrecruzan. Creo que, por ahora, podemos hacer una pausa en este diálogo, por demás, infinito, como infinitas son las asociaciones y reacciones que provoca la palabra “patria”.  


 

Carlos A. Aguilera (La Habana, 1970). Codirigió en Cuba la revista Diáspora(s). Publicó en poesía: Retrato de A. Hooper y su esposa (1996); Das kapital (1997) y Portrait de A. Hooper et son épouse suivi de mao (2000), además de ser el compilador de la antología: Memorias de la clase muerta. Poesía cubana 1988-2001, editado por Aldus, México, en el 2002, con prólogo de Lorenzo García Vega e ilustración de Carlos M. Luis. Actualmente reside en Austria. 

 

José Aníbal Campos (La Habana, 1965). Germanista, traductor y ensayista. Ha traducido a varios autores de habla alemana, entre ellos Georg Trakl, Ingeborg Bachmann, Uwe Timm, Hans Magnus Enzensberger, Elfriede Jelinek, etc. Ha publicado algunos ensayos sobre música clásica en la Cuba republicana. Actualmente, trabaja en un libro sobre la labor del director austriaco Erich Kleiber al frente de la Orquesta Filarmónica de La Habana. Reside en Barcelona, España.

* Una versión parcial de este diálogo fue publicado por la Revista de Occidente, número 264. Madrid: mayo, 2003.


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